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35 • Julio - Diciembre 2002 • Pág. 226
 
 
 
 •  Canonización de San Josemaría Escrivá
 

10 de octubre. Misas de acción de gracias y solemne traslado de las reliquias de San Josemaría Escrivá

Las dos últimas Misas de acción de gracias por la canonización de San Josemaría Escrivá fueron celebradas el día 10, en la basílica de San Eugenio, ante los sagrados restos del nuevo santo: una por la mañana, presidida por Monseñor Fernando Ocáriz, Vicario General de la Prelatura, y otra por la tarde –inmediatamente antes del traslado de las reliquias de San Josemaría a la iglesia de Santa María de la Paz–, presidida por el Prelado del Opus Dei.

Con Monseñor Fernando Ocáriz concelebraron sacerdotes de los diferentes países en los que la Prelatura del Opus Dei desarrolla su labor. En el momento de la homilía, Monseñor Ocáriz se dirigió a la asamblea con las siguientes palabras:

1. El relato de la primera pesca milagrosa, que hemos leído en el Evangelio, culmina con la llamada de Pedro y algunos de sus compañeros a dejar todas las cosas para seguir a Cristo. San Josemaría contempló mucho esta escena y consideraba, entre otros aspectos, que el Señor sale a nuestro encuentro en las circunstancias ordinarias de la vida y, concretamente, en el trabajo. En una homilía dirigida a personas de diversas profesiones y oficios, afirmaba: «Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Ésta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente».

Esta visión positiva de las realidades del mundo –y, en particular, del trabajo–, que el fundador del Opus Dei difundió por todas partes, está enraizada en la convicción de la bondad original de la creación. Al meditar en esta bondad, se fijó especialmente en la afirmación del libro del Génesis recogida en la primera lectura de la Misa: que Dios colocó al hombre en el jardín de Edén ut operaretur, para que lo trabajase, para que sometiese la tierra y dominase sobre las criaturas corpóreas, completando así de algún modo la creación.

Esto no significa cerrar los ojos a la realidad, ni minusvalorar la presencia del pecado en el mundo. En efecto, «el mal y el bien –explica San Josemaría– se mezclan en la historia humana, y el cristiano deberá ser por eso una criatura que sepa discernir; pero jamás ese discernimiento le debe llevar a negar la bondad de las obras de Dios, sino, al contrario, a reconocer lo divino que se manifiesta en lo humano, incluso detrás de nuestras propias flaquezas».

2. Junto a la bondad de la creación –aunque herida por el pecado–, hemos de contemplar, llenos de admiración y agradecimiento, la encarnación del Hijo de Dios: tanto amó Dios al mundo –leemos en el Evangelio de San Juan– que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. Si amamos a Dios, ¿cómo no vamos a amar al mundo? Escuchemos otras palabras, muy conocidas, del nuevo Santo: «Este mundo nuestro (...) es bueno, porque salió bueno de las manos de Dios. Fue la ofensa de Adán, el pecado de la soberbia humana, el que rompió la armonía divina de lo creado.

»Pero Dios Padre, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito, que –por obra del Espíritu Santo– tomó carne en María siempre Virgen, para restablecer la paz, para que, redimiendo al hombre del pecado, adomptionem filiorum reciperemus (Gal 4, 5), fuéramos constituidos hijos de Dios, capaces de participar en la intimidad divina: para que así fuera concedido a este hombre nuevo, a esta nueva rama de los hijos de Dios (cfr. Rm 6, 4-5), liberar el universo entero del desorden, restaurando todas las cosas en Cristo (cfr. Ef 1, 9-10), que los ha reconciliado con Dios (cfr. Col 1, 20)».

Nuestra filiación divina no consiste sólo –y ya sería muchísimo– en que Dios quiera que le tratemos con la intimidad y confianza de un hijo hacia su padre; sino que realmente el Espíritu Santo nos une, nos identifica, con Dios Hijo –con Cristo–, y en Él –como miembros de su Cuerpo– somos verdaderamente hijos e hijas de Dios Padre. «Nunca profundizaremos bastante en esta inmensa maravilla –escribía Mons. Álvaro del Portillo–, y nunca podremos agradecer acabadamente a nuestro Dios que se haya dignado hacernos partícipes de la vida divina de la Santísima Trinidad, elevándonos a la condición de “hijos en el Hijo” (...). Ya en esta tierra, desea el Señor que nos veamos formando parte de su grey: de la Iglesia “reunida en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (San Cipriano, De oratione dominica, 23). Hemos de mirar siempre así a la Iglesia, y cultivar y mejorar intensamente la fraternidad que nos une a todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, sintiendo como muy nuestro todo lo que a la Santa Iglesia se refiere».

3. Tomémonos en serio, más en serio, la vocación cristiana a esta intimidad con Dios, a la santidad: no como algo genérico, sino como es en realidad: la voluntad de Dios para cada uno de nosotros, llamados por nuestro nombre. ¡Cómo saboreaba San Josemaría aquellas palabras bíblicas: «yo te he redimido y te he llamado por tu nombre: tú eres mío»! Voluntad de Dios; nos lo dice San Pablo: esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. El Señor nos señala la santidad no sólo como una meta a la que debemos llegar, sino antes y principalmente como la meta que Dios se ha propuesto conseguir para nosotros. Por esto, no cabe el desaliento ante la propia debilidad, porque tendremos siempre la fortaleza de Dios si acudimos asiduamente a las fuentes de la gracia: a la Eucaristía, a la Penitencia, a la oración... Y con esta «fortaleza prestada», estamos en condiciones de santificar el trabajo y el descanso, la vida en familia y las relaciones sociales, la salud y la enfermedad; es decir, podemos ir superando nuestras limitaciones y miserias, ir progresando en el camino que, por la acción del Espíritu Santo, conduce a la definitiva identificación con Jesucristo «en la libertad de la gloria de los hijos de Dios».

Asimilemos cada vez más a fondo estas enseñanzas, esforcémonos en que estructuren nuestro pensamiento y orienten nuestra conducta diaria. Procuremos difundirlas entre nuestros parientes, amigos y colegas de trabajo, con un apostolado personal constante, pues debemos sentirnos urgidos a colaborar con Cristo en la salvación de la humanidad. ¡Qué estupendo ser, como dice San Pablo, «colaboradores de Dios»!

4. En este inicio del tercer milenio, Juan Pablo II nos invita «a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para esto podemos contar –prosigue el Papa– con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a ponernos de nuevo en marcha animados por la esperanza “que no defrauda” (Rm 5,5)». Así cumpliremos aquella aspiración que, ya en los lejanos años 30, expresaba San Josemaría, como meta de todos sus esfuerzos: «Conocer a Jesucristo, hacerlo conocer, llevarlo a todos los sitios».

Que éste sea también como el resumen de nuestra vida; lo pedimos al Señor por intercesión de la Santísima Virgen y del nuevo Santo. Que este programa lo cumplamos fielmente todos los cristianos, concretamente los fieles del Opus Dei –a pesar de nuestra personal debilidad–, bien unidos a nuestro Prelado y Padre, bajo la suprema dirección del Romano Pontífice y, en consecuencia, muy unidos a toda la Iglesia; como le gustaba repetir a nuestro Padre: «omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, ¡todos, con Pedro, a Jesús por María!». Así sea.

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Los asistentes a la Misa vespertina de Monseñor Javier Echevarría llenaron la basílica de San Eugenio ya desde bastante antes de las cinco y media de la tarde, la hora prevista para su comienzo. Los concelebrantes eran obispos y sacerdotes procedentes de todo el mundo, varios de los cuales habían convivido muchos años con San Josemaría. En el público tampoco faltaban, junto con un buen número de jóvenes, algunos fieles del Opus Dei que conocieron y siguieron al Fundador en tiempos lejanos, en un momento en que la labor incipiente del Opus Dei se abría paso en medio de grandes dificultades.

En su homilía, el Prelado del Opus Dei exhortó a la conversión personal, a la evangelización y al servicio a la Iglesia y a todos los hombres que, según dijo, debe caracterizar la nueva etapa que la canonización de San Josemaría ha abierto para la Prelatura del Opus Dei. Éste es el texto completo:

1. Están a punto de concluir las inolvidables jornadas de la canonización de San Josemaría Escrivá. Dentro de unos momentos, sus venerados restos mortales serán trasladados de nuevo a la Iglesia Prelaticia de Santa María de la Paz, después de que han sido expuestos a la veneración de los fieles durante ocho días en esta Basílica de San Eugenio. Enseguida comenzará la diáspora –ya dio inicio, para muchos, inmediatamente después de la canonización–, y todos volveremos a nuestros quehaceres habituales: a la vida ordinaria, que es la palestra de nuestra lucha por alcanzar la santidad.

Preguntémonos: ¿qué propósito podemos sacar de estos días transcurridos en Roma, en los que hemos experimentado la maravilla de la universalidad de la Iglesia, y de esta partecica de la Iglesia que es el Opus Dei? ¿Cómo ha de discurrir mi vida, de ahora en adelante? ¿Qué puedo decir de parte de San Josemaría a los que no han podido asistir a la canonización, aunque han estado bien presentes espiritualmente durante estos días?

Si fuera yo quien les hablara, les recordaría aquella consideración que nos ofreció el queridísimo don Álvaro hace diez años, en una de las últimas Misas de acción de gracias por la beatificación de nuestro Padre. Comentaba entonces, y yo hago mías sus palabras, que comenzaba «una nueva etapa en la vida del Opus Dei (...), en la vida de cada uno de sus miembros. Una etapa de un amor más profundo a Dios, de un empeño apostólico más constante, de un servicio más generoso a la Iglesia y a toda la humanidad. Una etapa, en definitiva, de fidelidad más plena al espíritu de santificación en medio del mundo que nuestro Fundador nos ha dejado en herencia». En otras palabras: buscar a diario la conversión personal.

Querría glosar brevemente estos tres puntos. Pido al Señor que los grabe hondamente en nuestros corazones y nos ayude a ponerlos en práctica.

2. Amor más profundo a Dios. Durante varios meses, como preparación para este acontecimiento, nos hemos esforzado por convertirnos cada jornada. ¡Cuántas veces habremos suplicado esta gracia por intercesión de San Josemaría Escrivá! Somos conscientes de que el camino de la santidad se encuentra constelado de sucesivas mudanzas. La conversión, en efecto, no consiste sólo en abrazar la verdadera fe, ni en rechazar el pecado para dar cabida a la gracia. Ciertamente, moverse habitualmente en la amistad de Dios es requisito indispensable para acceder a su intimidad. Pero eso sólo no basta: se requiere crecer –como hizo nuestro Padre– en esa intimidad, identificándose progresivamente con Cristo, hasta que llegue el momento en que cada uno de nosotros pueda exclamar con San Pablo: vivo autem, iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2, 20), no vivo yo, sino que Cristo vive en mí, porque trato de seguir con fidelidad, en todo momento, las huellas que el Señor ha dejado a su paso por la tierra. «No te contentes nunca con lo que eres –te recuerdo con palabras de San Agustín–, si quieres llegar a lo que todavía no eres. Porque allí donde te consideraste satisfecho, allí te paraste. Si dijeres: “¡Ya basta!”, pereciste. Crece siempre, progresa siempre, avanza siempre».

En la peregrinación hacia el Cielo, resulta imprescindible ese esfuerzo por adelantar cada día, colaborando con el Espíritu Santo en la tarea de la santificación. Y esto se logra a base de una conversión, y de otra, y de otra, en puntos quizá pequeños, pero concretos y constantes, que son como pasos del alma en su constante acercamiento a Dios. Resulta por eso conveniente que, como fruto de estos días, renovemos a fondo el afán de poner en práctica las enseñanzas de quien el Señor constituyó –al hacerle ver el Opus Dei– en heraldo y maestro de la llamada universal a la santidad y al apostolado en las circunstancias de la vida ordinaria. Pidamos a Dios Padre, por la intercesión de este santo sacerdote, como la Iglesia nos invita a hacer en la colecta de la Misa, para que, realizando fielmente el trabajo cotidiano según el Espíritu de Cristo, seamos configurados a tu Hijo. Te rogamos, Señor, que todos los cristianos ahondemos en el sentido de la filiación divina, con el ímpetu y la eficacia con que lo intentó San Josemaría, en fiel respuesta a los impulsos del Paráclito.

Aunque cada uno de nosotros es muy poquita cosa, nuestra esperanza aparece segura: Dios Padre está empeñado en llevarnos a la perfección de la caridad, en Cristo, por el Espíritu Santo. En efecto, los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abbá, Padre!». Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con Él también glorificados (Rm 8, 14-17).

3. El propósito de amar más a Dios, de identificaros plenamente con Jesucristo, de corresponder a la acción del Espíritu Santo, se ha de traducir en un empeño apostólico más constante, como nos sugiere la liturgia al invitarnos a pedir que, en unión con la Santísima Virgen María, sirvamos con ardiente amor a la obra de la Redención.

Estáis a punto de emprender el regreso a vuestros países, a vuestros hogares, a vuestros trabajos. Hacedlo decididos a ser los instrumentos que el Señor desea utilizar para extender su palabra y su gracia sobre la tierra. Echad una ojeada a vuestro alrededor, al círculo profesional, social o familiar en el que os movéis, y descubriréis a tantas personas, ¡hijas e hijos de Dios!, que no valoran suficientemente la excelsa dignidad a que las elevó el Bautismo, ni la grandiosa vocación con la que el Señor las llama a participar de su misma Vida. Quizá nadie les ha hablado de Dios, o no les ha comunicado de modo convincente la noticia de que están destinadas a la Felicidad con mayúscula, a esa felicidad eterna a la que aspiran todas las criaturas humanas, y que las cosas de aquí abajo no pueden dar.

Hemos de despertarles de su sopor, abrirles los ojos con la elocuencia de nuestra vida y el entusiasmo de nuestras palabras, y así conducirles hacia Jesús. Contamos con la ayuda poderosa de la Virgen y de San José, de los Ángeles Custodios, de San Josemaría y de todos los Santos y Santas de Dios. No somos mejores que ellos, pero el Señor, en su Amor infinito, nos ha buscado y nos invita a recorrer todos los caminos y las encrucijadas del mundo al encuentro de nuestros hermanos, los hombres y mujeres que nos rodean.

Se repetirá una vez más el milagro que nos relata la página del Evangelio de hoy, cuando los Apóstoles, fieles al mandato de Cristo, recogieron gran cantidad de peces: tantos, que las redes se rompían (Lc 5, 6). Con palabras del Fundador del Opus Dei, también nosotros, «recordando la miseria de que estamos hechos, teniendo en cuenta tantos fracasos por nuestra soberbia; ante la majestad de ese Dios, de Cristo pescador, hemos de confesar lo mismo que San Pedro: Señor, yo soy un pobre pecador (cfr. Lc 5, 8). Y entonces, ahora a ti y a mí, como antes a Simón Pedro, Jesucristo nos repetirá lo que nos sugirió hace tanto tiempo: desde ahora serás pescador de hombres (Lc 5, 10), por mandato divino, con misión divina, con eficacia divina».

4. Nuestro empeño por ser santos y hacer apostolado tiene una sola finalidad: la gloria de Dios, la salvación de las almas: un servicio más generoso a la Iglesia y a toda la humanidad, como se expresaba don Álvaro hace diez años. Pero no olvidemos que no sabremos servir a quienes nos esperan, si cotidianamente no ponemos este afán de atender a los que con nosotros conviven. Durante su existencia terrena, San Josemaría Escrivá no tuvo otra mira que servir a Dios, a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Seguía el ejemplo del Maestro, que no ha venido a ser servido, sino a servir, y dar su vida en redención de muchos (Mt 20, 28). Quiso este santo sacerdote a las almas, porque se ejercitó en una caridad fina con quienes estaban a su alrededor.

Siendo servidor de todos, nuestro Padre se gozaba especialmente en el servicio filial a la Iglesia y al Papa. «Pensad siempre –escribió– que después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Papa. Por eso, mucha veces digo: gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón».

Procuremos imitar este amor y esta veneración al Papa. Su dignidad de Vicario de Cristo, de dolce Cristo in terra, constituye título más que suficiente para que nos sintamos unidos al Romano Pontífice de todo corazón, como consecuencia de un verdadero y propio deber filial. Pero, además, resulta lógico que deseemos manifestar nuestra gratitud a Juan Pablo II, por haber sido el instrumento de Dios para la canonización de nuestro Fundador, y que ofrezcamos por su Persona y sus intenciones una oración intensa, una mortificación generosa, una tarea profesional realizada con perfección sobrenatural y humana.

Tened presente al Papa –os digo con nuestro Padre– sobre todo «cuando la dureza del trabajo os haga recordar quizá que estáis sirviendo, porque servir por Amor es una cosa deliciosa, que llena de paz el alma, aunque no falten sinsabores». Si seguimos estas recomendaciones, recorreremos con seguridad y con alegría el camino de nuestra vocación.

Confiemos estos propósitos a la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia. Ella, con la colaboración de su Esposo San José, a quien tanto veneramos, de los Santos Ángeles Custodios, de todos los Santos y, de modo especial, de San Josemaría Escrivá, presentará esos deseos ante la Trinidad Beatísima, que los acogerá benignamente, los confirmará y nos concederá la gracia de cumplirlos fielmente. Así sea.

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Terminada la Misa, el féretro con el cuerpo del nuevo santo fue llevado en procesión hasta la puerta de la basílica. Un furgón lo trasladó luego hasta la iglesia de Santa María de la Paz. Ya era de noche, pero la aglomeración de personas a lo largo de Viale Bruno Buozzi no pasaba inadvertida a los transeúntes. La sede de la Curia Prelaticia del Opus Dei, en cuyo interior se encuentra la iglesia de Santa María de la Paz, mostraba en su fachada una decoración de tapices y faroles.

Por las reducidas dimensiones de la Iglesia Prelaticia, sólo pocas personas pudieron acceder al interior. De todos modos, en los bancos había una representación de familias de muy distintos países y latitudes. No faltaban la cuñada y los sobrinos de San Josemaría, visiblemente emocionados.

El féretro fue depositado en la misma urna en que había estado desde la beatificación, en 1992, hasta una semana antes, cuando se trasladó a la Basílica de San Eugenio. Durante esa semana se había cambiado la placa situada en el frontal de la urna, que ahora reza:

SACRVM CORPVS SANCTI
IOSEPHMARIAE
ESCRIVÁ DE BALAGVER
CONDITORIS OPERIS DEI
IX IANVARII MCMII
XXVI IVNII MCMLXXV


El visitante sabe así que los restos mortales de San Josemaría Escrivá de Balaguer descansan en la iglesia de Santa María de la Paz. Sobre todo, el pueblo cristiano sabe ahora con la certeza de la fe que su alma descansa en el cielo: en la paz de Dios, en esa única paz verdadera de la que, en efecto, Santa María es Reina.


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