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24 • Enero - Junio 1997 • Pág. 70
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Carta al comienzo del primer año de preparación al gran Jubileo del 2000 (1-I-1997)

Con motivo del inicio del primer año de preparación del Jubileo del año 2000, en el mes de enero, el Prelado del Opus Dei, S.E.R. Mons. Javier Echevarría, ha dirigido a los fieles de la Prelatura la siguiente carta pastoral.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Christus heri et hodie, ipse et in sæcula!.

Con estas palabras de la Sagrada Escritura, el Santo Padre Juan Pablo II abría en la víspera del primer Domingo de Adviento el trienio de preparación al Gran Jubileo del año 2000. Con las mismas palabras comienzo yo esta carta, la primera que os escribo en el nuevo año. Pido al Señor que los meses venideros estén llenos de fecundidad sobrenatural para cada una y cada uno de nosotros, para nuestras labores apostólicas, para toda la Iglesia. Como la gracia de Dios no nos falta, esas expectativas se verán colmadas, si emprendemos el año 1997 con sinceros deseos de santidad personal y de apostolado y, como consecuencia, con el propósito de perseguir con todas nuestras fuerzas ese gran ideal, batallando contra las dificultades internas y externas que podamos encontrar. Os pido que estos deseos no se queden en una fórmula.

Militia est vita hominis super terram. Nuestro amadísimo Padre, el Beato Josemaría, continuando la tradición viva de la Iglesia, que aplica esa consideración a la pelea interior del cristiano, parafraseando un dicho popular nos enseñaba: ¡Año nuevo, lucha nueva! El período de tiempo que se inicia ahora traerá consigo novedad de vida, si nos esforzamos por corresponder con generosidad a Dios. Pues, cuando el Señor otorga su gracia a las personas, es como si les tendiera una mano, una mano paterna llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca uno a uno, como a hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que Él nos acerca. Pido al Creador y Redentor nuestro que todos los fieles de la Prelatura y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz sepamos responder a su amor, a lo largo del año, con la entrega total de nuestro ser.

Como Pastor de esta partecica de la Iglesia que el Señor me ha confiado, siento el deber de haceros llegar unas palabras de exhortación y de estímulo que os ayuden a seguir fielmente las directrices del Romano Pontífice para este tiempo de preparación inmediata al jubileo del año 2000. Os ruego, además, que transmitáis las indicaciones del Santo Padre a todos los que, de un modo u otro, reciben asistencia espiritual de la Prelatura, y a vuestros parientes, amigos, colegas de trabajo, etc. Procurad que muchas almas se dispongan del mejor modo posible a recibir las grandes gracias que la Iglesia y el mundo esperan con ocasión de los dos mil años de la venida del Hijo de Dios.

El punto de partida de este largo período, que desembocará en un nuevo siglo, nos urge a considerar con mayor hondura algo que el Santo Padre no cesa de proclamar: que Cristo es Señor de la historia y plenitud de los tiempos, vértice y culmen de toda la humanidad y de la entera creación. «A Cristo pertenecen los milenios: todos los milenios de la historia, pero de modo especial los que calculamos desde su venida al mundo. A Él le pertenece este segundo milenio de la era cristiana, a cuyo fin nos estamos acercando rápidamente mientras ya se perfila el inicio del tercero: Tertio millennio adveniente».

Nuestro Señor es el dueño del mundo visible y del invisible, del tiempo y de la eternidad, porque es el Hijo del Eterno Padre que ha asumido la naturaleza humana por nosotros. Al encarnarse, «tomó posesión de nuestro tiempo en todas sus dimensiones y lo abrió a la eternidad. En efecto —continúa Juan Pablo II—, la eternidad es la dimensión propia de Dios. Al hacerse hombre, el Hijo de Dios abrazó con su humanidad el tiempo humano, para guiar al hombre a través de todas las medidas de este tiempo hacia la eternidad y para llevarlo a la participación en la vida divina, verdadera herencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

Esta convicción ha de resplandecer siempre en nuestras almas alumbrando —jornada tras jornada— nuestro caminar terreno. Nos lo recordaba machaconamente nuestro amadísimo Fundador, como en aquella fiesta de Navidad de 1972, cuando nos decía: es Cristo, hijas e hijos míos, el que atrae a todas las criaturas: por Él fueron creadas todas las cosas, y sin Él no se ha hecho cosa alguna, de cuantas han sido hechas (Ioann. I, 3). Y al encarnarse, viniendo a vivir entre nosotros (cfr. Ioann. I, 14), nos ha demostrado que no estamos en la vida para buscar una felicidad temporal, pasajera. Estamos para alcanzar la bienaventuranza eterna, siguiendo sus pisadas. Y esto sólo lo lograremos aprendiendo de Él.

Con insistencia, en su marcha diaria hacia Dios, el Beato Josemaría puso ante los ojos de los cristianos unas etapas clarísimas que se deben coronar un día y otro, para alcanzar una verdadera intimidad con la Trinidad: buscar a Cristo, encontrar a Cristo, amar a Cristo. Jesucristo es la única vía que enlaza la tierra con el Cielo, como Él mismo nos ha enseñado: Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vida; nadie va al Padre sino por mí. En estos doce primeros meses de preparación al jubileo, el Romano Pontífice trata de encender de nuevo en todos los hijos de la Iglesia esta convicción fundamental. Al señalar que se dedique este período «a la reflexión sobre Cristo, Verbo del Padre hecho hombre por obra del Espíritu Santo», Juan Pablo II propone a los cristianos un programa espiritual que —gracias a un mayor conocimiento de la vida y la obra del Verbo encarnado— les conduzca a alabar a la Santísima Trinidad, fin último de nuestra existencia. «Todo el programa de preparación para el tercer milenio debería ayudarnos a descubrir la gloria de Dios que se ha revelado en Cristo».

En estos días de Navidad, al considerar el insondable misterio de la Encarnación, hemos renovado muchas veces nuestros deseos de corresponder plenamente al amor divino y hemos pedido la ayuda del Señor, porque sine me nihil potestis facere, sin Jesús nada podemos hacer. También ahora, en esta primera etapa de preparación que nos conducirá al nuevo milenio, elevamos nuestra plegaria al Cielo sintiéndonos representantes —en virtud de una solidaridad que nos une íntimamente en Cristo— de todas las personas que habitan en este mundo nuestro: hombres y mujeres, ricos y pobres, jóvenes, ancianos y aun niños, cristianos y no cristianos. Y nos acogemos a la oración compuesta por el Papa para esta circunstancia: «Señor Jesús, plenitud de los tiempos y Señor de la historia, dispón nuestro corazón para celebrar con fe el Gran Jubileo del año 2000, para que sea un año de gracia y de misericordia. Danos un corazón humilde y sencillo, para que contemplemos con renovado asombro el misterio de la Encarnación, por el que Tú, Hijo del Altísimo, en el seno de la Virgen, santuario del Espíritu, te hiciste nuestro Hermano».

Cada día hemos de renovar nuestro asombro agradecido —verdadero estupor— ante las maravillas que Dios Omnipotente ha realizado y realiza entre los hombres; especialmente el gran prodigio de la Encarnación del Verbo en el seno virginal de María. Este misterio, que se encuentra en el corazón mismo de nuestra fe, suscitará en nosotros, si lo consideramos atentamente en la oración personal, sentimientos de profunda gratitud, de adoración y de deseos de reparar, al tiempo que nos brinda una enseñanza perenne, un ejemplo maravilloso. Como nos recordaba nuestro Padre, es preciso mirar al Niño, Amor nuestro, en la cuna. Hemos de mirarlo sabiendo que estamos delante de un misterio. Necesitamos aceptar el misterio por la fe y, también por la fe, ahondar en su contenido. No olvidemos, hijas e hijos míos, que —como también nos insistió siempre nuestro Fundador— para profundizar en tan gran misterio resulta indispensable esa actitud de sencillez y humildad que ahora nos recomienda el Papa. Hay que avivar la conciencia de nuestra poquedad delante de Dios y, al mismo tiempo, apoyarse en la convicción de que somos hijos suyos, hijos muy queridos, a quienes el Padre celestial contempla con ternura.

Consideremos atentamente este divino intercambio por el que Dios toma lo nuestro —nuestra condición humana mortal, nuestros dolores, ¡nuestros pecados, que carga sobre Sí!— y nos dona, a cambio, su inmortalidad, su felicidad, su Vida. «Él se ha hecho niño —exclama San Ambrosio— para que tú puedas ser varón perfecto. Él ha sido envuelto en pañales para que tú puedas ser desligado de los lazos de la muerte. Él ha sido reclinado en un pesebre para que tú puedas ser colocado en los altares. Él ha sido puesto en la tierra para que tú puedas estar sobre las estrellas. Él no tuvo lugar en el mesón para que tú tengas muchas mansiones en el Cielo». Sí, hijas e hijos míos: pidamos a Dios «un corazón humilde y sencillo», para no acostumbrarnos en ningún momento a estas delicadezas paternales y maternales de Dios; y hagamos lo posible para que otras personas las descubran y se llenen de agradecimiento a la Santísima Trinidad.

Para tratar y amar a Cristo, resulta imprescindible conocer lo que el Señor obró y enseñó en el curso de su vida terrena. Por eso, el Romano Pontífice exhorta a «que los cristianos, sobre todo durante este año, vuelvan con renovado interés a la Sagrada Escritura», donde escuchamos la voz de Dios, que resuena tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. «La ignorancia de la Sagrada Escritura es ignorancia de Cristo», decía ya San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II recomienda a todos los fieles la lectura asidua de la Escritura Santa para adquirir la ciencia suprema de Jesucristo.

En el Opus Dei seguimos esta recomendación de la Iglesia —me atrevo a decir— con connatural alegría, pues ya desde 1928 nuestro Fundador dispuso los medios para que sus hijas y sus hijos se formaran en una piedad doctrinal que hunde sus raíces y se alimenta constantemente de la Sagrada Escritura, leída y entendida dentro de la Tradición de la Iglesia. La participación diaria en la Santa Misa, el recurso habitual a las páginas evangélicas y a los textos litúrgicos como trama de fondo de la oración personal, la lectura también diaria del Nuevo Testamento, las clases de Teología dogmática y espiritual que todos cursáis en los momentos oportunos, el repaso ordenado del Catecismo de la Iglesia Católica, etc., nos ponen en contacto cotidiano con la Palabra de Dios, «que ilumina e inflama, alimenta y consuela», como afirma el Santo Padre. Del Beato Josemaría aprendimos además —y es una tradición que no ha de interrumpirse nunca— a meternos personalmente en el Santo Evangelio, siendo como un personaje más en las escenas para hacer así verdadera oración. Querría que considerases cómo cuidas esa lectura meditada; que revises si te detienes en esos textos, para que te sirvan de cañamazo en tu presencia de Dios; que examines si vienen a tu conversación, espontáneamente, esas enseñanzas. No olvidemos que Jesús, el Verbo hecho carne, vive y nos habla con toda la fuerza actual de su doctrina revelada.

No nos faltan, pues, las ocasiones para ahondar en el conocimiento de la divina Escritura y gustar sus enseñanzas. Lo importante, hijas e hijos míos, es que cada uno de nosotros —con especial intensidad durante este año— se esfuerce por sacar partido a todos esos medios que nos ayudan a conocer más a Cristo y, por tanto, a tratarle y a amarle, según la medida de la gracia que el Paráclito otorga a cada uno, hasta llegar a esa locura de amor que enseña a saber sufrir y a saber vivir, porque Dios nos concede el don de Sabiduría.

Antes de terminar, necesito deciros que el reciente viaje pastoral a Extremo Oriente, que he tenido la alegría de realizar en comunión de oración y de intenciones con todos, me ha ayudado a fomentar aún más las ansias apostólicas. ¡Cuántos millones de almas —en China, en Japón, en tantos otros países del amadísimo continente asiático— desconocen todavía, después de veinte siglos, la buena nueva de la Encarnación del Hijo de Dios! Recemos mucho, recemos más —con el corazón, con los labios, con el trabajo de nuestras manos— para que se cumpla lo que también pide el Santo Padre en su plegaria de preparación al próximo jubileo: «Tú, Palabra del Dios vivo, renueva en la Iglesia el ardor misionero, para que todos los pueblos lleguen a conocerte, verdadero Hijo de Dios y verdadero Hijo del hombre, único Mediador entre el hombre y Dios».

Intensificad la oración durante el próximo octavario por la unión de los cristianos, pidiendo al Espíritu Santo el cumplimiento de esa otra gran aspiración del Romano Pontífice y de toda la Iglesia: la unión de todos los que confiesan a Cristo, en un único rebaño y bajo un solo supremo Pastor. Que el Señor del tiempo y de la historia, por la intercesión de su Madre Santísima, quiera adelantar el momento de la plena comunión de todos los cristianos en la única Iglesia por Él fundada.

No os dejo sin pediros, como siempre, mucha oración por mis intenciones. Agradezco a Dios con toda mi alma la seguridad de que sentís conmigo y, por eso, no me canso de rogaros que me sostengáis. Ahora, tened muy presentes a los fieles de la Prelatura, hermanos vuestros, que recibirán de mis manos la ordenación diaconal, el próximo 25 de enero.

Con todo cariño os bendice

vuestro Padre
+ Javier

Roma, 1 de enero de 1997.


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