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28 • Enero - Junio 1999 • Pág. 8
 
 
 
 •  Editorial
 

El camino de la conversión

El último año de preparación al Jubileo transcurre para la Iglesia por el cauce del trato filial con la primera Persona de la Trinidad. Es el momento de redescubrir que Dios es un Padre «rico en misericordia». Es también una buena ocasión para profundizar en la relación entre la misericordia divina y la conversión personal.

El punto del que hay que partir es la iniciativa amorosa de Dios: el hombre se convierte porque Dios es misericordioso. «La conversión a Dios», ha dicho el Papa, «consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno (cfr. 1 Cor 13, 4), a medida del Creador y Padre: el amor, al que Dios (...) es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo». Dios es fiel a su amor. Por eso, el camino de la conversión comienza con el reconocimiento agradecido del don divino de la misericordia. «Bendito seas, Señor, Padre que estás en el cielo, porque en tu infinita misericordia te has inclinado sobre la miseria del hombre y nos has dado a Jesús, tu Hijo, nacido de mujer, nuestro salvador y amigo, hermano y redentor».

La acción de Dios, por tanto, precede y acompaña a la del hombre. La conversión, antes de que se verifique en el alma del cristiano, es preparada por la intervención de la Santísima Trinidad: del Padre, que envía al Hijo, del Hijo, que revela al Padre, y del Espíritu Santo, «que abre las puertas de los corazones». En su sentido más hondo, «la conversión es un don de Dios, obra de la Trinidad». Por este motivo, el cristiano, si realmente quiere disponerse a la conversión, debe tratar asiduamente a la Santísima Trinidad: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Los sacramentos, la oración y las obras transformadas en oración, «una amistad constante con Jesús en la Palabra y en el Pan»: éste es el camino de la conversión. Como enseña Juan Pablo II en su encíclica sobre la misericordia divina, «el auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo “ven” así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a Él. Viven, pues, in statu conversionis; es este estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre por la tierra in statu viatoris».

La conversión del corazón no es, por parte del hombre, simplemente un deseo de amar a Dios, formulado en un determinado momento. No es tampoco un asentimiento teórico a la gracia. Hay que renovar activamente el propósito de la primera conversión: adquirir el hábito de convertirse una y otra vez al Señor, de dirigir a Él todas las acciones, enderezándolas, cuando se hayan apartado de esa dirección. «La vida cristiana es un constante comenzar y recomenzar, un renovarse cada día», enseña el Fundador del Opus Dei. Es entonces cuando la conversión puede traducirse en hechos —en los «frutos dignos de penitencia» que Juan el Bautista pedía a los judíos como manifestación de su conversión— y no sólo en sentimentalismo inoperante.

La conversión tiene exigencias distintas para cada persona, pero en todos los casos se trata de un movimiento del corazón que, si es auténtico, ha de reflejarse en los hechos. El camino de la conversión no se agota en los sentimientos, sino que desemboca en la coherencia de vida: no es sólo evitar el mal, sino hacer el bien. Si la genuina conversión, como ha escrito Juan Pablo II, «comprende tanto un aspecto “negativo” de liberación del pecado, como un aspecto “positivo” de elección del bien», quizá en este momento de la historia, caracterizado por el individualismo y por una moral de mínimos, es particularmente importante ofrecer al mundo el testimonio auténticamente cristiano de la apuesta positiva por el Bien en cada instante de nuestra jornada.


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