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24 • Enero - Junio 1997 • Pág. 8
 
 
 
 •  Editorial
 

Jubileo: esperanza y compromiso

Las celebraciones jubilares del nacimiento o de la muerte de Jesús (de acuerdo con el ritmo convencional de conmemoraciones por cada vigesimoquinto aniversario, cincuentenario o centenario) hacen presente el ritmo cristológico de la historia. La Iglesia recuerda periódicamente a los hombres que la salvación se cumple en la concreta historia de cada uno, es decir, que no está asegurada semel pro semper, mediante un único acto de adhesión a las verdades de la fe, sino que se realiza en el dinamismo de la libertad que, a lo largo del tiempo, debe confirmarse incesantemente y renovarse con obras de caridad. Nos santificamos en el tiempo santificando nuestro tiempo.
De este modo, cada Jubileo nos propone de nuevo la perenne paradoja de la santidad cristiana, entretejida de pecado y de conversión al amor, de penitencia y de alegría. El Jubileo se nos ofrece como «un año de gracia del Señor», «año de perdón de los pecados y de las penas por los pecados, año de reconciliación entre los adversarios, año de múltiples conversiones y de penitencia sacramental y extrasacramental». Cristo muerto y resucitado por nuestra salvación transforma la conciencia de la culpa en vibración de esperanza. Como ha escrito Mons. Javier Echevarría, Obispo Prelado del Opus Dei, «el perdón divino, más que al pasado, nos mueve a mirar al futuro. El sacramento de la Confesión es sacramento de alegría, principio de un nuevo nacimiento, nuevo punto de partida, invitación a redescubrir la esperanza de poder vivir verdaderamente una vida nueva, esto es, de poder recomenzar (...). La conversión nace con el dolor, pero culmina en la esperanza y en la experiencia del bien».
In baptismo deletur iniquitas, sed manet infirmitas, escribe San Agustín: el bautismo elimina la malicia, pero no la debilidad. La misericordia divina, a la que el evento jubilar nos invita a acercarnos, viene en nuestra ayuda y nos eleva de la tierra al cielo. Por eso el Jubileo se caracteriza por una concesión particularmente generosa de indulgencias. Esta palabra quizá evoque confusas reminiscencias en alguna mente superficial, pero la doctrina teológica es clara y disipa cualquier equívoco: al perdón de la culpa, la indulgencia añade la remisión de la pena, es decir, en cierto modo nos restituye a la inocencia bautismal: sicut modo geniti infantes, como niños recién nacidos ante los que se abre la posibilidad de una nueva vida. Es oportuno recordar aquí los acentos apasionados con que el Beato Josemaría describía este don de la misericordia infinita de Dios a la Iglesia: «Cuando un alma de niño hace presentes al Señor sus deseos de indulto, debe estar segura de que verá pronto cumplidos esos deseos: Jesús arrancará del alma la cola inmunda, que arrastra por sus miserias pasadas; quitará el peso muerto, resto de todas las impurezas, que le hace pegarse al suelo; echará lejos del niño todo el lastre terreno de su corazón para que suba hasta la Majestad de Dios, a fundirse en la llamarada viva de Amor, que es Él».
Todo Jubileo es, en definitiva, una invitación a cultivar un verdadero anhelo de santidad, a aspirar a una unión con Dios sin recovecos ni reservas. La excepcional solemnidad del bimilenario que conmemora el próximo Jubileo nos debe ayudar a reanudar el camino con una convicción más madura: «La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a manifestarse en obras, a dar frutos que respondan en cada momento a lo que es agradable al Señor. Es indispensable por eso estar dispuestos a recomenzar, a reencontrar —en las nuevas situaciones de nuestra vida— la luz, el impulso de la primera conversión. Y ésta es la razón por la que hemos de prepararnos con un examen hondo, pidiendo ayuda al Señor, para que podamos conocerle mejor y nos conozcamos mejor a nosotros mismos. No hay otro camino, si hemos de convertirnos de nuevo».
La solemnidad del acontecimiento es tal que el Santo Padre ha proclamado tres años de preparación inmediata, el primero de ellos dedicado a la reflexión sobre Cristo. Años de oración, de meditación, de empeño ascético por cultivar la intimidad con Jesús y por imitarle, para llegar de este modo a ese «fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos» que constituye el objetivo prioritario del Jubileo. ¿Cómo no recordar los tres años que los Apóstoles y los primeros discípulos pasaron junto a Cristo, esos tres años que les transformaron completamente? También Mons. Javier Echevarría, como mostrándonos el camino para que se encienda de nuevo en nosotros la esperanza de la santidad, se detiene en la consideración de ese paralelismo: «Al pensar en los tres años de preparación del Jubileo vienen con frecuencia a mi cabeza aquellos tres años que los Apóstoles pasaron junto a Jesús: con la gracia de Dios, este trienio puede ser para nosotros una oportunidad semejante, si procuramos buscar la cercanía, la amistad, el seguimiento de Jesucristo».
Con la gracia, Cristo vive en nosotros. El empeño por corresponder a los impulsos del Espíritu Santo en el alma nos llevará a vivir cada vez más conscientemente en Cristo y de Cristo. Con Él y en Él amaremos al Padre y, por amor del Padre, nos gastaremos con alegría por la salvación de los hombres; sostenidos por Él, seremos capaces de levantarnos después de cada caída; aprenderemos de Él a perdonar; y como Él, encontraremos a María en el camino que conduce a la Cruz.


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