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36 • Enero - Junio 2003 • Pág. 32
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la ordenación sacerdotal de diáconos de la Prelatura, Basílica de San Eugenio. Roma, 31-V-2003

Queridos hermanos y hermanas. Queridísimos diáconos.

1. Celebramos la Ascensión del Señor, solemnidad de especial alegría porque nos permite contemplar a Jesucristo que, aclamado por toda la muchedumbre de los ángeles, penetra gloriosamente en el Cielo. También nosotros, miembros de su Cuerpo místico, vivimos con la esperanza de que un día nos uniremos a Él en la gloria . Esta seguridad atempera el poso de tristeza característico de esta fiesta. También los Apóstoles, al comprobar que la separación física de Jesús era ya definitiva, después de haber transcurrido tres años a su lado, se quedaron desorientados, con la vista fija en el Señor que se alejaba. Hasta que unos ángeles les dirigieron esta pregunta: hombres de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que de entre vosotros ha sido elevado al cielo, vendrá de igual manera a como le habéis visto subir al cielo . Luego, los Apóstoles regresaron a Jerusalén con gran alegría .

Hasta que vuelva gloriosamente a la tierra, Jesús continúa entre nosotros de modos variados, por la potencia del Espíritu Santo. El Concilio Vaticano II enseña que el Señor «está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt 18, 20)» . Y está presente, en primer lugar, «en el Sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro (...), sea sobre todo bajo las especies eucarísticas» . A esta presencia sacramental quisiera referirme brevemente, para ilustrar el significado de la celebración litúrgica en la que van a recibir la ordenación presbiteral un grupo de diáconos de la Prelatura.

2. La reciente encíclica de Juan Pablo II sobre la Sagrada Eucaristía hace mucho hincapié en un punto central de la doctrina católica: «Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación (...). Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar en él, como si hubiéramos estado presentes» .

Si meditamos a fondo estas palabras, tratando de captar todo su sentido, nos daremos cuenta de que se trata de algo verdaderamente impresionante. No tenemos nada que envidiar a los Apóstoles: también nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, al participar en la Santa Misa con fe viva y con piedad sincera, entramos en contacto directo con la Muerte y la Resurrección del Señor. La acción salvífica del Verbo encarnado, cumplida hace dos mil años, con la que nos rescató del pecado y nos constituyó en hijos de Dios, se hace sacramentalmente presente en el Santo Sacrificio del Altar. Como afirmaba San Josemaría, «la Santa Misa es un sacrificio real, actual y propiciatorio». Por ser real y actual, hemos de esforzarnos cada día para meternos más y más en él y así convertir nuestra jornada en ofrenda santa, pura e inmaculada a Dios Padre, con Cristo, en el Espíritu Santo. Por ser propiciatorio, han de dolernos nuestras negligencias, no haber sabido poner como centro de nuestra vida, en tantas ocasiones, la Santa Misa.

Siempre será insuficiente cualquier expresión de agradecimiento a Jesucristo por este don inestimable. Como recuerda el Papa, tendríamos que vivir siempre postrados «en adoración delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega “hasta el extremo” (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida» .

Pues bien, precisamente para asegurar la presencia real y actual del Sacrificio de la Cruz en el mundo, hasta el fin de los tiempos, Jesucristo ha instituido el sacramento del Orden. Gracias a ese sacramento, el Señor elige, consagra y envía a algunos hombres para que le representen visiblemente ante los demás hombres. Cuando predican la palabra de Dios o administran los sacramentos, los sacerdotes actúan in persona Christi. Estas palabras –como escribe el Santo Padre– significan «más que “en nombre”, o también “en vez” de Cristo. “In persona”: es decir, en la identificación específica, sacramental con el “Sumo y Eterno Sacerdote”, que es el Autor y el Sujeto de su propio Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie» .

Los sacerdotes son instrumentos vivos de la Humanidad Santísima del Señor; es Él quien desde el Cielo obra a través de ellos, de modo especialísimo en la Misa y en la Confesión. A San Josemaría le gustaba considerar esta realidad. He aquí una reflexión suya. Decía: «Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría (...): eres Cristo. Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. El sacerdote desaparece como persona concreta» .

3. Me dirijo ahora a vosotros, hijos míos diáconos. En las reuniones que hemos mantenido en los meses de preparación al presbiterado, os he hablado de nuestro Padre como modelo de existencia plenamente sacerdotal. Conocéis muchos detalles de su vida, que han de serviros para grabar a fuego en vuestras almas su fascinante ejemplo de conducta sacerdotal y para convertiros en instrumentos fidelísimos del Señor en la obra de la santificación de las almas.

Ahora deseo traer a vuestra memoria uno de esos rasgos tan significativos, estrechamente unido a la representación visible de Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor, que se os confía como misión. Me refiero a la necesidad de ser, en todo momento, transparencia viva del Señor, de modo que los fieles –al miraros, al escuchar vuestras exhortaciones, al contemplar vuestro comportamiento– descubran el rostro santo y misericordioso del Redentor.

Os lo reitero con palabras de San Josemaría: «se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados. La administración de estos dos Sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor» . La meta es alta, pero no inasequible, porque el Señor os concede su gracia abundantemente. Esta seguridad os dará siempre una paz inalterable. Meditad la enseñanza de San Gregorio de Nisa a propósito del sacerdote: «Ayer y anteayer era uno del pueblo; de repente aparece como guía, preceptor, maestro de piedad, ministro de los sagrados misterios. Todo esto lo cumple sin haber cambiado en nada el aspecto corporal o la presencia exterior. Aparentemente, sigue siendo lo que era; per por una fuerza invisible, por una gracia particular, su alma es cambiada en mejor» . Vosotros, además, contáis con una honda preparación científica y espiritual, y lo que es más importante, con la oración de millares de personas.

A todos nos resulta espontáneo pedir al Buen Pastor que envíe a la Iglesia muchos sacerdotes santos. Pedimos en primer lugar por el Santo Padre, que con tanta generosidad gasta sus energías en el servicio de la Iglesia y de toda la humanidad; por el Cardenal Vicario de Roma, por los Obispos y los demás ministros sagrados. Y vosotros, padres y hermanos de los nuevos sacerdotes, agradeced al Señor el cariño con que ha distinguido a vuestra familia: procurad corresponder a tanta predilección mediante la renovación de vuestra vida cristiana. Mi más cordial enhorabuena a todos.
La Virgen estuvo asociada de modo único al Sacrificio de la Cruz. En el Calvario, en la persona de San Juan, recibió la misión de ser Madre de cada uno de los discípulos de su Hijo y, de modo particularísimo, de los sacerdotes. Ella, «con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía» . Si la tratamos con piedad de hijos, si rezamos bien el Rosario, contemplando los misterios, especialmente en este año dedicado a esta devoción mariana, entraremos –como señala el Santo Padre– en la escuela de María, mujer “eucarística” , y progresaremos más y más en el amor a Dios y a los demás por Dios. Así sea.


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