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33 • Julio - Diciembre 2001 • Pág. 188
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Mensaje al Congreso “Hacia una educación más humana. En torno al pensamiento de Josemaría Escrivá”, en San José de Costa Rica (21-IX-2001)


Saludo con todo afecto a los participantes en el Congreso Hispanoamericano que se desarrollará dentro de pocos días en San José de Costa Rica, en torno al pensamiento del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer sobre la educación. Esta reunión se encuadra en el conjunto de celebraciones que tienen lugar en el mundo entero de cara al 9 de enero de 2002, fecha en que se cumplirán cien años del nacimiento del Fundador del Opus Dei. Son iniciativas promovidas por hombres y mujeres que desean expresar su gratitud a este santo sacerdote, por haber secundado fidelísimamente el querer de Dios, avivando en la conciencia de la Iglesia, desde 1928, la realidad de la llamada universal a la santidad y al apostolado mediante el cumplimiento acabado del trabajo profesional y de los deberes ordinarios del cristiano.

Al agradecer la organización de estas jornadas, que han de servir sobre todo para dar a conocer con mayor incisividad la vida santa y las enseñanzas del Beato Josemaría, siento el deber de añadir que se trata de un homenaje bien merecido. Cuando los promotores del Congreso me comunicaron el tema de la reunión y me pidieron unas palabras introductorias, enseguida vino a mi mente la idea de que el mejor calificativo que puede aplicarse al Fundador del Opus Dei -después del término sacerdote, que resulta basilar para la realización de la misión eclesial que había recibido- es precisamente el de maestro. En efecto, ya desde los tiempos en que estudiaba en el Seminario de Zaragoza, donde fue nombrado Superior con poco más de veinte años, se manifestó -junto a su gran capacidad de querer a las personas- su temple de forjador de almas. Luego, a lo largo de toda su existencia, en su labor sacerdotal y en su misión fundacional al frente del Opus Dei, gastó su vida en guiar a innumerables personas por las arduas sendas del espíritu, enseñándoles a descubrir la Voluntad de Dios y a conformar su conducta al querer divino.

Durante años, tuve la inmensa fortuna de mantener un asiduo trato filial con el Beato Josemaría. Recuerdo muy bien con qué gozo hablaba de las personas que se dedican a la noble e insustituible tarea de la enseñanza, a todos los niveles. Cuando la conversación recaía sobre quienes habían contribuido en su formación humana y espiritual, abundaba en expresiones de alegría y de sincero agradecimiento. Naturalmente, en primer lugar, pensaba en sus padres: resulta una verdad indiscutible que la primera y principal escuela es el propio hogar, el ejemplo y las enseñanzas del padre y de la madre, que se graban -para bien o, desgraciadamente, también para mal- en las almas tiernas de los niños. Inmediatamente después, el Beato Josemaría mencionaba su deuda por lo que había recibido de otros maestros: la religiosa que le enseñó las primeras letras, los profesores que tuvo en el bachillerato y, luego, durante los estudios universitarios, tanto en el campo civil como eclesiástico. De muchos de ellos, conservó un recuerdo rebosante de afecto hasta el final de sus días, concretado en pormenores que le habían ayudado a reafirmar en su vida las virtudes cristianas y también el orden, la reciedumbre, la hombría de bien...

Esta actitud de veneración hacia esas personas se fue intensificando con el paso del tiempo, hasta el punto de que en sus viajes de catequesis -así llamaba a las reuniones con pequeños y grandes grupos de personas, para hablar de las cosas de Dios, que mantuvo especialmente en los últimos años- deseaba aprender de quienes trataba. Sucedía realmente así, porque acudía a esos encuentros con el mismo deseo -sincero y profundo- de mejorar su formación, como había hecho a lo largo de su vida: amaba aprender del ejemplo de los demás, aun siendo un maestro consumado.

No hay ninguna oposición entre estas dos cosas. Más aún: sólo puede llegar a ser verdadero maestro quien se siente realmente en condiciones de crecer en sus conocimientos. Si una persona no cultiva en su alma la disposición -hecha de humildad y docilidad- de aprender de los demás, podrá ser un profesor más o menos eficaz, e incluso llegar a almacenar un saber enciclopédico; pero no será jamás maestro, en el sentido más noble y elevado del término.

En las sesiones del Congreso intervendrán destacados especialistas. Estoy seguro de que, en sus conferencias y comunicaciones, pondrán de relieve las grandes aportaciones del Beato Josemaría en el terreno de la educación, gracias sobre todo a las numerosísimas iniciativas que en este campo han surgido -como fruto de su impulso personal y del espíritu del Opus Dei- en los más diversos lugares de la tierra. Pero no olviden Vds. la gran lección que nos imparte a todos, con su propia vida. Una lección clara que, en última instancia, es consecuencia de su fidelidad al querer divino.

Efectivamente, aunque desde el punto de vista humano se consideraba deudor de todo tipo de personas, no es menos cierto que en el cumplimiento de la misión universal que recibió en 1928 se reconocía como gran deudor de Dios. Ante la magnitud de la tarea que el Cielo le había confiado -enseñar a los hombres y mujeres a convertir el trabajo profesional y los deberes familiares y sociales en camino de santidad, y facilitarles la realización de ese proyecto-, solía comentar que ahí su Maestro había sido el Espíritu Santo. Y porque se mostró docilísimo a las mociones divinas, desde el primer momento, fue capaz de convertirse en maestro de vida espiritual para los millones de personas que se benefician de su espíritu y de sus enseñanzas en el mundo entero.

Con el deseo de que sigan el ejemplo del Beato Josemaría, y poniendo por intercesora a la Santísima Virgen, Sedes Sapientiæ, les envío mi más cariñosa bendición, junto con el vivo anhelo de que las reuniones de estos días dejen un poso duradero en las almas.


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