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37 • Julio - Diciembre 2003 • Pág. 8
 
 
 
 •  Editorial
 

Gracias, Santo Padre

Con ocasión del 25º aniversario del pontificado de Juan Pablo II, el Prelado del Opus Dei ha publicado un artículo en L’Osservatore Romano. Excepcionalmente, el artículo se reproduce en este número de Romana como editorial: sin duda, todos los fieles de la Prelatura reconocerán en él la expresión más autorizada de sus sentimientos de gratitud al Vicario de Cristo en este momento de eminente conmemoración eclesial.

Gracias, Santo Padre

En las imágenes del Papa que los medios de comunicación nos ofrecen en estos últimos años hay, me parece, un elemento permanente y otro que cambia: por una parte, reflejan cómo el cuerpo de un hombre se consume inexorablemente con el paso del tiempo; por otra, muestran con igual claridad, pero con más fuerza, un fenómeno que no registra cambio de tendencia: en todos los rincones del mundo, muchedumbres se estrechan en torno a su persona con idéntico fervor.

Muchas explicaciones se han querido dar a este hecho. Por lo general, se ha intentado responder al misterio de ese magnetismo de Juan Pablo II indagando en las expectativas que mueven a tantas personas a dirigirse a él. Por ejemplo, el difundido deseo de paz: Juan Pablo II se interpone en todos los conflictos que ensangrientan el mundo e invariablemente invoca el perdón, con una perseverancia más fuerte que las divisiones, como camino necesario para una paz verdadera. Otros sostienen que lo que mueve a dirigir nuestra mirada al Papa es la sed de verdad, tan viva en una sociedad cansada de mentiras y de modas efímeras: la voz del Papa proclama sin temor una verdad perenne, una moral insobornable, que se alza en defensa de la dignidad del hombre.

Para entender el extraordinario atractivo de Juan Pablo II, entiendo que es preciso profundizar más. Se impone escrutar lo que la teología llama sensus fidei: esa especie de instinto de la fe que palpita en la mente y en el corazón de los cristianos.

Desde este punto de vista, se observa una Iglesia apiñada en torno al Papa, una Iglesia que no puede alejarse de su Pastor supremo porque se sabe incapaz de concebirse a sí misma sin él. Y muestra también un Papa que existe para la Iglesia y en el que la Iglesia busca el rostro de Cristo.

Quien lo escucha siente que habla con una autoridad que procede de arriba: de ese Evangelio que no pasará “mientras no pasen el cielo y la tierra” (Mt 5,18). Junto al Sucesor de Pedro se siente la presencia de un vínculo de comunión más fuerte que cualquier otro basado en motivos de historia o de cultura. Se toca así el misterio que hace de la Iglesia la familia de Dios y de cada hombre un hijo de Dios.

A medida que la edad y el sufrimiento físico debilitan sus fuerzas, la voluntad del Papa se robustece en la unión con la Cruz de Jesucristo, que –salta a la vista– ama con generosidad ejemplar.

Contemplar el rostro de Cristo: es el objetivo que Juan Pablo II ha señalado a la Iglesia para que ésta pueda “asumir con nuevo ímpetu su misión evangelizadora” (Carta apost. Novo millennio ineunte, 2) en el umbral del tercer milenio. Y no podemos dejar de pensar en el Papa, en su misión de Pastor de la Iglesia universal, al leer estas otras palabras suyas: “Los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo «hablar» de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?” (ibid, 16).

Este “contacto” con el Señor se produce también y muy especialmente en el dolor: “La Iglesia está invitada continuamente por Cristo a tocar sus llagas, es decir, a reconocer la plena humanidad asumida en María, entregada a la muerte, transfigurada por la resurrección: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20,27). Como Tomás, la Iglesia se postra ante Cristo resucitado, en la plenitud de su divino esplendor, y exclama perennemente: ¡«Señor mío y Dios mío»! (Jn 20,28)” (ibid, 21).

En la unión del Sucesor de Pedro con Jesucristo, que cada uno intuye con mayor o menor hondura, se encuentra, a mi modo de ver, la explicación última de la misteriosa sintonía que existe entre el Papa y la gente. El natural sentimiento de afecto y gratitud que todos los cristianos manifestamos a Juan Pablo II en estos momentos es, en el fondo, el reconocimiento de que el Papa nos ha hecho redescubrir lo mejor de nosotros mismos: nuestra relación personal con el Dios que nos ha creado y salvado en su Amor.

Ya en su primera encíclica leemos que el hombre “es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión”. La razón última de su contacto inmediato con el corazón de los creyentes se forja en que la pasión del Papa por el hombre hunde sus raíces en Dios hecho Hombre. Juan Pablo II se nos muestra cercano, porque nos recuerda que Cristo está muy cerca de nosotros, vive con nosotros y da sentido a nuestra vida. Una certeza tan firme que no necesita más pruebas que la Cruz: esta Cruz en la que todos contemplamos también al Papa.

Resulta muy lógico que en este aniversario de Juan Pablo II consideremos la importancia de su figura, la profundidad de sus enseñanzas, las consecuencias de sus decisiones. Y brota de modo natural también que sintamos la necesidad de expresar nuestro agradecimiento, de todo corazón. Secundando lo que nos acaba de pedir en Pompeya, el día de la Virgen del Rosario, queremos rezar siempre por él, como muestra de afecto filial y de profundo y sincero agradecimiento.


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