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37 • Julio - Diciembre 2003 • Pág. 102
 
 
 
 •  Estudio
 

Madre de Dios y madre de los hombres

Estudio de la devoción mariana de San Josemaría y de su relación con la unidad de vida

Arturo Blanco
Pontificia Universidad de la Santa Cruz


La devoción mariana es una de las notas sobresalientes de la personalidad de San Josemaría, uno de los rasgos que lo definían en lo espiritual. Él nunca quiso ponerse de modelo en nada, porque -decía- el único modelo es Cristo; no dudó, en cambio, en afirmar que si en algo deseaba que le imitasen sus hijos era en el amor a la Virgen.

La riqueza y profundidad de su devoción a la Virgen no permiten exponerla acabadamente en las pocas páginas de este artículo. Buscando, pues, una reducción temática o de perspectiva, parece interesante estudiar la relación entre esa devoción y la unidad de vida que predicaba y practicaba el Fundador del Opus Dei, la cual es también un rasgo decisivo de su vida y ha supuesto una significativa novedad en la Iglesia. Ese concepto, por lo demás, se relaciona con la llamada universal a la santidad y con la espiritualidad plenamente laical practicada y predicada por el Fundador del Opus Dei.

La documentación sobre ambos aspectos de su vida espiritual es muy amplia, lo cual explica las numerosas referencias al tema en estudios relativos al Opus Dei y a su Fundador, y que se cuenten ya bastantes escritos directamente dirigidos a analizarlos. Sobre la base de esta disponibilidad documental y bibliográfica, veremos qué relación tiene la devoción mariana con la unidad de vida y cuál es su necesidad para alcanzar una síntesis vital plena y perfecta. Antepondremos algunas consideraciones sobre la unidad de vida que parecen necesarias para afrontar ese tema específico.

El análisis de la relación entre devoción mariana y unidad de vida excluye claramente que la primera pueda considerarse el substrato ontológico de la segunda. Tampoco parece que pueda decirse que la piedad mariana sea la substancia de la unidad de vida, ni su perfección teologal. En cambio, algunos elementos hacen pensar que la Virgen, según la devoción mariana de San Josemaría, puede ser considerada modelo y principio de unidad de vida, de manera análoga -por participación- a como Cristo es centro de la existencia y modelo del vivir, con las debidas diferencias que se pueden señalar oportunamente. Las páginas que siguen analizan estos elementos.

1. La universalidad referencial de la Virgen en la piedad personal de San Josemaría
Los textos escritos del Fundador del Opus Dei y los testimonios sobre él concuerdan en que su devoción mariana era fuerte, intensa y constante, caracterizada por expresarse en un trato filial y confiado, íntimo y muy personal. A la vez coinciden en que su devoción a la Virgen aparece encuadrada en el conjunto de sus demás devociones, armónicamente engarzada con ellas: no constituye un coto independiente del resto de su piedad, ni ocupa el primer lugar, que queda reservado a la Trinidad Beatísima y a la Humanidad santísima de Cristo. “Puedo afirmar que sus principales devociones fueron: la Santísima Trinidad -Dios Uno y Trino, además de las Tres Personas divinas a las que trataba singularmente: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo-; Nuestro Señor Jesucristo, sobre todo su presencia en la Eucaristía, su Pasión y sus años de vida oculta; la Santísima Virgen; San José; los santos ángeles y Arcángeles; los Santos y, en particular, los doce Apóstoles, los Santos que escogió como intercesores de algunos aspectos del apostolado de la Obra (..), otros santos, como San Antonio Abad, Santa Teresa de Jesús, etc., y los primeros cristianos”.

De los muchos rasgos que pueden notarse sobre su amor a la Virgen, veremos ahora aquellos que iluminan mejor la relación de ese amor con la unidad de vida que él practicó y enseñó. Desde ese punto de vista, el rasgo más interesante es su constante buscar y referirse a la Virgen: colocarla -junto a Cristo- en el centro de su existencia.

a) Buscar constantemente a la Virgen
Buscaba constantemente a Santa María en su trabajo, en su oración, en su acción apostólica. «En 1970, escribe el actual Prelado del Opus Dei, mientras hacíamos una novena en la Villa de Guadalupe en México, nos dijo que recordaba con perfecta claridad la primera vez que acudió a la Virgen teniendo conciencia de que rezaba y se dirigía a Ella. Lleno de piedad filial, nos invitó a cada uno a hacer lo mismo: evocar ese primer encuentro, para pedir a nuestra Madre, con aquella inocencia y seguridad, por lo que llevábamos en el alma y en el corazón, recurriendo al auxilio de María, omnipotencia suplicante. Tenía dos o tres años, cuando comenzó a invocar a la Virgen en la Catedral de Barbastro, delante de la imagen de la Dormición. Me aconsejó una devoción que vivía: besar con cariño la frente de una imagen de nuestra Madre del Cielo, y con piedad de hijo decirle: “ven conmigo”. En más de una ocasión, pasaba los ratos que podía llamando continuamente a la Virgen: ¡Madre, Madre, Madre mía! Y, lleno de confianza, abandonaba en sus manos las necesidades de la Iglesia y de las almas.

No se cansaba de predicar la urgencia de acudir a la Santísima Virgen. Por ejemplo, en 1953, nos insistía: “quizá nos falta considerar a Cristo tan nuestro como María lo consideraba suyo: era su vida y la razón de su existencia. Sin él, María no podía trabajar, ni vivir, ni descansar, ni estar. Y si somos fieles debería sucedernos constantemente lo mismo a cada uno de nosotros”. El 30 de abril de 1968, como solía hacer cuando comenzaban los meses o las épocas del año en las que de una manera particular se cultiva en la Iglesia la devoción a la Virgen, nos recomendaba: “en nuestro trato con María, en este mes de mayo, que mañana comienza, querría que cada uno de nosotros empezara a hacer un pequeño sacrificio más, un rato más de estudio, un trabajo mejor acabado, una sonrisa ...; un sacrificio, que sea un esfuerzo de nuestra piedad y una prueba de nuestra entrega. Con generosidad, hijo mío, déjate llevar por Ella. ¡No podemos dejar de querer cada día más y más al Amor de los amores! Y con María lo podremos conseguir, porque nuestra Madre vivió dulcemente una entrega total”.

Subrayaba la necesidad del trato con la Virgen para llegar a la Santísima Trinidad. En 1970, nos reiteraba esta directriz: “tened amor, mucho amor, todo el amor, a la Trinidad Beatísima. Para esto, partid de vuestra devoción a la Virgen, porque Ella, hasta humanamente, está muy cercana a Dios, y es la criatura más perfecta, sine macula, sine ruga, y el Señor no le niega nada. Ella necesariamente os llevará al Hijo, que os hará conocer al Padre, y recibiréis al Espíritu Santo, fruto del árbol de la Cruz” .

b) Referirse a la Virgen en todo y para todo
Se refería constantemente a la Virgen. Mons. Álvaro del Portillo anota que “terminaba habitualmente sus homilías y meditaciones con una invocación a la Virgen. En el libro Santo Rosario nos ha dejado rasgos conmovedores de su contemplación de los principales misterios de la vida de Jesús y de María, y también sus demás obras, comenzando por Camino, están impregnadas de devoción mariana. Cada capítulo de Surco y de Forja termina con un pensamiento sobre la Virgen”.

Que el Fundador del Opus Dei concluyera siempre su predicación, cualquiera que fuese el tema, con un diálogo sobre ese punto con la Virgen, no era algo anecdótico, ni simple recurso para infundir en los oyentes la devoción a la Madre de Dios; era que al Fundador del Opus Dei le resultaba espontáneo y como necesario referirse a María a propósito de cualquier situación y acontecimiento, de cualquier tema. Conviene notar que la referencia a María se manifiesta no sólo como petición de ayuda y de intercesión ante Dios y ante Cristo; toma también forma de ejemplo y modelo: el Fundador del Opus Dei aprende de María muchas cosas, lo aprende todo. Acude a Ella en busca de ayuda, acude a Ella para aprender. Por eso no tendrá inconveniente en Surco, cuando trata de las “virtudes del hombre”, en remitir al ejemplo y a la ayuda de Santa María para que también el lector consiga vivir todas las virtudes de un seguidor de Cristo. No carece de sentido que todos los capítulos de Surco terminen con un pensamiento relativo a la Santísima Virgen; quiere decir que cualquier esfuerzo cristiano por crecer en virtud conduce a la identificación con Jesucristo y no hay para esto camino más seguro y directo que la devoción a María.

c) Tomar a María como modelo y principio de unidad de vida
Estas pocas indicaciones, entre las muchas posibles, pueden ser suficientes para mostrar la constante presencia de la Virgen en el alma de San Josemaría; su continuo referirse a Ella como modelo de toda virtud, como inspiradora de conducta en cualquier circunstancia y trabajo; su constante buscarla como recurso, su ponerla en todo y para todo, como después resumió con acertada fórmula su sucesor, Mons. Álvaro del Portillo.

Sin perjuicio de otras consideraciones que puedan hacerse, pues el presente estudio no pretende ser exhaustivo, lo ya visto permite notar que, en la vida y en las enseñanzas de San Josemaría, la Virgen está presente en todas las manifestaciones de su piedad, de su acción apostólica y de su trabajo; con seguridad puede decirse que toda su vida, en cualquiera de sus aspectos, era mariana.

Cabe, pues, afirmar que en la vida y en el sentir del Fundador del Opus Dei, la Virgen aparece con una universalidad propia aunque ciertamente no separable de la que corresponde a Dios Uno y Trino, de la que tiene Cristo; con una universalidad que le permite ser referencia constante y válida para todo: para el crecimiento en la virtud, para desempeñar santamente el propio trabajo, para acercar las almas a Dios, para llevar adelante la misión recibida de Dios (en su caso, el Opus Dei), para todo.

En definitiva, se puede pensar que el amor a la Virgen le empujaba y ayudaba a vivir en unidad todo lo que decía y hacía; que metió a la Virgen en su vida concediéndole ser principio de unidad de vida de modo análogo a como lo es Cristo y en dependencia de El. A continuación veremos en qué se basa, según el Fundador del Opus Dei, esa posibilidad -que él actuó en su vida- de referirse universalmente a la Virgen.

2. Análisis del fundamento de la universalidad referencial de la Virgen según los escritos del Fundador del Opus Dei
El pensamiento fundamental de San Josemaría a este respecto parece resumirse en la siguiente reflexión: el ser la Virgen ayuda universal y maestra en todo y para todo puede entenderse, en el caso de María, como una concreta expresión de su ser madre. En efecto, es propio de una madre enseñar al hijo todo lo que puede y sabe, y tratar de ayudarle en todo y para todo, especialmente cuando lo ve necesitado o en apuros. Esta reflexión encuentra apoyo explícito en textos escritos de San Josemaría. “Si yo fuera leproso, mi madre me abrazaría. Sin miedo ni reparo alguno, me besaría las llagas. -Pues, ¿y la Virgen Santísima? Al sentir que tenemos lepra, que estamos llagados, hemos de gritar: ¡Madre! Y la protección de nuestra Madre es como un beso en las heridas, que nos alcanza la curación”. No se trata de un texto aislado, podrían aducirse muchos otros; es la expresión de un pensamiento claro y sólido, estructurado sobre la fe en la maternidad divina de María y en su maternidad espiritual para con los hombres

a) El fundamento entitativo: su universalidad como Madre
El fundamento de la devoción mariana de San Josemaría, de su sentido y necesidad, está en la fe en María como Madre de Dios y Madre de los hombres. Fundar la contemplación de María en su maternidad divina le parecía obligado para respetar la naturaleza y el orden de las cosas. María se llama Madre de Dios porque Ella concibió y de Ella nació el Verbo hecho carne. Este dogma de la Maternidad divina de Nuestra Señora constituye la fuente y la raíz de los privilegios con que el Señor decidió adornarla. De ahí pasaba a contemplar su maternidad respecto a los hombres; de la contemplación estrictamente teológica y cristológica pasaba a la antropológica y existencial; de la maternidad respecto a la Cabeza a la maternidad respecto a los miembros: la Iglesia. La Virgen es nuestra Madre. Una verdad que he tratado de hacer mía, que he predicado de continuo y que todo católico ha oído y repetido mil veces, hasta colocarla muy en lo íntimo del corazón, y asimilarla de una manera personal y vivida.

Centrar la contemplación del misterio de María en su maternidad divina es una constante de la tradición cristiana en lo relativo a la Virgen. La contemplación de su maternidad espiritual respecto a los hombres ha ido creciendo a lo largo de la historia, ininterrumpidamente desde el principio. El pensamiento de San Josemaría resulta especialmente significativo no por considerar una y otra, sino por contemplarlas unidas: distingue la maternidad divina de la maternidad espiritual, pero no las separa: ha unido en una sola fórmula -Madre de Dios y Madre de los hombres- esa doble relación materna de la Virgen con Dios y con nosotros.

La expresión, literalmente, aparece sólo algunas veces en sus escritos; pero el concepto es frecuentísimo, aunque con otras dicciones: p. ej., Madre de Cristo, Madre de los cristianos ; Madre de Dios, Madre nuestra ; Madre de Dios, Madre mía (o tuya), Madre de Dios (o Madre de Cristo), Madre de la Iglesia. El capítulo de Camino dedicado a la Virgen, está estructurado sobre la contemplación de su maternidad respecto al Verbo y respecto a los hombres: en algunos puntos aparecen las dos, los restantes se refieren a una u otra.

San Josemaría razona muchas veces la extensión de la maternidad espiritual de María a todos los hombres, como p. ej., en este texto de Es Cristo que pasa: María está muy unida a esa manifestación máxima del amor de Dios: la Encarnación del Verbo, que se hizo hombre como nosotros y cargó con nuestras miserias y pecados. María, fiel a la misión divina para la que fue criada, se ha prodigado y se prodiga continuamente en servicio de los hombres, llamados todos a ser hermanos de su Hijo Jesús. Y la Madre de Dios es también realmente, ahora, la Madre de los hombres .

A continuación del texto citado, propone una reflexión bíblica sobre el misterio de María que puede entenderse también como explicación del porqué su maternidad alcanza a todos los hombres. En Amigos de Dios vuelve sobre el mismo tema: Jesús se siente confortado, con esa presencia discreta y amorosa de su Madre. No grita María, no corre de un lado a otro. Stabat: está en pie, junto al Hijo. Es entonces cuando Jesús la mira, dirigiendo después la vista a Juan. Y exclama: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: ahí tienes a tu Madre (Jn 19, 26-27). En Juan, Cristo confía a su Madre todos los hombres y especialmente sus discípulos: los que habían de creer en El. En otras ocasiones, se basa en razonamientos propuestos por los Padres, como en ésta: La Virgen Santísima puede llamarse con verdad madre de todos los cristianos. San Agustín lo decía con palabras claras: cooperó con su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella cabeza, de la que es efectivamente madre según el cuerpo .

Su pensamiento mariano está profundamente marcado por su pensamiento cristológico; en este punto, la extensión de la maternidad de María a los discípulos, a la Iglesia, a todos los hombres, se entiende sobre la base del distinto modo de pertenencia de los hombres al Cuerpo de Cristo, como p. ej., lo explica Santo Tomás de Aquino. Es justamente esa referencia cristológica lo que funda su insistencia en contemplar unidas las dos maternidades, que hacen referencia en definitiva al Cristo Total, tal como lo presentaba San Agustín. De la contemplación de la maternidad respecto a la Cabeza, el pensamiento fluye a la contemplación de la maternidad respecto a los miembros.

Ese movimiento incluye, entre otras cosas, pasar también de la contemplación de la función de María como Madre de Cristo a la de su función como Madre de los hombres. Es justamente en este momento funcional cuando la contemplación unida de la doble maternidad muestra su interés, porque resalta y expresa bien la universalidad de la maternidad de María, ya que la relaciona no sólo con Dios sino también con los hombres, lo cual tiene gran importancia desde el punto de vista de nuestro tema, pues una persona que no goce de universalidad relacional con Dios y con los hombres no puede proponerse como principio unificante del existir humano en plenitud.

Ciertamente, en el caso de María, la universalidad del destinatario no parece absoluta, pues no hace referencia a los ángeles, de quienes no sabemos que reciban la naturaleza por generación; pero lo es relativamente, pues abarca a todas aquellas personas que sabemos que poseen el ser por generación (el Verbo, que recibe del Padre su ser divino; y los hombres, que vienen a la vida por medio de sus padres). Todas las personas que tienen madre, la tienen a Ella por Madre, bien por recibir de Ella la naturaleza humana (sólo se ha dado un caso, el del Verbo, pues Ella es Virgen antes, en y después del parto de Jesús), bien porque la reciben como Madre en el orden de la gracia. María mira a Dios como madre, y así mira también a los hombres. Su maternidad abarca los cielos y la tierra: la relaciona con el Altísimo y también con las más humildes criaturas inteligentes, los hombres, que en el rango intelectual quedan por debajo de todos los ángeles.

Su singular relación con el Absoluto a nivel ontológico (ha comunicado una naturaleza a una Persona divina) concede a María una universalidad propia y exclusiva (recibida por don), de que carecen las demás criaturas. Esa universalidad caracteriza esencialmente su maternidad y viceversa: posee tal universalidad porque su maternidad es divina; por eso puede extenderse -y de hecho se extiende- a los hombres, según la disposición y el beneplácito divinos. Esto permite sugerir una analogía audaz, pero no infundada, con la paternidad divina. Respetando que la maternidad de María es, en definitiva, una singular participación de la paternidad divina, cabe pensar que así como toda paternidad en los cielos o en la tierra deriva de la Paternidad de la Primera Persona (Ef 3, 15), de modo análogo en María se encuentra de modo perfectísimo todo lo que en las criaturas tiene razón de maternidad. Su relación singular y exclusiva con el Absoluto lleva consigo que Ella sea no sólo madre, sino la Madre, de modo semejante a como es no sólo virgen sino la Virgen; y se podría añadir que es no sólo mujer sino la Mujer, como parece insinuar el modo de llamarla Jesús en Caná y en el Gólgota

La doble maternidad era para San Josemaría como un océano de belleza y amor en el que se engolfaba sin saciarse. Si hay que evitar decir de más (y esto se asegura fácilmente diciendo que no está por encima de Cristo sino por debajo de El: Ella es una criatura, Jesús es Dios), también hay que evitar decir de menos, si se quiere hablar con exactitud y propiedad. San Josemaría resolvió la cuestión repitiendo que por encima de Ella se encuentra sólo Dios. La Maternidad divina de María es la raíz de todas las perfecciones y privilegios que la adornan. Por ese título, fue concebida inmaculada y está llena de gracia, es siempre virgen, subió en cuerpo y alma a los cielos, ha sido coronada como Reina de la creación entera, por encima de los ángeles y de los santos. Más que Ella, sólo Dios. La Santísima Virgen, por ser Madre de Dios, posee una dignidad en cierto modo infinita, del bien infinito que es Dios. No hay peligro de exagerar. Nunca profundizaremos bastante en este misterio inefable; nunca podremos agradecer suficientemente a Nuestra Madre esta familiaridad que nos ha dado con la Trinidad Beatísima.

b) El fundamento operativo: su universalidad como Maestra e Intercesora
Si la doble maternidad de María aparece como fundamento entitativo de su universalidad referencial, su obrar como Madre de Dios y Madre de los hombres confirma esa universalidad referencial, mostrando que puede ser asumida como referencia en todo y para todo. Es ejemplo de toda virtud, y en especial de unidad de vida, porque realizó en sí misma ese ideal tal como lo hemos visto en las consideraciones introductorias de este artículo. Es modelo, porque por su doble maternidad se presenta ante todos como realización única y singular de esa unidad de lo humano y lo divino que se da en Cristo y, por lo mismo, es maestra que enseña a vivir de ese modo. Es intercesora validísima en todo lo concerniente a la salvación de los hombres. En definitiva, y por todo ello, es Madre que actúa como principio unificante de la existencia de quienes se consideran hijos suyos. Veamos todo esto con más detalle.

1) Ejemplo y maestra de toda virtud
La fórmula Madre de Dios y Madre de los hombres reviste interés porque permite fundar la universalidad referencial de María desde el punto de vista ejemplar: María es ejemplo en todo y para todo.

Esta universalidad, como han enseñado los Padres de la Iglesia, se relaciona con su plenitud de gracia, con su Inmaculada Concepción. Se comprende también cuando se advierte que María acogió al Verbo antes en su alma que en su cuerpo: Ella es la primera y la mejor discípula de Jesús; por eso la escogió El por Madre suya. Por lo mismo, los hombres pueden tomarla como ejemplo y maestra para ser otros Cristos, el mismo Cristo, ipse Christus; para tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo (Philp 2, 5), para tener las virtudes que Cristo enseñó gestis verbisque. “San Agustín llama a la Virgen forma Dei, el molde de Dios: Por esto te llamo molde de Dios, dignamente lo fuiste; el molde para formar y modelar santos. El que es echado en este molde divino, bien pronto es formado y modelado en Jesucristo, y Jesucristo en él; a poca costa y en poco tiempo llegará a ser semejante a Dios, toda vez que ha sido echado en el mismo molde en que se formó un Dios hecho hombre”.

San Josemaría se hace eco de estas explicaciones de la tradición cristiana y escribe: Que en cada uno de vosotros, escribía San Ambrosio, esté el alma de María, para alabar al Señor; que en cada uno esté el espíritu de María, para gozarse en Dios. Y este Padre de la iglesia añade unas consideraciones que a primera vista resultan atrevidas, pero que tienen un sentido espiritual claro para la vida del cristiano. Según la carne, una sola es la Madre de Cristo; según la fe, Cristo es fruto de todos nosotros. Si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con El por la acción del Espíritu Santo .

Estrechamente unido a su ser ejemplo, se encuentra su ser maestra de toda virtud cristiana. En Camino, San Josemaría la admira como Maestra de oración, como Maestra del sacrificio escondido y silencioso, como modelo de naturalidad, de humildad, de reciedumbre, de sencillez, de modestia y de pureza. En Surco, la propone como ejemplo de todas las virtudes que trata, cerrando cada capítulo sobre ellas con una referencia a María, según hemos visto. En la homilía Madre de Dios, Madre nuestra, recogida en Amigos de Dios, comenta ampliamente este aspecto, que aparece también en las dos homilías de tema mariano presentes en Es Cristo que pasa. Ella da lecciones de Amor Hermoso, de fe, esperanza, caridad, de ciencia, de sabiduría. Como Madre, enseña; y, también como Madre, sus lecciones no son ruidosas. Es preciso tener en el alma una base de finura, un toque de delicadeza, para comprender lo que nos manifiesta, más que con promesas, con obras. (...) En Ella adquieren realidad todos los ideales (...) ¡Cuánto crecerían en nosotros las virtudes sobrenaturales, si lográsemos tratar de verdad a María, que es Madre Nuestra!.

La unidad y distinción de la doble maternidad juega ahora así: pareciéndose a Ella, que es Madre de ellos, como los hijos se parecen a sus madres, los hombres se asemejarán a Cristo, que se parece a Ella, pues también la tiene por Madre. El parecido con la propia Madre media en el proceso de conformación de los hombres con Cristo.

2) Modelo singular de unidad de vida
María, precisamente porque se presenta como ejemplo de toda virtud y conducta agradable a su Hijo, se muestra de modo especialísimo como modelo de unidad de vida.

En efecto, la rectitud moral, el ser justo, exigen de la persona el ejercicio de todas las virtudes; además, la perfección teologal de la unidad de vida significa hacerlo todo por amor a Dios, vivir en un constante diálogo con El. María cumplió acabadamente esas dos exigencias, como el Fundador del Opus Dei pone muchas veces de relieve, p. ej., en el siguiente texto. Desde hace casi treinta años ha puesto Dios en mi corazón el ansia de hacer comprender a personas de cualquier estado, de cualquier condición u oficio, esta doctrina: que la vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios, que el Señor nos llama a santificar la tarea corriente, porque ahí está también la perfección cristiana. Considerémoslo una vez más, contemplando la vida de María. No olvidemos que la casi totalidad de los días que Nuestra Señora pasó en la tierra transcurrieron de una manera muy parecida a las jornadas de otros millones de mujeres, ocupadas en cuidar de su familia, en educar a sus hijos, en sacar adelante las tareas del hogar. María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios! Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina. Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no sea nunca banal, sino que se manifieste lleno de contenido. María, Nuestra Madre, es para nosotros ejemplo y camino. Hemos de procurar ser como Ella, en las circunstancias concretas en las que Dios ha querido que vivamos.

También el cristocentrismo propio de la unidad de vida encuentra en María un ejemplo único, como repitió muchas veces San Josemaría, según se puede apreciar en el siguiente texto: Me gusta volver con la imaginación a aquellos años en los que Jesús permaneció junto a su Madre, que abarcan casi toda la vida de Nuestro Señor en este mundo. Verle pequeño, cuando María lo cuida y lo besa y lo entretiene. Verle crecer, ante los ojos enamorados de su Madre y de José, su padre en la tierra. Con cuánta ternura y con cuánta delicadeza María y el Santo Patriarca se preocuparían de Jesús durante su infancia y, en silencio, aprenderían mucho y constantemente de El. Sus almas se irían haciendo al alma de aquel Hijo, Hombre y Dios. Por eso la Madre -y, después de Ella, José- conoce como nadie los sentimientos del Corazón de Cristo, y los dos son el camino mejor, afirmaría que el único, para llegar al Salvador.

En esa línea se sitúan las siguientes palabras del actual Prelado del Opus Dei. Explicando que San Josemaría consideraba que todo lo divino cuando se refiere directamente a las criaturas, se hace muy humano, escribía: “Se fijaba en que, siendo enteramente sobrenatural el amor de santa María para nuestro Señor, no cabía imaginarse un amor más humano que el que Ella albergó en su corazón. María, al participar en el misterio de la Encarnación por aquel fiat!, que se prolongó a lo largo de su estancia en la tierra, dedica a Dios su cuerpo, sus sentidos y potencias, todo su ser. Y la segunda Persona de la Trinidad se encarna, valiéndose de la respuesta sobrenatural y humana de la Virgen, también para darnos a entender que, cuanto más sobrenaturales seamos, más capacidad tendremos de acercarnos a todas las criaturas”.

En este contexto, la fórmula Madre de Dios y Madre de los hombres alarga la perspectiva y lleva a comprender hasta qué punto la Virgen es modelo singular de unidad de vida.

Esa fórmula pone de relieve, en primer lugar, su maternidad respecto a Cristo, que es a la vez humana y divina. Es Madre de Cristo según la carne, por tanto, con una maternidad plena y verdaderamente humana, como la Iglesia ha enseñado siempre desde el principio, resistiendo cuando fue necesario a las interprtetaciones de tipo docetista o gnóstico que entendían su maternidad de una manera ficticia o aparente. A la vez, es una maternidad divina porque tiene por término la Persona divina, como defendió la Iglesia contra las interpretaciones dualistas propuestas por Nestorio y otros.

En segundo lugar, la fórmula recuerda que es Madre de los hombres. También esta maternidad espiritual suya es a la vez humana y divina, aunque no implique generación carnal ni tenga como término personas divinas. Es humana, porque esa maternidad se manifiesta realmente en amor humano, en el amor que una mujer tiene a las personas que son de verdad hijos suyos, hijos según el espíritu por muchos títulos. Es divina porque nace, como ya vimos, de su ser Madre de Dios, y se traduce en un amor que es caridad teologal impregnada de sentido materno, amor que fluye de su amor a Dios.

Ninguna criatura ha alcanzado ni alcanzará jamás tal parecido con Cristo; no llegará a unir lo humano y lo divino como en Ella se dio. Los santos podrán ser ejemplo de virtud heroica y podrán ser maestros de unidad de vida, como San Josemaría; pero nunca tendrán en su ser personal una relación con Dios y con los hombres a la vez divina y humana con valor ontológico y espiritual, como tiene María.

3) Maestra singular de unidad de vida
Desarrollando lo que acabamos de ver, el Fundador del Opus Dei explica cómo María es maestra de unidad de vida. Lo explica con el ejemplo de su propia devoción mariana y con su recomendación de tratar filialmente a María. Lo comentaba Álvaro del Portillo con estas palabras: “La doctrina de Mons. Escrivá de Balaguer aúna los aspectos humanos y divinos de la perfección cristiana, como no puede dejar de suceder cuando se conoce con hondura y se ama y vive apasionadamente la doctrina católica sobre el Verbo encarnado. En Surco quedan firmemente trazadas las consecuencias prácticas y vitales de esa gozosa verdad. Su autor va delineando el perfil del cristiano que vive y trabaja en medio del mundo, comprometido en los afanes nobles que mueven a los demás hombres y, al mismo tiempo, proyectado hacia Dios. El retrato que resulta es sumamente atractivo (...). En abierto contraste con ese retrato, Mons. Escrivá de Balaguer dibuja también las características del hombre frívolo, privado de verdaderas virtudes (...). Al diagnóstico de la enfermedad sigue la indicación. Nada perfecciona tanto la personalidad como la correspondencia a la gracia (n. 443), y brinda después al lector un consejo concreto bien seguro: Procura imitar a la Virgen, y serás hombre -o mujer- de una pieza (n. 443). Junto a Jesús, el cristiano descubre siempre a su Madre, Santa María, y a Ella acude en todas sus necesidades: para imitarla, para tratarla, para acogerse a su intercesión poderosa”.

El trato con Ella, según enseñaba San Josemaría, ayuda a ser a la vez divinos y humanos, a ser como Cristo. La conjunción de lo humano y lo divino, característica de la unidad de vida perfecta y plena, está íntimamente relacionada -y San Josemaría lo señala muchas veces- con el sentido de la filiación divina. En efecto, la naturaleza humana y la divina están unidas en la Persona del Verbo, en el Hijo. Se comprende que en la medida en que alguien participa de la Filiación eterna del Verbo por la gracia, en esa medida refleja también la unión de ambas naturalezas en la Segunda Persona. “Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere -insisto- muy humanos y muy divinos, con el empeño de imitarle a El, que es perfectus Deus, perfectus homo”. La imitación de Cristo incluye, pues, como algo esencial e insustituible, la imitación de esa unión de lo humano y lo divino.

Todo esto encuentra inmediata aplicación en el caso de la devoción mariana, como el mismo Fundador del Opus Dei explicaba: “Nuestro trato con Dios no es el de un ciego que ansía la luz pero que gime entre las angustias de la obscuridad, sino el de un hijo que se sabe amado por su Padre. De esa cordialidad, de esa confianza, de esa seguridad, nos habla María. Por eso su nombre llega tan derecho al corazón. La relación de cada uno de nosotros con nuestra propia madre, puede servirnos de modelo y de pauta para nuestro trato con la Señora del Dulce Nombre, María. Hemos de amar a Dios con el mismo corazón con el que queremos a nuestros padres, a nuestros hermanos, a los otros miembros de nuestra familia, a nuestros amigos o amigas: no tenemos otro corazón. Y con ese mismo corazón hemos de tratar a María. ¿Cómo se comportan un hijo o una hija normales con su madre? De mil maneras, pero siempre con cariño y con confianza. Con un cariño que discurrirá en cada caso por cauces determinados, nacidos de la vida misma, que no son nunca algo frío, sino costumbres entrañables de hogar, pequeños detalles diarios, que el hijo necesita tener con su madre y que la madre echa de menos si el hijo alguna vez los olvida: un beso o una caricia al salir o al volver a casa, un pequeño obsequio, unas palabras expresivas. En nuestras relaciones con Nuestra Madre del Cielo hay también esas normas de piedad filial, que son el cauce de nuestro comportamiento habitual con Ella. La unión de lo humano y lo divino se traduce en una devoción llena de ternura, se manifiesta en el afecto, en el trato confiado y cariñoso; se concreta en gestos y costumbres habituales, en devociones bien determinadas.

A este respecto, resulta interesante observar que el Decreto sobre su ejercicio heroico de las virtudes, cuando quiso destacar una característica de su devoción mariana, escogió precisamente ésta: devoción llena de ternura. El Decreto podía haber elegido otras igualmente válidas; pero parece que estuvo especialmente acertado al juzgar que la ternura recapitula en este caso las otras formas de describir la devoción mariana del Fundador del Opus Dei, porque pone sobre la pista de su verdadera naturaleza. En efecto, la referencia principal a la ternura pone de relieve que se trata de una devoción humana y divina que procede de la fe en Ella como Madre de Dios y Madre nuestra.

La ternura es propia del trato con las personas queridas, especialmente con las más íntimas: con la madre y el padre, con los hermanos, con la esposa y los hijos. En consecuencia, un trato auténtico con la Virgen, un trato que proceda de cuanto la fe cristiana dice sobre Ella, no puede carecer de esa característica, pues es Madre de Dios y también Madre nuestra. En esta devoción, la ternura aparece como necesario signo de su autenticidad.

La ternura en la devoción a la Virgen responde a un planteamiento de la piedad sin reducciones, en toda plenitud, poniendo en ejercicio los recursos sobrenaturales de la persona y también los humanos, evitando tanto formas excesivamente “espiritualistas” (dando aquí al término una acepción negativa, para indicar al olvido de elementales exigencias humanas cuando se afronta lo espiritual), como formas demasiado humanas (tomando aquí el “demasiado” como medio para indicar de alguna manera la falta de fe y de contenido sobrenatural de algunas manifestaciones de piedad). La genuina devoción cristiana se ha caracterizado siempre precisamente por esa armonía entre lo humano y lo divino, inaugurada sobre la tierra con la Encarnación del Verbo. La autenticidad cristiana de una concreta devoción se mide, entre otras cosas, por cómo refleja la unión de lo humano y lo divino en sí misma y en quien la practica.

Cada cristiano puede, echando la vista hacia atrás, reconstruir la historia de sus relaciones con la Madre del Cielo. Una historia en la que hay fechas, personas y lugares concretos, favores que reconocemos como venidos de Nuestra Señora, y encuentros cargados de un especial sabor. Nos damos cuenta de que el amor que Dios nos manifiesta a través de María, tiene toda la hondura de lo divino y, a la vez, la familiaridad y el calor propios de lo humano. La devoción mariana se hace así camino hacia la unidad de vida: porque enseñando y procurando ese trato lleno de ternura con la Madre de Dios, trato que es a la vez humano y divino, la piedad de la persona se encauza dentro de la doble dimensión humana y divina que debe tener el trato de un cristiano con Dios.

4) Intercesora universal y omnipotente
La fórmula Madre de Dios y Madre de los hombres tiene interés, además de por lo ya visto, porque explica que el hombre puede acudir a la Virgen en todo y para todo, que puede tomarla como intercesora universal. El Fundador del Opus Dei razonaba así: Es la llena de gracia, la suma de todas las perfecciones: y es Madre. Con su poder delante de Dios, nos alcanzará lo que le pedimos; como Madre quiere concedérnoslo. Y también como Madre entiende y comprende nuestras flaquezas, alienta, excusa, facilita el camino, tiene siempre preparado el remedio, aun cuando parezca que ya nada es posible .

La distinción y la unidad de ambas maternidades ayudan a comprender un aspecto práctico muy importante de su universalidad: el de intercesión y ayuda. No le sucede a María lo que a otras madres, que a veces no saben o no pueden ayudar a sus hijos en lo que querrían. Ella sabe siempre y puede siempre ayudar a sus hijos los hombres. Este poder no es el de sus fuerzas personales (se vio siempre baja ante Dios), sino el de su intercesión ante el Altísimo: es su Madre y El no le niega nada.

El pueblo cristiano advirtió pronto el poder de intercesión de María y aprendió enseguida a acogerse a Ella en sus tribulaciones y necesidades, como atestigua la antigüedad de la antífona Sub tuum praesidium (s. III). El Fundador del Opus Dei hizo suyas esa tradición de fe confiada y esas fórmulas y oraciones. Se deleitaba en recordar a sus oyentes y lectores la sencilla realidad que la revelación pone ante nuestros ojos razonándola de un modo que, aun basado en esa tradición, no por ello es menos original. María acepta todo lo de Dios y lo hace suyo con una docilidad y disponibilidad absolutas. Ella goza de tal estima ante Dios (Dios la ve sólo con amor: es Inmaculada, está llena de gracia ante El) que verdaderamente se puede decir que es la Omnipotencia suplicante . Por otro lado, ama como madre de tal manera a los hombres, que todo lo de ellos le interesa y atrae, se preocupa maternalmente por cada uno, por cada una; y pone su omnipotente poder de intercesión al servicio de los hombres y de las mujeres, para que se acerquen a su Hijo, le conozcan, le amen, le sirvan.

Trasladémonos con la imaginación a Caná, para descubrir otra de las prerrogativas de María. Nuestra Señora pide a su Hijo que remedie aquella triste situación, de un convite de bodas donde no tenían vino. Indica a los criados: haced lo que el os diga. Y Jesús realiza lo que su Madre le había sugerido, con maternal omnipotencia. Si así obró Cristo para ayudar a aquella gente en un problema doméstico, ¿cómo no escuchará a su Madre, cuando María le ruega por todos sus hijos? Dios quiere conceder a los hombres su gracia, y quiere darla a través de María. Distamos mucho, escribía San Pío X, de atribuir a la Madre de Dios una virtud productora de la gracia sobrenatural, virtud que sólo pertenece a Dios. Sin embargo, puesto que María sobresale por encima de todos en santidad y en unión con Jesucristo, y ha sido asociada por Jesucristo a la obra de la Redención, Ella nos merece de congruo, como dicen los teólogos, lo que Jesucristo nos ha merecido de condigno, y ella es el ministro supremo de la dispensación de las gracias. Ella es la seguridad, Ella es el principio y el asiento de la sabiduría; y Ella, la Virgen Madre, medianera de todas las gracias, es la que nos llevará de la mano hasta su Hijo, Jesús.

Es interesante notar que, en este texto, en vez de llamarla Omnipotencia suplicante, la llama maternal Omnipotencia, expresión también profunda y exacta desde el punto de vista teológico, pues da razón de la eficacia de la súplica de la Virgen ante Dios. Lo explican bien estas palabras: Et erat Mater Iesu ibi (Jn 2, 1). En esas bodas se hallaba presente la Madre de Jesús (...) ¡Y cómo se reafirma nuestra confianza en ti, al contemplar tu conducta en esta ocasión! ¿Quién te llamó Omnipotencia suplicante? Es poco, para lo que tu intercesión logra. En realidad, no es suplicante, porque tú misma eres la que ordenas, conociendo que tu Hijo está siempre dispuesto a atender todos tus deseos .

Se me permita ahora un breve inciso que juzgo necesario y que aquí resulta oportuno. Me he referido antes a la experiencia de San Josemaría como fuente de sus enseñanzas sobre la Virgen. Quisiera ahora ofrecer al menos un texto donde resulte patente que su predicación y su devoción mariana, sobre el fundamento de la fe recibida y estudiada, creció y se desarrolló con su experiencia espiritual y su meditación personal. Escribí cuando era joven -con una convicción cristalizada quizá en aquellos años de mis diarias visitas al Pilar- que a Jesús se va y se vuelve por María (...) He tenido luego muchas pruebas palpables de la ayuda de la Madre de Dios: lo declaro abiertamente como un notario levanta acta, para dar testimonio, para que quede constancia de mi agradecimiento, para hacer fe de sucesos que no se hubieran verificado sin la gracia del Señor, que nos viene siempre por la intercesión de su Madre .

5) Madre que actúa como principio unificante de la existencia de sus hijos
Hemos visto cómo para San Josemaría la piedad mariana es camino hacia la unidad de vida, pues ayuda a la persona a juntar lo humano y lo divino en su relación con Dios. Pero eso no es todo; el Fundador del Opus Dei dice mucho más: enseña que María se comporta como un verdadero principio de unidad de vida y lleva eficazmente a los hombres hacia ese centro verdadero y definitivo de la síntesis vital, que es su Hijo. María cumple esa función actuando justamente como Madre, realizando en el orden de la gracia lo que una madre lleva a cabo en el orden de la naturaleza.

En lo humano, en efecto, es posible observar que los niños pequeños viven pendientes de su madre, confiados en ella, descuidados de todo lo demás, porque su madre les basta. Esta situación puede a veces prolongarse durante el resto de la vida de una persona, aunque de otro modo, con otras manifestaciones, tal vez muy pequeñas. ¿Cabe decir que sucede algo análogo con los cristianos en su vida espiritual? Las enseñanzas de San Josemaría llevan a responder que sí. Primero, porque son frecuentes las analogías que establece entre la relación de las madres con sus hijos y el de María con los hombres; y luego, porque María presenta las condiciones de universalidad necesarias para constituirse en principio unificante de la existencia de una persona, de modo análogo a como una madre lo es en lo humano para un hijo suyo, y de modo análogo a como Cristo lo es para alcanzar la unidad teologal de vida. Porque María es una Madre verdaderamente universal: de todo se ocupa y a todo alcanza, por todos se interesa y a todos ayuda, por todos intercede para que se salven.

Hay que advertir que, al afrontar esta doble analogía (de María con Cristo y de María con las madres), el planteamiento se sitúa en el orden dialógico-personal de la unidad de vida, que es el ámbito en que se coloca la acción unificante de una persona en el existir de otra. Conviene recordar que el Verbo se encarna para que los hombres lleguen a ser hijos de Dios y hermanos en El; así se convierte en principio unificante de la existencia humana, pues la centra y la recapitula. Algo semejante sucede con María: justamente porque es Madre de Dios y Madre de los hombres, enseña y ayuda a todos a comportarse como hijos de Dios y hermanos entre sí. Obviamente, esta función unificante se funda no sólo en su doble maternidad (de modo análogo a como en el caso de Cristo se funda en la unión hipostática de las dos naturalezas), sino también en su Asunción en cuerpo y alma a los cielos (de modo análogo a como en el caso de Cristo se funda en su Resurrección).

Ese es el trasfondo de fe y esperanza en que se mueve la devoción mariana de San Josemaría; ahí se encuentra la razón última de su insistencia para que cuantos le oyen y leen descubran a María y la metan en sus vidas. Desde el primer momento de la vida de la Iglesia, todos los cristianos que han buscado el amor de Dios, ese amor que se nos revela y se hace carne en Jesucristo, se han encontrado con la Virgen, y han experimentado de maneras muy diversas su maternal solicitud. (...) No es pues extraño que uno de los testimonios más antiguos de la devoción a María sea precisamente una oración llena de confianza. Me refiero a esa antífona que, compuesta hace siglos, continuamos repitiendo aún hoy día: Nos acogemos bajo tu protección, Santa Madre de Dios: no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestra necesidad, antes bien sálvanos siempre de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita. De una manera espontánea, natural, surge en nosotros el deseo de tratar a la Madre de Dios, que es también Madre nuestra. De tratarla como se trata a una persona viva: porque sobre Ella no ha triunfado la muerte, sino que está en cuerpo y alma junto a Dios Padre, junto a su Hijo, junto al Espíritu Santo .

La Virgen es principio de unidad de vida porque enseña y ayuda a los hombres a ser hijos de Dios y a ser hermanos entre sí. Su función materna consiste en llevar a sus hijos los hombres a su Hijo divino, para que se reconcilien con El y vivan unidos a El, como hijos adoptivos del Padre y como hermanos suyos.

Primero, la filiación. Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza.

Luego, la fraternidad. No se puede tratar filialmente a María y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios problemas. No se puede tratar a la Virgen y tener egoístas problemas personales. María lleva a Jesús, y Jesús es primogenitus in multis fratribus, primogénito entre muchos hermanos. Conocer a Jesús, por tanto, es darnos cuenta de que nuestra vida no puede vivirse con otro sentido que con el de entregarnos al servicio de los demás. Un cristiano no puede detenerse sólo en problemas personales, ya que ha de vivir de cara a la Iglesia universal, pensando en la salvación de todas las almas.

Veíamos antes que una madre puede ser principio universal de referencia para su hijo pequeño. Pero esto no sucede con un adulto: una madre no es capaz de unificar la vida de una persona madura. Esta objección introduce una cuestión de la máxima importancia, pues señala el límite de la analogía: lo que en el orden humano no sucede, acaece en el sobrenatural, pues Cristo dijo que en el Reino de los cielos entran los niños y los que se hacen como niños, y lo dijo poniéndolo como condición necesaria e imprescindible. Con relativa frecuencia, esta cláusula evangélica pasa en sordina; pero no es posible evitarla, pues consta claramente su autenticidad, también a nivel histórico.

Ahora se entiende hasta qué punto la devoción mariana puede ser importante para el desarrollo de la vida cristiana de una persona, pues es conocido que, ante la propia madre, todos los hombres se sienten siempre un poco niños. Aquí la analogía vuelve a ser válida y muestra que el trato con la Virgen ayuda a las personas a sentirse niños ante Dios y, por tanto, permite que concedan a la Madre de Dios y Madre de los hombres esa universalidad referencial que puede centrar sus vidas. A este respecto, la devoción mariana goza de una peculiar circularidad: es a la vez causa y consecuencia de infancia espiritual; lleva a las personas a sentirse como niños ante Dios y es cultivada por quienes se ven pequeños ante el Altísimo.

Comentando que no tenemos derecho a rechazar a María, escribe el Fundador del Opus Dei: Consideremos atentamente este punto, porque nos puede ayudar a comprender cosas muy importantes, ya que el misterio de María nos hacer ver que, para acercarnos a Dios, hay que hacerse pequeños. En verdad os digo -exclamó el Señor dirigiéndose a sus discípulos-, que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos. Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños. Y todo eso lo aprendemos tratando a María .

3. Precisión de la novedad que supone la devoción mariana del Fundador del Opus Dei
A la luz de lo visto en las páginas precedentes, resulta lógico el intento de averiguar, al menos en una primera aproximación, lo que la devoción mariana del Fundador del Opus Dei ha significado y puede significar para la piedad mariana del Pueblo de Dios.

A este respecto, se impone una observación fundamental: san Josemaría no promovió nuevas devociones, oraciones, actos piadosos. No difundió tampoco determinadas devociones a Nuestra Señora, ni recomendó especialmente alguna de sus advocaciones que tuviera más relación con él o con la historia del Opus Dei. Inculcó las tradicionales, aceptó las que ya existían y ésas son las que transmitió. Por lo demás, las difundió respetando la sensibilidad de cada uno.

Respetó incluso su propia sensibilidad: él, que no quería ser fundador de nada, que se consideraba un fundador sin fundamento, que deseaba ocultarse y desaparecer para que sólo Jesús se luzca, escondió completamente -bien fácil le hubiera resultado actuarla- su capacidad de proponer nuevas devociones marianas. Se ocultó, limitándose -si se puede hablar así, considerada la magnitud de su labor- a lo que Dios le pedía: pregonar la santidad en medio del mundo, enseñar a santificar el trabajo y los deberes ordinarios del cristiano, estando bien unido cada uno a la Madre de Dios, contribuyendo así, eficaz y silenciosamente, a que vayan omnes cum Petro ad Iesum per Mariam! A la luz de lo visto en las páginas precedentes, se puede afirmar que el Fundador del Opus Dei -siguiendo justamente esa línea de conducta- ha contribuido al afianzamiento y crecimiento de la devoción mariana poniéndola en inmediata relación con la búsqueda y la práctica de la unidad de vida del cristiano.

En efecto, su presentación de María como Madre de Dios y Madre de los hombres, en fórmula que distingue las dos maternidades sin separarlas, le sirve de base para mostrar cómo la devoción mariana puede contribuir a vivir en unidad. Es necesario, a este respecto, precisar que la novedad no se encuentra tanto en la contemplación conjunta de ambas maternidades, pues esa comprensión de María se encuentra ya en algunos autores de otros siglos; lo específico del Fundador del Opus Dei -aquí radica su aportación- se halla en el alcance que da a esa contemplación, desarrollándola teórica y prácticamente hasta hacerla fundamento de una relación constante y universal con la Virgen.

Esta propuesta específica representa una verdadera aportación a la piedad mariana del Pueblo de Dios ya que es nueva por su contenido, universal por su fundamento así como por su ejercicio y sus destinatarios.

San Josemaría no se limita a decir que el cristiano debe poner a la Virgen en su vida, dice también cómo hacerlo en cualquier lugar, en cualquier situación existencial, sin necesidad de acudir a formas o devociones específicas de una peculiar condición de vida. La universalidad de una devoción requiere que todos puedan hacerla suya y practicarla. Así se presenta la devoción mariana propuesta por San Josemaría: puede actuarse con elementos comunes al alcance de todos porque se nutre de episodios de la vida común y ordinaria de los hombres y de las mujeres corrientes.

La universalidad de ejercicio y de destinatario van juntas, se reclaman mutuamente. Uniendo la devoción mariana a la búsqueda y práctica de la unidad de vida, el Fundador del Opus Dei hace de ella una devoción verdaderamente universal porque universales son el deseo y la posibilidad de vivir en unidad.

Es éste un punto central de la predicación del Fundador del Opus Dei, que siempre insistió en que la santidad, la identificación con Cristo, se puede expresar adecuadamente como unidad de vida, como unidad de oración, trabajo y apostolado; y esto vale especialmente para las personas que viven en medio del mundo y deben hacer frente a las exigencias del trabajo, de la familia, de las obligaciones sociales, etc. La unidad de vida es santidad pues el vivir en unidad, unidos a Cristo, significa perfección humana y sobrenatural; y está al alcance de todos, cualesquiera que sean su talento, fortuna, situación familiar, social, de salud, etc.: no requiere habilidades o talentos particulares, ya que todo, hasta lo más pequeño, puede ser objeto y ocasión de encuentro con Dios y con los demás para llevarles a él.

Sin embargo, precisamente este último aspecto de la unidad de vida presenta particular dificultad para ser entendido y aceptado, a causa de los defectos profundos que el hombre arrastra como consecuencia del pecado original. El desordenado amor propio, la vanidad, el afán de destacar y llamar la atención, el ansia de seguridad, pretenden ligar la eficacia y felicidad a hechos particulares y notorios, también en el ámbito devocional. Pero no es así. Y San Josemaría lo exponía con fuerza: ¿Habéis visto dónde se esconde la grandeza de Dios? En un pesebre, en unos pañales, en una gruta. La eficacia redentora de nuestras vidas sólo puede actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y sintiendo la responsabilidad de ayudar a los demás. Es a veces corriente, incluso entre almas buenas, provocarse conflictos personales, que llegan a producir serias preocupaciones, pero que carecen de base objetiva alguna. Su origen radica en la falta de propio conocimiento, que conduce a la soberbia: el desear convertirse en el centro de la atención y de la estimación de todos, la inclinación a no quedar mal, el no resignarse a hacer el bien y desaparecer, el afán de seguridad personal. Y así muchas almas que podrían gozar de una paz maravillosa, que podrían gustar de un júbilo inmenso, por orgullo y presunción se transforman en desgraciadas e infecundas.

La soberbia impide reconocer en la teoría y en la práctica que las cosas de cada día, las que parecen no tener importancia y se juzgan insignificantes, pueden tener mucho valor ante Dios; que el Altísimo las aprecia, como reza el Salmo: “Dios es grande, habita en lo Alto, y mira las cosas pequeñas” (Sal 137, 6). La falta de fe en el valor sobrenatural que puede tener una acción aparentemente insignificante pero realizada por amor a Dios y al prójimo, es quizá la causa más frecuente de que algunas personas tiendan a valorar sólo lo aparatoso, lo espectacular, lo grandioso, y den carga sobrenatural sólo a algunas de sus acciones, pero no a todas, y dejen así de acudir a El en todo y para todo.

El Fundador del Opus Dei combatió decididamente ese error, enseñando el valor de la cosas pequeñas. Y con esa óptica contempló a la Virgen, descubriéndola rica y perfecta también desde este punto de vista. El siguiente texto resulta particularmente elocuente para hacer comprender lo que ahora estamos viendo, que María es maestra y principio de unidad de vida para quienes la acogen como Madre. Fijaos: si Dios ha querido ensalzar a su Madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, el Señor responde: bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. Era el elogio de su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada. Al meditar estas verdades, entendemos un poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario. Para ser divinos, para endiosarnos, hemos de empezar siendo muy humanos, viviendo cara a Dios nuestra condición de hombres corrientes, santificando esa aparente pequeñez. Así vivió María. La llena de gracia, la que es objeto de las complacencias de Dios, la que está por encima de los ángeles y de los santos llevó una existencia normal. María es una criatura como nosotros, con un corazón como el nuestro, capaz de gozos y de alegrías, de sufrimientos y de lágrimas.

Que San Josemaría no haya promovido nuevas devociones, oraciones, actos piadosos, etc. en honor de la Virgen, no quiere decir que no haya valorado la piedad mariana o sus concretas manifestaciones; al contrario, las inculcaba como necesarias para la plenitud cristiana. Dentro de su mensaje específico -la universalidad de la llamada a la santidad-, y como parte principal, se encuentra la indicación de que el trato con la Virgen es necesario para conseguir la santidad, la identificación personal con Cristo, la unidad de vida. Hay muchas devociones marianas, además del rosario, como son muchos los modos de expresar el cariño a nuestra madre de la tierra; unos hijos lo demuestran con un beso; otros, con el regalo de unas flores; otros, con silencios que confían a los ojos la intensidad del afecto. Cosa análoga ocurre con el amor a nuestra Madre del Cielo: abundan las devociones, y no han de estar todas incorporadas en la piedad de cada cristiano. Pero he de asegurar, al mismo tiempo, que no posee la plenitud de la fe el que no revela de alguna manera su amor a María.

4. Reflexiones conclusivas sobre la profundidad cristiana de la devoción mariana del Fundador del Opus Dei
Como es sabido, los autores espirituales, además de advertir sobre el peligro de devociones doctrinalmente ambiguas, han alertado contra la posible falta de autenticidad en la práctica religiosa, cuando se desvincula de las virtudes teologales, de la rectitud moral, de la verdad revelada y enseñada por la Iglesia; han precavido siempre contra la inconsistencia doctrinal y la rutina devocional, que privan a las prácticas piadosas de su verdadera alma, la que justamente les da nombre, esto es, la devoción.

En este epígrafe veremos que la devoción mariana vivida y enseñada por San Josemaría no sólo presenta las características de una verdadera y auténtica devoción cristiana sino que, por su profundidad cristiana, preserva eficazmente contra las posibles desviaciones hacia la rutina o la inautenticidad. Ya hemos visto que la piedad mariana fomentada por él se nutre ante todo de la contemplación de María a la luz de las escrituras y de la enseñanza de la Iglesia, poniendo así de relieve su solidez y riqueza doctrinal; a continuación veremos cómo, por su vinculación con la unidad de vida según Cristo, aparta también de la rutina, del sentimentalismo, del vano interés, de la hipocresía.

a) Autenticidad de la devoción/devociones y unidad de vida
La devoción es la prontitud para dedicarse a una tarea, en atención a la persona con la que esa tarea está relacionada. En el ámbito de la religión, la devoción expresa la decisión y eficacia con que la persona se dedica a las cosas que miran a Dios, a su culto, a su gloria, a su voluntad. Con el término devociones se indican aquellos actos que por su especificidad y frecuencia manifiestan en las personas ese deseo fuerte de servir a Dios y ocuparse en sus cosas (cfr Lc 2, 49).

El discernimiento de la autenticidad cristiana de una devoción o de unas devociones concretas, de ordinario resulta fácil, si hay suficiente información sobre ellas y se posee suficiente formación cristiana; pero en ocasiones puede no serlo, bien por la ambigüedad que puedan presentar esas devociones, bien porque los criterios de discernimiento no son de aplicación automática. En efecto, lo que en definitiva muestra la autenticidad de una devoción o de unas devociones es su coherencia integral con la verdad y la vida de Cristo. Los criterios concretos que se puedan indicar, no son más que especificaciones de esa coherencia; por lo mismo, terminan remitiendo a la unidad de vida.

Así, un primer criterio se basa en la circularidad y como subordinación mutua que existe entre devoción y devociones. A primera vista, parece que se deba decir que aquella es el alma de éstas, su motor y causa; y que éstas son expresiones de aquella, su continuidad y consecuencia. Hablar así es correcto. Pero cabe también afirmar lo contrario: las devociones son causa y motor de la devoción (no ciertamente su alma), la devoción nace y sigue a las devociones. Esta circularidad puede tomarse como criterio que permite valorar la autenticidad de una devoción o de unas devociones: ambas -devoción y devociones- deben ir juntas. No es auténtica una devoción interior que no se traduce en prácticas devocionales concretas; tampoco lo son aquellas devociones externas que no están animadas por la devoción interior. Las devociones son auténticas cuando están en línea con la devoción y manifiestan entrega, donación íntima, amor sacrificado, fe, esperanza; no lo son cuando se limitan a la exterioridad de unos actos que no están vivificados por la vida espiritual y, por ello, no producen frutos de conversión, de mejora, de servicio a los demás.

Otro criterio de autenticidad se puede tomar de la coherencia de una devoción con el resto de la vida espiritual. En efecto, es imposible -por diversos motivos- que una devoción verdadera no influya en la vida de la persona y se refleje en su conducta. Existe también una circularidad entre devoción y conducta de la persona en sus diversos aspectos. Esto significa que una devoción es auténtica si se vive en unidad de vida. La unidad de vida sirve de control y garantía de la auténtica devoción: la unión con la caridad debe añadirse al vínculo con la fe como condición inexcusable de autenticidad cristiana de las concretas manifestaciones de la piedad.

Así era la devoción mariana que San Josemaría vivió y predicó: no pasaba sin dejar rastro en la vida y en la conducta personal, no era mera práctica devocional. Decía: “Haz tu amor a la Virgen más vivo, más sobrenatural. -No vayas a Santa María sólo a pedir. ¡Ve también a dar!: a darle afecto; a darle amor para su Hijo divino; a manifestarle ese cariño con obras de servicio al tratar a los demás, que son también hijos suyos. Y hacía lo que decía. Una pequeña muestra de ello se puede ver en este breve comentario sobre su devoción personal a la Virgen del Pilar. Aunque pueda resultar un poco largo, merece ser citado por su sencilla elocuencia, que atestigua bien cómo la piedad mariana sincera y genuina se traduce en obras de entrega a Dios y a los demás: Mi devoción a la Virgen del Pilar me ha acompañado siempre: mis padres, con su piedad de aragoneses, la inculcaron en mi alma desde niño. Ahora, al pensar en Santa María, vuelven a mi cabeza tantos ratos de oración y tantos sucesos, pequeños en apariencia; grandes, si se ven con ojos de amor. Durante el tiempo que pasé en Zaragoza haciendo mis estudios sacerdotales, mientras frecuentaba las aulas de la Facultad de Derecho Civil, mis visitas al Pilar eran por lo menos diarias (...) La sigo tratando con amor filial. Con la misma fe con que la invocaba por aquellos tiempos, en torno a los años veinte, cuando el Señor me hacía barruntar lo que esperaba de mí: con esa misma fe la invoco ahora. Si en ocasiones se presentan sucesos desabridos, duros, injustos o de cualquier otra manera desagradables -salpicaduras de cieno, que un cristiano no remueve-, se me convierten en flores hermosas, que con el corazón pongo ante ese Pilar sagrado, como cantamos los aragoneses, y digo: Señora, te ofrezco también esto. Bajo su protección, continúo siempre contento y seguro. Para eso quiere Dios que nos acerquemos al Pilar: para que, al sentirnos reconfortados por la comprensión, el cariño y el poder de nuestra Madre, aumente nuestra fe, se asegure nuestra esperanza, sea más viva nuestra preocupación por servir con amor a todas las almas. Y podamos, con alegría y con fuerzas nuevas, entregarnos al servicio de los demás, santificar nuestro trabajo y nuestra vida: en una palabra, hacer divinos todos los caminos de la tierra.

La devoción mariana que proponía el Fundador del Opus Dei no era tampoco ejercicio meramente práctico de orden devocional, sujeto al sentimentalismo, a la necesidad de una figura materna. Ciertamente se nutría de devociones concretas y valoraba, como hemos visto, la importancia de la figura materna de María según el plan querido por Dios; pero se alimentaba también de la riqueza doctrinal ofrecida por la Iglesia, profundizando en ella; de modo muy especial se ordenaba a la mejora interior, al desarrollo de la unidad de vida que él proponía como concreción genuina de perfección cristiana. La devoción a la Virgen no es algo blando o poco recio: es consuelo y júbilo que llena el alma, precisamente en la medida en que supone un ejercicio hondo y entero de la fe, que nos hace salir de nosotros mismos y colocar nuestra esperanza en el Señor.

La devoción mariana propuesta por San Josemaría empuja a afrontar la dura batalla por lograr la madurez existencial, la batalla contra el egoísmo y el amor propio que enclaustran a la persona en su yo y la cierran al tú de los demás y al Tú que salva. Hay que abrir los ojos, hay que saber mirar a nuestro alrededor y reconocer esas llamadas que Dios nos dirige a través de quienes nos rodean. No podemos vivir de espaldas a la muchedumbre, encerrados en nuestro pequeño mundo. No fue así como vivió Jesús. Los Evangelios nos hablan muchas veces de su misericordia, de su capacidad de participar en el dolor y en las necesidades de los demás: se compadece de la viuda de Naím , llora por la muerte de Lázaro , se preocupa de las multitudes que le siguen y que no tienen qué comer , se compadece también sobre todo de los pecadores, de los que caminan por el mundo sin conocer la luz ni la verdad: desembarcando vio Jesús una gran muchedumbre, y enterneciéronsele con tal vista las entrañas, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a instruirlos en muchas cosas. Cuando somos de verdad hijos de María comprendemos esa actitud del Señor, de modo que se agranda nuestro corazón y tenemos entrañas de misericordia. Nos duelen entonces los sufrimientos, las miserias, las equivocaciones, la soledad, la angustia, el dolor de los otros hombres nuestros hermanos. Y sentimos la urgencia de ayudarles en sus necesidades, y de hablarles de Dios para que sepan tratarle como hijos y puedan conocer las delicadezas maternales de María .

En resumen: el trato con la Virgen enrecia a la persona humana a la vez que la ayuda a no sentirse sola, a no sentirse abandonada ni abandonar a las demás, a superar decaimientos, a vencer rencores y apatías para vivir generosamente dándose al prójimo a pesar de posibles experiencias negativas, a salir de la tibieza, a no flaquear ni abandonar el camino que lleva a la santidad y a la perfecta vida en unión con Dios y los demás; a vivir de fe y esperanza en todo momento.

La contemplación de María, en el pensamiento y en la propuesta de San Josemaría, no era frío ejercicio teórico; sin perder carga intelectual, se ordenaba a la vida: llevaba a vivir con Ella, lo cual a su vez aseguraba la contemplación de María. Mirar a María y meterla en la propia vida, contemplarla y tratarla personalmente son para él dos aspectos inseparables de una misma realidad. La Madre de Dios es también realmente, ahora, la Madre de los hombres. Así es, porque así lo quiso el Señor. Y el Espíritu Santo dispuso que quedase escrito, para que constase por todas las generaciones (...) Habiendo mirado, pues, Jesús a su madre, y al discípulo que él amaba, que estaba allí, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después, dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel punto el discípulo la tuvo por Madre. Juan, el discípulo amado de Jesús, recibe a María, la introduce en su casa, en su vida. Los autores espirituales han visto en esas palabras, que relata el Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas. En cierto sentido, resulta casi superflua esa aclaración. María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre .

b) Autenticidad de la piedad y cristocentrismo
La autenticidad cristiana de una devoción se manifiesta de modo evidente cuando lleva a conocer y amar a Cristo, a tratarlo personal y confiadamente. Así entendió y practicó siempre la piedad mariana el Fundador del Opus Dei.

La teología nacida de la Reforma tiende a ver con recelo la devoción católica a la Virgen, porque teme que oscurezca la centralidad que en la vida cristiana corresponde exclusivamente a Cristo.

Ese temor no carece de base teórica. En efecto, es razonable hacerse la siguiente pregunta: si sólo Dios es principio de unidad de vida plena y auténtica, como hemos visto, ¿cómo puede serlo también una criatura, cuando queda excluido que un amor humano, que una criatura humana pueda llenar todas las ansias y exigencias de un corazón que ha sido creado por Dios y para Dios, y sólo en El hallar descanso? La presencia unificante ofrecida por una criatura, ¿no resulta más bien ocasión de extravíos, de desviaciones, de adulteraciones que apartan a las personas de la verdadera fuente de la unidad? El riesgo de que así suceda no es teórico, pues cuando esa presencia se propone como única y absoluta, efectivamente impide que el sujeto llegue a Dios, que lo busque como centro y sentido definitivo y último de su existencia. Si la objeción es razonable, lo es también la constatación de que no siempre sucede así, pues hay criaturas que ayudan a otras a dar unidad y sentido a la propia existencia sin por ello apartarlas de Dios: es el caso de María, de los santos, y de muchas personas de bien.

Ese temor tiene también una base práctica: las desviaciones teóricas o prácticas en la comprensión de la piedad mariana por parte de algunas personas. Se dan, por desgracia, casos de personas cuya devoción mariana no respeta elementales exigencias del orden teologal. Sucede así porque no se dirigen a Ella según la verdad de la fe católica, porque no tratan real y personalmente a la Madre de Dios. Pero ante esos errores, la solución razonable no parece que sea eliminar de raíz la devoción a la Virgen, sino enderezarla y darle autenticidad cristiana.

En su propósito ecuménico y en diálogo con los cristianos que siguen la inspiración de los Reformadores, el Concilio Vaticano II ha remachado, en el capítulo VIII de la const. Lumen gentium, que la importancia concedida a María por los católicos no significa mariocentrismo, pues la fe católica reconoce a la Virgen un ser y una función dependientes de Cristo, ordenados a El y a su misión redentora, subordinados a su acción salvífica.

Resultaba oportuno, antes de cerrar este estudio, referirse a ese temor y subrayar que, según San Josemaría, María es modelo y principio de unidad de vida justamente por su relación con Cristo, no al margen de El, de modo que el recurso a la Virgen -cuando es auténtico- no va ni puede ir en descrédito de la principalidad de su Hijo.

La contemplación de la vida y la actividad de María permiten decir que su función específica en el plan de salvación es engendrar a Cristo, cuidarlo y acompañarlo durante toda su vida. Tan dócil se muestra a la acción cristificante del Espíritu Santo, que participa de ella a su modo, en lo que le corresponde como Madre (del Verbo según la naturaleza, y de los hombres en el orden de la gracia). La Virgen concentra toda su vida en colaborar con el Paráclito en esa acción cristificante. Esto, podría decirse, es el centro y la substancia de la peculiar unidad de vida de María: engendrar a Cristo y cuidarlo; engendrar el Cuerpo Místico de Cristo y cuidarlo: ser siempre y sólo Madre de Cristo y de los hombres en El, ser Madre de Cristo y de la Iglesia. Así lo entendía el Fundador del Opus Dei, que escribía lo siguiente: Para mí, la primera devoción mariana -me gusta verlo así- es la Santa Misa (...) Cada día, al bajar Cristo a las manos del sacerdote, se renueva su presencia real entre nosotros con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad: el mismo Cuerpo y la misma Sangre que tomó de las entrañas de María. En el Sacrificio del Altar, la participación de Nuestra Señora nos evoca el silencioso recato con que acompañó la vida de su Hijo, cuando andaba por la tierra de Palestina. La Santa Misa es una acción de la Trinidad: por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. En ese insondable misterio, se advierte, como entre velos, el rostro purísimo de María: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo.

Sobre la base de la fe recibida, su experiencia -como él mismo confiesa- llevó a San Josemaría a descubrir que María tiene esa capacidad que, por así decir, comparte con Dios, por don del Espíritu Santo: la de concentrar la vida de los demás en Cristo; la de unificar pensamientos palabras y obras en el amor de Dios revelado en Cristo. Lo que hemos visto hasta ahora muestra que una Madre con el poder de la Madre de Dios puede atraer efectivamente la atención de una persona de manera total y concentrar su vida refiriéndola a Cristo.

Cuando se percibe que el papel de María como modelo y principio de unidad de vida depende de su relación con Cristo, de ser su Madre, se comprende que no existe peligro real de que la devoción a la Virgen pueda ser un obstáculo para reconocer la unicidad del Mediador y la soberanía de Dios. La acción unificadora de la piedad mariana consiste justamente en unir a los hombres con Cristo, no en unirlos con Ella al margen de El. El amor a la Madre no puede entenderse como una alternativa del amor al Hijo; ni como algo que le pueda hacer sombra.

En definitiva: lo que María hace es llevar a los hombres a su Hijo, ponerlos ante Cristo para que se reconcilien con El y lo amen y sigan. Así lo explicaba el Fundador del Opus Dei en una de sus homilías: Nuestra Señora, sin dejar de comportarse como Madre, sabe colocar a sus hijos delante de sus precisas responsabilidades. María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios. Y en ese enfrentamiento, donde se decide la vida cristiana, María intercede para que nuestra conducta culmine con una reconciliación del hermano menor -tú y yo- con el Hijo primogénito del Padre.

La capacidad que posee María de unificar la vida de una persona, la presentan -inseparablemente unida a Cristo por querer expreso de Dios- como principio de unidad de vida, como camino que lleva a la santidad. También en esto, sin escatimar argumentos, el Fundador del Opus Dei remitía a la experiencia e indicaba que el principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima. Así lo escribí hace ya muchos años, en el prólogo a unos comentarios al santo rosario, y desde entonces he vuelto a comprobar muchas veces la verdad de esas palabras. No voy a hacer aquí muchos razonamientos, con el fin de glosar esa idea: os invito más bien a que hagáis la experiencia, a que lo descubráis por vosotros mismos, tratando amorosamente a María, abriéndole vuestro corazón, confiándole vuestras alegrías y vuestra penas, pidiéndole que os ayude a conocer y a seguir a Jesús.

Una verdadera devoción mariana no puede jamás producir otro efecto que el del amor a Dios Padre y al Verbo y al Espíritu Santo, porque María es senda breve y segura para llegar a Cristo: Corazón Dulcísimo de María, da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra: sé tú misma nuestro camino, porque tú conoces la senda y el atajo cierto que llevan, por tu amor, al amor de Jesucristo. María se identifica, en definitiva, con el camino que Cristo es (Jn 14, 6); se identifica subordinándose a El, participando de El, ordenándose a El: es como su incoación, su inicio: el principio.


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