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30 • Enero - Junio 2000 • Pág. 112
 
 
 
 •  Estudio
 

Universidad y unidad de vida según el Beato Josemaría Escrivá

Alejandro Llano
Facultad de Filosofía
Universidad de Navarra

La Universidad en un tiempo de cambio

Al pensar en la suerte y el destino de la institución universitaria, no es extraño que venga a la memoria el nombre de Etienne Gilson, quien tan profundamente estudió el pensamiento filosófico y teológico surgido en el origen mismo de las Universidades europeas. Parafraseando lo que el gran medievalista escribió sobre la suerte de la Filosofía, podríamos decir que la Universidad entierra a sus enterradores y renace de sus cenizas como el Ave Fénix. El discurso sobre la "crisis de la Universidad" ha sido, durante décadas, uno de los lugares comunes de la discusión acerca de la situación de la educación y la cultura en el siglo XX. Ni siquiera han faltado propuestas concretas para sustituir la unidad de la Universidad por la dispersión de una especie de "multiversidad", o los edificios y el césped del campus por el espacio electrónico de las redes de ordenadores y bancos de datos. Casi nadie cree ya en esas utopías tecnocráticas. Una vez más, la Universidad se ha vuelto a revelar como un instrumento socialmente imprescindible. Pero esta aparente victoria no ofrece motivos serios para el optimismo. Lo contrario es quizá más cierto.

Heidegger solía citar el lúcido verso de Hölderlin: «Donde está el peligro, allí surge también la salvación». Ahora bien, cuando el peligro no comparece, cuando uno se cree a salvo, la necesidad de salvación permanece oculta: donde no hay peligro, tampoco hay salvación. Y esto es quizá lo que sucede actualmente en muchas Universidades. Resulta muy significativo que los recientes diagnósticos de Alan Bloom y Alasdair MacIntyre, en los que se denuncian las ilusiones residuales de la educación ilustrada y liberal, apenas hayan encontrado eco en los ambientes académicos, tantas veces dominados por el activismo y la trivialidad.

Como ha dicho Robert Spaemann, la utopía está muerta. Pero ¿qué nos queda cuando lo que presuntamente sustituía a la religión se revela como ilusorio? O bien la vuelta al origen, el retorno al Dios vivo, o bien una radical antiutopía que niega cualquier dimensión trascendental del pensamiento humano. Richard Rorty, entre otros escritores relativistas, ha dibujado esta antiutopía: es el sueño de una sociedad liberal, en la cual han desaparecido todas las exigencias absolutas del conocimiento, la religión y la ética; en la cual sólo se consideran como verdaderos el placer y el dolor, sopesados según aquello que Amartya Sen ha llamado una "métrica mental". No debemos tomarnos nada en serio: queremos sentirnos bien, y eso es todo. El lugar del nihilismo heroico de Nietzsche lo ha ocupado un nihilismo banal que, como también dice Spaemann, se llama a sí mismo "liberal" y a sus adversarios "fundamentalistas". Para este nihilismo light, libertad significa multiplicación de las posibilidades de opción. Pero no deja emerger ninguna opción por la que valga la pena renunciar a todas las demás. Ya no hay lugar para el tesoro escondido en el campo, por el cual vende cuanto tiene quien lo encuentra.

El relativismo escéptico de la cultura en apariencia dominante no sólo implica la muerte espiritual del alma, sino también de toda cultura vital, sin la cual la Universidad misma acaba por responder a la fúnebre descripción que de ella hiciera Ortega y Gasset: «Cosa triste, inerte, opaca, casi sin vida». La Universidad que, desde hace ocho siglos, ha sido capaz de responder a los desafíos provenientes del exterior, se muestra ahora inerme ante la amenaza que brota de ella misma y que la está vaciando de su propio contenido. Estamos ante el fenómeno que los sociólogos actuales denominan "implosión", es decir, explosión seca, hacia dentro, producida por un interno vacío. No se trata de un problema funcional; se trata de una decisiva encrucijada institucional. Lo que le sobra a la Universidad es organización; lo que le falta es vida. Lo que necesita es, con palabras de Karl Jaspers, «esa fuerza espiritual básica sin la cual son inútiles todas las reformas de la Universidad».


El Beato Josemaría Escrivá: una nueva radicalidad universitaria

La historia intelectual nos recuerda que, en semejantes coyunturas de oscuridad, han sido, no pocas veces, personalidades hondas y lúcidas las que han señalado certeramente hacia dónde era preciso seguir caminando. Tal es el caso, en nuestro tiempo, del Beato Josemaría Escrivá, fundador de varias universidades e inspirador y alentador de otras muchas iniciativas académicas en todo el mundo. Josemaría Escrivá no fue sólo un hombre de pensamiento original y un gran universitario, sino también un sacerdote santo, un hombre de Dios. Lo más interesante para nuestro tema es que en él ambas dimensiones —la intelectual y la espiritual— no están separadas ni mucho menos contrapuestas. Vivió con heroica plenitud lo que no cesaba de proclamar: una unidad existencial llena de finura y coherencia, en la que los diferentes parámetros antropológicos adquieren insospechado relieve al referirse a Dios nuestro Padre. Tal es la fuente de ese arrojo de la inteligencia que caracteriza todas sus propuestas de universitario radical, que incita a buscar la verdad más allá de las fronteras del saber adquirido.

Su visión trascendente de las realidades terrenas le llevó a avizorar enseguida que la energía espiritual de fondo que precisa hoy la Universidad no se puede reducir a un humanismo etéreo y sincrético. Así lo expresaba en un discurso académico pronunciado el 9 de mayo de 1974: «La Universidad sabe que la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública». La presunta neutralidad está resultando una ficción inhabitable, porque acaba desembocando en la intolerancia y el sectarismo. Por su parte, el "pensamiento débil", sustitutivo postmoderno de la objetividad ilustrada, constituye la expresión cultural de un permisivismo que, al cabo, lo que permite es el dominio de los débiles por parte de los fuertes. El Beato Josemaría añadía en aquella misma ocasión: «Salvarán este mundo nuestro —permitid que lo recuerde—, no los que pretenden narcotizar la vida del espíritu, reduciendo todo a cuestiones económicas o de bienestar material, sino los que tienen fe en Dios y en el destino eterno del hombre, y saben recibir la verdad de Cristo como luz orientadora para la acción y la conducta. Porque el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres. Es un Padre que ama ardientemente a sus hijos. Un Dios creador que se desborda en cariño por las criaturas. Y concede al hombre el gran privilegio de poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio».

El paradigma de la unidad de vida

Las palabras del Beato Josemaría Escrivá apuntan al núcleo profundo que confiere unidad y universalidad a esa comunidad de investigación y aprendizaje que todavía es la Universitas Studiorum, la Universitas Magistrorum et Alumnorum. Para muchos universitarios, el encuentro con el Fundador del Opus Dei supuso el abandono de la facilonería y el aburguesamiento, el compromiso con unos ideales de búsqueda de la verdad, de amor a la libertad y de defensa de la justicia, que se decantaron en una vocación universitaria vivida con apasionamiento. Fue un hombre santo y sabio quien les ayudó a comprender que la misión última de la Universidad es la libre manifestación de los hijos de Dios. La filiación divina es el misterio que nos libera de la vanidad y de la dispersión: el amor paternal de Dios abre la única posibilidad real de que los seres humanos se amen los unos a los otros, y susciten así una cultura renovadora. «El vínculo del Evangelio con el hombre —decía Juan Pablo II en la Universidad Complutense de Madrid— es creador de cultura en su mismo fundamento, ya que enseña a amar al hombre en su humanidad, y en su dignidad excepcional. (...) La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe (...). Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida».

La fe se hace cultura porque enseña a amar al hombre en su concreta humanidad, en esa unidad vital que está hecha de materia y espíritu, de intimidad y trascendencia, de singularidad irrepetible y de apertura a lo universal. No es un acontecimiento histórico contingente el hecho de que la Universidad sea una institución original y originariamente cristiana. Como tampoco lo es la realidad de que la misma idea de Universidad se ensombrece y debilita cuando se olvidan sus raíces cristianas.

Ya en el primer tercio de este siglo, Max Weber nos ofreció la crónica anticipada de esa unidad perdida. Disipada la fe en el único Dios verdadero, lo que queda es un "politeísmo de los valores", un Olimpo neopagano del que parten solicitaciones contrapuestas. El hombre contemporáneo se encuentra internamente desgarrado por una multiplicidad de lealtades incompatibles entre sí que, en su ruidosa carencia de armonía, sólo coinciden en excluir la fidelidad indivisible al unicum necessarium. Cada uno de nosotros puede experimentar en su propia carne esas "vivencias de discontinuidad", que le obligan a cambiar de disfraz varias veces al día. La persona ha vuelto a adquirir su etimológico significado de "máscara", de manera que en un solo sujeto cohabitan varias personas, sin que sea fácil identificarse con ninguna de ellas. ¿Qué somos: miembros de una familia, profesionales, ciudadanos, creyentes, o simplemente payasos? Todo eso y nada de eso. Max Weber lo anunció: el desencantamiento del mundo por la ciencia, la modernización salvaje, habría de conducir a la producción de un tipo de hombres que serían «especialistas sin alma, vividores sin corazón». Ya están por todas partes. Como también se ha hecho pervasiva la «falta de sentido» que, según el sociólogo alemán, sería el precio que habría que pagar por la generalizada sustitución de las convicciones por las convenciones.

Se ha producido una nueva complejidad que no consiste sólo en el aumento de las complicaciones que acompañan desde siempre a la vida humana. También hoy es verdad lo que decía T. S. Eliot: «El género humano no puede soportar demasiada realidad». Pero lo que ahora acontece es que la nueva complejidad no procede de un exceso de realidad sino de un vacío de ser. La proliferación de la anomia y de los efectos indeseados, que provoca en nosotros un estado de perplejidad, tiene su causa en la separación entre las estructuras políticas y económicas, por una parte, y la vida real y concreta de los individuos, por otra. Lo que los sociólogos llaman "tecnoestructura" o "tecnosistema" —el entramado del mercado, del Estado y de los medios de comunicación— ofrece el aspecto de lo irreal, en el sentido de Newman: el hombre de la calle ya no es capaz de reconocerse en esas configuraciones poderosas y fantasmales.

La Universidad actual no puede refugiarse en una simplicidad bucólica que tal vez nunca existió y que ahora es sencillamente imposible. La Universidad, si aún desea seguir siendo ella misma, se encuentra hoy ante el desafío de comprender esa nueva complejidad, gestionarla, y convertirla en una complejidad que ya no sea "perversa" sino humana.

Redescubrimiento de la vida cotidiana

Es preciso redescubrir una fuente de sentido olvidada, previa a todas nuestras construcciones e interpretaciones. Ese nacedero de significación primigenia se encuentra en la vida cotidiana, en ese espacio de la actividad ordinaria donde el Beato Josemaría Escrivá situaba el campo habitual de la santificación del cristiano que desarrolla su trabajo en medio del mundo. Es lo que, utilizando la terminología fenomenológica, podríamos llamar "mundo de la vida". La fuente originaria de sentido, sumergida bajo las densas capas de complejidad caótica, no es otra que la unidad de la vida humana: la unidad de cada persona en su concreta humanidad, cuya naturaleza social exige una integración en comunidades abarcables, a escala humana, entre las que figuran en primer lugar la familia y la escuela.

La solución que la Universidad puede aportar a una sociedad desorientada no reside primariamente en el recurso a esa abstracción que se suele llamar "cambio de estructuras". La verdadera solución se halla "en medio de la calle", en la inmediata realidad de la vida de los hombres, en sus modos de vivir y trabajar, y —más radicalmente aún— en la referencia unitaria de la pluralidad de los asuntos humanos al Dios vivo y siempre próximo. En una Homilía pronunciada al aire libre, en el campus de la Universidad de Navarra, Josemaría Escrivá recordaba a estudiantes, profesores y empleados «que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales. No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver —a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares— su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro con Jesucristo».

La filosofía de la creación y la teología de la Gracia se aúnan sin confusión para conferir a la idea de Universidad una tremenda energía transformadora en este comienzo de un nuevo milenio. La dispersión y la banalidad se superan cuando recordamos que el Espíritu Santo es —como decía Tomás de Aquino— «el regalo primordial». Más íntima a mí que yo mismo, la luz de la Sabiduría increada ilumina todas las realidades creadas, incitándonos a avanzar en el desvelamiento del ser de las cosas. Porque —como decía el Beato Josemaría Escrivá— «hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir».

La Universidad se convierte en una apasionante aventura del espíritu cuando se entiende como una comunidad vital, en la que profesores y alumnos se asocian libremente en el empeño de «detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares». Se abre así de nuevo la posibilidad de que la institución universitaria realice una síntesis de los saberes y una armonización de los estilos de vida.

Santificación del trabajo universitario

«Donde está el peligro, allí surge también la salvación». El trabajo humano, que ha sido el foco de las utopías colectivistas y es ahora cauce de las anti-utopías individualistas, se ennoblece al convertirse en medio para completar la obra creadora, para servir a todos los hombres, especialmente a los más necesitados, y para buscar el propio perfeccionamiento, la santidad personal en medio del mundo. Se trata de un planteamiento trascendente e inmanente a la vez, que rompe, desde dentro y por elevación, los círculos cerrados de esa dialéctica negativa que lleva a las ideologías modernas a un punto muerto. Es un programa radicalmente anti-dialéctico; pero no por una reiterada contraposición, que nada solucionaría, sino por una profundización en el misterio del ser y por una conciliación analógica de las diversas dimensiones de la realidad. Es así como se puede diseñar una nueva cultura de vida, que se opone audazmente a la vieja cultura de muerte, según las pregnantes expresiones de Juan Pablo II.

La escisión irreconciliable es semilla de muerte. La unidad armónica de lo plural es raíz de vida. Y la esencia de la Universidad estriba en la convicción de que esa unidad orgánica es posible, de que existe una articulación necesaria entre verdad y unidad que puede ser desvelada por la más alta capacidad humana, por la teoría o contemplación serena de la realidad. En cambio, la contraposición entre espíritu y materia, entre verdad y eficacia, entre educación humanística y capacitación profesional, es la herida no restañada por la que se desangra el ideal universitario.

Sólo el amor funda sin confundir, mantiene a la vez la alteridad y la identidad, logra la unidad de lo plural. Por eso estamos presenciando el fracaso de los programas académicos ilustrados: porque pretenden articular los saberes en el plano de una fría objetividad, presuntamente neutral, que margina el amor a la verdad. La contraposición entre amor y conocimiento, como si fueran respectivamente lo irracional y lo racional, es una perversión dialéctica que acaba por reducir el amor a deseo físico y el conocimiento a esa trivial curiosidad que se enmascara bajo el optimismo desesperanzado de la erudición sin finalidad. Cuando, en rigor, el amor es la fuente de todo saber y la íntima energía que alimenta a una comunidad de investigación y enseñanza.

Formación de las personalidades jóvenes

No cabe hablar estrictamente de Universidad donde la indagación y transmisión del conocimiento no se fundamenta en el amor apasionado al mundo y a nuestros hermanos los hombres, en cuya faz brilla el esplendor del Amor subsistente. Según señala el Beato Josemaría Escrivá, «no hay Universidad propiamente en las Escuelas donde, a la transmisión de los saberes, no se una la formación enteriza de las personalidades jóvenes. Ya el humanismo helénico fue consciente de esta riqueza de matices. Pero cuando —llegada la plenitud de los tiempos— Cristo iluminó para siempre las arcanas lejanías de nuestro destino eterno, quedó establecido un orden humano y divino a la vez, en cuyo servicio tiene la Universidad su máxima grandeza».

La base firme de esta formación integral es una preparación intelectual sólida y abierta, que se desglosa en un texto escrito hace años por el Fundador de la Universidad de Navarra:

«Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características:
—amplitud de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica;
—afán recto y sano —nunca frivolidad— de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia...;
—una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos;
—y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida».

Desde luego, el universitario no debe limitar su horizonte de inquietudes a un entorno exclusivamente académico. Si pierde su contacto con la vida, la ciencia se encapsula, se hace narcisista y acaba por agostarse. El Beato Josemaría abre perspectivas insospechadas para muchos en su concepción de los estudios superiores. «La Universidad —afirma enérgicamente— no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres. No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas. Pero, al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan, y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa. Contribuye así con su labor universal a quitar barreras que dificultan el entendimiento mutuo de los hombres, a aligerar el miedo ante un futuro incierto, a promover —con el amor a la verdad, a la justicia y a la libertad— la paz verdadera y la concordia de los espíritus y de las naciones».

Protagonismo histórico de la Universidad

Las grandes conmociones sociales y culturales que estamos viviendo en este fin de siglo vuelven a prestar una sorprendente actualidad a estos principios del espíritu universitario. Como en otros momentos cruciales de su ya larga historia, la Universidad debe redescubrir en nuestro tiempo el papel decisivo que le corresponde en la orientación de cambios tan hondos. Porque la memoria histórica nos dice que dejarse llevar por la corriente de los acontecimientos externos equivale siempre a la decadencia de la Universidad; mientras que su florecimiento sólo acaece cuando acierta a estar «en el mismo origen de los rectos cambios», por utilizar una expresión del propio Josemaría Escrivá.

Cabe adivinar la mutación que ahora se está produciendo como el paso de la sociedad industrial a la sociedad del conocimiento. La quiebra de la interpretación materialista de la historia no sólo se ha hecho patente en los acontecimientos de la Europa del Este; ya se venía evidenciando en la "revolución silenciosa" que está transformando nuestro modo de trabajar y de pensar. Hoy ya sabemos que la verdadera riqueza de los pueblos no estriba primariamente en la capacidad de producir y elaborar materias primas. Nuestro principal recurso consiste ahora en la potencialidad para generar nuevos conocimientos, así como en la agilidad y versatilidad para procesar y transmitir información.

Claro aparece que, en una situación de esta traza, las demandas que se hagan a la Universidad serán tan perentorias como arduas de responder. Para estar a la altura de tales circunstancias históricas, para ser capaces de gestionar el cambio con originalidad y eficacia, la propia mentalidad de los universitarios habrá de experimentar también una significativa innovación. Pero lo más interesante de este desafío estriba en que el progreso que se nos está pidiendo es —en el sentido de la aristotélica praxis teleia— un avance hacia nosotros mismos, un nuevo encuentro con la genuina tradición de la Universitas Studiorum. La nueva sensibilidad cultural, así como el impresionante despliegue de la ciencia y la tecnología en las últimas décadas, han roto los compartimentos estancos de las disciplinas convencionales, y están clamando por una nueva articulación de los conocimientos que vuelva a radicar la pluralidad de los saberes en la unidad del horizonte humano con verdadero sentido. Y en este contexto el paradigma de la unidad de vida, propuesto por el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, presenta una extraordinaria fecundidad.

Interdisciplinariedad

Desde tal perspectiva, la interdisciplinariedad deja de ser un lema decorativo, una especie de lugar común en el discurso universitario. La interdisciplinariedad es hoy una exigencia indeclinable, porque los problemas reales a los que la Universidad debe buscar solución abarcan siempre diversos aspectos científicos y no pueden quedar atrapados por la red de un sistema organizativo rígido. Como decía recientemente el Gran Canciller de la Universidad de Navarra, Mons. Javier Echevarría, «cada disciplina contribuye, de manera propia, a la perfección de las personas y de la sociedad. Esta aspiración común lleva a que todos los conocimientos puedan y deban relacionarse e intercambiar aportaciones, sin perder por eso su peculiar fisonomía y sin desvirtuar sus presupuestos y sus métodos propios. La Universidad de Navarra desea que sus alumnos, además de lograr una capacitación profesional que les permita prestar un competente servicio a la sociedad, se beneficien del diálogo interdisciplinar, para que —dentro de las limitaciones humanas— puedan alcanzar su propia síntesis vital. Y aspiramos a que, empapados de espíritu universitario y cristiano, capten un ideal auténtico de excelencia humana y puedan seguir ejemplos adecuados para desarrollar su vida con rectitud y espíritu de servicio».

La propia gestión interna de las universidades ha de adecuarse a esa dinámica de cooperación interfacultativa. Además de generosidad y altura de miras, la nueva situación requiere unos procedimientos operativos que la Universidad puede encontrar también en su propio seno, en las ciencias que tratan de la acción humana.

Pero, como antes se apuntaba, el cambio del modelo organizativo sería superficial, e incluso ineficaz, si no se fundamentara en el cambio de modelo epistemológico y ético. Como ha señalado Alasdair MacIntyre, se trata de pasar del paradigma de la certeza al paradigma de la verdad.

Verdad y certeza

De acuerdo con el modelo de la certeza, no hay hondura de realidad, no hay misterio alguno en el ser de las cosas, sólo hay problemas que pueden llegar a resolverse con una adecuada metodología. Las objetividades están ahí, disponibles para todo el que las tematice con el método adecuado. Un método —como es el cartesiano— nos abre al espectáculo de las objetividades: un mundo accesible con independencia del temple ético personal, de la comunidad en la que habitamos, de la historia que vivimos. Este planteamiento ha conducido a un callejón sin salida, a una serie de ficciones generalizadas en el lenguaje científico y ético, a una profunda desmoralización en amplios sectores de la sociedad. Ya es tiempo de pasar del paradigma de la certeza al paradigma de la verdad.

De acuerdo con el paradigma de la verdad, el saber teórico y práctico tiene mucho de "oficio", de artesanía casi: tal es el sentido clásico del término "sabio". Para llegar a saber, es preciso integrarse en una comunidad de aprendizaje, que tiene su dinámica de tradición y progreso, que establece normas a las que se vinculan libremente sus miembros, que fomenta virtudes intelectuales y éticas, sin las cuales todo avance en el conocimiento es superficial e ilusorio. El acceso a la verdad requiere una severa preparación, valores compartidos y autodisciplina; lo mismo que el recto ejercicio de la libertad, al que está estrechamente vinculado.

La crispada pretensión de certeza está orientada hacia atrás, para atar los cabos de una seguridad que garantice el dominio de la razón. Por eso el objetivismo está obsesionado por la justificación y la fundamentación, de manera que termina siempre por intentar en vano articular todo el andamiaje de una concepción fundacionalista, en la que las cuestiones del "punto de partida" y del modelo de inferencia constituyen el problema central y, por cierto, irresoluble. De ahí que la primacía de la certidumbre more geometrico acabe en su invalidación postmoderna por parte del antifundacionalismo de los deconstructivistas. En cambio, el paradigma de la verdad no cae bajo los ataques antifundacionalistas, que no le conciernen, ya que lo que pretende no es amarrar el punto de partida a un sólido apoyo, sino alcanzar la finalidad de la indagación, que es precisamente la verdad, entendida como el bien de la inteligencia. De ahí que los comienzos de sus investigaciones sean tentativos y aparentemente vacilantes: utiliza la dialéctica (en sentido aristotélico), o sea, el discurrir entre los lugares más frecuentados por las opiniones al uso acerca del problema que se pretende dilucidar. Va progresivamente eliminando de su consideración las posturas que presuponen otras, y se queda con estas últimas, hasta encontrar un principio que no implique ningún otro y que esté implicado —de diferentes maneras— por todos los demás. No se considerará este principio como una verdad definitiva, sino que se reexaminará continuamente, para contrastar su solidez y sobre todo su fecundidad veritativa. Sólo al alcanzar el telos de una indagación que presenta una estructura narrativa podrá considerarse esa verdad como una perfección lograda de los hombres y mujeres que investigan. De modo que la búsqueda de la verdad se lanza audazmente hacia delante, al encuentro con la plenitud de la realidad, sin reservas o pruritos de asegurar completamente el comienzo y cada uno de los pasos ulteriores. Quien busca la verdad no pretende seguridades. Todo lo contrario: intenta hacer vulnerable lo ya sabido, pues aspira siempre a saber más y mejor, mientras se goza de las posibles falsaciones de sus teorías, ya que suponen un avance hacia el logro de la verdad. Y, paradójicamente, es esta apertura al riesgo la que hace, en cierto modo, invulnerable a la persona del buscador, porque ya no están en juego sus menudos intereses, sino la patencia de la realidad.

Al contraponer verdad a certeza —"espíritu de finura" a "espíritu de geometría", según la distinción de Pascal— no es necesario embarcarse en el problemático discurso de las dos culturas. Desde luego, no es que uno de los modelos represente a las Humanidades y el otro a las Ciencias experimentales. Evidentemente, el paradigma de la verdad pone de relieve aspectos de la indagación largo tiempo ocultos u olvidados: que toda investigación es una actividad humana; que es preciso realizarla en el seno de una comunidad de aprendizaje y enseñanza, como es —entre otras— la Universidad; que posee evidentes aspectos morales y que no está olímpicamente al margen de los condicionamientos históricos y sociales. Pero ello no implica que se eliminen los valores propios del modelo de la certeza, como son el rigor en la obtención de los datos, la precisión terminológica o la validez lógica de las argumentaciones. Por su parte, el paradigma de la certeza, aunque enfatice la universalidad del "ideal metódico", se inscribe también de hecho en una narrativa de la indagación, en la que se aceptan las falsaciones, se producen "revoluciones científicas", no faltan normas que nunca es lícito contravenir, y entran en juego los valores morales, especialmente cuando la ciencia se ha convertido mayoritariamente en tecnociencia, es decir, en investigación científica para cuyo desarrollo es imprescindible una tecnología muy evolucionada y, por ende, una activa intervención en el mundo que afecta también a cuestiones personales y cívicas.

Amar libremente la verdad: éste es el meollo de la vida universitaria. Como resaltaba hace poco el Papa Juan Pablo II, «la vocación de toda Universidad es el servicio a la verdad: descubrirla y transmitirla a otros». Lo cual hace posible que la Universidad, «mediante el esfuerzo de investigación de muchas disciplinas científicas, se acerque gradualmente a la Verdad suprema. El hombre supera los confines de las diversas disciplinas del saber, hasta el punto de orientarlas hacia aquella Verdad y hacia la definitiva realización de la propia humanidad. Aquí se puede hablar de la solidaridad de varias disciplinas científicas al servicio del hombre, llamado a descubrir la verdad, cada vez más completa, sobre sí mismo y sobre el mundo que lo rodea». Se transita así de un enfoque meramente epistemológico a una concepción radicalmente antropológica de la Universidad.

Papel de la convivencia en la formación universitaria

Como dice Jesús Arellano, la Universidad recoge vitalidades que se estrenan en la vertiente nueva de la juventud, las templa en los hábitos teóricos y prácticos, y las lanza a las tareas directivas de la vida social. Una enseñanza de calidad es mucho más que la transferencia de un conocimiento decantado, mucho más que una transmisión de información. Una enseñanza universitaria de calidad es la forja ética y científica de personalidades maduras y libres, que crecen junto a sus profesores y compañeros en un ambiente fértil, en un clima de convivencia culta, de responsabilidad cívica y de promoción de la justicia social. Una buena enseñanza superior está hecha de aprendizaje de contenidos sólidos, pero también de incorporación de metodologías innovadoras, de adquisición de estilos relacionales y de incremento de la capacidad creativa.

«Es en la convivencia donde se forma la persona», había dicho el Fundador de la Universidad de Navarra. Y su fiel sucesor, Mons. Álvaro del Portillo, encuadraba así esta fundamental tesis educativa en el contexto del fin de milenio: «Por singular providencia de Dios, en estos años finales del siglo XX hemos asistido al derrumbamiento de gran parte de los regímenes totalitarios que creó el materialismo teórico, y de las corrientes ideológicas que servían de coartada a aquellos sistemas inhumanos. Pero —como señala una y otra vez el Papa Juan Pablo II, remontándose a las causas de los fenómenos que vivimos— en el origen de los lacerantes problemas sociales y humanos que aquejan en la actualidad a Europa y al mundo, se encuentra ese individualismo egoísta que procede del materialismo práctico, no menos desconocedor de la verdadera dignidad de la persona humana. Cuando se olvida que el hombre es un ser destinado a la trascendencia y abierto a la comunidad con sus hermanos los hombres, la solidaridad pierde su fundamento, y la vida social se ve sometida a un proceso de degradación, con consecuencias que afectan tanto a la vida de los pueblos como al orden internacional». Hasta aquí la síntesis de un diagnóstico que no temía parecer sombrío, pero al que sigue inmediatamente la apelación a esa fuerza tranquila que la Universidad atesora: «Ante este desafío histórico, la institución universitaria no puede plegarse cómodamente a las fuerzas dominantes, sino que debe sacar de sus propios recursos, intelectuales y éticos, las energías necesarias para encontrar soluciones a problemas tan acuciantes».

Identidad cristiana de la Universidad

Según el Beato Josemaría, las tres metas institucionales de la Universidad son la elaboración de una síntesis de los saberes, la formación armónica de los estudiantes, y el servicio al entorno social. Tales finalidades presentan ahora, en el claroscuro del fin de siglo, una renovada actualidad. Hoy es posible que el humanismo de raíz clásica y la sabiduría cristiana se den la mano con la ciencia más avanzada y con la tecnología de vanguardia. Cabe empeñarse en la formación de profesionales que sean eficaces, precisamente porque tienen una visión unitaria y global de la realidad, porque son personas cultas. Mientras que servir a la sociedad no equivale a sucumbir ante las rutinas del pragmatismo, sino que implica la audaz anticipación de un futuro más justo.

La fecundidad de la tarea académica adquiere perspectivas trascendentes, cuando —en un clima de diálogo y amistad— se inspira en los valores cristianos presentes en la original idea de Universidad. La Fe es iluminación y acicate, en modo alguno constricción o barrera, cuando se comprende que el cristianismo es vida liberada por Cristo, existencia redimida de la vanidad y la dispersión. Como dijo en una ocasión la Profesora Elisabeth Anscombe, lo decisivo en una Universidad es si en ella se sabe que Dios es la Verdad.

La virtualidad que para la vida universitaria tiene el espíritu del Fundador del Opus Dei dista mucho de ser circunstancial o casual. Porque en su misma entraña, en su inspiración central, se halla la unidad de las variaciones de la vida, la síntesis de lo que parece disperso, la conciliación de lo superficialmente opuesto. La radical tensión hacia Dios de toda esa abigarrada pluralidad que constituye el mundo cotidiano confiere una referencia unitaria a las más diversas circunstancias y tesituras de la actividad humana. El ideal de conjunción y universalidad que es la esencia de todo proyecto universitario ha encontrado en el paradigma de la unidad de vida, propuesto por el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, un camino andadero que está permitiendo la renovación de la idea universitaria en una época de perplejidades y contradicciones.

La propuesta universitaria del Beato Josemaría Escrivá

La respuesta del Beato Josemaría a una situación histórica terminal y compleja sorprende por su inmediatez y simplicidad. Se desmarca con elegancia de las disquisiciones intelectualizadas. Deja al margen los discursos parasitarios que habitan en el enrarecido ambiente de la crítica y de la crisis. Abandona con toda naturalidad las reflexiones secundarias de quienes se ocupan de pensar acerca de lo ya pensado. A él le gustaba "meter los clavos por la punta". Va así derecho, con la sencillez y la certidumbre del que sabe algo como si lo estuviera viendo, al núcleo de la cuestión. Y propone una solución que asombra por su actualidad y pertinencia, por su poderoso aliento, por su riqueza de niveles y de matices: una solución que no parte inercialmente de las condiciones históricas iniciales, sino que las recoge y las transforma en una síntesis innovadora.

Al recibir el Fundador del Opus Dei la gracia extraordinaria con la que Dios le hizo ver su querer divino, la fidelidad a esa gracia y su lucidez intelectual le llevan a descubrir intuitivamente, de modo certero y penetrante, que las vías de salida de una situación social aparentemente aporética se encuentran en la vida cotidiana, con su multiplicidad de pequeñas realidades, y sobre todo en la unitaria versión de esa raíz vital y de su plural despliegue a Dios nuestro Padre. De ahí que su espíritu y su doctrina contengan una respuesta a las angustias de este tiempo nuestro y, a la vez, un mensaje válido para todo tiempo. De ahí, también, que aporten la líneas maestras de un replanteamiento a fondo de lo que ha de ser esa institución unificadora de los saberes y de las formas de vida a la que llamamos Universidad.

La propuesta de hacer de la santificación del trabajo ordinario el norte del existir cristiano en medio del mundo es un programa trascendental que supera las antítesis irreconciliables del pensamiento antropocéntrico. Bellamente lo expuso, una mañana de octubre, en ese ya aludido discurso pronunciado en la Universidad de Navarra que se conoce entre estudiantes y profesores como "la Homilía del campus": «Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...».

El Fundador y primer Gran Canciller de la Universidad de Navarra enseñó estas verdades esenciales con su doctrina profunda y, ante todo, con su vida heroica. Por todas partes, en discursos universitarios, en homilías y en tertulias inolvidables, mostró cómo la eficacia se concilia con la misericordia, la exigencia con la comprensión, la libertad con la entrega, el buen humor con la seriedad, la preocupación por los grandes problemas de la vida con el cuidado de los más menudos detalles. Y lo hizo como "un juglar a lo divino", sin pretensiones academicistas, a cuerpo limpio, con la fe por delante, con una alegría y un afecto que hacían saltar rigideces y frialdades. A través de la figura amable del sacerdote santo, aparecía el hombre sabio, el gran universitario capaz de galvanizar entusiasmos investigadores y docentes en torno a unos valores perennes e inconfundiblemente actuales.


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