Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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25 • Julio - Diciembre 1997 • Pág. 284
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Desde el 22 de agosto al 2 de septiembre, Mons. Echevarría realizó un viaje pastoral a Chile. El día 1 de septiembre, el Prelado celebró la Santa Misa para los profesores, alumnos y personal administrativo de la Universidad de Los Andes; después presidió la reunión del claustro académico. Como Rector Honorario de la Universidad, dirigió el siguiente discurso al claustro de profesores. Santiago de Chile (1-IX-1997)

1. Os doy las gracias a todos y me doy cuenta de que me estoy adornando con méritos de quienes debían haber recibido este cariño vuestro, concretamente de nuestro Padre y de su queridísimo sucesor don Álvaro.

Yo querría traeros este recuerdo, siguiendo fielmente sus pasos; y después deciros que me da mucha alegría que este collar esté puesto encima de la Cruz, para que la Cruz sea el fundamento de todo nuestro quehacer.

Me venían a la cabeza unas palabras que me dijo nuestro Padre hace muchísimo tiempo: que, cuando se quiso hacer del Opus Dei moneda falsa, por todas las incomprensiones que venían de afuera, el Señor quiso poner sobre la Obra el sello de la Santa Cruz. Pues si queremos ser eficaces, en Chile, en todo el mundo y en esta Universidad, pongamos la Cruz como base de nuestra actividad.

Y ahora, para no emocionarme, permitidme que lea las palabras que tengo preparadas.

2. Excelentísimo Señor Rector, excelentísimo claustro de la Universidad, profesores, alumnos, señoras, señores y todos los que estáis aquí, que sois hermanas y hermanos, y profesores y profesoras para enseñarme.

Al reunirme hoy con el claustro de la Universidad de los Andes, debo confesaros que en mi gozo personal resuena el gozo del corazón del Beato Josemaría y también el de su primer sucesor, Mons. Álvaro del Portillo. Puede decirse con toda propiedad y hondura que esta Universidad ya se encontraba en los sueños de nuestro Fundador, aquellos sueños del «soñad y os quedaréis cortos» con que siempre nos impulsó a todos. Era y es una consigna suya que ha precedido la aventura intelectual y cristiana que aquí presenciamos. Aquellos sueños suyos, encendidos en el amor de Cristo, estoy seguro de que no habrán estado ausentes en su mirada, cuando contempló por primera vez en 1974 estas altas nieves que nos rodean, viendo también en esta belleza natural como huellas vivas de los dedos de Dios. Ésta es —y ha habido que pelear— la Universidad de los Andes, también por el sitio y el emplazamiento en que se ha colocado. Y no en vano, vuestro escudo —nuestro escudo, porque yo me siento parte integrante de esta Universidad—, ha recogido el perfil de esas cumbres vecinas, que sugieren al espíritu, grandeza, magnanimidad, pureza y solidez.

Recuerdo también que al tomar el relevo al frente del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo, ese gran prócer del saber, siguió desde sus comienzos el camino de esta Universidad y a menudo elogió su rápido crecimiento y, sobre todo, os elogió por cómo afrontasteis las dificultades que el Rector ha recordado y que fueron grandes en sus comienzos. Me consta directamente el afecto entrañable con que este Pastor de la Iglesia siguió vuestros esfuerzos, y la intensidad de las oraciones con que os encomendó al Señor, afecto y oraciones que, ya desde entonces, procuré que fueran también míos, y lo son hoy más que nunca, porque al sucederle como Prelado del Opus Dei heredé asimismo su titulo de Rector Honorario de esta Universidad.

En esa condición me gozo de cuánto habéis hecho en tan pocos años. Os doy mi bendición más ferviente, aprendo de vosotros y para que lleguéis más lejos, siempre más, me apresto a revivir hoy en vuestra memoria, una triple responsabilidad que conocéis muy bien, y que será guía segura de este centro del saber. Quiero recordaros que debéis ser apasionados buscadores de la verdad, apasionados practicantes de la verdad y apasionados difusores de la verdad.

3. Cuando os hablo de la verdad a vosotros, académicos, me refiero en sentido analógico a todo una jerarquía de verdades de distinta índole que comprende y relaciona, según palabras de Juan Pablo II, «la nostalgia de la verdad absoluta» y «la incansable búsqueda del hombre en todo campo o sector» del saber. Precisamente corresponde a la Universidad desarrollar en armonía, el saber teológico, la filosofía y las ciencias diversas, artes y letras.

Consideraba el Beato Josemaría esta manera de ver las cosas: «Es una maravilla, decía, comprobar cómo Dios ayuda a la inteligencia humana en esas investigaciones que necesariamente deben llevar a Dios, porque contribuyen —si son verdaderamente científicas— a acercarnos al Creador» . Para un hijo de Dios es todo uno: el rastrear con sobriedad profesional la inteligibilidad, los principios y leyes de todo lo creado, dentro de las posibilidades de la mente humana; el vislumbrar la misteriosa Verdad Primera en que se asientan todas las verdades que enteramente lo son, y el amar de todo corazón a este Jesús nuestro que pudo decir con fuerza inaudita: Yo soy la Verdad .

En primer lugar, Monseñor Escrivá proponía a los docentes este prototipo humano: «enamorados de la Verdad», hombres y mujeres que buscan esa verdad con afán, «para sentir luego, añadía, la desinteresada felicidad de contemplarla» . ¡Enamorados de la Verdad! ¿Nos sugiere esta escueta fórmula el arrebato de una pasión dominante, el ardor inclaudicable de una vocación, la perseverancia de una fidelidad inquebrantable, el estado de asombro permanente como raíz del saber, un fuego que domina a la vez inteligencia y corazón? Amar la verdad es amar el indecible prodigio del ser, es amar a Dios en sí mismo y, desde sí mismo, hasta en las más pequeñas de las realidades de la naturaleza y de la historia.

La búsqueda de la verdad, lo sabemos bien, es ardua. A nuestra inteligencia limitada y, además, oscurecida por el pecado, le resulta compleja y fatigosa esa indagación de lo inteligible que late en lo sensible. Es la hora de recordarnos la exigencia moral de esa santa tenacidad, de esa aplicación metódica y paciente, de esa diligencia intelectual que exige vuestra tarea.

Buscar la verdad comporta, para la Universidad entera y para cada uno de vosotros, un empeño constante por fomentar en ese ámbito, la investigación propiamente dicha. Lo pide el dinamismo connatural de la institución universitaria, y lo pide el bien común de la sociedad. Son patentes las efectivas dificultades de esta tarea, sobre todo la limitación de los medios materiales y las escasez de tiempo de las personas adecuadas. Pero si hay espíritu —y aquí lo hay—, voluntad, ingenio, creatividad e iniciativa, estoy seguro, segurísimo, y estad vosotros seguros, segurísimos, de que podréis llevar lejos, muy lejos, vuestros proyectos de investigación, y estar así para servir en la vanguardia del saber, como hijos de Dios que honran así al Creador y sirven a los demás.

4. Continúo la secuencia que antes indiqué: buscadores de la verdad, practicantes de la verdad. Esta ilación es evidente para nosotros. El que ama la verdad tenderá, debe tender a convertirla en vida. Un docente verdadero, es un hombre comprometido personalmente con la verdad y, por eso mismo, siempre fuerte ante la tentación de incoherencias intelectuales, de claudicaciones éticas, de conveniencias ideológicas, de cesiones, porque de lo contrario traería consecuencias ingratas.

Os recuerdo cómo se expresaba Mons. Escrivá, gran apasionado de los valores del hombre: «el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública» . No cedamos, seamos comprometidos con la verdad.

No es necesario detallar ahora los problemas morales, de actualidad candente en el debate cívico o político de muchos países, donde se enlazan los intereses de Cristo en la historia, la ley moral natural, y esa indispensable iluminación que el saber académico más riguroso debe aportar, para que esa cuestiones vitales se resuelvan en favor de la dignidad humana y, concretamente, en favor del matrimonio indisoluble y de la familia, núcleo central de tales debates en el mundo contemporáneo. He seguido con alegría lo que estáis haciendo ya en este aspecto y os animo a que no desistáis en tan importante tarea.

Hay también tantas otras materias de tanta importancia doctrinal, ligadas a la historia, a la demografía, a la psicología y psiquiatría, a las llamadas ciencias sociales y en general a las disciplinas todas del saber, donde se espera de cada uno de vosotros una clarificación creciente, en la medida del desarrollo de esta Universidad, que será muy fructífero. No cabe, pensémoslo bien, neutralidad doctrinal a la hora de abordar con sabiduría cristiana esas cuestiones decisivas para la recta vida humana, personal y social.

Estar comprometido con la verdad, ser un practicante de la verdad, implica para el académico toda una dimensión espiritual: un trato de amor con la Verdad que es Dios mismo, con la Verdad que es Jesucristo en Persona, y que os liberará de las posibles vanidades del oficio intelectual, sobre todo del “academicismo”, de la erudición, de la vanagloria humana. Leemos en Camino, también escrito por ese apasionado del saber, Mons. Escrivá: «sólo te preocupas de edificar tu cultura. —Y es preciso edificar tu alma» . Dentro del clima de plena libertad de las conciencias, que caracteriza a esta casa de estudios, a nadie se le oculta el ingente esfuerzo que se realiza para que todos —también los docentes, por supuesto— tengan libre acceso a los medios de formación espiritual que su alma necesita.

El compromiso con la verdad, que se fortalece con la oración cristiana, forma una sola cosa con la rectitud moral: con el comportarse, dentro y fuera de la universidad, según la verdad del mundo, del hombre y de Dios. Os miran tantos ojos juveniles que nada aprecian tanto como la coherencia vital, la unidad de vida, el acuerdo entre conducta y pensamiento. Que os vean —como ya procuráis serlo— íntegros, consecuentes, justos. Ese caminar comprometido se manifiesta, a su vez, en toda una ética profesional de la investigación y de la docencia: seriedad y rigor intelectual, diligencia laboral, rectitud insobornable, ajuste riguroso a las leyes propias e intrínsecas de las humanidades y de las ciencias. Un profesor que actúa así es necesariamente ejemplar de cara a sus alumnos, porque no sólo enseña las disciplinas, materias, habilidades, datos: enseña a ser hombre, enseña a encontrar a Cristo. Por la vía moral y espiritual, nos introducimos —perdonad que sea un poco largo— nos introducimos en el tercer aspecto que deseo tratar brevemente.

5. Sois apasionados difusores de la verdad. El bien es difusivo de sí, dicen los filósofos: bonum sui diffusivum, razón de conveniencia que se invoca nada menos que a propósito de la creación divina del mundo. Pues bien: en el mismo sentido, podemos afirmar que la verdad es difusiva de sí: este dinamismo es el alma de vuestra vocación profesional, y la universidad es su espacio privilegiado.

Aquella «desinteresada felicidad de contemplar» la verdad, que os he mencionado antes con palabras del Beato Josemaría, se proyecta dentro de vosotros con entera naturalidad, en ese impulso que —también con palabras suyas— «os empuja a comunicar después esas riquezas a los estudiantes, con abierta generosidad, en la alegre labor del magisterio, que es forja de hombres, mediante la elevación de su espíritu» . También quiero mencionar a Monseñor Álvaro del Portillo, que os exhortaba a ser «profesores que no guardan para sí egoístamente, el fruto de sus investigaciones, si no que con generosidad, comunican a los estudiantes las riquezas alcanzadas con su esfuerzo» .

Estas consideraciones traen como un eco aquella recomendación de Surco, del Beato Josemaría: «Profesor: que te ilusione hacer comprender a los alumnos, en poco tiempo, lo que a ti te ha costado horas de estudio llegar a ver claro» . Esta ilusión se manifestará, particularmente, en vuestro generoso empeño de formar ayudantes, que luego pueden ser docentes e investigadores; en vuestra ilusión de formar —si es posible— profesores aún más competentes que vosotros mismos, aunque el nivel que hayáis alcanzado vosotros sea tan alto, porque contarán con el sólido fundamento de vuestra propia experiencia.

Un auténtico difusor de la verdad tiene el atractivo y el constante afán de mejorar sus métodos pedagógicos. Vuestra formación como profesores debe estar siempre abierta: ese dinamismo intelectual es, además, necesaria base humana para la santidad de vuestro oficio en la presencia de Dios.

Os recuerdo, por último —y aunque lo sabéis muy bien— que vuestra tarea, más allá de toda mera instrucción, apunta a la persona entera de cada alumno, de cada alumna: a su cabeza, a su corazón, a su conciencia, a su íntegro ser. Como afirmó el Beato Josemaría: «No hay Universidad propiamente en las Escuelas donde, a la transmisión de los saberes, no se une la formación enteriza de las personalidades jóvenes» .

¡Qué hermosísimo panorama tenéis por delante! Yo me sumo a vuestros esfuerzos. ¡Cuánto podéis hacer por Chile y desde Chile! Os encomiendo vivamente —lo he hecho en la Santa Misa, lo vuelvo a hacer ahora— a María, Trono de Sabiduría, Virgen Inmaculada, Esperanza Nuestra, para que ruegue por nosotros.

Gracias por vuestra paciencia.


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