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39 • Julio - Diciembre 2004 • Pág. 138
 
 
 
 •  Editorial
 

Espíritu de adoración

En el mes de octubre ha comenzado para toda la Iglesia, por deseo del Santo Padre, un año eucarístico. ¿Qué objetivos persigue el Papa con esta decisión pastoral?, ¿qué nos está proponiendo?, debemos preguntarnos. No hace ni siquiera dos años, Juan Pablo II dirigió a todos los católicos una encíclica —su última encíclica, por ahora— precisamente sobre la Eucaristía: se podría pensar, por tanto, que aparentemente la Eucaristía no es ahora un tema que urja poner en primer plano para que no caiga en el olvido... La realidad, sin embargo, es otra: la realidad es que siempre es urgente, o al menos siempre es necesario, colocar y mantener el misterio eucarístico en un lugar muy principal de la mente y el corazón de cada cristiano.

En la carta apostólica Mane nobiscum Domine afirma Juan Pablo II que este año eucarístico es una nueva invitación a la Iglesia a reflexionar sobre la Eucaristía. Pero la Eucaristía, signo y realidad, sacrificio y alimento, cándida sustancia que contiene el memorial y la presencia, que exhibe la transparencia y el velo del misterio inalcanzable, no se deja apresar fácilmente en las mallas de la fría reflexión: invitar a reflexionar sobre la Eucaristía es, inevitablemente, invitar a rendirse a Jesús Sacramentado, invitar a participar en la liturgia celeste, a adorar. «La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra», había escrito el Papa en su encíclica sobre la Eucaristía. «Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino». Se trata, en fin, de un misterio de fe y de amor ante el que de modo natural «caemos en adoración; actitud necesaria, porque sólo así manifestamos adecuadamente que creemos que la Eucaristía es Cristo verdadera, real y sustancialmente presente con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad».

Somos conscientes de que «la adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador». Somos conscientes, pero la experiencia —la experiencia nuestra personal y la experiencia de vida cristiana recogida y transmitida a lo largo de los siglos— nos enseña que debemos serlo cada vez más, como el edificio en construcción que, a medida que crece, más necesitado está de cimientos profundos, o como el sabio que, cuanto mayor es su conocimiento, más convencido está de lo poco que sabe. «Adorar a Dios es reconocer, en el respeto y la sumisión absoluta, la “nada de la criatura”, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magnificat, confesando con gratitud que él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo (cfr. Lc 1,46-49). La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo».

Adorar es también, en consecuencia, pedir bienes a Dios y darle gracias, pues tanto la petición como el agradecimiento son manifestación del reconocimiento de la condición personal de absoluta dependencia con respecto a Dios. Asimismo, adoramos a Dios con nuestro trabajo cuando procuramos hacer de él una realidad santa y santificadora, cooperación en la tarea de la Creación, cuando lo ofrecemos en unión con el sacrificio de Cristo en la Cruz, renovado diariamente en ese sublime momento, centro y raíz de nuestra vida interior y de toda nuestra vida, que es la Santa Misa.

Adoramos manifiestamente a Dios, en fin, cuando nuestra inteligencia, sometida y elevada por la fe, reconoce en las especies sacramentales la presencia real de Cristo, hecho por nosotros pan de vida y bebida de salvación. «Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cfr. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el “arte de la oración” (Carta Ap. Novo millennio ineunte, 32), ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!».

De ese trato intenso y confiado con Cristo en la Eucaristía tiene necesidad cada uno personalmente y tiene necesidad el mundo. Necesitan los hombres de hoy, más que nunca, apoyos firmes sobre los que sustentar sus vidas, y un Dios que se convierte en pan se nos manifiesta, aun en su débil apariencia, como el asidero más seguro. Sería una pena que, por nuestro insuficiente testimonio de amor a Dios, de adoración, de «urbanidad de la piedad», quienes están a nuestro alrededor no descubrieran esa maravilla del Dios realmente presente entre nosotros. ¡Cuántas veces una ceremonia litúrgica realizada con unción y dignidad, o incluso un simple gesto de adoración, sobrio pero sinceramente devoto, se ha demostrado más eficaz que todas las prédicas y exhortaciones para suscitar la fe en el incrédulo!

«Tanto valdrá nuestra vida cuanto intensa sea nuestra piedad eucarística»: mucho depende, en efecto, de que, como desea el Papa, «en este Año de gracia, sostenida por María, la Iglesia halle nuevo impulso para su misión y reconozca cada vez más en la Eucaristía la fuente y el culmen de toda su vida».


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