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41 • Julio - Diciembre 2005 • Pág. 272
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Entrevista concedida a la agencia de noticias alemana DPA Colonia 16-VIII-2005

¿Cómo va a ser su participación y la de los miembros y amigos del Opus Dei en la Jornada Mundial de la Juventud?

Personalmente, voy a Colonia lleno de fe y de esperanza, con la ilusión de volver a experimentar que la Iglesia es joven, como ha dicho el Santo Padre desde el primer día de su pontificado. La Jornada Mundial de la Juventud constituye un momento de encuentro, en el que tendremos ocasión de comprobar la importancia de la fe para los jóvenes y la gran importancia de los jóvenes para la Iglesia. Los participantes escucharán las reflexiones del Papa; el Papa escuchará las esperanzas de la juventud. Estoy seguro de que todos regresaremos de Colonia con deseos renovados de seguir y amar más a Jesucristo.

Pienso que los fieles del Opus Dei —que participan en la Jornada sin formar un grupo, de formas muy variadas, con diferentes diócesis y organizaciones— acuden con esa misma disposición de apertura al momento de gracia.

¿Como ve usted la relación entre los jóvenes de hoy y la Iglesia? ¿Qué puede ofrecerles la Iglesia hoy en día?

Si me permite la expresión, diría que se trata de una relación de mutua dependencia: los jóvenes necesitan a la Iglesia, con necesidad vital; la Iglesia necesita a los jóvenes, porque son parte importante del Pueblo de Dios. A través de la Iglesia los jóvenes llegan al conocimiento de Jesucristo: Dios hecho hombre, la respuesta a los más profundos anhelos, la fuente de la verdadera felicidad. Ellos y ellas dan a la Iglesia nueva vida, cuando descubren con entusiasmo la figura y el mensaje de Cristo, y transmiten el entusiasmo de su descubrimiento a las nuevas generaciones. En este sentido, ellos mismos son la Iglesia, constituyen, con los pobres y los enfermos, un especial tesoro.

Ciertamente, la relación de la Iglesia con los jóvenes presenta también obstáculos y dificultades: por una parte, durante la juventud se experimentan la esperanza y la generosidad, pero también no pocas inquietudes; por otra, los jóvenes no siempre perciben de modo adecuado la verdadera naturaleza de la Iglesia, quizá a causa de lo que podríamos llamar problemas de comunicación, propios de este tiempo nuestro, caracterizado por el exceso de información y la falta de orientación. Esa circunstancia invita a los católicos a actuar con conciencia y responsabilidad de hijos de Dios; y a mantener el esfuerzo de transmitir con coherencia lo esencial de nuestra fe.

Hemos de ofrecer, a los jóvenes que buscan el sentido de la vida, el testimonio sincero de nuestra felicidad y de nuestro compromiso, cada uno en sus propias circunstancias.
¿Cómo describiría al Papa Benedicto XVI?

Yo le veo, y quiero verle siempre, como el Padre bueno de la Iglesia. Y no iría más lejos en mi descripción, porque esa palabra —Padre— lo resume todo. Ciertamente, la Providencia le ha ido preparando para su misión de Romano Pontífice. Con todos sus años de ministerio ha adquirido un conocimiento privilegiado de la realidad de la Iglesia en el mundo; una aguda percepción de los retos que plantea la cultura contemporánea; una clara visión de conjunto que le permite intuir los caminos de la voluntad de Dios para la Iglesia en nuestro tiempo.

Si tuviera que resumir en una expresión su trayectoria y su perfil, diría: sabiduría humilde y paz contagiosa. Esto tiene una manifestación claramente visible en el Papa: su gran capacidad de escuchar, de comprender y de buscar respuestas que sacien la sed de Dios de las mujeres y los hombres de hoy.

¿Cómo ha sido su trato con él hasta ahora? ¿Conoce y aprecia al Opus Dei tanto como su predecesor?

Antes que nada, quiero decir que, en mi opinión, cualquier comparación sería fácilmente reductiva. De todos modos, puedo afirmar que actualmente Benedicto XVI conoce mejor el Opus Dei de cuanto —al comenzar su Pontificado, en 1978— lo conocía Juan Pablo II. Pero, insisto, la relación del Santo Padre con los fieles católicos y las instituciones de la Iglesia no se mueve sólo en el terreno del conocimiento, sino en el ambiente propio de la comunión y el afecto, paterno y filial. Y en esto no hay diferencias.

¿Cómo es la expansión del Opus Dei en Alemania? ¿Tenía San Josemaría alguna relación especial con este país?

El Opus Dei crece de modo natural, su mensaje se difunde de persona a persona, de uno en uno. La medida del apostolado es una medida humana, aunque el motor del apostolado es siempre la gracia de Dios, que tiene sus ritmos y su lógica.

En Alemania, la labor del Opus Dei —como pienso que sucede con la Iglesia en general— se extiende de modo particular entre familias jóvenes: personas que desean compartir su experiencia de la fe, recurrir a la ayuda de unos medios de formación cristiana compatibles con los deberes ordinarios.

Me consta que, en diferentes ciudades, son muy numerosas las personas que participan en las actividades apostólicas. En la Misa que el Cardenal Meisner celebró en enero de 2002, con ocasión del centenario del nacimiento de San Josemaría, la Catedral de Colonia era un hervidero de personas.

San Josemaría estuvo en diversas ocasiones en Alemania. Tuve la suerte de acompañarle, por primera vez en 1958, y comprobé que sentía admiración por esta tierra y por este pueblo y sus virtudes. Confiaba mucho en la aportación que los católicos alemanes pueden seguir haciendo a la labor evangelizadora de la Iglesia. También aquí, como en todos los lugares,vino a aprender, a querer, a servir.
El Opus Dei sufrió en los años 70 y 80 en Alemania fuertes ataques en los medios de comunicación. Pasado el tiempo, ¿cómo contempla el Opus Dei aquellos años?

Con serenidad. Por una parte, es obvio que los medios de comunicación no son infalibles, y padecer sus ataques, cuando carecen de base, no tiene mayor trascendencia. No quiero dar una visión negativa de los medios de comunicación, que tantos servicios prestan a la sociedad. Me refiero a que —como todo lo humano— pueden cometer errores. Al igual que en otros campos, los mismos que se equivocan, rectifican noblemente.

Por otro lado, los ataques no son algo nuevo ni en la Iglesia en general ni en el Opus Dei en particular. Si me permite estas expresiones, forman parte del guión, están en el presupuesto. Mi experiencia es que, al final, son un modo de extender el conocimiento del Opus Dei a muchas más personas.

¿Podría describir brevemente al Fundador? ¿Qué es lo principal que aprendió de él?

Quizá podamos tomar la descripción que Juan Pablo II hizo en su libro “¡Levantaos, vamos!”: un sacerdote santo, para los tiempos modernos, porque recordó la importancia de la santidad de la vida ordinaria, precisamente cuando observamos esa fractura entre fe y vida cotidiana, que el Concilio Vaticano II y los últimos Papas han señalado como uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. A salvar esa división, personal y social, nos ayuda el mensaje de San Josemaría.

Siempre me resulta difícil resumir todo lo que he aprendido de este santo sacerdote. Desde luego, me ha quedado grabada para siempre su capacidad de querer: vivía para Dios y para los demás, y se entregaba del todo.


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