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39 • Julio - Diciembre 2004 • Pág. 180
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la Jornada Mariana de la Familia, Santuario de Torreciudad, España, 4-IX-2004

Queridísimas familias.

Un año más he de agradecer al Señor el regalo de poder celebrar esta XV Jornada Mariana de la Familia, con todos vosotros, venidos a este Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad desde tantos puntos de España y desde algunos países vecinos.

Estamos aquí —en la casa de la Virgen y envueltos en el entrañable recuerdo de San Josemaría Escrivá de Balaguer— como testigos del Evangelio de la familia y de la vida.

Estamos aquí con la gracia del Espíritu Santo para glorificar a Dios Padre por medio de Cristo, que renueva en la Santa Misa su Sacrificio redentor. Él es el Señor del cielo y de la tierra y actúa sin cesar en la historia humana por medio de la Iglesia, de la que formamos parte. En el salmo responsorial hemos ensalzado al Señor, con palabras de María, por sus grandezas en favor de los hombres (cfr. Lc 1, 50-53). La mayor de todas es, ciertamente, la Encarnación del Hijo de Dios, Jesucristo, que se hace realmente presente en la Eucaristía: sacramento de su Cuerpo y su Sangre, que se nos dan como pan de vida y bebida de salvación para que formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu; es decir, para que en medio del mundo lleguemos a ser santos y fermento eficaz de santidad.

Hoy nos encontramos en Torreciudad para avivar en nosotros estas certezas de fe y para proclamar que el matrimonio es también sacramentum magnum (Ef 5, 32): signo eficaz de la presencia del Señor en el mundo y manifestación del amor indefectible con que Cristo ama a su Iglesia y la hace fecunda. Hemos venido a reafirmar, con el Papa Juan Pablo II, que «en la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombre y una mujer —relación recíproca y total, única e indivisible— responde al proyecto primitivo de Dios»; un proyecto a menudo «ofuscado en la historia por la “dureza de corazón”, pero que Cristo ha venido a restaurar en su esplendor originario, revelando lo que Dios ha querido “desde el principio”» para bien de la criatura.

Sí, hermanas y hermanos, hijas e hijos míos: celebramos esta XV Jornada Mariana de la Familia como expresión inequívoca de nuestro compromiso de «proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia», tal como la hemos recibido de Dios. A través de su Vicario en la tierra, el Señor nos convoca para vivificar la sociedad con las enseñanzas perennes de la Iglesia, pues «son muchos los factores culturales, sociales y políticos que contribuyen a provocar una crisis cada vez más evidente de la familia», y que a veces llegan a desvirtuar «la idea misma de la familia».

No se trata de lamentarse. Pero —como han puntualizado expresamente Juan Pablo II y los Obispos de España—, bien a la vista están los signos de ese oscurecimiento de la dignidad del hombre y de la santidad del matrimonio en las conciencias de tantos conciudadanos nuestros.

Ante una situación semejante, que puede afectar a millones de personas de España y del mundo, el lema escogido para la Jornada de este año es especialmente significativo: la familia cristiana, esperanza del mundo.

Queridas familias, tened la gozosa certeza de que esto es así: sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. El Señor espera nuestra fidelidad —unida a la de tantos otros— para iluminar este mundo, el Señor cuenta con vosotros —en palabras de San Josemaría— para ahogar el mal en abundancia de bien y para llevar de nuevo al mundo el mensaje salvador de su Evangelio.

No nos sentimos los cristianos mejores que los otros, ni más virtuosos. Pero —hoy, como siempre— estamos llamados por la gracia de Dios a ser sal y luz del mundo (cfr. Mt 5, 13-14), fermento de la sociedad (cfr. Mt 13, 33) y, por tanto, a revitalizar con el amor y la verdad de Cristo los ambientes culturales y sociales. El Señor nos urge día a día a ser ejemplo para muchos que vacilan, a mostrarles la belleza y el atractivo de nuestra fe, el sentido divino del amor humano y, en consecuencia, del matrimonio fiel e indisoluble, la grandeza de la vocación matrimonial como camino de santidad, el gozo de la maternidad y de la paternidad como participación en la paternidad y maternidad de Dios, mediante las que Él enriquece y hace crecer a la familia humana. Y cuando Dios no envía hijos a un matrimonio que los desea vivamente, éste es otro modo de bendecir, para que estén especialmente abiertos a una paternidad y maternidad espiritual muy amplia.

No es éste —decía— momento para las lamentaciones, sino para la afirmación gozosa de la fe, para un compromiso apostólico constante y rebosante de optimismo. Alégrate hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti (Zac 2, 14), hemos escuchado en la primera lectura. Esta profecía de Zacarías, que anuncia la salvación del género humano, se cumplió en un recóndito hogar de Nazaret, iluminado por Cristo y por la vida santamente ordinaria de María y de José. Y Él convirtió ese hogar —su hogar en la tierra— en modelo para todas las familias de todos los tiempos. Modelo de amor fiel, casto y fecundo, con una fecundidad espiritual que se extiende a todas las generaciones. Alégrate hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti, repite hoy el Señor, recordándonos que quiere “habitar” también en nosotros y en todos los hogares para extender su misericordia a los fieles de generación en generación (Lc 1, 50).

Por eso os invito, con Juan Pablo II, a no cerrar a Cristo las puertas de vuestra vida y de vuestro hogar. ¡Abridlas de par en par! Dejad que entre en vuestras almas y en vuestras casas la Luz que disipa todas las tinieblas. Secundad la luminaria de la fe y del Amor, que nos habilita para dar testimonio cabal de la verdad sobre el matrimonio y la familia: sobre su unidad e indisolubilidad; sobre el auténtico amor de los esposos, abierto siempre a la vida —no tengáis miedo a la llegada de otros hijos—; sobre la mutua fidelidad en las tristezas y alegrías; sobre la generosidad y la delicadeza en el trato; sobre el olvido de sí, sobre la dedicación a los hijos y al servicio a la sociedad... Acoged en vosotros la Luz divina, para que ese cúmulo de realidades —casi siempre ordinarias y aparentemente sin esplendor— que configuran la vida matrimonial y familiar, brillen en vuestro hogar con todo su relieve humano y sobrenatural y lo conviertan en una verdadera iglesia doméstica: en cauce de santidad y apostolado.

San Josemaría os ayudará a profundizar y hacer vida estas enseñanzas perennes sobre la familia. Su predicación está llena de ejemplos que rezuman sentido cristiano y sentido común, válidos para todas las épocas. No me resisto a transcribiros alguna de sus espontáneas consideraciones: A los que estéis casados os felicito; pero os digo que no agostéis el amor, que procuréis ser siempre jóvenes, que os guardéis enteramente el uno para el otro, que lleguéis a quereros tanto que améis los defectos del consorte, siempre que no sean una ofensa a Dios.

Y, en otra ocasión, a un padre de familia le aconsejaba: quiere mucho a tu mujer, con toda el alma: procura educar bien a los hijos; procura trabajar para ellos, por agradar a Dios y por hacer un bien a la Patria. Si lo haces así, merecerás ser llamado hombre leal y hombre cristiano. No hay ninguna contradicción entre esos dos deberes, porque se funden en uno solo, como se unen los distintos cabos de una cuerda que, entrelazados, forman una maroma.

¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? (Lc 1, 43). Sí, queridos hermanos y hermanas e hijos míos, también nosotros, como Santa Isabel, debemos admirarnos de que Nuestra Madre nos traiga a su Hijo. Porque a pesar de nuestras debilidades, errores y pecados, Él ha bajado al mundo para salvarnos, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción, de modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios (Gal 4, 4-7).

Nuestra herencia es Cristo mismo y el Reino de santidad y de gracia que Él instauró con su venida al mundo. Abocados a las fuentes de esa gracia —especialmente, los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, junto a la oración—, y esforzándonos por adquirir la formación necesaria para dar razón de nuestra esperanza (1 Pe 3, 15), cada uno de vuestros hogares vendrá a ser foco irradiador de caridad, de verdad y de paz en medio del mundo; cuna de hijos de Dios; semillero de vocaciones para el seguimiento de Cristo y para el servicio de la Iglesia en el celibato apostólico; tronco de nuevas familias cristianas que transmitan la vida y la fe a nuevas generaciones.

Permaneciendo siempre cerca del Señor, Él os concederá una descarada carga apostólica, repleta de comprensión y eficacia, para acometer la inmensa tarea de la nueva evangelización de las familias que la Iglesia debe llevar a cabo. Uno a uno, familia a familia, llegaréis a miles de personas y hogares y les mostraréis la grandeza humana y sobrenatural de la vocación matrimonial.

Recemos y hagamos rezar por estos aspectos esenciales del amor humano, el matrimonio y la familia. A la vez, cada uno también debe considerar cómo puede influir positivamente en el ambiente en que se mueve mediante un apostolado capilar de amistad y confidencia —¡es otro modo de rezar!—; y, además difundamos ideas positivas, claras en la doctrina, y siempre serenas, con respeto a las personas que piensen de modo distinto porque la firmeza no está reñida con la caridad.

Del deseo de defender el matrimonio y la familia nace también el amor al propio país, al que amamos como buenos ciudadanos. Este derecho y deber no se limita al ámbito estrictamente religioso o espiritual, porque como conocéis, la familia, comunidad de vida y de amor, es la célula básica y esencial de la sociedad; y, protegiéndola, hacéis un gran bien a vuestro pueblo y ayudáis a que los gobernantes y los dirigentes sociales tengan en cuenta —no deben ignorarlos— los deseos legítimos de sus ciudadanos, a los que han servir honestamente, en la búsqueda sincera del bien común que legitima la autoridad.

Terminamos invocando de nuevo a la Virgen Santa de Torreciudad. Sub tuum præsidium confúgimus ... “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades”. Tennos de tu mano, Virgen bendita; intercede ante Dios por nuestras familias y por todas las familias de la tierra. Haznos fieles apóstoles de tu Hijo para desarrollar —muy unidos al Papa y a todos los Pastores de la Iglesia— la evangelización de la sociedad. Y muéstranos, finalmente, a Jesús, fruto bendito de tu vientre. Así sea.


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