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39 • Julio - Diciembre 2004 • Pág. 195
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la Novena de la Inmaculada Concepción de María, Basílica de San Eugenio, Roma, 5-XII-2004

Queridísimos hermanos y hermanas.

1. Nos estamos preparando para la gran solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen. Estamos, además, en el corazón del Adviento, tiempo litúrgico que nos conduce hacia la Navidad. Las dos fiestas son un motivo de alegría para el pueblo cristiano. El profeta Isaías dirige por eso, en la liturgia de hoy, estas palabras: Pueblo de Sión: mira al Señor que viene a salvar a los pueblos. El Señor hará oír la majestad de su voz y os alegraréis de todo corazón.

Es un anuncio íntimamente ligado a la venida de Dios sobre la tierra, que se ha realizado con la encarnación y nacimiento de Cristo. Jesús, en efecto, es el Salvador, el Dios con nosotros, que ha tomado nuestra humanidad para hacernos partícipes de su divinidad. Este admirable intercambio se ha realizado gracias al sí, al fiat de la Virgen, cuando le fue propuesto el dichoso anuncio. Su respuesta se prolongó luego durante toda su vida y nos ha abierto a cada uno las puertas de la misericordia divina. Precisamente en atención a su elección como Madre de Dios, María ha sido preservada de toda culpa —tanto del pecado original como de los pecados personales— y colmada de toda gracia y virtud, por decreto de Dios omnipotente. Es la Inmaculada.

El Señor ha venido a salvar a todos lo pueblos y ha colmado de alegría nuestros corazones. Inspirado por Dios, el profeta presenta un escenario paradisíaco: habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea.... Son imágenes en las que, deliberadamente, se ponen juntas realidades opuestas, como por ejemplo el lobo y el cordero, el cabrito y el león, en plena armonía, para subrayar los efectos —también sobre el mundo creado— de la venida del Hijo de Dios a la tierra.

Por desgracia, si dirigimos una mirada al mundo que nos rodea, la situación actual parece desmentir a menudo estas promesas. De todas partes se alzan gritos de violencia, se asiste a la vejación de enteras naciones por obra del hambre, de la enfermedad y de la guerra... ¿Cómo es posible que ocurra todo esto, después de que Cristo ha venido, hace dos mil años, para sanar nuestros males? ¿Qué es lo que no va en este mundo nuestro? La respuesta es clara: todo este desorden, efecto del pecado, proviene del uso malo o incorrecto de la libertad por parte del hombre.

El reino de Cristo no se instaurará de modo evidente y definitivo hasta que el Redentor venga gloriosamente al final de los tiempos. Mientras llega ese momento, es responsabilidad de los cristianos hacerlo presente en la época histórica concreta que les ha sido concedido vivir. Regnum Dei intra vos est, ha dicho Jesús. El reino de Dios está dentro de nosotros por medio de la gracia; es un reino de justicia, de amor y de paz, que nos toca a todos difundir por el mundo entero. «El Señor nos quiere entregados, fieles, delicados, amorosos. Nos quiere santos, muy suyos».

2. Hace varios años, el Fundador del Opus Dei escribía: «Estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después... pax Christi in regno Christi —la paz de Cristo en el reino de Cristo».

Una crisis de santos: ésta es la verdadera desgracia de nuestra época y de tantos otros momentos de la historia. Entendedme bien: no se trata de que ahora falten santos, pero la santidad no hace ruido. Es más evidente el pecado, privado de toda eficacia y portador de tantos otros males. A mucha gente que observa el mundo con los ojos de los medios de comunicación, le resultan más atractivas las personas que viven de espaldas a Dios y volcadas sobre las cosas materiales, en lugar de los santos. Es necesario ayudarles a despertar del sopor en el que están inmersos, ya que «el Señor ha confiado en nosotros para llevar almas a la santidad, para acercarlas a Él, unirlas a la Iglesia, extender el reino de Dios en todos los corazones». Pero hemos de comenzar por nosotros mismos; tantas veces también nosotros nos adormilamos y nos olvidamos —al menos en la práctica— de que nuestra meta definitiva es la vida eterna con Dios.

No pensemos, sin embargo, que para ser santos es necesario hacer cosas extraordinarias, o comportarse de un modo extraño. Ser santos —o mejor aún, buscar la santidad, porque santo sólo se es cuando se llega al Cielo— significa luchar con alegría y optimismo todos los días para encaminar y orientar nuestra existencia hacia el Señor también en los detalles pequeños. Aquí se encierra el mensaje del Adviento, como nos recuerda la liturgia de hoy con palabras de San Juan Bautista: ¡Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos! (...). Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.

Algunos, al oír hablar de conversión, pueden pensar que este mensaje se dirige a los que todavía no son católicos. Pero no es así: todos tenemos necesidad de conversión, como nos dice el Espíritu Santo en el libro del Apocalipsis: el justo, que siga practicando la justicia; y el santo, santifíquese todavía más. Nos convertimos a Dios cada vez que rechazamos una tentación o hacemos una buena obra, cada vez que perdonamos las ofensas o pedimos perdón a Dios por nuestros pecados o faltas, cada vez que recomenzamos a comportarnos como cristianos de verdad.

Releamos una vez más algunas palabras del Santo Padre: «Este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno (...). Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección».

3. En este contexto, la figura de la Madre celestial resplandece como refulgente ejemplo para todos nosotros. La Virgen, justamente porque es llena de gracia, es la persona más feliz del mundo y ha sembrado a través de su persona esta alegría profunda. Nadie que se acerque a María queda defraudado: aprende a amar, a servir, a comunicar alegría a los demás. Pero no pensemos que las cosas han sido fáciles para la Virgen. Precisamente por la excelsa misión a la que fue llamada, Dios esperaba de Ella una respuesta fidelísima y constante, a la medida de aquella enseñada por su Hijo, como sucede en las grandes aventuras humanas en las que no se puede bajar la guardia. Este privilegio ha movido a la Madre de Jesús a avanzar día tras día en el empeño y el esfuerzo por alcanzar la santidad. El Concilio Vaticano II afirma que María, con el transcurrir de su vida terrena, «ha avanzado en el camino de la fe» gracias a su ininterrumpida unión de pensamientos, afectos e intenciones con Cristo. Su respuesta generosísima iba poco a poco creciendo, al ritmo de las gracias que recibía de Dios. Ha sido heroicamente fiel en las cosas grandes y en las pequeñas. Dirijámonos a Ella con particular confianza en estos días y supliquémosle que también nosotros no pensemos en otra cosa que en cumplir en todo y para todo la Voluntad de Nuestro Señor.

Madre nuestra, le decimos: eres tota pulchra, toda hermosa, con una belleza singular que nadie ha podido soñar. Tú eres la única criatura sobre la que Dios ha posado su mirada llena de complacencia. Has sido colmada de perfecciones y has correspondido a Dios con todo tu corazón. Haz que también nosotros sepamos responder a las llamadas divinas. Haz que nos empeñemos en serio por ser santos, haz que junto a ti desarrollemos sin tregua un apostolado optimista, sin respetos humanos, queriendo mejor a todos; haz que aprovechemos este trato lleno de caridad para hablar de la gran amistad con Jesús, el Amigo que no traiciona y que nunca nos abandona.

Nos llena de alegría pensar en tus pasos por la tierra. Exteriormente coinciden en todo con los nuestros, porque también nosotros tenemos que ocuparnos de tantas cosas normales: el trabajo, la familia, las relaciones sociales y profesionales; tenemos —como Tú— que estar al tanto de los quehaceres domésticos, interesarnos por las necesidades espirituales y materiales de los demás, particularmente de los más cercanos; tenemos, sobre todo, que cuidar las relaciones personales con Dios, que deben ser siempre nuestra primera ocupación: la oración personal, la participación en los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía.

«El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria». Enséñanos Tú, oh Madre, a cumplir con alegría todos nuestros deberes; haz que nuestra existencia diaria se transforme en unidad de vida, en un canto de alabanza a tu Hijo, al Padre y al Espíritu Santo. A ti confiamos la súplica que la Iglesia pone hoy en nuestros labios: Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta Él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida. Te pedimos que nos ayudes a ser cristianos coherentes con nuestra vocación, a no tener miedo cuando el Señor nos llama. Te pedimos, además, muchas vocaciones al sacerdocio, incluso por medio de nuestra misma palabra y a través, en todo caso, de nuestra oración y mortificación y del ejemplo de nuestra vida, llena de alegría, porque nos sabemos hijos tuyos e hijos de Dios.


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