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30 • Enero - Junio 2000 • Pág. 66
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Nuestro Tiempo (Pamplona, I/II-2000)

Entrevista realizada por Miguel Ángel Jimeno y Fernando López Pan, publicada en la revista "Nuestro Tiempo", Pamplona, España.


¿Es la Universidad de Navarra del año 2000 la que imaginó su Fundador, el Beato Josemaría Escrivá?

No dudo en responder afirmativamente. El beato Josemaría promovió numerosas iniciativas en todo el mundo. E imaginó muchas otras que todavía no han nacido. Eran fruto de su afán apostólico, de su espíritu emprendedor, creativo, optimista. Congeniaba con las personas de talante constructivo, que no se limitan a quejarse ante los problemas sino que aportan su grano de arena para resolverlos. Pero nunca se sentía propietario de esas tareas, sino sembrador.

El Beato Josemaría nos contó muchas veces sus sueños sobre la Universidad de Navarra: un lugar de estudio sereno, de libertad, de convivencia, de servicio. Estoy seguro de que gozaría hoy, recorriendo el campus y conversando con profesores, empleados y alumnos, como le ocurrió muchas veces en los comienzos de esta aventura. Pero disfrutaría sobre todo viendo que la Universidad renace cada día del trabajo, de la oración y de los sueños de los que ahí trabajáis.

¿Cuál debe ser el papel de la institución universitaria en la sociedad de hoy? ¿Qué rasgos son permanentes y cuáles pueden y deben adaptarse a las nuevas circunstancias sociales, económicas y culturales?

La Universidad no debería sólo adaptarse a las nuevas circunstancias, sino situarse —con palabras que el Beato Josemaría empleaba en otro contexto— «en el origen mismo de los cambios». Esa actitud renovadora significa también atesorar los logros conseguidos y, desde luego, los valores indeclinables.

La Universidad es tierra de cultivo de ideas y proyectos capaces de generar progreso social. En los últimos años han nacido nuevas instituciones dedicadas a la investigación, y algunas cuentan con más recursos y con la ventaja de la especialización. Pero la Universidad sigue siendo un ámbito propicio para la transmisión de la sabiduría.

Visión de conjunto, conciencia de la propia misión de servicio, primacía de la persona, espíritu innovador, administración serena del tiempo: esos son, entre otros, los rasgos que la Universidad debe conservar, a mi juicio, para seguir siendo protagonista del progreso.

Los conocimientos científicos crecen a tal velocidad que los investigadores han de especializarse en áreas muy concretas, tanto que corren el riesgo de perder la visión de conjunto. ¿Piensa usted que es posible combinar la especialización con las verdades más profundas del hombre? ¿Podría dar algún consejo al respecto?

Pienso que no sólo es posible sino necesario; y considero que, para un profesor universitario, es muy importante mantener la visión de conjunto: todo trabajo debe ayudarnos a poseer una idea clara sobre nosotros mismos y sobre el mundo, y a integrar esas convicciones en un proyecto de vida coherente. En mi opinión, los profesores han de transmitir a los estudiantes conocimientos sólidamente adquiridos y doctrinalmente rectos, que ayuden a descubrir el sentido de la propia existencia. No basta enseñar a producir, a rendir, a ganar. Lo que importa de verdad es aprender a vivir rectamente.

A la vez, no ignoro que mantener la visión de conjunto del saber es tarea difícil. Hay poco tiempo y mucho que hacer. Si tuviera que dar un consejo, aunque me gustaría más bien pedirlo a muchos profesores, sugeriría fomentar la amplitud de miras: saber regalarse grandes libros; seguir temas importantes de actualidad; conversar con sincero interés sobre el trabajo y las ideas de nuestros colegas; fomentar el diálogo interdisciplinar; ser dóciles a la verdad, y humildes de inteligencia para rectificar o recomenzar cuantas veces sea necesario.

¿Qué espera de la actividad investigadora de los profesores? ¿Qué pediría a los profesores e investigadores de la Universidad de Navarra?

A quienes trabajan en la Universidad de Navarra les pediría que sigan indagando especialmente aquellas cuestiones que tengan amplias repercusiones sociales. Un investigador cristiano encuentra en su fe un acicate y una luz para profundizar en los problemas reales de su tiempo: la dignidad de la persona, los derechos humanos, el respeto a la vida, las exigencias de la solidaridad, la construcción de la paz y tantos otros temas que precisan de una nueva concepción de la investigación universitaria, que tenga siempre presente su misión de servicio al hombre.

Me viene a la cabeza la insistencia del Papa en la necesidad de estudiar el modo de resolver la deuda pública de los países del Tercer Mundo. Pienso que una Universidad como la de Navarra ha de descubrir y aceptar los retos que plantean este tipo de cuestiones, que son muy complejas y que exigen un alto nivel de conocimientos especializados y una profunda atención a la persona.

La relación entre el profesor universitario y el alumno ha perdido la solemnidad de antaño. Ahora las relaciones son más cercanas y fluidas. ¿Puede contribuir esa proximidad a sembrar los grandes ideales en el corazón de los estudiantes? ¿Cómo lograr la proximidad al alumno, tan conveniente en su formación, sin caer en una familiaridad impropia?

Me parece una cuestión interesante, que ya tenía muy presente el Beato Josemaría Escrivá, cuando esta Alma Mater daba sus primeros pasos. También en esto se aprecia lo que es permanente y lo que va cambiando en la Universidad con el paso del tiempo. En estos momentos, la vida académica ha superado cierta rigidez y, a la vez, aún conserva esa cortesía que no es superficial sino muestra sincera de respeto.

Pienso que la convivencia de profesores y alumnos debe situarse siempre entre esos ejes de coordenadas: amistad y respeto. Ese clima facilita, en efecto, un diálogo enriquecedor para ambas partes, porque tanto el profesor como el alumno tienen lecciones que aprender e ideales que compartir, más allá de las diferencias culturales o religiosas. A la vez, la lógica más elemental lleva al estudiante a madurar la idea de que es discípulo, de que le conviene saber escuchar.

La libertad de cátedra que caracteriza la tarea del profesor universitario podría plantearle algún conflicto con las autoridades académicas. ¿Cómo conjugar esa libertad propia de una profesión liberal con el respeto a los órganos de gobierno de una Universidad?

La libertad personal no debe entrar en conflicto con la unidad de propósitos y la coordinación de tareas que caracterizan a una Universidad.

Evidentemente, los profesores que se incorporan a un claustro universitario conocen el ideario, la historia, el espíritu y el estilo de esa institución. En la Universidad de Navarra, el respeto a los demás es uno de esos rasgos de identidad; es un valor positivo que se procura fomentar, y no simplemente tolerar. En esta Universidad no hay planteamientos uniformes de escuela única, tampoco en materias teológicas y filosóficas. Dentro de la doctrina de la fe y de la moral de la Iglesia, cada uno puede adoptar la línea de pensamiento que le parezca más oportuna. Hay muchos caminos para llegar a la verdad y nadie debe reclamar para sí el monopolio de la razón.

En ese contexto, se entiende que trabajar en esta Universidad supone compartir ideales, contribuir entre todos a sacar adelante un proyecto profesional apasionante, en un ambiente de libertad y colaboración. Después, en el día a día, se deben tomar decisiones, adoptar unas soluciones descartando otras, elegir entre las diferentes posibilidades y opiniones. Son procesos normales, donde se alternan aciertos y errores humanos, pequeños o grandes, todos los días.

Pienso que conviene ser muy realistas, salvar siempre las intenciones, poner por delante lo que une y no lo que separa, y evitar que se introduzcan barreras en el trato. Antes hablábamos de la amistad y el respeto que deben presidir la relación entre profesores y estudiantes. Por muchos más motivos, amistad y respeto son características fundamentales de la relación entre profesores y directivos.

Por otro lado, ¿qué criterios deben seguir quienes ocupan cargos directivos, para no invadir la legítima libertad de los profesores? ¿Qué principios deben inspirar el gobierno de una Universidad en los distintos niveles?

El fundador de la Universidad de Navarra insistió en que gobernar es servir. Y ése es el espíritu que se ha procurado seguir en esta comunidad académica desde sus inicios. Quiero aprovechar que menciono este tema para expresar mi agradecimiento a todas las personas que en estos años han desempeñado alguna tarea de gobierno en organismos de la Universidad, de las Facultades, de los Departamentos. En muchos casos, para un profesor o investigador, ocupar un cargo directivo implica un sacrificio personal. Porque esa nueva tarea le lleva de ordinario a recortar los trabajos de investigación y docencia que habitualmente le ocupan y hacia los que se encuentra vocacionalmente orientado. Pienso que es de justicia valorar con agradecimiento esa dedicación, que todos prestan gustosamente, con mentalidad de servicio.

A la vez, para realizar la función directiva con profesionalidad y sentido cristiano se requiere también un aprendizaje. He tenido la suerte de escuchar personalmente al Beato Josemaría consideraciones muy variadas sobre la prudencia en el gobierno. Puedo decir que nunca omitía la referencia a dos cualidades: la colegialidad y la confianza. Si nunca es una persona sola la que decide, si nadie trata de imponer su particular criterio, se crea de modo natural ese clima de confianza mutua que permite trabajar con eficacia, y que ningún pequeño conflicto puede empañar.

¿Con qué actitud han de encarnar los estudiantes sus años universitarios? ¿Cuáles deben ser sus principales preocupaciones durante la carrera?

Aunque comprendo el significado de su pregunta, y si me permite la observación, pienso que no es posible determinar las preocupaciones que deben tener los estudiantes, ni señalar la actitud que han de encarnar. Cada estudiante es diferente. Cada uno es un mundo, con su historia personal, su personalidad, sus talentos, sus afanes y sus inquietudes. En todo caso, podríamos decir que la característica común del estudiante es que se encuentra dedicado de lleno a formarse. Está preparándose, a punto de zarpar para un viaje y sabe que le toca llevar el timón.

La Universidad de Navarra desea ser un lugar adecuado para esos años de grandes decisiones, donde cada uno perfila su proyecto de vida. Se invita a los alumnos a plantearse las preguntas radicales; se les ofrece un contexto que les pueda servir de orientación; se les propone que dirijan la mirada a Jesucristo —Camino, Verdad y Vida—, el único capaz de llenar nuestros más profundos anhelos. Pero, insisto, se trata de invitar, de ofrecer, de orientar, de proponer. Después, cada uno decide con libertad, y cada uno es responsable de sus decisiones y de su futuro, que serán buenos y útiles si se acomodan a la Verdad.

¿Cómo pueden ayudar los antiguos alumnos a la Universidad de Navarra?

No es fácil resumir en pocas palabras la riqueza que encierra la relación entre los graduados y la Universidad, sus profesores, sus empleados y todos los que trabajan aquí. Pienso que esa relación tiene dos caras: los graduados y la Universidad pueden ayudarse mutuamente.

En definitiva, la idea fundamental es que la Universidad mantiene sus puertas abiertas a los graduados: son siempre bienvenidos, porque de algún modo siguen formando parte de esta corporación. En todo momento se agradecen sus ideas y sugerencias, su colaboración en actividades de docencia o investigación, su ayuda económica.

Volvemos a lo que mencionaba antes: esta Universidad ha nacido de unos anhelos profesionales y apostólicos, y ha tomado la forma de un proyecto común, abierto a todos: alumnos, graduados, amigos. Todos pueden colaborar si comparten esos ideales cristianos de servicio universitario a la sociedad. Desde luego, quienes han pasado por las aulas de la Universidad están en las mejores condiciones de entender esta propuesta, y de encontrar mil modos de cooperar; de incorporarse, en definitiva, a este proyecto.

¿Cómo puede contribuir la Universidad a que resplandezca el espíritu cristiano en la sociedad? Y en concreto, ¿cómo puede colaborar la Universidad de Navarra en la nueva evangelización de Europa impulsada por el Papa?

La reciente encíclica Fides et ratio atribuye un papel destacado en la secularización de Occidente a la errada separación entre fe y cultura. Allí donde se ha producido la fractura tiene que producirse la reconciliación. Y esta Universidad, como muchas otras en las que se cultivan la fe y las ciencias humanas, puede ser un buen foro para relanzar ese diálogo entre fe y cultura, y para promover una ciencia y una cultura vivificadas por la fe.

Los grandes temas que preocupan al hombre contemporáneo se plantean con frecuencia en forma de interrogantes. Y entre las personas que se alejan de Dios, muchas lo hacen porque no encuentran a nadie que comprenda sus preguntas y les ayude a buscar las respuestas. Así sucede con muchas cuestiones: los límites del progreso científico, la naturaleza del matrimonio y de la familia, las fundamentos racionales de la moral, las causas y los remedios de la pobreza, etc. Hay que atreverse a afrontar la necesaria relación entre fe y cultura, sobre la base de una honda preparación científica y de las actitudes que todo diálogo requiere: respeto por el otro, capacidad de comunicación, deseo de mejorar.

Sin olvidar que lo más importante es que profesores y alumnos se esfuercen por caminar personalmente cerca de Cristo y dar a su vida universitaria un intenso sentido cristiano. Porque la evangelización se realiza también con el lenguaje de las obras y uno de los argumentos más convincentes es el testimonio de la propia conducta. Por ese motivo, la responsabilidad apostólica que la Iglesia nos confía no se traduce en un peso abrumador. No se nos piden imposibles: se exige de nosotros autenticidad, unidad entre fe, pensamiento y vida. Y en esto la Universidad tiene mucho que aportar en su quehacer cotidiano.

Me vienen a la cabeza las semanas que pasé en la Clínica, hace algunos años. Aquellos días —inolvidables para mí, por muchos motivos— en que fui destinatario de las atenciones, del cuidado de médicos, enfermeras y empleados. A través de muchos gestos silenciosos, y también de palabras de cariño, entendí más a fondo el atractivo de un servicio profesional realizado con esmero y por amor de Dios. Quien ha contemplado la Universidad desde las ventanas de una habitación de la Clínica, la ve de otro modo, la comprende mejor. Vale la pena aprender esa lección, que también he observado en otros departamentos de la Universidad.

¿Debe impregnar la fe cristiana los contenidos de las asignaturas? ¿También de aquellas más experimentales y prácticas? ¿No sería eso una falta de respeto a la libertad del alumno?

En el origen mismo de esta Universidad se encuentra el deseo de realizar una honda tarea profesional, con la luz de la Verdad que se nos ha entregado: Jesucristo. Ahí está la razón de su existencia, y el sentido de su presente y de su futuro.

La fe se nos concede para que esté radicada en lo más profundo de la inteligencia y del corazón. Es un don de Dios y una gran riqueza que impregna toda nuestra vida. Un cristiano ejercita su fe cuando va a Misa y cuando está con su familia; al estudiar, al escribir y mientras reza. La fe no es algo postizo, de quitar y poner, o de usar según la propia y mal entendida conveniencia.

Un profesor en clase no se manifiesta sólo como sabio, sino también como creyente, si ha recibido el don de la fe, que transforma radicalmente lo que poseemos y somos. La fe es intensamente humana. Por eso, su testimonio —que se muestra siempre respetuoso, por su propia naturaleza— no condiciona al alumno. Al contrario, como manifestación de coherencia, constituye siempre una semilla de libertad.

Hace pocas semanas, Juan Pablo II inauguraba en Roma el jubileo del 2000, ¿cómo vivir en la Universidad y desde la Universidad el jubileo?

¡Habría tanto que decir! Pero déjeme resumir todo en una sola palabra: conversión. Toda la preparación del Jubileo ha sido un camino de conversión, con la gracia de Dios. Y esta mudanza consiste sobre todo en un nuevo encuentro con Jesucristo. Descubrirle cada día, decidirnos a aprender todo lo que ha venido a revelarnos, ponerle en el centro del alma. No dejar que los muchos afanes, o los sufrimientos de la vida, nos separen de Él, sino precisamente al contrario, que todo nos conduzca a Jesucristo. Ésa es la invitación que el Santo Padre viene haciendo a cada uno de los cristianos y a todos los hombres de buena voluntad que buscan, que desean encontrar el sentido profundo de su existencia.

Al fin y al cabo, la conversión, la metanoia, el cambio al que el Jubileo nos invita es nada más y nada menos que deponer el propio espíritu y atreverse a vivir según el espíritu de Jesucristo, que recrea en nosotros una Vida nueva: la vida de los hijos de Dios. He visto asumir diariamente esta disposición —lo recuerdo con inmensa alegría— a mis predecesores en la responsabilidad de Gran Canciller, el Beato Josemaría Escrivá y S.E. Monseñor Álvaro del Portillo.


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