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35 • Julio - Diciembre 2002 • Pág. 203
 
 
 
 •  Canonización de San Josemaría Escrivá
 

6 de octubre. Rito de la canonización

Ante una muchedumbre de cientos de miles de personas, el Papa proclamó solemnemente santo a Josemaría Escrivá de Balaguer la soleada mañana del 6 de octubre de 2002. La Misa de canonización tuvo lugar en la plaza de San Pedro y comenzó a las diez en punto.

Acompañaron al Papa 42 concelebrantes entre cardenales, obispos y sacerdotes. Asistían también a la ceremonia más de cuatrocientos cardenales, arzobispos y obispos: 50 venían de África, 53 de España, 55 de Italia; participaron asimismo el Arzobispo de Moscú, varios arzobispos maronitas y uno caldeo del Líbano, dos obispos cubanos... Numerosos representantes de órdenes religiosas y movimientos apostólicos ocupaban también un lugar destacado junto al altar papal.

La multitud llenaba la plaza de San Pedro y la Via della Conciliazione, y se extendía también por las calles adyacentes. Nueve pantallas gigantes repartidas a lo largo de la Via della Conciliazione y en la plaza Pío XII permitían seguir la ceremonia a los que estaban más lejos. Veintinueve cadenas de televisión transmitían en directo la ceremonia en los cinco continentes. Otras muchas lo harían luego en diferido.

A las diez y veinticinco, el Papa proclamó la fórmula de canonización: «En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el episcopado, declaramos y definimos Santo al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y lo inscribimos en el Catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». El “Amén” de la asamblea y el emocionado aplauso que se elevó al cielo desde la plaza de San Pedro hasta el Castel Sant’Angelo fueron la expresión del entusiasmo y del agradecimiento con que fue acogida la solemne declaración. Mientras tanto, una reliquia del nuevo santo era colocada junto al altar para su veneración por el pueblo cristiano.

Tras las lecturas, entre las que no faltó el Evangelio en griego, como es habitual en estas ceremonias, el Santo Padre pronunció su homilía:

“Los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rm 8,14). Estas palabras del Apóstol Pablo que acaban de resonar en nuestra asamblea nos ayudan a entender mejor el significativo mensaje de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, que hoy celebramos. Él se dejó llevar dócilmente por el Espíritu, convencido de que sólo así se puede cumplir en plenitud la voluntad de Dios.

Esta fundamental verdad cristiana era un motivo recurrente en su predicación. En efecto, no cesaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios, y la vida familiar, profesional y social, hecha de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia “santa y llena de Dios”. “A ese Dios invisible –escribió–, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales” (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 114).

Actual y urgente es también hoy esta enseñanza suya. El creyente, en virtud del bautismo que le incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una ininterrumpida relación vital.

“Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase” (Gn 2, 15). El Libro del Génesis, como hemos escuchado en la primera Lectura, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la ‘labrase’ y ‘cuidase’. Los creyentes actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la Gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

“La vida habitual de un cristiano que tiene fe – solía afirmar Josemaría Escrivá –, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente” (Meditaciones, 3-III-1954). Esta visión sobrenatural de la existencia abre un horizonte extraordinariamente rico de perspectivas salvíficas, porque, también en el contexto sólo aparentemente monótono del normal acontecer terreno, Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación. Por tanto, se comprende más fácilmente, lo que afirma el Concilio Vaticano II, esto es, que “el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo [...], sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber” (Gaudium et spes, 34).

Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica, queridos Hermanos y Hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” (cf. Mt 5, 13) y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (ibíd., 5, 16).

Ciertamente, no faltan incomprensiones y dificultades para quien intenta servir con fidelidad la causa del Evangelio. El Señor purifica y modela con la fuerza misteriosa de la Cruz a cuantos llama a seguirlo; pero en la Cruz – repetía el nuevo Santo – encontramos luz, paz y gozo: Lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce!

Desde que el siete de agosto de mil novecientos treinta y uno, durante la celebración de la Santa Misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: “cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta Plaza: “Duc in altum!”. Lo transmitió a toda su Familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. “Rema mar adentro – nos dice el divino Maestro – y echad las redes para la pesca” (Lc 5, 4).

Para llevar a cabo una misión tan comprometedora hace falta, sin embargo, un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, que él consideraba un “arma” extraordinaria para redimir el mundo. Aconsejaba siempre: “Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en «tercer lugar», acción” (Camino, 82). No es una paradoja, sino una verdad perenne: la fecundidad del apostolado está sobre todo en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Éste es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

¡Que el Señor os ayude, queridísimos hermanos y hermanas, a acoger esta exigente herencia ascética y evangelizadora! ¡Que os sostenga María, a quien el Santo Fundador invocaba como Spes nostra, Sedes Sapientiae, Ancilla Domini!

¡Que la Virgen haga de cada uno de nosotros un auténtico testigo del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa aportación a la edificación del Reino de Cristo! ¡Que nos sean de estímulo el ejemplo y las enseñanzas de San Josemaría, para que, al término de nuestro peregrinar terreno, podamos también nosotros participar en la bienaventurada herencia del Cielo! ¡Allí, junto con los ángeles y todos los santos, contemplaremos el rostro de Dios y cantaremos su gloria por toda la eternidad!

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Llegado el momento de la comunión, 1040 sacerdotes, acompañados de otros tantos jóvenes que llevaban un paraguas blanco para hacer más visible su presencia, se distribuyeron entre los fieles para repartir la comunión.

Acabada la Misa, el Santo Padre dirigió una breve alocución en distintos idiomas a los participantes en la ceremonia:

1. Al término de esta solemne celebración litúrgica, quisiera saludar cordialmente a todos los peregrinos que han venido de todas las partes del mundo. Dirijo un saludo especial a la delegación gubernativa, a las numerosas personalidades y a los peregrinos de Italia, donde el nuevo santo trabajó durante mucho tiempo por el bien de las almas y la difusión del Evangelio en todos los ambientes.

2. Saludo cordialmente a las delegaciones y a los peregrinos de lengua francesa que han venido para la canonización de Josemaría Escrivá. Ojalá encuentren en la enseñanza del nuevo santo los elementos espirituales que necesitan para recorrer el camino diario de la santidad. Os bendigo a todos con afecto.

Invito a los miembros de las diferentes delegaciones y a todos los que habéis venido de los países de lengua inglesa a aprender la lección del nuevo santo: Jesucristo debe ser la inspiración y la meta de todos los aspectos de vuestra vida diaria. Os encomiendo a vosotros y a vuestras familias a su intercesión, e invoco abundantes bendiciones sobre vuestro compromiso y vuestro apostolado.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua alemana que han participado en la celebración de la canonización del sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer. Que su palabra y su ejemplo os estimulen a buscar la santidad. Realizad con gran amor a Dios las pequeñas cosas de todos los días. Que el Señor os conceda a todos su gracia.

Saludo a todas las delegaciones oficiales, así como a los numerosos participantes en la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, llegados de España y Latinoamérica. Acogiendo, como Pedro, la invitación de Jesús a remar mar adentro, sed apóstoles en vuestros ambientes. Que en este camino os acompañe la Virgen María y la intercesión del nuevo santo.

Saludo también a los participantes de lengua portuguesa aquí presentes. Que san Josemaría os sirva de modelo en vuestro compromiso de santificar vuestro trabajo y vuestras familias. ¡Alabado sea nuestro Señor Jesucristo!

Saludo cordialmente a todos los miembros del Opus Dei, a los devotos de san Josemaría y a todos los peregrinos de Polonia. Que su intercesión sea para todos propiciadora de gracias, y que el carisma de su vida os inspire en las sendas del progreso espiritual. ¡Dios os bendiga!

3. El amor a la Virgen es una característica constante de la vida de san Josemaría Escrivá, y es parte eminente de la herencia que lega a sus hijos e hijas espirituales. Invoquemos a la humilde Esclava del Señor para que, por intercesión de este devoto hijo suyo, nos conceda a todos la gracia de seguirla dócilmente en su exigente camino de perfección evangélica.

Por último, saludo cordialmente al prelado y a todos los miembros del Opus Dei: os agradezco todo lo que hacéis por la Iglesia.

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A continuación rezó el Ángelus e impartió la bendición apostólica.

El Papa recorrió después en automóvil, acompañado por el Prelado del Opus Dei, la plaza y la Via della Conciliazione, para saludar a todos los presentes. Durante el trayecto, decenas de niños pequeños recibieron del Santo Padre la bendición y un beso en la frente.

Esa tarde, en Civitavecchia, donde el día anterior habían atracado ocho barcos con diez mil participantes en la canonización procedentes de distintos países del Mediterráneo, hubo un emotivo acto en el que las autoridades locales dedicaron al nuevo santo uno de los muelles del puerto.

En la basílica de San Pedro se rezaron ese día por la tarde, por primera vez, las vísperas de San Josemaría.


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