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40 • Enero - Junio 2005 • Pág. 78
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la casa del Padre, (ABC 5-IV-2005, Madrid)

Juan Pablo II nos ha hablado de muchas maneras. Con encíclicas, homilías, discursos, cartas y libros. De palabra, por escrito, con imágenes. Ha empleado también el lenguaje de los símbolos, con gestos elocuentes, cargados de sentido. Todas esas acciones brotaban del fondo de un alma íntimamente unida a Jesucristo y por eso llevaban consigo la fuerza comunicativa de la Palabra de Dios.

Estos pensamientos venían a mi cabeza con vigor repetitivo en la noche del sábado 2 de abril. Me parecía que toda la jornada era un sucederse de signos de penetrante elocuencia. Por la mañana nos llegaron las palabras entrecortadas que dirigía a los jóvenes, su último mensaje: “Os he buscado, ahora venís junto a mí y os doy las gracias”. Como se dijo en algunos de los programas de televisión en Italia, el 2 de abril ha sido una improvisada e imprevista “jornada mundial de la juventud”. Ya por la noche, 100.000 personas rezaban a la Virgen por el Papa, mientras expiraba. La Virgen acogía benévolamente la oración de los hijos por su padre. “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”. Parece que Juan Pablo II falleció al terminar las oraciones de la Plaza, y que el “Amén” fue su palabra de adiós. Antes, a las ocho, Mons. Estanislao Dziwisz celebró la Santa Misa del Domingo de la Misericordia. ¿Hay alguna palabra más consoladora que podamos pronunciar junto al lecho de muerte de una persona amada? La Misericordia de Dios Padre, que siempre te ha acompañado, te espera en el Cielo, morada definitiva del Amor.

Ante mis ojos, la jornada del 2 de abril aparecía densa de simbolismo, coincidencias imposibles de prever, imposibles de organizar. Sólo la Providencia de Dios, rico en misericordia, puede reunir la oración de miles de hijos por su padre, ante la Virgen María, en vísperas de la fiesta universal de la Misericordia.

Todas esas circunstancias nos interpelan, no sólo con el lenguaje de las palabras, tampoco con la expresividad de las emociones, sino con la belleza de los símbolos, que imprimen una huella indeleble en el alma.

La liturgia que se celebrará en las exequias de Juan Pablo II trae a nuestro labios una hermosa oración, en el prefacio de la misa de difuntos, que nos confirma en “la esperanza de nuestra feliz resurrección”. ¡Con qué claridad siente ahora la Iglesia que, “aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad”! ¡Qué natural nos resulta imaginarnos al Papa en la presencia de la Trinidad Santísima, vivo ya para siempre, porque sabemos que “la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”!

Juan Pablo II se ha caracterizado por sus muchas cualidades y facetas, y no faltarán en estas horas quienes enaltezcan su papel en la historia de la Iglesia y de la humanidad, sus virtudes humanas y sobrenaturales, sus talentos. Para mí —como para innumerables hombres y mujeres en todo el mundo—, el Papa ha sido, antes que nada, un padre. En su persona hemos experimentado de modo muy intenso que la Iglesia está unida por los lazos de comunión propios de una familia; que el Papa es un padre para los católicos de los más diversos países, que es principio y fundamento de unidad en la Iglesia, fuente de fraternidad entre todos los hombres, promotor de la paz.

Me atrevería a decir que Juan Pablo II ha representado de modo excelso el papel principal de su vida, el papel de padre, la función de vicario de Cristo. Imagen, con toda su personalidad; y símbolo vivo entre nosotros. Ojalá sepamos entender y secundar todo lo que Dios nos pide, de modo tan claro y cercano, y acertemos a hacer de la Iglesia, como Juan Pablo II nos ha reclamado, “casa y escuela de la comunión”.

Se acumulan hoy los motivos de agradecimiento. A Dios por el don de este Papa. A Juan Pablo II por su fidelidad fuerte y dulce; a tantas personas —eminentes o desconocidas— que han sido sus colaboradores en estos casi ventisiete años; especialmente a quienes le han cuidado con amor filial hasta el último momento: a Mons. Dziwisz —don Estanislao—, fiel asistente de toda una vida; a esas religiosas cuyos nombres no aparecen en los periódicos; a Polonia, que ha regalado a la Iglesia este hijo ilustre; a los médicos; a los periodistas que nos están contando, con emoción compartida, estos momentos difíciles y únicos... No hay espacio aquí para una lista, pero es de justicia expresar al menos de modo genérico la gratitud de los hijos de la Iglesia hacia aquellas personas que han estado siempre cerca y han servido fielmente a este siervo bueno y leal que el Señor ha recibido con un abrazo en el Cielo.

Juan Pablo II ha repetido con frecuencia, también cuando le pedían que no se gastara tanto físicamente, estas palabras: “después de un Papa viene otro”. Pienso que esa expresión manifestaba su conciencia de estar de paso en este mundo, como todos, pero también su certeza de no haber sido puesto por el Espíritu Santo en la sede de Pedro para ser aclamado como hombre, sino para esforzarse en que los hombres aclamen a Dios.

En estos días los católicos rezamos ya por el próximo Papa, sea quien sea. Ya le queremos con toda el alma, aun antes de conocerlo. Y rogamos a nuestro queridísimo Juan Pablo II que interceda ante Dios por su sucesor. Me vienen a la memoria unas palabras de san Josemaría Escrivá de Balaguer: “Para tantos momentos de la historia, me parecía una consideración muy acertada aquella que me escribías sobre la lealtad: llevo todo el día en el corazón, en la cabeza y en los labios una jaculatoria: ¡Roma!”. Un nombre de ciudad, una oración, un lazo de unión para todos los católicos, para todos los hombres de buena voluntad.


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