Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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35 • Julio - Diciembre 2002 • Pág. 305
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la Misa de inauguración del año académico de la Pontifica Universidad de la Santa Cruz. Roma, 24-X-2002

La alegría y la gratitud por la canonización de Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, colman estas jornadas y se renuevan en la Santa Misa de hoy. Hemos participado en uno de aquellos momentos en que, también visiblemente, se descubre la perenne actualidad de Pentecostés, de aquella acción santificadora que sólo el Espíritu Santo puede realizar.

Por tanto, resulta muy lógico acudir al Paráclito para que nos comunique cuál es la voluntad de Dios para cada uno de nosotros en el año académico que estamos por comenzar. A este fin nos fijamos también en el ejemplo de San Josemaría: de su amor a la Iglesia, y de la fidelidad de aquel que fue su primer sucesor en el Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo, el Señor ha hecho surgir la Universidad de la Santa Cruz.

¿Qué cosa nos aconsejaría San Josemaría en un día como hoy? Pienso que nos diría –o mejor: nos dice– muchas cosas y, al mismo tiempo, una sola: debes ser santo, apóstol de Cristo en el puesto donde te encuentras por providencia divina; pero hemos de escuchar esta llamada –que se renueva sin interrupción– con sentido de urgencia, para llevarla a la práctica.

Entre los numerosos textos que se podrían citar para mostrar la fuerza y la riqueza de este mensaje, elijo el primer punto de Camino, del que se ha servido el Espíritu Santo para obrar muchas conversiones, pequeñas y grandes, a un número incalculable de personas: «Que tu vida no sea una vida estéril. –Sé útil. –Deja poso. –Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. –Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón».

Si confrontamos este proyecto con el nivel efectivo de nuestra vida cristiana, veremos de inmediato nuestra limitación. Sin embargo, sería una falta de coherencia considerar que esto puede justificar una conducta resignada, pasiva o de menor empeño. El secreto para realizar aquel programa pasa a través de la verdadera humildad, que tiene en cuenta tanto nuestra pequeñez personal como la bondad y la omnipotencia de Dios, que quiere santificarnos. En efecto, la auténtica fuente de santidad y de eficacia apostólica es «el fuego de Cristo que llevas en el corazón», el mismo fuego que desciende visiblemente sobre los Apóstoles reunidos en Jerusalén.

Cuántas veces San Josemaría meditó y repitió las palabras de Jesús: fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda?. Aquel fuego es el íntimo calor del Santificador, que raramente se difunde a través de vías extraordinarias y llamativas, sino que se derrama sobre todo sobre la vida ordinaria de personas e instituciones.

Los trabajos que todos vosotros desarrolláis –como profesores, estudiantes o empleados– constituyen vuestro campo de santificación, el modo en el que participáis personalmente en la misión de Cristo y de la Iglesia. Os aconsejo aplicaros, como también intento hacer yo, la enseñanza sobre la unidad de vida central en el mensaje de San Josemaría. Es un horizonte altísimo: ser útil, dejar huella, iluminar con toda nuestra vida, haciendo que nuestra existencia personal se haga máximamente auténtica y libre, ya que pertenece enteramente a Dios nuestro Padre.

Conocemos por experiencia la distancia que media entre la comprensión teórica de la unidad de vida y su puesta en práctica. Todos nosotros sufrimos la insidia de diversas tentaciones que nos llevan hacia la disgregación vital. A veces podemos asumir conductas de autosuficiencia que nos empujan a despreciar, o al menos a no valorizar en sus justos términos, determinados aspectos de la existencia, porque no nos placen o quizá porque los consideramos inadecuados a nuestra capacidad o expectativas, convencidos de que nuestra verdadera realización se halla en otro lugar. Al mismo tiempo, y como la otra cara de la misma moneda, podemos dedicarnos a ciertas actividades con un entusiasmo que no nos lleva hacia el Señor, ya que persigue en primer lugar el éxito personal y, por tanto, es fruto del egoísmo, no del amor de Dios.

La doctrina sobre la unidad de vida, aplicable a cualquier existencia humana, se hace de algún modo más plena de significado cuando se trata de actividades cuyo objeto está directamente ligado a las realidades sobrenaturales. Es el caso de los estudios sagrados, que por su naturaleza son inseparables de la Revelación divina, del don de la fe teologal y de la fidelidad al Magisterio de la Iglesia. En este ámbito, la unión efectiva con Cristo, el adecuado empeño en la oración y en la mortificación, repercutirá sobre todo en nuestra propia vida espiritual, protegiéndola del riesgo de que se sumerja en la tibieza y comprometiendo también los frutos sobrenaturales de nuestro esfuerzo, que dependen de una fe viva.

En efecto, sin una fe profunda y madura, que lucha por encarnarse sobre todo en la propia vida, no es posible adquirir una formación teológica digna de tal nombre, ni conseguir resultados válidos en las disciplinas científicas relacionadas con el depósito divinamente revelado. Se podría quizá llegar a ser eruditos, o tal vez brillantes; se podrá consolidar la propia autoafirmación; pero la verdadera substancia de la teología y de las demás disciplinas sagradas permanecerán inaccesibles, o accesibles sólo de modo superficial.

Más aún, la adquisición de conocimientos especializados en estos ámbitos, si se separan de la vida de piedad –adhesión seria y operativa a la verdad de Cristo enseñada por la Iglesia–, puede convertirse en instrumento de desviaciones doctrinales y prácticas. La fe y la piedad, en cambio, junto a las dotes humanas de cada uno y al trabajo sacrificado y constante, producirán abundantes frutos. De este modo, nuestra cotidiana fidelidad contribuirá a enriquecer una comunidad universitaria que, a su vez, sostiene y anima más y más a los otros en la adquisición de la unidad de vida. Intentemos no perder nunca este horizonte apostólico a lo largo de nuestras jornadas.

Confiamos nuestros propósitos de santificación en el trabajo universitario a la protección materna de María Virgen, especialmente mediante la recitación del Santo Rosario, de acuerdo con las recientes indicaciones del Santo Padre Juan Pablo II. Invoquemos a la Virgen con la jaculatoria Sedes Sapientiæ, para que nos conduzca a una profunda unión con la Santísima Trinidad. Así sea.


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