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41 • Julio - Diciembre 2005 • Pág. 271
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Dispuestos a escuchar, preparados para responder, palabras sobre la Jornada Mundial de la Juventud Roma 13-VIII-2005

Durante el inolvidable encuentro de bienvenida de la JMJ del 2000, en Roma, Juan Pablo II preguntaba a los jóvenes: “¿Qué habéis venido a buscar? ¿A quién habéis venido a buscar?”. Eran las palabras apasionadas de un hombre entrado en años que ama con el corazón joven y que es capaz de contagiar el amor a Cristo a otros jóvenes. Las JMJ han sido siempre esto: muchachas y muchachos de todo el mundo que vienen a ver al Papa buscando a Cristo. De este encuentro personal con el Señor dependen cosas grandes, para la vida de cada una, de cada uno; grandes cosas, también para la vida de la Iglesia entera y de la sociedad.

Al inaugurar su pontificado, Benedicto XVI proclamó que la Iglesia es joven, que la Iglesia está viva. La Iglesia está viva —dijo— porque Cristo vive. La historia “grande” de la Iglesia se juega en las historias “personales” de amistad con Jesucristo, “sólo con esta amistad —nos dice el Papa— se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera”. Vamos a Colonia con la ilusión de volver a saborear la perenne juventud de la Iglesia, que se mantiene gracias a la amistad con Jesucristo. Durante la JMJ se percibe que algo germina, que una nueva planta nace. En las mujeres y en los hombres de hoy —y más todavía en los jóvenes— hay una gran sed de esperanza, sueños de felicidad, afán de sentido, deseos de encontrar algo por lo que merezca la pena dar la vida. Y, al mismo tiempo, hay dudas, rebeldía ante la injusticia, conciencia de la propia debilidad, a veces miedo. Afanes que en Cristo encuentran su respuesta; sombras que se desvanecen con su luz.

La Iglesia guarda en su seno el futuro del mundo, ha señalado también Benedicto XVI al comenzar su pontificado. El futuro tiene directa relación con los jóvenes. De la generosidad de los jóvenes depende en gran parte la proyección de la Iglesia en el espacio y en el tiempo. Ellos son también portadores del mensaje de Cristo a su generación y a las generaciones venideras. Ellos han de esparcir la semilla de la caridad, la semilla de la castidad, que es expresión de amor auténtico. Cuando parece que el mundo se aleja más de Dios, podemos pensar que el mundo necesita más a Dios: hoy más que nunca, el mundo necesita la alegría de los jóvenes discípulos de Cristo.

El Papa ha otorgado a los participantes en este encuentro la posibilidad de lucrar la indulgencia plenaria. Nos recuerda así que la amistad personal con Jesucristo, que es fuente de alegría, pasa a través de los sacramentos. Cristo que nos perdona en la Confesión y Cristo que se nos entrega en la Eucaristía.

El Sacrificio del Altar es el centro y el tema de esta JMJ, y de todo este Año. Las catequesis que preceden la llegada del Santo Padre, la Vigilia del sábado y la Misa del domingo giran todos alrededor de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía: venido a adorarte”, como los Reyes Magos fueron a Belén. Rezo por los frutos de conversión de cada uno de los que participaremos en estas Jornadas en Colonia, y la pido en primer lugar para mí. Hemos de convencernos de que siempre es posible convertirse de nuevo, transformar el corazón. Hemos de convencernos de la urgencia fascinante de seguir de cerca a Jesucristo, “según la vocación que Dios ha indicado a cada uno” (Decr. acerca de las Indulgencias concedidas en ocasión de la XX JMJ, 8.8.2005). La llamada de Dios resuena en el alma, como algo muy íntimo y personal. Y la respuesta repercute también en el propio ambiente, en la sociedad a la que pertenecemos.

Decir que sí a Dios, equivale a dar a la propia existencia un sentido de servicio, a ponerse a disposición de los demás. Tal vez hay que superar cierto temor natural, que todos experimentamos ante las decisiones grandes y comprometidas. “¡No tengáis miedo!”: en estas palabras de Cristo, repetidas por el queridísimo Juan Pablo II, encontraremos la audacia que necesitamos. Le hizo eco, desde el primer día, Benedicto XVI: “quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande”. Cristo da todo y no quita nada. Vale la pena afrontar esta magnífica aventura divina y humana.


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