Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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31 • Julio - Diciembre 2000 • Pág. 258
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Entrevista publicada en la revista “Christus” (VII-2000)

1. En la convivencia diaria con el beato Josemaría, ¿cómo se manifestaba su santidad?

En la vida del beato Josemaría Escrivá se advertía su unión con Dios, llena de naturalidad, en mil detalles. Se manifestaba, por ejemplo, en la devoción con que doblaba la rodilla ante el Señor en el sagrario. Y también se notaba en su sonrisa, en su trabajo ordenado, en su constante preocupación por los demás, en su mirada amable, también cuando estaba cansado.

Convivir con un santo es un privilegio, una escuela y también un continuo motivo de gozo, porque, con su esfuerzo generoso por ejercitar todas las virtudes cristianas, crea a su alrededor un ambiente de alegría, de oración, de serenidad.

2. ¿En qué era distinto de otras personas? ¿Cuál es su legado a la sociedad de hoy?

Los santos tienen siempre “algo” de genuino, humano y al mismo tiempo sobrenatural, que es precisamente lo que atrae. No pasan su vida adecuándose al mundo que les rodea, sino tratando de acercar el mundo a Dios, y para eso procuran identificarse con Jesucristo. En ese sentido se puede decir que son profundamente libres, inclasificables. Los santos han sido también muchas veces “signo de contradicción” ante quienes no aceptan verdades radicales.

Con el beato Josemaría sucedía algo de ese estilo. Era normalísimo, cordial, simpático. Huía de toda forma de extravagancia. Tenía, además, un profundo amor a la libertad, que nacía de su apasionado amor a Dios Nuestro Señor: ésa era una de sus características distintivas. Estaba convencido de que quien ama es verdaderamente libre.

Considero que su principal herencia son los miles de personas que se han acercado a Dios gracias a su tarea sacerdotal, que han descubierto que se puede encontrar al Señor en el trabajo y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano. Me gusta pensar en el legado del beato Josemaría como una semilla que se está extendiendo para dar fruto en todo tiempo y lugar, dentro de esa gran siembra que es la vida de la Iglesia.

3. La rapidez de la beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer ¿se debe al poder del Opus Dei o a la fuerza de la devoción popular?

Deseo aclarar que, en la historia de la Iglesia —y es lógico que sea así—, hay no pocos casos en los que la santidad de los siervos de Dios ha sido declarada a pocos años de distancia de su muerte. Durante el Concilio Vaticano II, los Padres conciliares dejaron constancia de que era necesario presentar figuras contemporáneas como modelos de unión con Dios para los cristianos. A mí me llenó de gozo, por ejemplo, ver proclamadas las virtudes heroicas de la Madre Maravillas o del Padre Allegra con un intervalo corto desde que les llamó el Señor. Podría mencionar otros nombres. Al citar estos y otros ejemplos, no dudo de que los procesos han sido un gran regalo de Dios para la Iglesia.

Por lo que se refiere al proceso de beatificación del fundador del Opus Dei, no se explica ni por un supuesto poder del Opus Dei, que no existe; ni sólo por la devoción popular, que ciertamente existe, pero que la Iglesia, en este caso como en todos, valora con cautela. Como es conocido, la Santa Sede, antes de que se declare beato o santo a alguien, no sólo comprueba a fondo que esa persona tiene fama de santidad, sino que examina con detalle que ha vivido heroicamente las virtudes cristianas y, finalmente, espera el respaldo de Dios sobre esa declaración, con un milagro que confirme la santidad de vida del interesado.

Además, insisto en que ha influido el sentir del Concilio Vaticano II, que ha sido concretado primero por el Papa Pablo VI y, desde 1983, por Juan Pablo II, y que ha simplificado las normas sobre el trámite de las causas de los santos. La nueva legislación ha permitido que todas las causas se puedan instruir en mucho menos tiempo que antes.

4. El beato Josemaría, primer beato peregrino de Fátima. Encuentros con sor Lucía.

El beato Josemaría conoció a Sor Lucía en 1945, cuando ella vivía en Tuy. El fundador del Opus Dei había ido a esa ciudad para visitar al obispo, amigo suyo, y éste le presentó a Sor Lucía, quien a su vez le animó a cruzar la frontera y acudir en peregrinación a Fátima. Incluso ella misma intervino para arreglar la cuestión de los visados. Los planes del beato Josemaría eran otros, pero accedió a esa propuesta de Sor Lucía: en pocas palabras, se puede decir que fue ella “la directa responsable” del primer viaje del beato Josemaría a Portugal.

A Mons. Escrivá le conmovió mucho, ya en aquella primera visita a este lugar privilegiado, la devoción de los portugueses a la Virgen. Volvió a Portugal en otras ocasiones, y siempre aprovechó para ir a rezar a la Capelinha: con no poca frecuencia se quedaba mucho tiempo en la explanada del Santuario, al lado de la Capelinha; acudía allí para refugiarse en Nuestra Madre. En esto, el beato Josemaría quería ser muy portugués.

5. ¿Es posible que unos niños sean modelo de virtudes heroicas?

Muy grande ha sido mi alegría con la beatificación de los “pastorinhos”. En determinados ambientes —no sé por qué—, se minusvalora la importancia de los niños y el grado de madurez humana y de unión con Dios que pueden alcanzar. Si traemos a nuestra memoria el Evangelio, recordaremos muchas enseñanzas de Nuestro Señor sobre los niños: son predilectos de Dios, ejemplo de sencillez; además, los adultos tenemos la grave responsabilidad de no escandalizarles sino, por el contrario, ayudarles a emprender el camino del bien.

En esa tarea de enseñar a los niños a cultivar las virtudes —que, insisto, se pueden vivir en la infancia: ¡cuántos casos he visto!—, es muy importante ofrecerles modelos cercanos, parecidos a ellos por sus circunstancias y su mentalidad, como Francisco y Jacinta.

Pero también para los adultos los niños pueden ser modelo: meditemos la invitación del Evangelio, sepamos volvernos como niños. Esa invitación encierra un proceso de maduración que nos lleva a recuperar la sencillez, la inocencia; y a aborrecer el mal, el pecado. Sólo con ese corazón purificado se logra hablar con Dios y escucharle, como en esas conversaciones encantadoras de los pastorinhos con nuestra Madre Santa María.

6. Diferencias entre la originalidad del beato Josemaría y la de los “pastorinhos”.

Me gustaría destacar más bien algo que tienen en común: su deseo incondicionado de cumplir la voluntad de Dios. A los pastorinhos se les manifestó de modo extraordinario, mediante las apariciones de la Virgen. El beato Josemaría entendió la voluntad de Dios a través de luces inesperadas, o de claridades en sus ratos de oración, después de mucho pedir. Dios señala a cada uno su camino. Pero es impresionante comprobar cómo la santidad consiste siempre en poner la propia vida, toda entera, al servicio de la llamada de Dios, de la vocación recibida. Además, al fin y al cabo, las almas de todos los santos tienen la transparencia del alma de un niño. Recuerdo que, en las vísperas de sus bodas de oro sacerdotales, el beato Josemaría decía que se encontraba ante Dios como un niño que balbucea.

7. Repercusión de la beatificación de los “pastorinhos”: en la Iglesia, en la pastoral familiar, en la catequesis.

Considero esta beatificación como un paso muy importante, por muchos motivos. Pienso que encierra un sentido muy profundo, porque se encuentra directamente relacionada con una intervención de Dios en la historia de los hombres, precisamente a través de los pequeños y de los humildes. Además, la santidad de los niños pone muchas veces de manifiesto el ambiente cristiano del hogar en el que han nacido. Veo también esta beatificación, por tanto, como estímulo valiosísimo para tantos padres y madres de familia que se esfuerzan por transmitir a sus hijos, con naturalidad, lo mejor que albergan en sus almas, la fe, a través de prácticas de piedad vividas en familia. Por eso, la declaración del Papa de que Francisco y Jacinta pueden enumerarse entre los beatos del cielo sirve —entre otras muchas cosas— como recordatorio de la importancia de la familia para la Iglesia. Las familias preparan el alma de los niños para recibir la gracia de Dios durante toda la vida.

Me parece escuchar el eco de las palabras del beato Josemaría, que repitió con frecuencia: bendigo con mis dos manos de sacerdote el amor humano, santo, de los cónyuges.

8. Dogma de María como Corredentora: ¿sí o no?

Es una cuestión que tiene que ver con la profundización de la fe. Entendido correctamente, el concepto de “Corredentora” es, sin duda, aplicable a la Santísima Virgen, pero declararlo dogma o no compete sólo al Papa o a un Concilio ecuménico.

9. Líneas generales del pontificado de Juan Pablo II. Repercusión en el seno de la Iglesia, en el diálogo ecuménico, en la relación de la Iglesia con la/s sociedad/es.

Desde el primer momento, el programa del pontificado de Juan Pablo II ha girado en torno al ideal de abrir las puertas del mundo a Cristo. “¡No tengáis miedo!”, gritó el Papa ya en los primeros días de su ministerio. Y en estos años, de su mano, la Iglesia ha profundizado, sin complejos, en las prometedoras perspectivas abiertas por el Concilio Vaticano II, para que Cristo esté efectivamente presente en todas las realidades de la vida de los hombres.

Esta es una empresa de gran alcance que debe involucrar a todos los cristianos, y ninguno de los que nos sabemos hijos de Dios se puede considerar ajeno. En este pontificado, gracias a Dios, los católicos se han sentido y se sienten convocados por el llamamiento constante del Papa a una nueva evangelización, a esa apertura a Cristo de los corazones humanos y de las estructuras sociales. Hemos de rezar para que, en este empeño común de iluminar el mundo con la luz de Cristo, recorramos el camino hacia la plena unidad de todos los cristianos. En los últimos años ha habido señales muy alentadoras, que encienden la esperanza.

10. ¿Cuál es su lectura de las protestas de “Nosotros somos Iglesia” sobre el papel de la mujer en la iglesia católica?

Es comprensible que a algunas personas les resulte difícil entender que el sacerdocio católico esté reservado sólo a los varones; pero, francamente, pienso que la cuestión del papel de la mujer en la vida de la Iglesia es mucho más rica y más amplia. Me parece muy empobrecedor reducir el discurso sobre la función de la mujer en la Iglesia al tema del sacerdocio ministerial, que por otro lado ha sido ya esclarecido definitivamente por el Magisterio de la Iglesia.

La aportación de la mujer a la vida eclesial, en mi opinión, tiene un grandísimo interés. Será uno de los aspectos que veremos desarrollarse con más fuerza en el futuro, no a través de las reivindicaciones hipercríticas, sino sobre todo mediante la experiencia de vida de mujeres cristianas.

La Iglesia necesita urgentemente de mujeres que vivan coherentemente su fe en todas las circunstancias, que promuevan iniciativas originales de evangelización, que aporten su punto de vista a muchas cuestiones, que sean testigos valientes de Jesucristo. No dudo de que, en los próximos años, estaremos en condiciones de atestiguar acerca de una verdadera movilización pacífica de mujeres cristianas, de un esfuerzo de santidad y apostolado, de estudio y preparación doctrinal, que dará como fruto un enriquecimiento de la Iglesia en su conjunto.


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