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40 • Enero - Junio 2005 • Pág. 140
 
 
 
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20º aniversario de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz

Recogemos la conferencia pronunciada por el cardenal Saraiva Martins:

Es para mí un motivo de particular satisfacción tomar la palabra en la celebración del vigésimo aniversario de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, no sólo porque conozco el elevado nivel científico y el profundo sentido eclesial de esta Universidad, sino porque a lo largo de estos veinte años he tenido ocasión de seguir muy de cerca su trayectoria, todavía breve pero ya fecunda.

Mis años como profesor y rector de la Pontificia Universidad Urbaniana coincidieron con los primeros pasos de lo que hoy es la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Fue en los años ochenta cuando supe que un grupo de profesores residentes en Roma iba a dar vida a las Secciones de Teología y Derecho Canónico, con la orientación y el patrocinio de las prestigiosas facultades de esas mismas materias de la Universidad de Navarra. El 9 de enero de 1985, la Congregación para la Educación Católica emanó el Decreto con el que se erigían ambas secciones: nacía así el Centro Académico Romano de la Santa Cruz.

En mayo de 1988 fui nombrado secretario de la Congregación para la Educación Católica. A partir de ese momento, las informaciones sobre el Centro Académico Romano me llegaron por vía directa y oficial. El 9 de enero de 1990, después de haber verificado el desarrollo alcanzado por el Centro Académico Romano de la Santa Cruz, la Congregación procedía a promulgar el Decreto con el que éste pasaba a ser Ateneo Romano de la Santa Cruz y erigía no sólo la Facultad de Teología, sino también la de Filosofía, a las que luego se unió también la de Derecho Canónico. La institución daba así un importante paso adelante en el proceso de consolidación. Algún tiempo después, cuando yo todavía estaba en la Congregación para la Educación Católica, tuvieron lugar otros dos acontecimientos muy significativos para el crecimiento del Ateneo: la concesión por el Santo Padre, el 26 de junio de 1995, del título de ‘Pontificio’, y la creación, el 26 de febrero de 1996, de la Facultad de Comunicación Social Institucional.

En mayo de 1998, Juan Pablo II me concedió el honor de ser nombrado Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. El momento culminante para la historia de la institución en la que nos encontramos, esto es, su elevación al rango de Pontificia Universidad, llegó a mi conocimiento, como es natural, con menos inmediatez que los momentos anteriores del proceso que había conducido a ese hito. De todos modos, mis relaciones directas con la ya Pontificia Universidad de la Santa Cruz son continuas, aunque ciertamente desde otra perspectiva. Como Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, el 6 de octubre de 2002 tuve la inmensa alegría de participar en la solemne canonización de san Josemaría Escrivá, a cuyo celo apostólico y sacerdotal se debe la creación de la Universidad. Y hace poco me ha tocado emitir el nihil obstat para el inicio del proceso de beatificación y canonización de su Fundador y primer Gran Canciller, el siervo de Dios, Mons. Álvaro del Portillo.

Los hechos que he mencionado documentan plenamente las razones por las que, como dije al comienzo, el hecho de poder estar presente en este acto es para mí un motivo de especial satisfacción. Podría ampliar esta narración extendiéndome en comentarios y consideraciones, pero no es este el momento de hablar de mi persona, sino de la institución de la que celebramos el vigésimo aniversario. Por esto, parece oportuno, dando por concluidas las referencias históricas, dedicar el resto de la intervención a tratar, aunque sea brevemente, sobre el espíritu universitario, del que esta Universidad y su cuerpo docente ofrecen un brillante ejemplo.

Desde los tiempos del nacimiento de la institución universitaria hasta nuestros días, se ha reflexionado y escrito sobre la universidad. Son, por tanto, muchos los testimonios, antiguos y modernos, a los que se podría recurrir como guía para estas consideraciones. En una ocasión como la de hoy, me parece particularmente adecuado acudir a las palabras que Mons. Álvaro del Portillo pronunció, como Gran Canciller del Centro Académico Romano de la Santa Cruz, el 20 de noviembre de 1985, en la inauguración del primer año académico del Centro: «En el ámbito de la sociedad civil, la universidad —con sus tareas de enseñanza e investigación, con su aspiración a profundizar en las fuentes de la sabiduría y de la ciencia— es la vanguardia de las vías recorridas por los hombres. Esta verdad, que es válida para todas las universidades, lo es con mayor razón para las universidades en las que se cultivan las disciplinas eclesiásticas: en efecto, el estudio y la enseñanza de las ciencias sacras, siempre en unión con el Magisterio de la Iglesia y bajo su guía, abren el camino que debe recorrer el cristiano e indican la meta final hacia la que debe dirigir sus pasos». «El Centro Académico Romano de la Santa Cruz —proseguía Mons. del Portillo— trata de realizar fielmente este proyecto»1.

Las palabras apenas citadas, que pueden despertar el recuerdo emocionado de muchos que hoy trabajan en la Pontificia Università della Santa Croce, indican los tres puntos fundamentales para la configuración de un centro universitario que ahora querría, brevemente, comentar: a) la unión entre los diversos saberes; b) la formación de las personas; c) el servicio a la cultura y, desde un punto de vista cristiano, la gran tarea de la evangelización.

a) Diversidad y diálogo entre las ciencias

La existencia de una diversidad de ciencias y, a la vez, la necesidad de una conexión entre ellas, ha sido advertida desde la antigüedad y ha dado lugar a profundas reflexiones epistemológicas —baste pensar en Aristóteles—. La genialidad de la época medieval consistió en unir estas diversas ciencias en una única institución en la que todas coexistiesen —de aquí el nombre de universitas scientiarum— y, como consecuencia, fuesen estímulo recíproco. No faltaron momentos de desencuentro y de oposición, pero la institución universitaria se reveló no sólo eficaz, sino también capaz de adecuarse a situaciones culturales muy distintas, y con estas propiedades ha llegado a nuestros días.

Un análisis de la vida de la universidad muestra que un elemento determinante para su fecundidad viene no sólo de la coexistencia ente los saberes, sino también de otros factores, entre los que quisiera evidenciar dos. Por un lado, la constitución de una comunidad en que se reúnen maestros y discípulos. Por otro, en íntima conexión con lo precedente, la decisión de unir docencia e investigación, de forma que los maestros transmitan a los discípulos no sólo los conocimientos ya adquiridos, sino también el deseo de progresar en el saber y las metodologías e instrumentos que permiten plasmar este deseo en realizaciones efectivas.

No es este el momento de trazar una historia de la institución universitaria, ni tampoco —objetivo menos ambicioso, pero extraño también a la finalidad que me he propuesto— de mostrar cómo la existencia o inexistencia de la cooperación entre los investigadores de las diversas materias (interdisciplinariedad se dice ahora), ha firmado siempre las etapas del progreso o de la decadencia de la universidad. Ese gran universitario que fue san Josemaría Escrivá lo percibió claramente, y por eso promovió en múltiples ocasiones el diálogo y el trabajo en equipo, con una actitud en la que predominaba el espíritu de servicio y el amor por la verdad. Porque —citamos sus palabras—, «el amor por la verdad impregna la vida y el trabajo del hombre de ciencia, y sostiene su rectitud en las posibles situaciones difíciles»2. Ningún investigador movido por un interés auténticamente científico y, en términos más amplios, ningún cristiano, puede «admitir el miedo a la ciencia, porque cualquier labor, si es verdaderamente científica, tiende a la verdad»3.

San Josemaría Escrivá supo además subrayar la necesidad de unir la rectitud moral y el amor a la verdad con el respeto por la autonomía de los saberes y, por tanto, por la legítima libertad de los docentes e investigadores, de acuerdo con una concepción unitaria del mundo y del hombre que pone siempre el saber al servicio de la persona. Su mentalidad universitaria se fundía así con su condición de cristiano y de sacerdote, en un potenciarse recíproco. Sus textos en este sentido son numerosos. Nos limitaremos aquí a citar sólo uno de los más significativos, tomado de una entrevista concedida en octubre de 1967: «la religión es la mayor rebelión del hombre que no quiere vivir como una bestia, que no se conforma —que no se aquieta— si no trata y conoce al Creador: el estudio de la religión es una necesidad fundamental. (...) Por eso la religión debe estar presente en la Universidad; y ha de enseñarse a un nivel superior, científico, de buena teología. Una Universidad de la que la religión está ausente, es una Universidad incompleta: porque ignora una dimensión fundamental de la persona humana, que no excluye —sino que exige— las demás dimensiones»4.

b) Formación de hombres


La frase apenas citada hace referencia a algunas realidades concretas. Por un lado, a la subordinación de la sociedad al bien de la persona humana y, más concretamente, al bien de la persona humana entendida en toda su riqueza, esto es, abierta a Dios y llamada a la unión con Él. Por otro lado, a la autonomía o especificidad de toda ciencia, ya que esta orientación última, podríamos decir teologal, del ser humano y de sus diversas actividades no ignora, más bien supone, la existencia de otras dimensiones, ciertamente menos altas pero igualmente constitutivas del ser humano, lo que, en el caso concreto de la universidad, implica seriedad en la investigación, dedicación a la docencia, profesionalidad en el conjunto de los deberes propios de la vida académica.

Dicho esto, y por tanto reafirmada la autonomía de toda esfera del saber, conviene repetir que la sociedad humana no está formada por máquinas ni por esclavos, sino por seres vivos, dotados de inteligencia y libertad. Por esto, las instituciones que integran y componen la sociedad deben gozar de vida propia, deben tener unos ámbitos propios de actividad en los que puedan moverse con autonomía y que sean respetados por el resto del cuerpo social, y al mismo tiempo deben integrarse en el cuerpo social armónicamente, dando vida a una convivencia sincera y auténtica. Destruyen la vida social no sólo la sumisión violenta a una autoridad despótica o la negación de toda autonomía, sino también el egoísmo, la preocupación excesiva y egocéntrica por el propio interés.

San Josemaría Escrivá tuvo clara conciencia de lo anterior. De hecho, en su predicación hay dos realidades que están siempre unidas: libertad y responsabilidad. Libertad, entendida como don divino en virtud del cual todo ser humano es llamado a decidir sobre la propia vida; y responsabilidad, como actitud espiritual, como nobleza de ánimo por la que todo ser humano, hombre o mujer, asume conscientemente su vocación, el papel que es llamado a desempeñar en la historia delante de Dios, y coordina su actividad con la de los demás.

La universidad —afirma san Josemaría, aplicando a la institución universitaria este enfoque de fondo— debe gozar de “vida propia”, «ha de tener la independencia de un órgano en un cuerpo vivo: libertad, dentro de su tarea específica en favor del bien común»5, puesto que «la universidad tiene como su más alta misión la de servir a los hombres y ser fermento de la sociedad en que vive»6.

Si continuáramos leyendo sus textos, nos daríamos cuenta pronto de que este ideal, esta unión entre libertad y responsabilidad, comporta para la universidad dos consecuencias fundamentales: el ya mencionado amor por la verdad, con cuanto de él se deriva, y la atención al discípulo como persona. El rigor científico, la pasión por el progreso de la ciencia, la emoción que se siente al realizar nuevos descubrimientos, no deben llevar nunca al hombre de ciencia a olvidar que es no sólo un investigador, sino un ser humano, y que asimismo quienes le escuchan en sus clases o participan en su trabajo de investigación no son sólo discípulos o colaboradores sino hombres o mujeres, personas humanas. Su trabajo como universitario no tiene como meta sólo el progreso de la ciencia, la propia y la ajena, sino también, e inseparablemente, la formación de cuantos le son cercanos como personas.

«No hay universidad propiamente dicha —llegó a escribir san Josemaría— en las escuelas en las que a la transmisión del saber no se une la formación integral de la personalidad de los jóvenes»7. La universidad debe ser una institución formadora de hombres, a través de la elevación de su mente y de su espíritu. A esta meta contribuye no sólo el tono general de una docencia que se desarrolla en sintonía con la verdad científica y con las exigencias del propio tiempo, sino también —y me agrada recordarlo en un lugar, la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, donde todo esto se cuida mucho— la relación cordial entre profesores y alumnos, así como —aunque pueda parecer un aspecto de menor importancia— la belleza y el decoro de los edificios.

c) Servicio a la evangelización

«La universidad no vive ignorando las dudas, las inquietudes, las necesidades de los alumnos. No es su misión la de ofrecer soluciones inmediatas; pero estudiando con profundidad científica los problemas, mueve también los corazones, sacude la pasividad, despierta las fuerzas dormidas y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa»8. Estas palabras, pronunciadas por san Josemaría en otro discurso académico, completan cuanto se ha dicho en los párrafos precedentes, y a la vez nos introducen en el tercero y último de los puntos que quiero desarrollar.

Hablar de la universidad, y en particular de una universidad que, fiel a su nombre, promueve no sólo el crecimiento de la ciencias sino también la formación de cuantos la frecuentan, es hablar del futuro, del sucederse de las generaciones. Más concretamente, del empeño gracias al cual las generaciones presentes van preparando el camino a las sucesivas, de modo que de unas a otras, abrazando el tiempo, se proceda al progresivo desarrollo de la humanidad. Esta tarea requiere trabajo, dedicación, empeño. Y, para orientar todo este esfuerzo, se necesita una adecuada concepción del ser y del destino del hombre, algo a lo que ya me he referido pero que ahora resulta oportuno evocar de nuevo, ya que las sociedades son siempre el reflejo de la idea que los seres humanos tienen de sí mismos. Cristo, en quien se contiene la verdad sobre Dios y sobre el hombre, es la guía segura, más aún, imprescindible.

Juan Pablo II lo declaró con decisión en la primera de sus encíclicas, en la que invitaba a mirar a Cristo, «centro del cosmos y de la historia», y a orientar enteramente hacia Él todas nuestras facultades: inteligencia, voluntad, corazón9. Una llamada no menos apremiante nos ha sido dirigida de nuevo muchos años después, cuando en la Novo millennio ineunte el Romano Pontífice ha trazado el programa para el periodo histórico en el que nos encontramos: «Duc in altum! ¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo»10.

Hace tan solo unos meses, proclamando el año de la Eucaristía, Juan Pablo II reconocía que los buenos auspicios con que había comenzado el milenio se han visto truncados y que «se ha ido perfilando así un panorama que, junto con perspectivas alentadoras, deja entrever oscuras sombras de violencia y sangre»11. El Papa, sin embargo, no retrocede, no abandona el empeño, es más, reafirma con decisión su esperanza: «invitando a la Iglesia a celebrar el Jubileo de los dos mil años de la Encarnación, estaba muy convencido —y lo estoy todavía, ¡más que nunca!— de trabajar “a largo plazo” para la humanidad» 12. «¡Más que nunca!»: por encima de dudas y dificultades, el cristiano debe confirmarse en la seguridad del amor de Dios manifestado en Cristo, y vivir y actuar en consecuencia.

En san Josemaría Escrivá encontramos esta misma actitud de fe, esta misma confianza en la fuerza con que la palabra y la vida de Cristo pueden incidir en la historia. Los textos en este sentido son muchos, y he escogido uno que proviene precisamente de uno de sus discursos académicos y que tiene como horizonte el trabajo universitario: «Salvarán este mundo nuestro (...), no aquellos que buscan narcotizar la vida del espíritu, reduciendo todo a cuestiones económicas o de bienestar personal, sino quienes tienen fe en Dios y en el destino eterno del hombre y saben recibir la verdad de Cristo como luz que orienta la acción y la conducta»13. Se realizarán como cristianos, y como consecuencia servirán a sus conciudadanos, quienes reconozcan y reciban la fe como verdad plena: no sólo como luz que les consuela en momentos de tribulación, sino como empuje que les lleva a emprender y a recomenzar, cuando sea necesario, obras de compresión y de servicio.

Llego al final de mi intervención. Las consideraciones y los textos que preceden son bien conocidos a quienes componen el claustro académico de la institución en la que nos encontramos. Para la Universidad de la Santa Cruz el adjetivo ‘pontificia’ no es, no lo ha sido nunca, un título meramente decorativo, sino una calificación que la compromete profundamente, invitándola a una fidelidad activa al Romano Pontífice y, en unión con el Romano Pontífice, a la Iglesia en su conjunto. Este es el espíritu que, haciendo eco al celo sacerdotal y apostólico de san Josemaría Escrivá, le infundió su fundador, Mons. Álvaro del Portillo, y que su actual Gran Canciller, Mons. Javier Echevarría —de cuya amistad me honro—, continúa recordándonos.

Han pasado veinte años desde que la actual Pontificia Universidad de la Santa Cruz comenzó su camino. Un lapso de tiempo breve para una institución, pero lleno de logros, precisamente gracias a la fidelidad al espíritu fundacional. No me queda más que desear que los años futuros, vividos siempre con la misma actitud intelectual y espiritual, sean tan fecundos como los ya transcurridos, si no más.


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