Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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25 • Julio - Diciembre 1997 • Pág. 307
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Texto íntegro de la entrevista concedida a Magdalena Ossandon, periodista del diario “El Mercurio” (Santiago de Chile), publicada en noviembre de 1997. El Mercurio (26-X-1997)

I. El otro rostro de Chile

1. La última vez que estuvo usted acá fue en 1974, hace más de 20 años. ¿Qué cambios ha notado?

Por el carácter pastoral de mi visita, y por su brevedad, no puedo dar un juicio global. Pero yo diría que en estos años el gran potencial humano, intelectual, moral y religioso de Chile ha madurado. Este potencial es un motivo de esperanza, y también una enorme responsabilidad para los chilenos.

2. Si bien el país ha tenido un notorio crecimiento económico, producto de la aplicación del modelo de libre mercado, también se quieren ir desatando ataduras en el plano cultural. Algo así como un destape a la Chilena... ¿Qué opina usted?

El progreso material es un imperativo de justicia y caridad, pero tiene un carácter ambiguo, ya que puede ser también ocasión de injusticia y de desorientación. Confío en que los chilenos sabrán conducir bien ese proceso, hacia la genuina “libertad de los hijos de Dios”, con palabras de la Escritura. Es ésa la única libertad que libera, la que se funda en la verdad sobre el hombre, el mundo y Dios.

3. Para algunos, el respeto de la opinión contraria, el dejar hacer, es un signo de modernidad.

El respeto por quien piensa lo contrario de uno es siempre un buen signo, en cualquier época. Pero ese respeto no es incompatible con el ejercicio del derecho a construir una sociedad justa de acuerdo con la propia conciencia, iluminada por la ley natural y, en el caso de los cristianos, también por el Evangelio. Es un derecho y, a la vez, un deber irrenunciable. Por supuesto, eso no significa andar dándose de golpes con el prójimo.

4. Usted ha destacado a Chile y a América del Sur como un continente con raíces culturales cristianas e incluso dijo que era una reserva de la Iglesia. También advirtió que querrán destruir ese tesoro... ¿Cuáles son las amenazas que usted ve?

Esas raíces culturales cristianas han influido positivamente en la configuración de las sociedades en los países de América del Sur, y se manifiestan en el sentido cristiano de las personas y de las naciones, en las costumbres, en las devociones populares, en el aprecio por la institución familiar, etc. Por eso he hablado de tesoro. La amenaza que se cierne sobre este tesoro no es otra que el proceso de secularización que invade tantas sociedades y países del mundo, el intento de confinar a Dios en la conciencia personal, de modo que el mensaje cristiano no tenga ninguna influencia en la vida social. El acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios, su Muerte y su Resurrección no son una teoría a la que uno simplemente asiente, se trata de una realidad: el hecho central y decisivo de la entera historia humana. Dios vivo que nos busca y nos hace participar de su Vida, para salvarnos y para que iluminemos todos los caminos de la tierra con la luz de Cristo, único Redentor del mundo. Tengo el convencimiento, como decía el Beato Josemaría, de que “sin Cristo el hombre se desintegra”, se divide interiormente y se pierde; y esta desintegración, esta división interior, repercute en el ambiente social.

5. En estos momentos en Chile se han develado diferentes hechos de corrupción. El narcotráfico ha penetrado en importantes sectores de la sociedad. ¿Qué medidas sugiere usted debieran tomarse para detener estos flagelos que amenazan la integridad social y el futuro de las generaciones venideras?

No me corresponde a mí determinar cuáles son las medidas adecuadas a esas situaciones, cuyo detalle desconozco. Las medidas serán variadísimas en el orden público. Yo sólo puedo hablar de un principio moral: cada conciencia debe decidirse a cortar el círculo vicioso de “lo hacen todos”, o “me perjudico si no asumo esas prácticas”. Así, con esta falta de lógica y de moral, el problema se extiende en forma indefinida. Hacen falta muchos ciudadanos que se nieguen, incluso heroicamente, a ser cómplices. Con esa actitud producirán círculos concéntricos de rectitud moral que irán saneando toda la sociedad. Los cristianos deberían ser los primeros en romper el círculo vicioso.

6. ¿Cuál es la causa de estos pecados sociales? (el relativismo moral, la falta de ética...)

Sin duda hay causas de toda índole, pero quiero remontarme a la más radical. La pérdida del sentido de Dios en el corazón de los hombres concretos no puede sino oscurecer también la conciencia moral de una entera sociedad. Las normas, entonces, pierden el sustento objetivo y universal, no se distingue el bien del mal y se impone un relativismo ético que es personal y socialmente corrosivo.

7. En Chile, aun cuando la gran mayoría se dice católica, en la práctica no lo son tanto y cumplen sólo algunas de las normas o principios de la Iglesia. ¿Se puede ser católico a medias? ¿Es preferible a no serlo en nada?

Es posible ser católico a medias, pero es muy triste serlo. A la luz del mensaje que el Señor puso en el corazón del Beato Josemaría Escrivá, reafirmado por el último Concilio, he predicado mucho —también en Chile— sobre la “llamada universal a la santidad”, es decir, sobre la vocación divina a la plenitud de la vida cristiana, llamada recibida por todos los fieles en el bautismo. La disyuntiva entre ser católico a medias o no ser católico no es un planteamiento coherente para el verdadero hombre de fe, que busca máximos y no males menores y que persigue un ideal de vida por el que merece la pena comprometerse.

8. ¿La inconsecuencia es hoy día una práctica habitual en el mundo entero? ¿Qué le parece?

No quiero generalizar, porque no sería justo. En todo caso, es una tendencia permanente de nuestra naturaleza herida por el pecado. La respuesta cristiana, como tan profundamente enseñó el Fundador del Opus Dei, es la “unidad de vida”, a la que tanta importancia da la Exhortación apostólica Christifideles laici: el fiel católico es siempre uno y el mismo, y debe esforzarse para actuar en coherencia con su fe en la calle, en la familia y en el trabajo, en privado y en público, en lo espiritual y en lo temporal, en la intimidad de la conciencia y en medio de la muchedumbre. Obrar de ese modo proporciona autenticidad, y también armonía y serenidad; y ayuda a ser fieles y a hacer felices a los demás.

9. Teniendo en cuenta los problemas que tienen las personas comunes y corrientes, que se encuentran frente a un mundo competitivo y que cargan con enfermedades como stress, depresiones, etc. ¿Cómo puede ser posible y un hecho real la “santidad” de los laicos, en medio del mundo?

Ese es precisamente el realismo cristiano. La santificación, como la vida misma, no se desarrolla en un mundo “ideal” —inexistente—, ni en circunstancias fáciles, sino en el mundo real de las dificultades comunes y corrientes. Más aún: la santificación pasa por esas dificultades, personales y sociales, del mundo real: no existe santidad sin Cruz. El Beato Josemaría hablaba de la “mística ojalatera” a propósito de la santificación: ¡ojalá estuviera allá y no acá, asá y no así, ojalá trabajara en aquello y no en esto, porque entonces podría santificarme! Esos razonamientos son ilusiones, evasiones, excusas. Es justo al revés: precisamente aquí, y así, en estas circunstancias reales y actuales, es donde el Señor nos quiere santos, y para eso nos da las gracias necesarias y suficientes, en proporción a las mismas dificultades que debemos superar.

II. Ley de divorcio

10. Chile es el único país del mundo que no tiene una ley de divorcio vincular. En este momento se tramita un proyecto de ley en el congreso para legalizar la disolución del vínculo, proyecto al cual se ha opuesto la jerarquía de la Iglesia. ¿No corresponde a los civiles hacer sus propias leyes?

Las autoridades civiles hacen las leyes, pero las leyes, para ser tales, deben ser justas, es decir, deben respetar lo que es propio de cada cosa y deben servir al bien común. No pueden depender sólo del arbitrio de los legisladores, sino de una norma del bien y del mal que es intrínseca al hombre y que se llama ley moral natural. La Iglesia, como el hombre mismo, no produce sino que encuentra esta ley inscrita en lo profundo de nuestra naturaleza. Según esta ley, el matrimonio es de suyo indisoluble. La Iglesia —la jerarquía y los fieles laicos— no puede sino oponerse a una ley de divorcio vincular, que pretende legalizar una injusticia. Si, en materia tan delicada como ésta, actuara de otro modo, sólo facilitaría la desintegración de la sociedad civil, como se observa, por otra parte, en tantos países: la experiencia es que el divorcio causa males, nunca bienes.

11. ¿No le parece que esta actitud tan rígida de la Iglesia muchas veces ha provocado el alejamiento de ella de parte de muchos fieles?

No se puede llamar “rígida” a una actitud que responde a la verdad del hombre, al bien común de la sociedad, a la palabra expresa de Jesucristo para la Iglesia y —no podemos olvidarlo— para la humanidad. En su defensa de la estabilidad familiar, la Iglesia es tan “rígida” como en su defensa de la vida o de los derechos humanos: a quienes han querido conculcar estos derechos, la Iglesia les ha parecido “rígida”, efectivamente; pero la humanidad ha de agradecer que la Iglesia no haya cedido a sus presiones. Por lo demás, a lo largo de los siglos, ha sucedido muchas veces que la exigencia de una alta norma de conducta parece que va a apartar a muchos fieles de la Iglesia. Y sin embargo no aleja sino que acerca, atrae, porque es coherencia con Cristo, con Dios, y la coherencia atrae.

12. Si la Iglesia es misericordiosa y el perdón es algo fundamental en Ella, ¿por qué no se acepta el error humano de haberse separado y permite, por ende, rehacer la vida través de un segundo matrimonio?

Son dos cosas diversas. La Iglesia aplica la misericordia de Cristo hacia quien yerra, peca o sufre. Pero también guarda la propia verdad de Cristo, que declaró el matrimonio indisoluble y no provisorio. El Papa mismo no podría cambiar ese estado de cosas, por mucha compasión que tenga —y que tiene— hacia los afectados. A la mujer adúltera Jesús le dice: “Yo tampoco te condeno”, pero agrega: “Anda y no peques más”. En suma, la misericordia no puede contradecir la verdad moral: sería, en ese caso, una falsa misericordia. Evidentemente, la Iglesia también extiende su misericordia a las víctimas del divorcio vincular —el cónyuge abandonado, los hijos malheridos, toda la desgracia consiguiente—, víctimas que algunos quizá no tienen bastante en cuenta.

13. Algunos atemorizan de que si se aprueba una ley de divorcio, vendrá después el aborto y la eutanasia. ¿Comparte esas aprensiones o las considera como “voladores de luces”?
Por desgracia, esa secuencia permisiva es un hecho histórico comprobable en muchas sociedades. Comparto esos temores.

III. Opus Dei en Chile

14. ¿Cuál es su impresión de la Prelatura del Opus Dei en Chile, después de haberla visitado tras unos 20 años? ¿Qué cambios ha notado?

En estos años se ha desarrollado en su labor apostólica, y esto es un motivo de alegría. Además, el mundo cambia continuamente, y los fieles del Opus Dei, que vivimos y respiramos en el mundo, también cambiamos en las cuestiones temporales, en Chile y en todas partes: las preocupaciones de las mujeres y de los hombres en esta tierra, sus ideas, sus gustos, son en gran parte distintos de los de hace veinte años, y reflejan el hecho de que en Chile han cambiado las circunstancias, las necesidades de la gente, la mentalidad... No ha cambiado el espíritu del Opus Dei, que es un modo concreto de vivir el cristianismo que hace hincapié, entre otras cosas, en la filiación divina y en la santificación del trabajo. Ese espíritu se vive ahora como se vivía en 1974, pero se encarna en una realidad histórica diferente.

15. Todavía hay quienes critican al Opus Dei y lo encasillan como ultraconservador, como elitista y que llega a los sectores de más alto poder económico. ¿Cómo ve estas críticas y en qué aspectos cree que los miembros del Opus Dei en Chile debieran mejorar?

He visto que, en Chile, la labor apostólica de las mujeres y de los hombres del Opus Dei llega, gracias a Dios, a gente de toda condición. Universitarios y campesinos, trabajadores manuales y empresarios. Gente de relieve y gente sencilla, que no sale en los periódicos. Me ha dado mucha alegría ver lo que hacen en “la Pintana”. He visto que personas jóvenes y sacerdotes de la Obra van a atender a gente que está en la cárcel de Santiago. He contemplado el trabajo que realizan en San Fernando con campesinos de la zona, con la Escuela agrícola “Las Garzas”, que comenzó a funcionar en 1963.

Por lo que se refiere a la autocrítica, los fieles del Opus Dei estamos acostumbrados a hacerla cada día: diariamente hacemos examen de conciencia, revisamos nuestra conducta, encontramos muchos errores y omisiones, y nos trazamos propósitos de enmienda, confiando en la gracia de Dios. Me planteo, en Chile y en todos los sitios, que seamos cada día, que tomemos cada día más conciencia de que somos hijos de Dios. Sí, he venido a recordarles que deben esforzarse en cumplir bien, ni más ni menos, lo que todo cristiano está llamado a practicar: el amor a Dios y al prójimo, la oración, el trabajo santificado, la responsabilidad social, el servicio desinteresado al Papa y a la Iglesia... Ya ve que en todo podemos mejorar, nunca podemos considerarnos satisfechos.

16. Teniendo en cuenta que muchos miembros de la Obra son personas de poder económico, ¿qué les diría frente a la parábola de Jesucristo de que es más difícil que un camello pase por el ojo de una aguja, a que un rico entre en el Reino de los Cielos?

Debería comenzar completando su pregunta. La inmensa mayoría de los miembros de la Obra es gente sin riqueza ni poder alguno: gente que vive al justo y con el sudor de su frente, personas modestas que llegan muy apretadas al fin de mes. Quienes tienen bienes económicos son, de lejos, los menos; y lo que les digo, con el Evangelio en la mano, es que administren esos bienes con sentido de solidaridad y con generosidad apostólica, o sea, con desprendimiento tanto de corazón como de bolsillo. Les repito, en el fondo, que se apliquen esa parábola a la que usted alude; como debemos aplicárnosla todos, desprendiéndonos de nuestro yo.

17. Chile es reconocido a nivel mundial por su alto crecimiento económico. Esto ha traído consigo un incremento del consumismo, del materialismo, del tener antes que el ser. ¿Cómo ve este cambio de mentalidad y cómo debieran enfrentar los chilenos el “precio” del crecimiento económico?

En Chile, como en muchos otros países, he predicado la urgencia constante de amar con obras la sobriedad cristiana, esa austeridad santa y sana frente al materialismo práctico: no crearse necesidades artificiales, no estar pendiente de lo que se tiene o no, saber prescindir de los bienes superfluos, dar y compartir con generosidad. He puesto un énfasis especial en la juventud: que sean educados en la austeridad y no en la blandura, porque su prematuro aburguesamiento, además de ser un mal social, quita espacio en su corazón a los grandes ideales que Jesús les pide.

IV. Tercer milenio

18. La llegada del tercer milenio produce en algunos un cierto temor. Profecías del fin del mundo inquietan. ¿A usted le producen algún temor?

¿Por qué miedo? Sólo esperanza, sólo grandes expectativas ante los grandes desafíos del tercer milenio. Entre otras cosas, esperan a la Iglesia, junto con las tribulaciones que siempre han sido parte de su historia, grandes horizontes apostólicos. El futuro es de los audaces...

19. La Iglesia ha llamado a preparar el jubileo mediante la celebración del trienio: Año de Cristo, Año del Espíritu Santo, Año del Padre. ¿Cómo deben prepararse los católicos para la llegada del tercer milenio y qué significado tiene el año 2000?

No ceso de recomendar, de acuerdo con esas directrices de la Iglesia que usted señala, una oración centrada en el misterio de la Encarnación, esto es, en esa irrupción redentora de Dios en el tiempo de la que vamos a conmemorar el bimilenario: una contemplación de la Humanidad Santísima de Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, que nos lleve a estar enamorados de Él. La carta apostólica Tertio Millenio Adveniente es, en este sentido, un documento diáfano y estimulante con el que el Papa indica un camino. Y produce alegría ver en las Iglesias particulares —también en las diócesis de Chile que he podido visitar en mi reciente viaje— tantas iniciativas alentadoras en esa misma dirección.

20. Considerando el mal estado de salud del Santo Padre, ¿es válida su doctrina? Hay quienes quitan validez a su palabra...

Es evidente que el Santo Padre tiene sus achaques. En gran parte, como consecuencia de su intensísimo trabajo, de su entrega sin condiciones a la tarea pontificia. Pero gracias a Dios actúa con una energía espiritual asombrosa y con un corazón joven: pienso honradamente que pocos, muy pocos, podrían llevar su ritmo de vida. La validez de su magisterio, de su autoridad, de sus palabras y acciones, no depende para nada de que le cueste andar o de que le tiemble la mano izquierda. Como dice el mismo Papa, con su humor característico, no se gobierna la Iglesia con los pies, y la mano con que firma es la derecha. Sobre todo, el dato fundamental para los católicos es que, independientemente del estado de salud del Vicario de Cristo, el Espíritu Santo guía a la Iglesia a través del Sucesor de Pedro.

21. ¿Es verdad que el Papa se ha apoyado mucho en el Opus Dei? ¿En qué aspecto cree que la Obra ha sido un apoyo a la Iglesia y al Santo Padre?

El Papa se ha apoyado y se apoya en quienes buscan servir a la Iglesia, a las almas, a la humanidad. En el Opus Dei amamos al Papa —al actual y al que sea, por el solo hecho de serlo— con un amor filial que nos mueve a estar del todo disponibles a su Magisterio, porque la Prelatura no existe sino para servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida. En todo lo que nos pida el Papa, por tanto, nos esforzaremos en ayudarle. Dicho esto, añadiría que el principal servicio de la Prelatura a la Iglesia es la realización del Opus Dei, es decir, la propagación de la vida cristiana entre hombres y mujeres corrientes, de todo estado y condición social.


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