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42 • Enero - Junio 2006 • Pág. 74
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Roma 13-IV-2006

En la Misa In cœna Domini, Iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, Roma

1. Desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum! Son palabras dirigidas a los Apóstoles y, en ellos, a toda la Iglesia, a nosotros, que nos recuerdan ese momento inefable que estamos conmemorando en la solemnidad del Triduo Pascual.

Cada palabra, cada gesto de Jesucristo —palabras y gestos de Dios—, es una invitación con múltiples facetas, que exige de nosotros una correspondencia múltiple también, porque Él se nos ha entregado del todo. No se ha desentendido el Maestro, en ningún momento, de su misión de Redentor. Todo lo que hizo, todo lo que pensó, todo lo que habló, todo lo que rezó, y también sus tiempos de trabajo y de descanso en Nazaret o más tarde con los discípulos, está orientado al Sacrificio de la Cruz, que se hace presente para los hombres con la celebración de la Santa Misa. Por la Gracia que Él nos ha conseguido, y que nos concede constantemente, tenemos la capacidad de que, como decía San Josemaría, nuestra vida sea “esencialmente eucarística”.

Esencia, lo sabemos bien, es lo que define cada realidad. Por eso, con la ayuda que del Cielo nos llega, ¡qué obligados estamos a unir nuestra conducta a la Eucaristía! Sí, hemos de esforzarnos por no estar lejos del Santísimo Sacramento; hemos de aspirar a la consecución de ese ruego que Santo Tomás de Aquino plasmó en el himno Adoro te devote: præsta meæ menti de te vivere! Concédeme, Señor, que no sepa vivir sin Ti.

2. Debe colmarnos de alegría y empujarnos a mejorar nuestro comportamiento diario, esta posibilidad de movernos con Cristo, en Cristo, por Cristo. Tengamos la certeza de que, aunque a veces este don gozoso exija lucha —y lucha dura— no hay mayor bien aquí en la tierra, que caminar en la amistad con Dios.

En el Cenáculo, en la institución de la Eucaristía, a lo largo del sermón sacerdotal, Jesús nos muestra de manera patente que es el Enmanuel, el Dios con nosotros, y nos puntualiza que la amistad que nos ofrece es precisamente gustar de su intimidad con el Padre. Aquellos hombres que le escuchaban eran débiles, como nosotros. Consuela y fortalece esta realidad que se nos narra, para perseverar en el bien: Jesucristo no excluye a nadie. Sólo el hombre con un corazón endurecido, que no quiere cambiar, es capaz de cerrar su alma, de llegar a todas las traiciones.

Hagamos el propósito de frecuentar más intensamente la Eucaristía, ¡ojalá fuera a diario!, con la persuasión de que somos nosotros los beneficiados. No nos alejemos de Él, desde luego con la lucha diaria para rechazar el pecado, y para excluir la actitud del mal amigo que abandona a quien le quiere, hasta entregar su vida.

3. Desde el primer momento de su Pontificado, Benedicto XVI ha insistido en la centralidad de la Eucaristía en la Iglesia, y en la conducta de cada uno de los hijos de la Iglesia. Entre otros muchos recursos, nos ha traído a la mente la determinación con que aquellos mártires de la primitiva cristiandad, ante la incomprensión y la amenaza del perseguidor, afirmaban sin titubeos: sine Dominico non possumus!

Esos hombres y mujeres respondían así a la prohibición de celebrar el día del Señor. Nosotros, que también conocemos cómo Dios nos ama, hemos de aplicar esa expresión a nuestras jornadas. Te lo deseo sinceramente: incorpora a tu plan de cada día la asistencia a la Misa y la recepción de la Eucaristía.

No cabe olvidar que también ahora abundan los tiranos que malévolamente se obstinan en que no aprovechemos el tesoro de la Eucaristía. Y pueden estar dentro de nosotros con la comodidad, con la soberbia, con la sensualidad, con el flagelo de una conducta tibia.

O quizá los encontremos en el ambiente, donde no se admite la realidad de que la criatura sin Dios es nada y menos que nada. Reaccionemos con una valentía alegre, sin permitir que los respetos humanos nos atenacen o nos impidan dar testimonio de nuestra fe.

4. Por eso, aunque no falten obstáculos a tu alrededor —también el Señor los encontró, y nos anunció que no es el discípulo más que el Maestro— se ha repetido en la Historia —también ahora sucede— que muchas personas, al observar una conducta cristiana, experimentan la saludable crisis de la conversión. Sí, de nuestra propia piedad eucarística depende la vuelta a la fe, o el comienzo de ese itinerario, de tantos hombres en el mundo.

Juan Pablo II comentó que en la Eucaristía, por estar realmente presentes el Cuerpo y la Sangre de Cristo, se encuentra una fragancia de la Virgen que, por obra del Espíritu Santo, dio el Cuerpo y la Sangre a nuestro Redentor. Acudamos a la intercesión de María para ser almas de Eucaristía.


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