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24 • Enero - Junio 1997 • Pág. 99
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Solidaridad y valor del trabajo. Artículo publicado en

El 24 de mayo de 1997, "Il Sole-24 Ore" publicó, con el título "Solidaridad y valor del trabajo", el siguiente artículo de S.E.R. Mons. Javier Echevarría.

Algunas disposiciones jurídicas recientes han puesto en discusión una vez más en Italia la cuestión del derecho primario al trabajo y, consiguientemente, del valor del trabajo para el hombre de hoy, una cuestión que en realidad no es sólo italiana, sino universal. La crisis actual del hombre en cuanto sujeto de la actividad laboral depende, en medida no pequeña, de dos falsas concepciones del trabajo: de la materialista, que durante más de un siglo ha polarizado la atención sobre el riesgo de la alienación y ha incitado a la lucha de clases, y de la tecnocrática, típica del culto a la eficiencia y caracterizada por una visión puramente instrumental del trabajo. Ambas concepciones conllevan consecuencias negativas, ya sea desde el punto de vista personal —frustraciones de diverso tipo— o social.

Todo aspecto de la vida humana que es importante para la conciencia civil es también importante para la Iglesia, que a lo largo de su historia ha tenido siempre en gran consideración todo aquello que es realmente relevante para el hombre, ya se trate de problemas individuales o de valores sociales: Cristo es Dios que ha asumido la naturaleza humana con todos sus valores y con todos sus problemas; y la Iglesia, fiel a su Fundador, comparte con todos los hombres de buena voluntad la solicitud por los problemas reales. A esa solicitud puede y debe aportar la Iglesia, además, el "suplemento de alma" en el que se cifra su diferencia específica.

La Iglesia de hoy, por otra parte, se presenta en la escena de los problemas sociales y laborales con unas credenciales realmente extraordinarias: las de las obras sociales que ha promovido o ha contribuido a promover y las de una doctrina social admirablemente desarrollada a lo largo de los cien últimos años. En nuestros días, la inventiva y la sensibilidad social de los cristianos siguen dando vida a nuevas formas de solidaridad con el mundo del trabajo, por medio de escuelas profesionales de distinto tipo que responden a las condiciones reales de la sociedad, de la instrucción y del mercado de trabajo. No hay que olvidar que la misma idea de escuela profesional nació dentro de la Iglesia, como en otros tiempos nacieron en el seno de la Iglesia las universidades, los hospitales, los hospicios, los asilos.

Como motor de este empeño humano, el cristiano debe siempre tener presente y hacer presente a todos el fin último del trabajo y de toda la vida sobre esta tierra, y elevar en consecuencia el trabajo a la dignidad de medio de santificación personal y ajena.

El Beato Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, estaba convencido de que "estas crisis mundiales son crisis de santos". En mi opinión, sus palabras se pueden aplicar también a la "crisis" antes aludida del hombre en cuanto sujeto de la actividad laboral. Si los cristianos se santifican en el trabajo, cabe esperar que la justicia triunfe finalmente, que la corrupción se vea erradicada, que cese la explotación, que la prepotencia y el egoísmo individual o de clase cedan el sitio a la solidaridad y a la solicitud por el bien común. Quienes conocen los recursos admirables del espíritu humano y, al mismo tiempo, no se engañan acerca del origen esencialmente moral de las injusticias que convulsionan el mundo del trabajo, se darán cuenta de que este concreto mensaje constituye una verdadera solución de las "crisis mundiales". Otras soluciones que apuntan solamente a reformas o a revoluciones (es decir, a remedios externos a la conciencia) se han revelado siempre ilusorias, utópicas, porque no defienden la libertad total de la persona.

La recepción del mensaje que deriva del "Evangelio del trabajo" —según la certera expresión de Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens— es, para el hombre de hoy, una gran liberación. Ese mensaje no es otro que el del valor auténticamente divino que se esconde en las más normales condiciones del trabajo cuando éste se realiza con deseo de servir, de contribuir al desarrollo social, a la fraternidad, a la restauración de la justicia, a la instauración, en definitiva, de esa "civilización del amor" de que hablaba Pablo VI.

+ Javier Echevarría.
Obispo Prelado del Opus Dei


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