Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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35 • Julio - Diciembre 2002 • Pág. 190
 
 
 
 •  Editorial
 

Una vida al servicio de la Iglesia

El 6 de octubre de 2002 permanecerá como una fecha por siempre esculpida en la historia del Opus Dei: aquel día, el último de una causa de veintiún años de duración, fue canonizado el Fundador. Ahora San Josemaría Escrivá pertenece al tesoro de la Iglesia. En su ejemplo todos los cristianos podemos leer las huellas de Dios impresas en la vida de uno como nosotros, podemos entender cómo el Señor desea actuar en nuestra alma. Y su mensaje puede iluminar a cualquiera que recorre los caminos del mundo en la búsqueda de Dios.

La canonización del Fundador del Opus Dei ha sido percibida como un verdadero y propio evento eclesial. La dimensión que lo ha caracterizado ha sido, sobretodo, su universalidad. Ésta aparecía tangible a quien ha observado la inmensa multitud de los fieles presentes (entre los cuales se contaban muchos no católicos); a quien ha percibido el número de países de proveniencia (más de noventa); a quien ha observado los centenares de obispos que, a la derecha del altar de San Pedro, han querido dar un signo de cordial adhesión de la jerarquía eclesiástica a esta decisión del Santo Padre; a quienes han notado la participación de tantos representantes de las más variadas instituciones eclesiásticas.

Cada canonización revela la plenitud del propio significado dentro de esta realidad viva de comunión, que constituye tal vez el acceso más elocuente a la comprensión del misterio de la Iglesia. En ella existe una inmensa variedad de carismas, expresiones de su capacidad de permear culturas, sensibilidades y experiencias muy distintas entre ellas. Pero las diferencias no son oposición y no significan contraste. Todo pertenece a un patrimonio que es de todos. Cada espiritualidad refleja un aspecto de la infinita riqueza del misterio de Cristo.

La unidad de la Iglesia es armonía en la variedad, comunión en la multiplicidad. Todo esto brilla con particular evidencia en los santos, tan distintos entre sí y al mismo tiempo unidos en el Espíritu Santo. Cambia el acento, el estilo, la historia personal; pero es siempre la misma pasión por Dios y por las almas, la misma oración que quema, la misma sed de compartir el sufrimiento salvífico de Cristo.

Este espíritu de comunión es parte esencial de la herencia que los fieles de la Prelatura han recibido del Fundador, y constituye por tanto un aspecto específico del propósito de renovado compromiso espiritual que cada uno ha formulado, en signo de agradecimiento al Señor, por el don de la Canonización. Como ha recordado el Santo Padre el 7 de octubre en el saludo a los participantes de la ceremonia de acción de gracias: “San Josemaría Escrivá dedicó su vida al servicio de la Iglesia. En sus escritos, los sacerdotes, los laicos que siguen los caminos más diversos, los religiosos y las religiosas encuentran una fuente estimulante de inspiración (...). Al imitarle con una apertura de espíritu y de corazón, dispuestos a servir a las Iglesias locales, estáis contribuyendo a dar fuerza a la “espiritualidad de comunión”, que la carta apostólica Novo millennio ineunte indica como uno de los objetivos más importantes para nuestro tiempo”.

En la homilía del 6 de octubre y en el discurso del día siguiente, el Santo Padre iluminó los rasgos sobresalientes de la figura y del mensaje de San Josemaría, reconociendo la actualidad y la urgencia de sus enseñanzas. Nos limitaremos a pocos aspectos: Josemaría fue elegido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que la vida de todos los días, las actividades comunes, son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo de lo ordinario. En efecto, estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo ofrece ocasión de un encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. La vida diaria, vista así, revela una grandeza insospechada. La santidad está realmente al alcance de todos”.

Juan Pablo II ha querido precisar que tal insistencia sobre la necesidad para cada cristiano de dirigirse a la plenitud de la contemplación va entendido no en sentido intimístico, sino con toda su carga de compromiso por la salvación del mundo: “Esta visión sobrenatural de la existencia abre un horizonte extraordinariamente rico de perspectivas salvíficas, porque, también en el contexto sólo aparentemente monótono del normal acontecer terreno, Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación”. Y más adelante: “Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica”.

La consecuencia implícita de estos puntos es muy clara: esfuerzo sincero de cada uno en la búsqueda de la unión con Cristo y la respuesta generosa a la llamada del Papa a la nueva evangelización. El lenguaje usado por Juan Pablo II es inequívoco: “Difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” (cf. Mt 5, 13)”. Santidad personal, por tanto, como premisa indispensable para la fecundidad del propio testimonio cristiano: “San Josemaría estaba profundamente convencido de que la vida cristiana entraña una misión y un apostolado: estamos en el mundo para salvarlo con Cristo (...). Precisamente por eso, sus enseñanzas han ayudado a tantos cristianos corrientes a descubrir la fuerza redentora de la fe, su capacidad de transformar la tierra. Este mensaje tiene numerosas implicaciones fecundas para la misión evangelizadora de la Iglesia”.

Son reclamos en los cuales, claramente, se leen las esperanzas del Santo Padre para con los fieles de la Prelatura: “Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta plaza: “Duc in altum!”. Lo transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros”.

Quien ha descubierto, a través del ejemplo y las enseñanzas de San Josemaría, el rostro amable de Cristo, puede encontrar en estas pocas palabras la vía para aquella respuesta de generosidad que debe al Señor. Quisiéramos concluir retomando una cita del Papa que invita a la esperanza: “Escrivá de Balaguer fue un santo de gran humanidad. Todos los que lo trataron, de cualquier cultura o condición social, lo sintieron como un padre, entregado totalmente al servicio de los demás, porque estaba convencido de que cada alma es un tesoro maravilloso; en efecto, cada hombre vale toda la sangre de Cristo”. Por tanto, su intercesión, su solicitud paterna, su diligencia para presentar ante el Señor nuestras súplicas, nos ayudarán a alcanzar la meta de la santidad, aunque tengamos experiencia de la distancia que todavía nos separa.

Todos los que se acercan a la figura de un santo comprenden que su “secreto” está en la profunda percepción del misterio de la santidad de Dios. El santo se sumerge en Él y es elevado a alturas inimaginables. Una de las verdades que con mayor nitidez se puede comprender de los escritos de San Josemaría Escrivá es que Dios es para nosotros un Padre, como ha hecho notar el Papa: “El Señor le hizo entender profundamente el don de nuestra filiación divina. Él enseñó a contemplar el rostro tierno de un Padre en el Dios que nos habla a través de las más diversas vicisitudes de la vida. Un Padre que nos ama, que nos sigue paso a paso y nos protege, nos comprende y espera de cada uno de nosotros la respuesta del amor. La consideración de esta presencia paterna, que lo acompaña a todas partes, le da al cristiano una confianza inquebrantable; en todo momento debe confiar en el Padre celestial. Nunca se siente solo ni tiene miedo. (...) El cristiano es necesariamente optimista, porque sabe que es hijo de Dios en Cristo”. Los santos nos ayudan a confiar siempre en la asistencia del Padre celestial.


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