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42 • Enero - Junio 2006 • Pág. 76
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Roma 15-IV-2006

En la Misa de la Vigilia Pascual, Iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, Roma

1. Queridas hermanas y queridas hijas mías:

Ayer asistimos a la Pasión y Muerte del Señor. Los Oficios del Viernes Santo terminaron significando la sepultura de Cristo: el altar desnudo, sin manteles ni candeleros, nos recuerda que Jesús yace en el sepulcro. Los Apóstoles y la Santas Mujeres piensan que todo ha terminado: la aventura junto a Cristo, que había encendido tantas luces en sus almas, parece que ha terminado. Una gran oscuridad llena toda la tierra: es lo que simboliza la ceremonia de hoy, que comienza con todas las luces apagadas.

La Vigilia Pascual es la más solemne ceremonia litúrgica de la Iglesia. Procuremos vivirla junto a María: en Ella no se apagó la luz de la fe y de la esperanza, porque ni por un momento dudó de que se cumpliría la promesa de su Hijo: “al tercer día resucitaré”. Sólo Ella se acuerda, reza, espera y procura evitar que los discípulos se desanimen, se dispersen. Nosotros sabemos ya que Cristo ha resucitado y que con su Resurrección ha derrotado definitivamente al pecado, al demonio y a la muerte. Dios no podía permitir que el cuerpo de su Hijo viera la corrupción, y lo unió de nuevo al alma para no morir más. Éste es el gran anuncio que hace hoy la Iglesia al mundo entero: ¡Cristo ha resucitado! «¡La Vida pudo más que la muerte!», como se expresaba lleno de gozo San Josemaría.

Ha resucitado realmente y ha resucitado para nosotros, para darnos una vida inmortal, que pregustamos ya aquí. La Resurrección de Cristo es prenda de la nuestra. Todo viene de Él. Lo hemos visto simbolizado plásticamente en la procesión del cirio. Tras las tinieblas, de repente, se ha encendido la luz en el cirio pascual, que representa a Cristo, luz verdadera del mundo; y de ahí se ha propagado a todos, hasta que la iglesia ha quedado llena de luz.

2. Esto que hemos contemplado plásticamente en los signos litúrgicos, se ha realizado verdaderamente en cada uno al recibir el Bautismo. Meditemos las palabras de San Pablo: todos los que hemos sido incorporados a Cristo Jesús por medio del bautismo, hemos sido incorporados a su muerte (...). Hemos sido sepultados con Él, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva (Rm 6, 3-4). Santo Tomás afirma que en el Bautismo se nos aplican los méritos redentores de Cristo, como si cada uno de nosotros hubiera sido crucificado y sepultado con Él. ¡Cuánto hemos de agradecer este don inmenso!

Pero hay que llevar una vida nueva de verdad, como nos recuerda también San Pablo. Una vida nueva que consiste en mostrarnos dignos del nombre de cristianos, es decir, mujeres y hombres que tienen la fe de Cristo y se esfuerzan por parecerse a Él lo más posible. Para esto nos ha dado los sacramentos, que van perfeccionando la imagen de Jesucristo en nosotros; sobre todo, el de la penitencia y la Eucaristía. Pero hay que poner algo de nuestra parte: la lucha personal, no sólo contra todo lo que pueda apartarnos de Dios, sino para crecer más y más en la identificación con Jesucristo.

3. Preguntémosnolo con valentía: ¿a qué tengo que decir que no, y a qué debo responder que sí, para cumplir la Voluntad de Dios Padre y parecerme más a Jesucristo? La gracia, que es luz en la inteligencia y fuerza en la voluntad, no nos falta. Además, desde el Cielo, es seguro que por nosotros interceden la Virgen y todos los santos, especialmente San Josemaría, a quien se debe la iniciativa de estas Convivencias de Pascua: nuestro Padre nos obtendrá esas gracias con especial abundancia. Y podemos recurrir también al Siervo de Dios Juan Pablo II, que tanto alentó también estas reuniones romanas. Nos ve y nos sigue desde la ventana del Cielo, como decía el actual Papa, cuando era todavía Cardenal, en la Misa exequial del año pasado.

No podemos andarnos con componendas, como una persona que va regateando el precio de algo que tiene un valor infinito. Está en juego la santidad personal a la que todos personalmente somos llamados. Si Cristo no ahorró ni una gota de su Sangre por cada uno, ¿cómo vamos a andar nosotros con cálculos egoístas?

Pero no basta con que tú y yo cuidemos nuestra propia vida espiritual. Todos estamos llamados a ser otros Cristos, el mismo Cristo; y la razón de ser de la vida de Cristo fue la salvación del mundo. «Fuego he venido a traer a la tierra, decía, ¿y qué quiero sino que se encienda?» (Lc 12, 32). Ese fuego es el Espíritu Santo, el Santificador de las almas, que ahora habita en el corazón de la Iglesia. Pero vive para que lo transmitamos a otros. Hay que hacer apostolado. El que no prende fuego a su alrededor, acaba por apagarse.

4. En el Evangelio de hoy, contemplamos cómo después de haber visto el sepulcro vacío, el ángel dice a las mujeres que comuniquen esa buena nueva a los discípulos. Jesús mismo sale a su encuentro y les ordena: «id a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allí me verán». Son ellas las primeras que anuncian la buena nueva de la Resurrección, dando origen a una cadena que no ha de interrumpirse jamás.

Tú y yo —no lo dudes— hemos recibido el mismo encargo. Durante estos días en Roma ha resonado con nueva fuerza en nuestros oídos. El Vicario de Cristo mismo nos ha repetido de un modo y otro que vayamos detrás de Cristo, siguiéndole de cerca, porque Él nos ha llamado para ser sal de la tierra y luz del mundo. ¿No veis que es una aventura apasionante, hasta humanamente? Se hará realidad con la potencia del Espíritu Santo y con vuestro afán apostólico. En todas partes hay millares y millares de personas, jóvenes y mayores, que no han oído nunca este anuncio. Están esperando oírlo de vuestros labios, verlo reflejado en vuestra conducta. Al Fundador de la Obra le removía siempre aquel pasaje del evangelio de San Juan, cuando Jesús se acercó a un hombre que llevaba 38 años paralítico junto a la piscina de Betzeta. El Señor le preguntó: ¿quieres curarte? Y aquel enfermo respondió: Señor, no tengo a ninguno que me ayude a bajar a la piscina cuando las aguas son removidas, y cuando voy ya ha llegado otro antes que yo... «No tengo una persona al lado que me empuje...». Quizá porque somos cobardes y nos dejamos llevar de los respetos humanos; o tibios, personas que no sienten dentro de su corazón el fuego de Cristo. Es una gran responsabilidad: «¡Qué vergüenza —escribe San Josemaría— si Jesús no encontrara en ti el hombre, la mujer, que espera!» (Forja, 168).

Piénsalo, saca algún propósito concreto. ¿A quién puedes ayudar a acercarse a Jesús, cuando vuelvas a tu país? ¿Con qué compañera, o amiga, o pariente, puedes tener una conversación personal, para abrirle horizontes espirituales? ¿A quién puedes invitar a un curso de retiro, o ayudar a hacer una buena confesión? Seguro que si repasas la lista de las personas conocidas, encuentras alguna, quizá bastantes, por quienes has rezado poco, a quienes nunca has planteado seriamente la necesidad de estar cerca de Dios.

Pidamos a la Virgen, Reina de los Apóstoles, que se encargue Ella de hacer fructificar en nuestra vida los propósitos de estos días: propósitos de seguir muy de cerca a Jesús, de ser muy fieles a nuestros compromisos cristianos, de llevar a muchas otras almas cerca de Cristo. Así sea.


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