Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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28 • Enero - Junio 1999 • Pág. 90
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la solemne concelebración eucarística en la fiesta litúrgica del Beato Josemaría. Parroquia del Beato Josemaría, en Roma (26-VI-1999)

Queridos hermanos y hermanas.

1. Estamos recorriendo el último año de preparación al Jubileo del 2000, ya inminente, que el Romano Pontífice ha dedicado a Dios Padre. De acuerdo con las intenciones del Papa, estos meses tienen «la función de ampliar los horizontes del creyente según la visión misma de Cristo: la visión del “Padre celestial” (cfr. Mt 5, 45), por quien fue enviado y a quien ha retornado (cfr. Jn 16, 28)».

En la celebración litúrgica de hoy descubrimos, por tanto, una nueva invitación a dirigir a Dios Padre, que hace brillar de tan diversos modos su Rostro misericordioso, una mirada llena de agradecimiento y de amor. Nos reunimos en torno al altar en el aniversario del dies natalis del Beato Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, el Padre. Esta referencia a la paternidad me parece que constituye un elemento esencial de la personalidad del Beato Josemaría.

Centenares de millares de personas, en efecto, han reconocido en él los rasgos característicos de una paternidad espiritual vivida hasta sus últimas consecuencias: hasta la entrega completa de la vida, un día tras otro, con el gozo de engendrar espiritualmente y de educar hijos de Dios. Desde el primer momento de la fundación del Opus Dei, el Beato Josemaría era consciente de que Dios le llamaba a ampliar las fronteras de su corazón para abrazar innumerables criaturas de razas y culturas muy diversas, y experimentó la alegría y la responsabilidad de cumplir esa misión. Desde entonces brotó de su boca un grito que expresa el deseo de un amor sin límites: «no hay más que una raza: la raza de los hijos de Dios». Ya en el año 1933, en unos apuntes dirigidos al confesor pidiéndole autorización para incrementar las prácticas de penitencia —ya de por sí muy generosas— a las que se sometía, escribió: «Dios me lo pide (...). Es menester que sea santo y Padre, maestro y guía de santos».

Hace siete años, en la homilía de la Misa de beatificación, Juan Pablo II recordó los muchos sufrimientos que el Beato Josemaría tuvo que afrontar en el cumplimiento de su misión eclesial. El Señor quiso probarle con la Cruz, y es lógico que haya sido así, porque la paternidad y la maternidad verdaderas se perfeccionan en el dolor, como saben bien todos los padres cristianos. Pero caeríamos en un error si uniésemos la Cruz a la tristeza, el dolor al pesimismo: Cristo, el Hijo amadísimo, ha conquistado para nosotros la alegría de la salvación mediante su sufrimiento en la Cruz.

Justamente por la generosidad de su respuesta a Dios Padre, el Beato Josemaría Escrivá ha sido y continúa siendo Padre. Todavía hoy, siete años después de su beatificación, su fama de santidad sigue extendiéndose por todo el mundo y es confirmada por numerosos signos que son como el sello de Dios sobre las obras realizadas por su siervo. En estos siete años, a la Postulación de la Causa han llegado decenas de millares de relaciones firmadas, para comunicar gracias y favores atribuidos a la intercesión de este siervo bueno y fiel, que tanto se prodigó en vida para dar gloria a Dios y que también ahora, desde el Cielo, no hace sino encaminar las almas hacia el Señor.

2. Son verdaderamente estupendas las palabras con que Jesús exhorta a Pedro después de la pesca milagrosa: no temas; desde ahora serán hombres los que has de pescar. Este anuncio tantas veces meditado por los cristianos, tan querido para el Beato Josemaría, sigue teniendo una actualidad perenne. Jesucristo lo dirige a sus hijos de todos los tiempos: hoy a cada uno de nosotros. También ahora el Maestro desea suscitar muchas vocaciones de apóstoles. También ahora espera la misma respuesta generosa que le dieron los primeros discípulos, cuando, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.

En el marco que nos brinda la liturgia, querría meditar con vosotros sobre el significado que la llamada a ser apóstol, pescador de almas, asumió en la vida del Beato Josemaría. ¿No os parece que la prodigiosa eficacia de su paternidad espiritual ha constituido verdaderamente una gran pesca de hijos de Dios? Hacer resonar en las almas la llamada de Cristo a seguirle, significa dar cumplimiento a las palabras de San Pablo que acabamos de escuchar: a los que de antemano conoció, también los predestinó para que lleguen a ser conformes a la imagen de su Hijo, a fin de que él fuese primogénito entre muchos hermanos. La obra que Dios ha querido realizar en la tierra, sirviéndose del Beato Josemaría como instrumento fidelísimo, se resume en esto: reavivar en los cristianos la conciencia de ser hijos de Dios en Cristo y suscitar la decisión de obrar en consecuencia. El mismo Fundador enseñaba que el fundamento de la vida espiritual de los fieles del Opus Dei es el sentido vivo, explícito, de la filiación divina.

Estamos hablando de una pesca espiritual, pero ¿cuáles fueron los instrumentos empleados por el Señor? ¿Cuáles fueron las redes que han permitido que el Beato Josemaría, al término de sus días terrenos y aún ahora mismo, pudiera presentar delante de Dios Padre una gran cantidad de peces, una muchedumbre inmensa de hijas e hijos de su espíritu? Yo, que he tenido la gracia de vivir muchos años a su lado, puedo aseguraros que el instrumento humano de esta pesca divina fue el corazón sacerdotal de nuestro Padre, sus cuidados maternos y paternos con todas las personas que se le acercaban. Esta solicitud sin fronteras era fruto de su amor a Dios, fruto de su espíritu de oración y de penitencia, empapado de una alegría que nunca le faltaba.

A medida que transcurrían los años y la pesca se hacía más y más abundante, el Beato Josemaría experimentó el temor —como los Apóstoles— de que las redes se rompieran, de que su corazón no pudiese amar, a todas las personas que Dios colocaba a su lado, con la misma intensidad con que había querido a los primeros que habían comenzado a seguirle. Pero el Señor, que le había llamado para asumir esta paternidad, dilató su corazón; y así, en 1945, podía escribir: «no puedo dejar de levantar el alma agradecida al Señor, de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra (Ef 3, 15-16), por haberme dado esta paternidad espiritual, que, con su gracia, he asumido con la plena conciencia de estar sobre la tierra sólo para realizarla. Por eso, os quiero con corazón de padre y de madre».

3. Detengámonos en el texto del Apóstol que el Beato Josemaría cita en el párrafo que acabamos de leer. San Pablo afirma que toda paternidad en el cielo y en la tierra procede de Dios Padre. Sí, toda paternidad: aquélla que es según la carne y la paternidad espiritual, a la que todos los cristianos han sido llamados. Hablando con rigor teológico, sólo Dios es verdaderamente Padre en toda la plenitud de la expresión, porque sólo Él es la fuente primera y universal de la vida. Con razón, pues, Jesucristo amonesta: a nadie llaméis “padre” sobre la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial. Sólo en relación a esta suprema paternidad de Dios se puede y se debe hablar de paternidad y maternidad de las criaturas; más aún, toda la dignidad de la paternidad humana reside en el hecho de ser un reflejo de la paternidad divina.
Padres y madres que me escucháis: vuestros hijos han de descubrir en vosotros el signo de la paternidad de Dios. ¡Pensad qué grande es vuestra responsabilidad! Y vosotros, hijos, esforzaos en ver la imagen de Dios Padre en vuestros padres; de este modo les tendréis siempre el respeto y la veneración debidos, y el Señor os premiará. Desgraciadamente, mientras muchos padres y muchos hijos dan al mundo un ejemplo profundamente cristiano, no faltan quienes conciben la paternidad como un camino de autoafirmación o de proyección personal, y no faltan los hijos que consideran la filiación como una especie de esclavitud o dependencia mal tolerada. Pidamos al Espíritu Santo que sople con fuerza en los corazones, para que todos experimenten el profundo gozo —aunque esté mezclado de dolor, como os sugería poco antes— de la paternidad y de la filiación.

Antes de terminar, quisiera reafirmar que todos los cristianos, sin excepción alguna, están llamados a las alegrías de la paternidad o de la maternidad espirituales. Nuestro Padre Dios quiere tener muchos hijos y muchas hijas, de modo que su Hijo Jesús sea el primogénito entre muchos hermanos. Cada uno de nosotros ha de preparar sus redes para participar activamente en la pesca que Cristo mismo sigue realizando en medio del mundo. Y nuestra redes —los medios humanos que debemos emplear junto con los sobrenaturales— son la caridad con todas las personas con quienes nos encontramos; el prestigio profesional que deriva de un trabajo realizado para dar gloria a Dios; el testimonio de una existencia cristiana vivida íntegramente; la palabra oportuna que sabe ofrecer consuelo a quienes sufren e impulsar hacia la meta de la santidad. Hoy es un buen momento para que cada uno de nosotros se haga a sí mismo algunas preguntas: ¿Trato de acercar muchas almas a Dios mediante la oración, la expiación y la acción?. ¿Hablo de Dios con mis amigos y colegas, sin temores ni vergüenzas? ¿Los invito a acercarse al ministerio del sacerdote para recuperar, en la Confesión, la amistad con el Señor, la plena dignidad de los hijos de Dios? De este modo seremos también nosotros participantes de aquella paternidad espiritual a la que se refería Jesucristo, cuando enseñaba: he aquí mi madre y mis hermanos. Pues todo el que haga la Voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.

Recurramos a la Santísima Virgen para que nos muestre las sendas de esta fecundidad espiritual que Ella, junto con la maternidad física, ha vivido en grado eminente con Jesús. A Ella, Hija predilecta del Padre, nos dirigimos para ser también nosotros capaces —como el Beato Josemaría— de ayudar a muchas almas a descubrir que son hijos de Dios e hijos de María, y a actuar en consecuencia. Así sea.


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