Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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32 • Enero - Junio 2001 • Pág. 40
 
 
 
 •  De la Santa Sede
 

Audiencia con el Santo Padre

El Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, recogiendo la exhortación del Papa en su Carta apostólica Novo millennio ineunte (cfr. n. 29, 5), convocó en Roma, del 14 al 17 de marzo, unas jornadas de reflexión sobre ese documento, para secundar el impulso evangelizador propuesto por el Papa a toda la Iglesia.

En estas jornadas participaron unos cuatrocientos fieles de la Prelatura, tanto sacerdotes como laicos –hombres y mujeres–, procedentes de más de cincuenta países.

Cuatro fueron las sesiones generales, en las que tuvieron lugar otras tantas conferencias. Mons. Fernando Ocáriz, Vicario General de la Prelatura, habló sobre la misión del Opus Dei en la Iglesia. El Prof. Ángel Rodríguez Luño, Ordinario de Teología Moral en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, expuso los temas principales de la Carta apostólica. Mons. Ernst Burkhart trató sobre el papel de los laicos en la recristianización de la sociedad. La cuarta conferencia corrió a cargo del Prof. Paul O’Callaghan, Decano de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, que glosó algunos aspectos de la santificación del trabajo.

Por las tardes, en grupos reducidos y con un enfoque más práctico y participativo, se fue pasando revista a algunas formas concretas de poner por obra las indicaciones de la Carta Novo millennio ineunte en las diversas labores apostólicas que los fieles del Opus Dei impulsan en todo el mundo.
Durante los cuatro días que duraron las jornadas hubo también varios encuentros con el Prelado del Opus Dei, que animó a los asistentes a renovar su empeño apostólico en unión de intenciones con el Papa.

Las jornadas concluyeron con una audiencia del Santo Padre a los participantes, el día 17, en la Sala Clementina.

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Estas son las palabras de saludo que dirigió Mons. Echevarría al Papa.


Beatísimo Padre,

Los bienes que el Señor ha obrado durante el Jubileo son un don de gracia tan grande que todos sentimos el deber de atesorar esta extraordinaria experiencia para imprimir un nuevo impulso al compromiso evangelizador. A tal fin, y recogiendo la invitación que en la Carta apostólica Novo millennio ineunte ha dirigido Su Santidad a la Iglesia en sus múltiples articulaciones, he querido convocar unas jornadas de reflexión en las que han participado representantes del presbiterio y de los fieles laicos de la Prelatura del Opus Dei activos en numerosos sectores profesionales y apostólicos.

Hemos meditado en profundidad la Carta apostólica, tan densa de perspectivas luminosas. En nombre de todos los fieles de la Prelatura, deseo agradecerle, Santo Padre, la ayuda que una vez más nos ha ofrecido con la Novo millennio ineunte, así como la posibilidad que nos concede en esta audiencia de expresarle personalmente nuestros sentimientos y escuchar de nuevo Su palabra.

Durante estas jornadas hemos procurado individuar algunas líneas pastorales que parecen responder a necesidades de particular actualidad en este momento en que comienza un nuevo milenio. El grado de desarrollo de los países en los que la Prelatura está presente es muy heterogéneo, y distintos son también, en consecuencia, los problemas sociales y humanos derivados de esas diversas situaciones y las exigencias de las Iglesias particulares que operan en cada lugar.

Somos conscientes, por lo tanto, de haber esbozado solamente algunas líneas generales que luego tendrán que adaptarse a los diferentes contextos locales, ya que la única ambición que anima la actividad apostólica de la Prelatura es –en palabras del Beato Josemaría Escrivá– la de servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida, ofreciendo a cada una de sus partes un servicio análogo al que en un cuerpo ofrece cada miembro a los demás. Con este fin, nos proponemos seguir trabajando en estrecha sintonía con las Iglesias locales y los respectivos Pastores.

La variedad de situaciones locales no impide, sin embargo, el establecimiento de ciertas constantes como objetivos cualificados de la pastoral. Esos objetivos no son otros que las líneas maestras fijadas por la Carta Apostólica Novo millennio ineunte : la búsqueda de la santidad como punto de llegada de toda evangelización, la formación en la oración, la preparación sacramental, la caridad, la unidad de la Iglesia, el ecumenismo, la solidaridad...

Son ideales que sin duda superan las capacidades humanas. Pero la pesca milagrosa siempre será actual en la vida de la Iglesia: siempre habrá que echar las redes in verbo autem tuo (Lc 5, 5). Siempre habrá, en definitiva, que unir santidad y apostolado, contemplación y acción, trabajo y oración. Por eso, el hecho de haber delineado durante estos días los esbozos de los programas pastorales futuros nos compromete a encomendar particularmente nuestra propia alma a la gracia divina, a renovar los propósitos personales de santidad. Duc in altum!: las palabras de Cristo, repetidas por el Papa, encienden en nosotros el anhelo de llevar cada vez más allá el horizonte de nuestro amor de Dios.

En una época en la que el laicismo intentaba desterrar a Dios del mundo, el Beato Josemaría Escrivá recordó que las actividades terrenas están marcadas por la huella indeleble de la presencia de Cristo encarnado y pueden, por tanto, convertirse en medio de santidad, de encuentro con el Señor. Para volver a poner a Cristo en el corazón de las realidades humanas es necesario tenerlo en el centro de nuestra alma. Esta es la sustancia de todos nuestros programas pastorales. Para llevar todo esto a término, a la vez que reafirmamos la plena adhesión de la Prelatura a la Cátedra de Pedro, Le pedimos, Beatísimo Padre, la Bendición Apostólica.

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Su Santidad Juan Pablo II pronunció el siguiente discurso:

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. ¡Bienvenidos! Os saludo cordialmente a cada uno de vosotros, sacerdotes y laicos, reunidos en Roma para participar en las jornadas de reflexión sobre la Carta apostólica Novo millennio ineunte y sobre las perspectivas que tracé en ella para el futuro de la evangelización. Y saludo especialmente a vuestro prelado, el obispo monseñor Javier Echevarría, que ha promovido este encuentro con el fin de potenciar el servicio que la Prelatura presta a las Iglesias particulares en las que se hallan presentes sus fieles.

Estáis aquí en representación de los diversos componentes con los que la Prelatura está orgánicamente estructurada, es decir, de los sacerdotes y los fieles laicos, hombres y mujeres, encabezados por su prelado. Esta naturaleza jerárquica del Opus Dei, establecida en la Constitución apostólica con la que erigí la Prelatura (cf. Ut sit, 28 de noviembre de 1982), nos puede servir de punto de partida para consideraciones pastorales ricas en aplicaciones prácticas. Deseo subrayar, ante todo, que la pertenencia de los fieles laicos tanto a su Iglesia particular como a la Prelatura, a la que están incorporados, hace que la misión peculiar de la Prelatura confluya en el compromiso evangelizador de toda Iglesia particular, tal como previó el Concilio Vaticano II al plantear la figura de las prelaturas personales.
La convergencia orgánica de sacerdotes y laicos es uno de los campos privilegiados en los que surgirá y se consolidará una pastoral centrada en el “dinamismo nuevo” (cf. Novo millennio ineunte, 15) al que todos nos sentimos impulsados después del gran jubileo. En este marco conviene recordar la importancia de la “espiritualidad de comunión” subrayada por la Carta apostólica (cf. ib., 42-43).

2. Los laicos, en cuanto cristianos, están comprometidos a realizar un apostolado misionero. Sus competencias específicas en las diversas actividades humanas son, en primer lugar, un instrumento que Dios les ha confiado para hacer que “el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura” (ib., 29). Por consiguiente, es preciso estimularlos a poner efectivamente sus conocimientos al servicio de las “nuevas fronteras”, que se presentan como desafíos para la presencia salvífica de la Iglesia en el mundo.

Su testimonio directo en todos esos campos mostrará que sólo en Cristo los valores humanos más elevados alcanzan su plenitud. Con su celo apostólico, su amistad fraterna y su caridad solidaria podrán transformar las relaciones sociales diarias en ocasiones para suscitar en sus semejantes la sed de verdad que es la primera condición para el encuentro salvífico con Cristo.

Los sacerdotes, por su parte, desempeñan una función primaria insustituible: la de ayudar a las almas, una a una, por medio de los sacramentos, la predicación y la dirección espiritual, a abrirse al don de la gracia. Una espiritualidad de comunión valorará al máximo el papel de cada componente eclesial.

3. Queridos hermanos, os exhorto a no olvidar en todo vuestro trabajo el punto central de la experiencia jubilar: el encuentro con Cristo. El jubileo fue una continua e inolvidable contemplación del rostro de Cristo, Hijo eterno, Dios y hombre, crucificado y resucitado. Lo buscamos en la peregrinación hacia la Puerta que abre al hombre el camino del cielo. Experimentamos su dulzura en el acto humanísimo y divino de perdonar al pecador. Lo sentimos hermano de todos los hombres, guiados hacia la unidad por el don del amor que salva. Sólo Cristo puede apagar la sed de espiritualidad que se ha suscitado en nuestra sociedad.

“No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!” (ib., 29). Al mundo, a cada uno de nuestros hermanos los hombres, los cristianos debemos abrir el camino que lleva a Cristo. “Tu rostro busco, Señor” (Sal 27, 8). El beato Josemaría, hombre sediento de Dios, y por eso gran apóstol, solía repetir esa aspiración. Escribió: “En las intenciones sea Jesús nuestro fin; en los afectos, nuestro amor; en la palabra, nuestro asunto; en las acciones, nuestro modelo” (Camino, 271).

4. Es tiempo de dejar a un lado todo temor y lanzarnos hacia metas apostólicas audaces. Duc in altum! (Lc 5, 4): la invitación de Cristo nos estimula a remar mar adentro, a cultivar sueños ambiciosos de santidad personal y fecundidad apostólica. El apostolado siempre es el desbordamiento de la vida interior. Ciertamente, también es acción, pero sostenida por la caridad. Y la fuente de la caridad está siempre en la dimensión más íntima de la persona, donde se escucha la voz de Cristo que nos llama a remar con él mar adentro. Que cada uno de vosotros acoja esta invitación de Cristo a corresponderle con generosidad renovada cada día.

Con este deseo, a la vez que encomiendo a la intercesión de María vuestro compromiso de oración, de trabajo y de testimonio, os imparto con afecto mi bendición.


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