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38 • Enero - Junio 2004 • Pág. 112
 
 
 
 •  Estudio
 

Ética profesional y santificación del trabajo

Carlos Llano Cifuentes
Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (IPADE)
Universidad Panamericana (México)


En el presente estudio analizaremos cómo el mensaje de santificación del trabajo, promovido entre personas de toda condición social por San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, fecunda y enriquece las cuestiones más importantes de la ética profesional, tal como se plantean a una mentalidad contemporánea.

San Josemaría resumió en pocas palabras este mensaje: “Quienes quieren vivir con perfección su fe y practicar el apostolado según el espíritu del Opus Dei, deben santificarse con la profesión, santificar la profesión y santificar a los demás con la profesión”.

1. Santificar el trabajo profesional

El trabajo constituye la materia que al cristiano, común y corriente, se le ofrece para santificar en primera y permanente instancia. El fundador del Opus Dei se refiere al trabajo ordinario, pero suele precisar este trabajo, como hemos visto, con el calificativo profesional.

Ciertamente, los llamados deberes ordinarios del cristiano no se reducen a lo que hoy sociológicamente puede llamarse trabajo profesional. El trabajo es un elemento esencial para constituir la sociedad civil, pero esta última “no se reduce a la dimensión profesional, sino que la trasciende, sin poder prescindir del trabajo en sentido estricto” (...) “Podemos pensar en el deber laboral de una madre de familia, que se hace cargo de las tareas domésticas y de la educación de los hijos a tiempo completo”.

Sin embargo, “todos estos deberes, de cualquier manera, implican la existencia o la búsqueda de un trabajo profesional, con la necesidad de girar a su alrededor para ser ejercidos plenamente”. Lo anterior nos facilita comprender que aunque “la disminución del número de horas de trabajo tomadas en conjunto proseguirá en el futuro, como lo ha mostrado la historia desde los orígenes de la revolución industrial hasta hoy, el mensaje del Opus Dei continuará subsistiendo de una manera permanente y actual”. La idea de San Josemaría sobre el trabajo “nos pone frente a un concepto antropológico primario, con un significado filosófico permanente”.

El adjetivo profesional adquirió progresiva importancia a lo largo del siglo pasado. En la Encíclica Mater et Magistra (parte II), de Juan XXIII, se describe la profesionalización de las tareas humanas como un fenómeno según el cual se confía más en los ingresos y derechos obtenidos del trabajo que en los derivados del capital. Puede decirse que si la sociedad del siglo XIX se centraba en el propietario y el proletario, en el siglo XX se ha centrado en el profesional. En esta línea, observa Donati que “el trabajo que emerge en el espacio social actual está hecho de una realidad virtual, o mejor, para decirlo con la expresión de G. Hernes, consiste en una ‘virtualidad real’. Se trata de ver el trabajo como una posibilidad real de relaciones inéditas en el ámbito de la producción, distribución y utilización de bienes y servicios, en los que su carácter relacional lo constituye como una actividad generativa y no reificada (es una realidad genética y no sólo funcional)”. Este carácter generador de relaciones personales en el trabajo facilita la santificación de tareas que se hacen así más propiamente humanas: lo único estructuralmente santificable son las personas y sus relaciones.

El trabajo profesional puede entenderse, de modo genérico, como aquella actividad de carácter público, o al menos exteriormente conocida, que implica una aportación positiva a la sociedad, y que constituye generalmente la fuente principal de ingresos de quien la practica. El núcleo definitorio de la actividad llamada profesional, aquí resumido, se puede completar sintéticamente mediante las siguientes adiciones que interesan especialmente para los fines de nuestro análisis: ha de ser un trabajo sometido a ciertos principios científicos, reglas o disciplinas de operación, de acuerdo con los cuales debe ejercerse (y que podríamos llamar código científico técnico); sujeto a reglas universalmente aceptadas que orientan la moralidad de su ejercicio (lo que denominamos código ético); y asociado en gremios, colegios o instituciones que avalan la pertenencia a la profesión y cuidan del cumplimiento de aquellas reglas científicas, técnicas y morales.

Por su parte, Nicolás Grimaldi tiene la preocupación -muy razonable- de no confundir trabajo con empleo, pues “muchos trabajos se acometen independientemente de cualquier empleo, del mismo modo que hay muchos empleos que no corresponden a ningún trabajo real... que exigen realmente una presencia, pero no entrañan un cambio, ni suponen competencia ni esfuerzo”.

Con el paso de los años, se ha aplicado el término profesión a aquellas prácticas que implican un factor preferentemente intelectual, y oficio si entrañan un mayor índice de acciones manuales. Para Grimaldi, “solidario de ‘todo un sistema de conocimientos’, cada oficio abre un mundo donde todo está íntimamente relacionado, donde la parte más pequeña expresa el todo y donde el todo se realiza en cada parte. Tener un oficio es, pues, ser el hombre de un oficio. Ser el hombre de un oficio es pertenecer a un mundo ordenado, inteligible, previsible, racional... Mientras se trate de un oficio, todo es allí justicia; nada se obtiene más que en la medida en que se ha hecho, y nada se hace, sino según lo que se conoce: saber y saber hacer”.

El código deontológico de toda profesión u oficio incluye por propia naturaleza la obligación de llevar a cabo una obra bien hecha, que se constituye así en un imperativo ético básico, sin el que resultaría difícil y aun imposible el cumplimiento de las demás obligaciones morales en torno a esa actividad. Este imperativo ético básico de la obra bien hecha se transforma, para la persona que aspira a santificar su trabajo, en un ideal de perfección, debido a que santificar algo significa en primer término convertirlo en ofrenda a Dios. “No podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mínimos detalles: Dios no acepta chapuzas”. “Entre las muchas alabanzas que dirigieron a Jesús los que contemplaron su vida, hay una que en cierto modo comprende todas. Me refiero a aquella exclamación, cuajada de acentos de asombro y entusiasmo, que espontáneamente repetía la multitud al presenciar atónita sus milagros: bene omnia fecit (Mc 7, 37), todo lo ha hecho admirablemente bien: los grandes prodigios y las cosas menudas, cotidianas, que a nadie deslumbran, pero que Cristo realizó con la plenitud de quien es perfectus Deus, perfectus homo. El servicio a Dios se encuentra así íntimamente vinculado con la tarea que hemos de realizar, de modo que tal servicio no tendría lugar si “no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles...”.

En último término, lo que hemos llamado imperativo de la obra bien hecha tiene, para Josemaría Escrivá de Balaguer, un origen divino porque “el trabajo es un mandato de Dios...”. “A la vuelta de dos mil años, hemos recordado a la humanidad entera que el hombre ha sido creado para trabajar: ‘homo nascitur ad laborem, et avis ad volatum’ (Iob 5, 7), nace el hombre para el trabajo, y el ave para volar”.

Este imperativo está íntimamente ligado con el respeto a la autonomía de las realidades temporales, que se constituye en una decisiva regla de la deontología profesional, fundamento del sano pluralismo en lo que Dios ha dejado a la libre discusión de los hombres. Una persona que se empeña en santificar su trabajo, no encontrará conflictos entre lo que hemos llamado código científico y técnico, y el código ético imperante en cada profesión. Más aún, un aspecto de la acción de santificar el trabajo es precisamente lograr que en las actividades profesionales se hagan compatibles la técnica con la ética.

En toda comunidad profesional existen, aunque a veces de manera implícita, mandatos y prohibiciones, no sólo en el terreno técnico, sino también en el ámbito ético. Por el decaimiento ético que se ha producido en nuestro tiempo dentro de muchas prácticas profesionales, es cada vez más necesario explicitar abiertamente esas reglas morales básicas, como condición sine qua non para que una determinada actividad pueda recibir el calificativo de profesional. De esta manera se apreciaría más claramente que comportamientos inmorales como por ejemplo mentir, falsear los hechos comprobatorios de una hipótesis, o presentar como propias ideas ajenas, no pueden formar parte de las exigencias de la profesión; no son “profesionales”. Es más, si se admiten, la actividad, digámoslo así, se desprofesionaliza.

Quien busca santificar su trabajo debe considerar como tarea imprescindible mantener y fortalecer esta coherencia integral entre la profesión y la moral. El trabajo, además de ser el camino para el logro de la propia y familiar subsistencia, es para Escrivá de Balaguer, “ocasión de desarrollo de la propia personalidad”. Juan Pablo II dará a esta cualidad del trabajo una señalada importancia, que está presente en cada paso de su Encíclica Laborem exercens: “El trabajo es un bien del hombre -es un bien de su humanidad-, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en cierto sentido ‘se hace más hombre’”.

Por otra parte, la autonomía propia de cada profesión, a la que nos hemos referido, es una de las razones por la que el hecho de ser cristiano no implica formar grupo con los demás cristianos en cuestiones temporales opinables. Se deben esforzar por vivir su fe, respetando y tratando de comprender los puntos de vista y las opciones de sus colegas. En este terreno, las enseñanzas del fundador del Opus Dei adquieren un tono fuerte: “Evitad ese abuso que parece exasperado en nuestros tiempos (...) que revela el deseo contrario a la lícita libertad de los hombres, que trata de obligar a todos a formar un solo grupo en lo que es opinable, a crear como dogmas doctrinales temporales...”.

1.1 Culminación de la tarea

El valor ético de la obra profesional bien hecha resulta indiscutible. Pero puede legítimamente preguntarse: ¿qué ha de entenderse en este contexto por obra bien hecha? ¿De acuerdo con qué criterios ha de hacerse un juicio sobre la bondad “profesional” en la ejecución de un trabajo?

No basta el juicio común de los demás, aunque sería imprudente desatenderlo. En primer lugar, para que el trabajo pueda merecer el juicio de bien hecho, debe estar acabado; las cosas no pueden quedar a medias. Como afirma el fundador del Opus Dei: “Me has preguntado qué puedes ofrecer al Señor. -No necesito pensar mi respuesta: lo mismo de siempre, pero mejor acabado, con un remate de amor...”.

Quien es sin duda considerado como el más notable estudioso de las organizaciones sociales, Peter Drucker, dice con frase concisa que las empresas deben hacer bien las cosas (do well) para poder hacer el bien (do good). Este grato juego de palabras sajonas fue análogamente advertido muchos años antes por San Josemaría Escrivá, valiéndose de otro juego de términos castellanos: para servir, servir. Para prestar un servicio, para beneficiar a los demás, hay que servir: saber hacer las cosas, ser útiles. “Como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar éste: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir las tareas que tiene encomendadas. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo”.

Si la santidad se asienta en el heroico ejercicio de las virtudes, “el heroísmo del trabajo está en «acabar» cada tarea”. En numerosos textos, Josemaría Escrivá suele subrayar con cursivas, comillas o aun interjecciones este requerimiento de dar término cabal a cada tarea. Tal énfasis es muy explicable, si se tiene en cuenta que el concepto cristiano de santidad implica la “plenitud de la caridad”. Esta plenitud tiene su necesario correlato en el cumplimiento perfecto o terminado de los propios deberes profesionales. Es quizá aquí en donde pueden verse más gráficamente las consecuencias que, en el terreno de la ética profesional, se producen cuando quien ejerce una tarea se propone, no ya el cumplimiento minimalista de unas reglas éticas, sino la plenitud de la vida cristiana en todos los órdenes de la acción.

Por otro lado, se deduce claramente que el acabar o terminar la tarea debe considerarse como el logro de su fin, entendido como culminación, y no como límite. El contexto hace patente que se está hablando aquí del fin como consumación y no meramente del fin como consunción.

En efecto, si bien el trabajo se presenta como la materia de santificación, la santificación del trabajo se constituye como un fin para el cristiano; y el fin se busca de un modo ilimitado o infinito, esto es, hasta su plenitud: el fin no admite mediocridades que son, precisamente, más propias de los medios.

1.2 Cuidado de los detalles

Este sentido de acabamiento como perfección del trabajo, que es un cierto trasunto laboral de la llamada universal a la santidad (“Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto”), se relaciona con otra idea básica en el mensaje de San Josemaría: el cuidado de las cosas pequeñas, de los detalles. Hablando de su trabajo apostólico con numerosas personas en los primeros años del Opus Dei, relata que: “me gustaba subir a una torre, para que contemplaran de cerca la crestería, un auténtico encaje de piedra, fruto de una labor costosa. En esas charlas les hacía notar que aquella maravilla no se veía desde abajo, y, para materializar lo que con repetida frecuencia les había explicado, les comentaba: ¡esto es el trabajo de Dios, la obra de Dios!: acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de esas delicadas blondas de piedra”.

La exigencia de terminar la tarea y de realizarla con la perfección del detalle se encuentran en nuestro lenguaje común en íntima relación. La enseñanza de Josemaría Escrivá está sugerida ya en el lenguaje cuando se habla, por ejemplo, de los acabados de un edificio, o de un vehículo, al punto de que hoy las cosas materiales se aprecian y adquieren mayor valor precisamente por tales acabados.

1.3 Trabajo ordinario

Desde otro punto de vista, la necesidad de estar en los detalles se corresponde enteramente con el destinatario de este mensaje, que es el cristiano común y corriente, el cual está llamado a santificar su trabajo ordinario. La santidad no se identifica con las acciones extraordinarias sino con una vida en la que, según dijo repetidamente el fundador del Opus Dei, se hacen extraordinariamente bien las cosas ordinarias. “Es misión muy nuestra transformar la prosa de esta vida en endecasílabos, en poesía heroica”.

A la espontaneidad creativa, superadora de la rutina, y a la perfección en lo pequeño, la visión sobrenatural en el trabajo añade, para San Josemaría, otra cualidad laboral muy necesaria: la alegría, que da al trabajo, al mismo trabajo, un modo radicalmente distinto de ser hecho. “Escrivá de Balaguer, con el Evangelio ha dicho continuamente: Cristo no quiere de nosotros sólo un poco de bondad, sino toda la bondad. Quiere, sin embargo, que la alcancemos, no por medio de acciones extraordinarias, sino más bien con acciones comunes; lo que no debe ser común es el modo de realizar la acción. Allí, ‘nel bel mezzo della strada’, en la oficina, en la fábrica, uno se hace santo, a condición de que cumpla el propio deber con competencia, por amor a Dios y con alegría, de modo que el trabajo cotidiano se convierta no en ‘la tragedia cotidiana’, sino en ‘la sonrisa cotidiana’”. Finalmente, este requerimiento ético de la obra bien hecha comporta necesariamente la obligación, también ética, de la educación continua, contemporáneamente más necesaria por causa de los acelerados avances de la ciencia y de la técnica.

1.4 Deberes de justicia implicados en el propio oficio

El imperativo ético de la obra bien hecha se relaciona explícitamente con los deberes de justicia. Seguir “el cumplimiento exacto de las obligaciones” no es un perfeccionismo banal de meras consecuencias individualistas. Es el mejor medio al alcance del cristiano para aportar a la sociedad lo que le debe, dejando en ella su impronta positiva, y ordenándola de acuerdo con sus fines cristianos. “Los cristianos -conservando siempre la más amplia libertad a la hora de estudiar y de llevar a la práctica las diversas soluciones y, por tanto, un lógico pluralismo- han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad”. Pero no se trata sólo de un servicio de carácter humano, sino que conlleva el intento -el esfuerzo- de que las instituciones y estructuras temporales “se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida”.

San Josemaría Escrivá de Balaguer, por voluntad divina fundó el Opus Dei, camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano, cuyos fieles se empeñan en vivir este mensaje en medio de las actividades del mundo. En ellas cada uno trabaja y se mueve “con pleno derecho de ciudadano”, y constituye así una benéfica influencia en la verdadera cristianización de las estructuras temporales desde dentro, en su misma fuente y origen. Se trata, en cada caso, de una enseñanza de la deontología profesional transmitida mediante la ejemplaridad del propio ejercicio de la profesión, o de “la santificación del mundo desde dentro, a modo de fermento”. Muchos años antes del Concilio Vaticano II, Josemaría Escrivá enseñaba que eran compatibles estar metido en el mundo y estar metido en Dios, único modo de contribuir a esa santificación del mundo desde dentro.

Este modo de promover la cristianización del mundo conlleva “la preocupación de perfeccionar esta tierra” y de “ordenar mejor la sociedad humana”, al mismo tiempo que contribuye a su “progreso temporal”; ordenación que “interesa en gran medida al reino de Dios”, según se lee en la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo de nuestro tiempo.

Esta ordenación a Dios de la sociedad humana se lleva a cabo, según la propia Gaudium et spes, mediante el trabajo: “una cosa es cierta para los creyentes: que el trabajo humano, individual o colectivo, es decir, el conjunto ingente de los esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios...”.

El deseo de santidad, como plenificación de los deberes morales en el trabajo realizado por amor a Dios, es ingrediente básico en el logro de tan alto propósito, pues para superar la “deplorable calamidad” en que se encuentran muchos aspectos de las sociedades civiles se requiere “encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas”.

2. Santificarse en el trabajo profesional

La propia profesión u oficio representa la materia que debe santificarse, pero además y simultáneamente es el medio por el que, quien ejerce la profesión o practica el oficio, logra su propia santificación. El trabajo profesional bien hecho, ya de suyo, colabora positivamente en el crecimiento y progreso de la vida espiritual de muchas maneras. En primer término, el trabajo se constituye como un medio insustituible para el desarrollo de las propias virtualidades naturales, cimiento y base de las sobrenaturales.

El trabajo, para el fundador del Opus Dei, es indudablemente “ocasión de desarrollo de la propia personalidad”, “auténtico rendimiento de todas las facultades”, “testimonio de la dignidad de la criatura humana”. Esta simultaneidad de la perfección del hombre que hace las cosas, mientras se perfeccionan las cosas que hace el hombre, ha sido también comentada por Juan Pablo II con las categorías del trabajo objetivo y trabajo subjetivo desarrolladas en su Encíclica Laborem exercens, paralelas a la necesidad de santificar el trabajo al tiempo que el hombre se santifica en ese trabajo.

Diríase que la primera y básica contribución del cristiano a la sociedad es cristianizar el mundo por medio del propio trabajo; y es, al mismo tiempo, su más noble misión: “El trabajo aparece como participación del hombre en la obra creadora de Dios”, quien al crearle y bendecirle le encomendó el dominio sobre la tierra y lo que en ella existe, según indica el Génesis. Posteriormente Juan Pablo II recordará este punto básico de la vida cristiana en relación con el trabajo: “Haciéndose -mediante su trabajo- cada vez más dueño de la tierra y confirmando todavía -mediante el trabajo- su dominio sobre el mundo visible, el hombre en cada caso y en cada fase de este proceso se coloca en la línea del plan original del Creador...”.

2.1 Alma sacerdotal

El trabajo es ámbito privilegiado para el despliegue de las virtudes sobrenaturales por parte del cristiano: para “vivir con perfección su fe”, para hallarse “en sencilla contemplación filial, en un constante diálogo con Dios”, convirtiendo las actividades ordinarias de la vida en un “encuentro con el Señor”, en “ocasión continua para encontrarnos con Dios y alabarle y glorificarle con la operación de nuestra inteligencia o la de nuestras manos”.

San Josemaría relaciona íntimamente el trabajo como medio de santificación y el alma sacerdotal que debe poseer todo cristiano, por razón de su Bautismo, que le confiere el sacerdocio común de todos los fieles: “actuando así, de cara a Dios, por razones de amor y de servicio, con alma sacerdotal, toda la acción del hombre cobra un genuino sentido sobrenatural, que mantiene unida nuestra vida a la fuente de todas las gracias...”, hasta llegar a ser “almas contemplativas en medio del mundo”. El trabajo se constituye de esta manera en el holocausto que Dios nos pide y no puede por ello hacerse con medianías que desentonarían con la vivencia práctica del “alma sacerdotal”.

Esta dimensión del sacerdocio común de los fieles se une -sin confundirse- con el sacerdocio ministerial en la participación del Sacrificio de la Misa, en donde los elementos naturales cultivados por el hombre (el pan y el vino) se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Como enseñaba San Josemaría, la mesa de trabajo de un cristiano podría considerarse como un altar de ofrendas a Dios. Si, en efecto, cada cristiano es “sacerdote de su propia existencia”, y siendo el trabajo expresión primordial de la dignidad humana y genuina manifestación de su vida, el ofrecimiento del trabajo a Dios arrastra consigo al hombre entero.

2.2 Síntesis del finis operis y finis operantis

La consideración del trabajo como la materia que debe santificarse y como el medio o ámbito en el que adquiere vida y desarrollo la propia santificación constituye, a nuestro juicio, una de las aportaciones más destacadas del fundador del Opus Dei.

En los trabajos humanos “a veces el fin de la obra es distinto del fin de quien la lleva a cabo”. Se han dado en las consideraciones éticas del trabajo humano posturas que identifican o superponen ambos fines, de manera que quien ejerce el trabajo no debería tener más finalidad que la institucional u objetiva del trabajo mismo -como pretenden algunas interpretaciones socialistas del trabajo del hombre- y posturas según las cuales habría un completo divorcio entre los fines subjetivos del operario y los fines objetivos de la obra, como podría suceder en las interpretaciones provenientes de los paleoliberalismos: el fin egoísta del individuo podría ser motivo sin más para producir una obra buena, es decir, socialmente útil (a esta consideración -que divorcia y separa ambos fines- se asimilarían, aunque con signo contrario, las consideraciones espiritualistas del trabajo del hombre).

San Josemaría Escrivá advierte del peligro de una doble vida: no podemos ser esquizofrénicos si queremos ser cristianos, pues “a ese Dios invisible lo encontramos en las cosas más visibles y materiales”. El trabajo objetivo -visible y material- no puede ser indiferente a la vida del cristiano, porque “aparece como participación de la obra creadora de Dios”, y porque, además, el trabajo fue “asumido por Cristo como realidad redimida y redentora”, y por ello “se convierte en medio y camino de santidad, en concreta tarea santificable y santificadora”.

Pero la condición de bondad moral de la obra que se hace -que debe realizarse, según dijimos, con la mayor perfección humana posible- se asegura, subraya y acrecienta con la intención sobrenatural del que la lleva a cabo. La intención ha sido siempre importante en la ética cristiana para alcanzar la rectitud moral de nuestras acciones, que se juzgan buenas si lo son ex toto genere suo, desde todos sus aspectos. En Josemaría Escrivá de Balaguer se entrevera de tal modo con la objetividad de la obra misma, que se constituye en un aliciente fuerte y eficaz para hacerla bien con parámetros intramundanos y para santificarla con perspectivas sobrenaturales: lo segundo exige lo primero. Según hemos dicho, una obra mal hecha no puede ser ofrecida como holocausto a Dios. Pero ahora hay que añadir que la intención de ofrecerla a Dios es el incentivo fundamental con que cuenta el cristiano para hacer un buen trabajo.

El recto finis operantis, la recta intención, no se limita entonces a metas meramente humanas: “alimentar el egoísmo”, “asegurarse la tranquilidad”, o buscar el qué dirán de los hombres, ya que “primero, te ha de importar el qué dirá Dios; luego -muy en segundo término, y a veces nunca- habrás de ponderar lo que puedan pensar los demás”. En consonancia con ello, Antonio Aranda afirma desde una perspectiva teológica: “El trabajo santificado (en su doble dimensión, objetiva y subjetiva, es decir, de obra hecha y de acción intencionada a hacerla, ambas en Cristo), tiene significado propio: significa algo en sí mismo y por sí mismo, es algo sustantivo y no sólo accidental o instrumental en el plano de la economía de la salvación, es decir, en el misterio de Cristo... El trabajo santificado (en su dimensión objetiva y subjetiva) es el esencial momento interno de ese dinamismo de santificación, y no simplemente marco o instrumento externo o accidental para desarrollarlo”.

Además, la rectitud de intención nos hace permanecer vigilantes para que los éxitos o los fracasos profesionales no nos hagan olvidar “aunque sólo sea momentáneamente”, cuál es el verdadero fin de nuestro trabajo: “¡la gloria de Dios!”. El deseo de santidad en el trabajo nos impulsa incluso, finalmente, a prescindir, si el Reino de Dios así lo requiere, de metas que pueden considerarse en sí buenas y lícitas: “Ser cristiano es actuar sin pensar en las pequeñas metas del prestigio o de la ambición, ni en las finalidades que podrían parecer más nobles, como la filantropía o la compasión ante las desgracias ajenas, es discurrir hacia el término último y radical del amor que Jesucristo ha manifestado al morir por nosotros”. Eso es así porque “ser cristiano no es algo accidental, es una divina realidad que se inserta en las entrañas de nuestra vida, dándonos una visión limpia y una voluntad decidida para actuar como Dios quiere”.

Esta rectitud de intención en un esfuerzo ascético continuo, como se requiere en una vida con pretensión y anhelo de santidad, es tanto más urgente en nuestro tiempo. Para entender bien cómo esta finalidad, motivo e intención absolutamente sobrenatural, nos impulsa a plenificar las exigencias naturales y aun materiales implicadas en todo trabajo humano, no debe perderse de vista que esa realidad divina en que consiste la vocación cristiana a la santidad se inserta en las entrañas de nuestra vida, y por eso San Josemaría Escrivá puede decir con fuerza que “el cristiano no es un apátrida. Es ciudadano de la ciudad de los hombres, con el alma llena de deseo de Dios”.

3. Santificar a los demás con la profesión

Materia y medio o ámbito de santificación, el trabajo se convierte también en instrumento de apostolado, lo cual es, a la par, un requerimiento ético implicado en toda profesión u oficio y una consecuencia del alma sacerdotal, un importante fruto del sacerdocio común de los fieles.

“Quiere el Señor a los suyos en todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a desentenderse de los avatares de la sociedad de los hombres, para hacer que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios. A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A la gran mayoría, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de la montaña”.

El trabajo es, pues, un requerimiento ético. Nos atreveríamos incluso a decir que se trata de un hilo conductor subyacente en las encíclicas papales que se refieren a la cuestión social: Rerum novarum, Quadragesimo anno, Populorum progessio, Centesimus annus, y específicamente para el caso, Laborem exercens. Se hace evidente, en todas ellas, la preocupación por el estado del hombre inserto en medio de los engranajes, cada vez más complejos, de las actividades industriales y productivas en general.

3.1 Desarrollo humano con el trabajo

El trabajo no puede desarrollarse de forma tal que se dé un predominio de las cosas sobre las personas, del trabajo objetivo sobre el trabajo subjetivo, mencionando las categorías sociales empleadas por Juan Pablo II: ha de encontrarse la manera de que el hombre se desarrolle a sí mismo y desarrolle a los demás al ocuparse de elaborar productos o prestar servicios. Este desarrollo del hombre, considerado integralmente, es sin duda alguna objeto del apostolado.

“El apostolado, esa ansia que come las entrañas del cristiano corriente, no es algo diverso de la tarea de todos los días: se confunde con ese mismo trabajo, convertido en ocasión de un encuentro personal con Cristo. En esa labor, al esforzarnos codo con codo en los mismos afanes con nuestros compañeros, con nuestros amigos, con nuestros parientes, podremos ayudarles a llegar a Cristo”. Un apostolado de esta naturaleza, además de su obvio carácter personal, apela a la libertad del hombre, que el Señor no destruye. “Por eso no quiere respuestas forzadas; quiere decisiones que broten de la intimidad del corazón”.

Hemos visto cómo, en la doctrina sobre el trabajo predicada por San Josemaría, al trenzarse beneficiosamente el finis operis y el finis operantis, la perfección del trabajo es un florecimiento o consecuencia de la perfección del hombre y, simultáneamente, la búsqueda de la perfección acabada del trabajo lleva consigo la necesidad de que el hombre desarrolle sus potencialidades.

Sería una reducción simplista considerar que este problema del desarrollo del hombre en el trabajo se restringe a las meras relaciones obrero-patronales, como si los directivos, propietarios o jefes de las organizaciones fueran las únicos responsables de resolverlo. Al contrario, el desarrollo del hombre empieza por sí mismo, y se expande, así como se recibe, mediante las relaciones con sus colegas, sus subordinados y sus jefes, sus proveedores y sus clientes, sus pacientes y sus alumnos... En la red de vínculos en que se ha convertido el trabajo contemporáneo (que en Mater et Magistra recibe el término de socialización), la expansión de nuestras posibilidades antropológicas resulta polifacética y pluridimensional, y queda condicionada en todas las direcciones.

Por esta socialización del trabajo, puede asegurarse que nadie lo lleva a cabo aisladamente. La ética profesional se equivocaría si considerara que las relaciones laborales no poseen un carácter importante en el modo de ser y en el modo de hacerse del hombre, como si cada individuo, aunque tuviera vinculaciones de trabajo con los demás, viviera aislado de hecho. La organización del trabajo no es una superposición de puntos individuales que permanecen desconectados. Un principio fundamental de la deontología del trabajo consiste en lograr que los individuos se mantengan y se expansionen como personas en el modo de vincularse con los demás.

3.2 Desarrollo sobrenatural con el trabajo

Al afirmar que el trabajo es instrumento de santificación de los demás hombres estamos afrontando de manera completa la necesidad de su desarrollo, en todos los aspectos. En consecuencia, el apostolado no debe estar ausente en el trabajo, ni debe considerarse como una accidental yuxtaposición.

Para San Josemaría: “El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles a Dios Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las almas. Entre las indicaciones, que San Pablo hace a los de Éfeso, sobre cómo debe manifestarse el cambio que ha supuesto en ellos su conversión, su llamada al cristianismo, encontramos ésta: el que hurtaba, no hurte ya, antes bien trabaje, ocupándose con sus manos en alguna tarea honesta, para tener con qué ayudar a quien tiene necesidad.

Además de un requerimiento ético, la santificación de los demás con el trabajo se erige, dijimos, como una consecuencia del alma sacerdotal del fiel común. La ordenación real y efectiva de las estructuras temporales a los fines providentes de Dios -el “empeño por construir la ciudad temporal”- no es una tarea individualista, que se ejerce átoma o insolidariamente por cada individuo: es una tarea social. De ahí que la ordenación de las estructuras temporales no sólo sería imposible sin el apostolado, sino que es constitutivamente parte del apostolado mismo. Es esto lo que nos quiere decir la acuñada expresión del fundador del Opus Dei: cada hombre debe santificarse santificando.

3.3 Carácter asociativo del trabajo y del apostolado

Santificar a los demás en las labores cotidianas requiere, en primer término, tener conciencia del valor social del trabajo. San Josemaría advierte de las consecuencias de un cierto tipo de individualismo: “Tú, que ocupas un puesto de responsabilidad, al ejercer tu tarea, recuerda: lo que es personal, perece con la persona que se hizo imprescindible”. La necesidad de dividirse el trabajo y repartirse responsabilidades, hace aún más imprescindible esforzarnos codo con codo en los mismos afanes con nuestros compañeros.

Los estudios de psicología industrial han dejado claro que la requerida división de funciones ha de venir complementada por la coordinación de esfuerzos. Este doble matiz del trabajo asociado no es ajeno a las dimensiones éticas del mismo. “En el trabajo ordinario hemos de manifestar siempre la caridad ordenada, el deseo y la realidad de hacer perfecta por el amor nuestra tarea; la convivencia con todos, para llevarlos oportune et importune (2 Tim 4, 2), con la ayuda del Señor y con garbo humano, a la vida cristiana, y aun a la perfección cristiana en el mundo”. Este carácter social del trabajo se torna evidente cuando se concibe con una finalidad de servicio a la comunidad social: “Esta es una de las batallas de paz que hay que vencer: encontrar a Dios en la ocupación y -con Él y como Él- servir a los demás”.

3.4 Ética laboral y ascética cristiana

En segundo término, el reconocimiento del carácter asociativo del trabajo da lugar a importantes consecuencias en el comportamiento moral del trabajador, que serán favorecidas por una ascética cristiana bien vivida, al removerse los obstáculos individualistas que atentan contra ese trabajo asociado. Citaremos como ejemplos la eliminación de los celos, suspicacias y envidias que se levantan fácilmente, la tendencia a disminuir la importancia del trabajo de los demás, la desconfianza, la minusvaloración de los subordinados, etc.

Es necesario tomar conciencia de la profunda tarea moral que debe llevarse a cabo en el fondo de cada persona para derrumbar estas barreras que se interponen entre los hombres y que impiden la realización de un trabajo conjunto. Este esfuerzo ético ha sido puesto en evidencia no sólo desde una visión cristiana del hombre sino también desde una mera perspectiva natural y profesional del trabajo. Desde esta perspectiva se ha dicho, con razón, que el trabajo es la mejor terapia para el egoísmo. Según Fritz Schumacher en Good Work, la sabiduría tradicional nos enseña que, en el fondo, la función del trabajo es simple: dar a la persona la posibilidad de desarrollar sus facultades, de producir los bienes y servicios que todos necesitamos para una vida digna, y permitirle vencer su egocentrismo innato uniéndole a otras personas en una tarea común.

Esta, llamémosla así, sintonía laboral, demanda el concurso de finalidades compartidas y la interrelación de empeños, facilitando el apostolado, a tal punto que llega a coincidir con él. “El apostolado... no es algo diverso de la tarea de todos los días: se confunde con ese mismo trabajo, convertido en ocasión de un encuentro personal con Cristo”. San Josemaría se adelanta, pues, a lo que en el Concilio Vaticano II se dijo acerca del trabajo como principio regulador del conjunto de la vida económica y social: “Más aún, creemos que, si ofrendan su trabajo a Dios, los hombres pueden colaborar a la obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad eminente, trabajando con sus propias manos en Nazaret”.

Las relaciones laborales, tal como las hemos concebido, hacen que el apostolado de un ciudadano corriente sea “una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios...”. La práctica de las virtudes que el trabajo propicia, según hemos visto, lleva al apostolado. “Es más: es ya apostolado. Porque al procurar vivir así en medio del trabajo diario, la conducta cristiana se hace buen ejemplo, testimonio, ayuda concreta y eficaz; se aprende a seguir las huellas de Cristo... que empezó a hacer y a enseñar, uniendo el ejemplo a la palabra. Por eso he llamado a este trabajo, desde hace cuarenta años, apostolado de amistad y confidencia.

Con este enfoque de la ética, los grupos de trabajo se constituyen así en verdaderas comunidades de personas entre las que se da un mutuo enriquecimiento, en lugar de la mutua depauperización que se produce cuando el trabajo se desgaja de los valores morales que le son intrínsecamente constitutivos.

Todo trabajo lleva consigo una práctica social, una tradición, un contexto colectivo con implicaciones éticas y religiosas. Curiosamente, no hay ningún libro actual de management que no enfatice la transparencia, la veracidad informativa, la sinceridad en el liderazgo o la publicidad verídica. La confianza mutua constituye lo que ha dado en denominarse capital social, más importante que el capital monetario.

Desde hace muchos años, San Josemaría no estuvo de acuerdo con separar las virtudes privadas y las virtudes sociales, de modo paralelo a como ahora se impugna la separación entre moral privada y moral pública, proclamada por el liberalismo ideológico.

3.5 Apostolado de testimonio y palabra

Este apostolado de ejemplaridad, de testimonio, de amistad y confidencia, contribuye a propagar eficazmente, de persona a persona, el criterio cristiano de la vida dentro de la vida misma: “Por medio de tu trabajo profesional, acabado con la posible perfección sobrenatural y humana, puedes -¡debes!- dar criterio cristiano en los lugares donde ejerzas tu profesión y oficio”.

Se ve claramente que esta abierta y lógica (diríamos inevitable) manera apostólica no es el resultado de una táctica: es naturalidad. “Que vuestra vida de caballeros cristianos, de mujeres cristianas -vuestra sal y vuestra luz- fluya espontáneamente, sin rarezas ni niñerías: llevad siempre con vosotros nuestro espíritu de sencillez”. Cabe aún preguntarse cuál es el contenido principal del mensaje apostólico que el cristiano común y corriente puede transmitir en su trabajo. La respuesta es muy sencilla. El contenido principal del mensaje es precisamente la de santificar lo que ya está haciendo en la dinámica misma de su actividad laboral. No se trata en modo alguno de una tautología, sino de una reiteración vivencial. La ética del trabajo incluye necesariamente hacer el bien a las personas con las que trabajamos, para las que trabajamos, bajo las que trabajamos... Para quien tiene el empeño de santificar su trabajo, ese imperativo ético se lleva a su acabamiento y culmen: hacer el bien significa aquí estimular a los demás a la búsqueda de la santidad en aquello que los vincula: el trabajo.

Y aun ese mismo beneficio social se queda corto de vista para el cristiano, que está llamado a la sociedad eterna (la comunión de los santos). Antes que un requerimiento social, el trabajo -y preservar ese carácter es mantener recta la intención- es un requerimiento divino.

“Tú y yo hemos de recordarnos y de recordar a los demás que somos hijos de Dios, a los que, como aquellos personajes de la parábola evangélica, nuestro Padre nos ha dirigido idéntica invitación: ‘hijo, ve a trabajar en mi viña’ (Mt 21, 28). Os aseguro que, si nos empeñamos diariamente en considerar así nuestras obligaciones personales, como un requerimiento divino, aprenderemos a terminar la tarea con la mayor perfección humana y sobrenatural de que seamos capaces”.

Que el trabajador, al santificar el trabajo y santificarse en el trabajo, procure santificar a los demás con ese mismo trabajo, y que ello consista en señalarles el camino mediante el cual se pueden hacer santos, proporciona a este modo apostólico una fuerza coherente y sin grietas que, con la gracia de Dios, ofrece palpables frutos.


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