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42 • Enero - Junio 2006 • Pág. 100
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Chieti 12-II-2006

En el acto conmemorativo en honor de San Josemaría

Desde el día de su tránsito al Cielo, el 26 de junio de 1975, la devoción a San Josemaría Escrivá se ha extendido rápidamente en todos los continentes, también en los países en los que no se encuentran presentes los fieles del Opus Dei. Las noticias de favores que han llegado, tanto espirituales (conversiones, acercamiento a la vida sacramental) como materiales (curaciones, etc.), con cientos de miles, anteriores y posteriores a su canonización: signo tangible de que el mensaje de la santificación de la vida ordinaria ha echado raíces en ambientes diversísimos y geográficamente distantes, entre personas de toda edad y condición social y profesional. La dedicación a San Josemaría de calles y edificios, en todos los rincones del mundo, es otro signo elocuente.

Buscar a Dios en la vida cotidiana.

San Josemaría fue ante todo un maestro de vida cristiana: un sacerdote que enseñaba con el ejemplo y con la palabra , y con la conducta en lo cotidiano. «El santo de lo ordinario», lo definió el inolvidable Papa Juan Pablo II (Discurso del día siguiente a la canonización, 7-X-2002). La predicación de San Josemaría anticipó ya desde 1928 algunas de las enseñanzas centrales del Concilio Vaticano II.

En primer lugar, la proclamación de la vocación universal a la santidad: «todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad», dice la Constitución dogmática Lumen Gentium, n.40. San Josemaría ha escrito: «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”» (Camino, n. 291).

San Josemaría predicó la universalidad de la llamada a la santidad, tanto desde el punto de vista subjetivo como objetivo: si todos están llamados a alcanzar la plenitud del amor, no es posible que solo algunas actividades humanas deban considerarse como carriles privilegiados, vías especializadas para la santidad. De ese modo, la esfera religiosa se separaría de la vida de todos los días. No: todas las actividades terrenas son camino de encuentro con Dios, ámbito y materia de nuestra santificación. Es la vida de todos los días la que debe llenarse de Dios: «El cristiano —escribió— no es un Tartarín de Tarascón, empeñado en cazar leones (...) en los pasillos de su casa. Quiero hablar siempre de vida diaria y concreta: de la santificación del trabajo, de las relaciones familiares, de la amistad. Si ahí no somos cristianos, ¿dónde lo seremos? (...) El bonus odor Christi se advierte (...) por la eficacia de un rescoldo de virtudes: la justicia, la lealtad, la fidelidad, la comprensión, la generosidad, la alegría» (Es Cristo que pasa, n.36).

Sostenía que el deber de cada fiel es, precisamente, testimoniar que la vida de cada día debe estar llena de Dios, debe derramar la presencia viva del Dios encarnado. «Mi Padre no deja de trabajar», dice Jesús en el Evangelio de San Juan (5, 17). Comentando el mensaje del Fundador del Opus Dei, en un artículo publicado con ocasión de su canonización, el entonces Card. Ratzinger ha observado cómo también hoy «algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha “retirado” y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo nos indican más bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy» (L’Osservatore Romano, 6-X-2002).

He aquí el núcleo del espíritu del Opus Dei: dejar espacio a Dios, que quiere llenar de sí, de la caridad de Cristo, nuestra vida, “todas” nuestras jornadas. Dejarlo obrar en nosotros, secundar su acción. Aquí encontramos una síntesis del mensaje que San Josemaría ha predicado con su presencia y con las iniciativas apostólicas que ha promovido. «Un mensaje —recalcaba el Card. Ratzinger en el artículo citado— que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no “se ha parado” en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres» (Ibid.). El cristiano, en otras palabras, es responsable de recordar al mundo, con su trabajo de todos los días, que Cristo no se ha hecho extraño al mundo. No vive en una dimensión —la gloria— lejana, heterogénea, indiferente a los acontecimientos humanos.

Atravesando los Abruzos

Sobre estos temas convergían sus reflexiones y su conversación, también durante los numerosos viajes apostólicos en los cuales tuve el privilegio de acompañarlo. Me vienen ahora a la mente tantos traslados realizados en automóvil con él a través del Abruzzo. Y en particular algunos tránsitos por Chieti, por ejemplo, en alguna ocasión en que alargó el recorrido del viaje de regreso a Roma desde Loreto.

Hacer estable en los Abruzos la presencia de este espíritu y garantizar su fecundidad y su expansión desde aquí a otras latitudes: es esta la aspiración que lo indujo a crear, también por insistencia de algunos cooperadores del Opus Dei de la zona, en la localidad de San Felice d’Ocre, cercana a L’Aquila, un centro de encuentros internacionales, congresos y cursos de estudio para docentes y estudiantes universitarios, hombres y mujeres, de todo el mundo. El centro —llamado Tor d’Aveia— comenzó su actividad en el verano de 1967: aquel año él quiso transcurrir todo el mes de agosto en un lugar vecino, concretamente en Gagliano Aterno, para poder ir allí con frecuencia a ver a los participantes de aquellos seminarios de estudio y animarlos a hacer presente a Cristo “en” y “a través de” la propia actividad profesional. Regresó a San Felice el año siguiente para consagrar un altar, y también después, en 1971.

Tengo un recuerdo muy vivo de las frecuentes “incursiones” de aquel verano de 1967: aquellas conversaciones a la sombra de los pinos durante las cuales San Josemaría nos hacía partícipes de su propia experiencia espiritual y nos enseñaba a vivir en la tierra una vida rica en significado humano y en perspectivas divinas. En San Felice d’Ocre vivía también un grupo de mujeres del Opus Dei que se ocupaba de la administración doméstica del centro; San Josemaría les aconsejaba que trabaran amistad con los habitantes de ese pueblo y de otros cercanos, con ánimo de perpetuar la impronta del testimonio cristiano del propio trabajo: «Con vuestra caridad, con vuestro servicio, con la disponibilidad hacia todos, dejaréis en las almas una profunda huella».

Y mientras se trasladaba de un lugar a otro de la región, sembraba las carreteras de avemarías, rezaba por todas las personas con las que se cruzaba en el camino, y confiaba a la intercesión de la Virgen los frutos del trabajo apostólico que sus hijos y sus hijas desarrollaban allí, o desarrollarían en el futuro.

Hablando de esta tierra estupenda, del Abruzzo, me viene a la memoria la figura de don Renato Mariani. Lo conocí en 1950, cuando todavía era un estudiante de ingeniería en la Universidad de Roma; fue de los primerísimos jóvenes que decidieron dar la propia vida a Dios en el Opus Dei, después de haber conocido al Fundador, que había llegado poco antes a Italia. Renato era de Chieti y tenía todas las cualidades de los habitantes de esta tierra de los Abruzos: trabajador, sencillo, generoso y a la vez prudente, responsable, capaz de trabajar incesantemente y a la vez serenamente, sin prisa y sin descanso, y sin buscar nunca una recompensa. Era un poco bajo de estatura, como yo, pero esto no es necesariamente un defecto. San Josemaría lo quería mucho: recuerdo que, con frecuencia, mirándolo, alzaba dos dedos de la mano derecha, como para indicarnos que Renato valía por dos. Porque era en verdad un trabajador infatigable.

Después de haber terminado brillantemente los estudios universitarios, se trasladó a varias ciudades de Italia, con el fin de difundir el espíritu del Opus Dei: Roma, Nápoles, Milán, Génova, y después de nuevo Roma... Una evidente contribución de los Abruzos al crecimiento del Opus Dei en Italia... Más tarde, como sacerdote, llevó a cabo una actividad pastoral muy amplia, bendecida por Dios con frutos abundantes.

Recuerdo el orgullo y el entusiasmo con que Renatino —como lo llamaba San Josemaría— me hablaba de las cosas positivas de Chieti, que también yo he aprendido a apreciar sinceramente.

Santificación del trabajo y unidad de vida

Además de concienciar a los fieles laicos de la llamada bautismal a la santidad, San Josemaría se consagró a la tarea de mostrar en concreto cómo alcanzar esta meta: enseñó a buscar a Dios nel bel mezzo della strada, a transformar en oración y en sacrificio —don de sí al Señor— los gestos aparentemente más insignificantes, a vivir todas las circunstancias del día como ocasión de amar a Dios y de servir a las almas.

La conciencia de ser hijos de Dios en Cristo, gracias a nuestra incorporación al Señor por el Bautismo y a la acción del Espíritu Santo en el alma, es un elemento esencial de la fe católica, muy presente en el ánimo de San Josemaría. La filiación divina debería ser un principio básico de inspiración en la vida espiritual de todo cristiano, una referencia constante ante cualquier situación en que se encuentre. Tal doctrina ha sido desarrollada por San Josemaría de un modo profundo, que revela la autenticidad con que la vivía en primera persona, específicamente en el contexto de la vida ordinaria.

La santidad que el cristiano persigue con la confianza y la simplicidad de quien se sabe hijo de Dios, y por tanto no basándose en las propias condiciones ni en el esfuerzo personal, sino sobre todo en la benevolencia y la misericordia de Dios Padre, tiene su quicio en las actividades que constituyen la trama de nuestra existencia en el mundo. Requiere la santificación del trabajo. A este propósito, me parece particularmente apropiado subrayar un punto que San Josemaría evidenciaba con frecuencia: «no basta querer hacer el bien; sino que hay que saber hacerlo». En Forja (n. 698), libro de reflexiones y consejos espirituales, leemos: «Si queremos de veras santificar el trabajo, hay que cumplir ineludiblemente la primera condición: trabajar, ¡y trabajar bien!, con seriedad humana y sobrenatural».

Trabajar con empeño, con intensidad, con competencia técnica y profesional. Sin mediocridad, cumpliendo acabadamente los deberes, con la seguridad de que con nuestra actividad contribuimos al desarrollo de la comunidad humana. Pero trabajar también según una perspectiva cristiana, que lleva a ver a los demás como hijos de Dios, a valorarlos como tales, a servirlos. De aquí la neta declaración que San Josemaría expresa en una de sus homilías: «la dignidad del trabajo está fundada en el Amor» ( Es Cristo que pasa, n. 48).

Este mensaje y este espíritu encuentran su aplicación en lo que el Fundador del Opus Dei llamaba unidad de vida, es decir, la fusión que se crea en el plano existencial entre acción y contemplación, entre trabajo, oración y apostolado (en el cumplimiento de los deberes profesionales o familiares, en las relaciones sociales y en los compromisos civiles en general). La unidad de vida no es simple coherencia, ni el resultado del orden mental o de mera eficiencia organizativa. No: el cristiano es siempre cristiano, es hijo de Dios en todo lo que hace; en todo momento y en todo lugar reza; la fe, la esperanza y la caridad informan siempre su vida. No puede haber una ruptura entre los quehaceres humanos y la relación con Dios. La unidad de vida, por tanto, es un signo en el que se reconoce la santidad. Es precisamente ésta la lección que se aprendía viviendo junto a San Josemaría, porque se le veía continuamente orientado al Señor en cada gesto, en cada palabra, en todos los proyectos que emprendía. Junto a él nos dábamos cuenta de uno de los significados principales que se derivan de la verdad de la Encarnación: si Cristo asumió una naturaleza creada, lo terreno, lo humano, nuestra vida de todos los días, de alguna manera participa de la divinidad de Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre.

Además de lo dicho, a nadie escapan otras consecuencias de la unidad de vida, todas de indudable actualidad, desde la coherencia entre la fe y las obras hasta el pleno respeto de la ley moral en el obrar temporal, sin restricciones ni compromisos, en todas las situaciones que el cristiano debe resolver. De la ejemplaridad de este testimonio de fe depende en gran parte la aportación de los fieles laicos a la edificación del Reino de Dios.

La responsabilidad de los fieles laicos

En el contexto de la unidad de vida, el Concilio Vaticano II, en la Constitución pastoral Gaudium et Spes, convoca a los laicos a superar la fractura entre fe y conducta, «guiados siempre por el espíritu evangélico» en el cumplimiento de los deberes terrenos. Desde entonces, el Magisterio de la Iglesia no ha cesado de reafirmar el papel de los laicos en la misión evangelizadora. En la carta apostólica Novo millennio ineunte, en la que Juan Pablo II exponía los desafíos que a este respecto esperan a la Iglesia en el nuevo siglo, el Papa solicitó a los laicos que se comprometieran con el celo apostólico, la amistad fraterna, la caridad solidaria, a fin de transformar las relaciones sociales cotidianas en ocasión para despertar en sus iguales la sed de verdad, que es la primera condición para el encuentro salvífico con Cristo (cfr. cap. III).

También Benedicto XVI, en su primera Encíclica, Deus caritas est, individúa el rol de los laicos en el servicio de la caridad, entendida no en sentido reductivo, sino de acuerdo con el inmenso alcance que esta virtud fundamental está destinada a tener en la sociedad de todo tiempo.

Los fieles laicos, en cuanto miembros de la sociedad civil, tienen el derecho-deber de participar en primera persona en la vida pública. A ellos compete trabajar por un justo orden en la sociedad. En cuanto cristianos, su misión es configurar la vida social según el espíritu del evangelio, «respetando su legítima autonomía, y cooperando con los demás ciudadanos, según la competencia específica y bajo la propia responsabilidad» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 24-XI-2002, 1, 3). La caridad debe, por tanto, animar la entera existencia de los fieles laicos. Volvamos al centro de nuestras reflexiones: como repetía San Josemaría, la contribución de cada cristiano al mejoramiento de la vida social deriva en primer lugar de la autenticidad de su empeño por la santidad personal.

El primado de la familia

En la gran catequesis de la vida cristiana promovida por San Josemaría, una atención particular se dirige a la familia, célula fundamental de la sociedad. Sólo es posible impregnar de sentido cristiano las actividades humanas si al mismo tiempo se promueve la formación de familias verdaderamente cristianas.

Sin lugar a dudas, en los últimos años la familia y el matrimonio han sido blanco de ataques abiertos y obstinados, hasta el punto de que en diversos países las leyes que en un tiempo protegían a la familia han pasado a ser letra muerta, más aún, han sido sustituidas por normas inicuas, que minan las bases de la sociedad y aceleran su descomposición. Benedicto XVI, siguiendo los pasos de Juan Pablo II, que tanto ha trabajado por valorizar la familia, insiste en la importancia de comprender a fondo el significado del matrimonio y de la familia en el diseño divino, contrastando con quien se obstina en concebirlos como simples instituciones humanas, susceptibles por tanto de modificaciones arbitrarias con el pasar del tiempo.

Como ciudadanos responsables y cristianos coherentes debemos hacer todo lo posible por defender y promover los valores irrenunciables en este campo fundamental para la vida de la Iglesia y de la sociedad civil. Es una de las tareas más urgentes de la nueva evangelización y toca a cada uno de nosotros. San Josemaría se preocupaba mucho por el bien de las familias. Cuando recibía a parejas jóvenes o a padres ya maduros, les recordaba que también el matrimonio es un camino específico de vida cristiana, en el que la felicidad no está en la mera consecución de objetivos materiales (el bienestar, la casa, el trabajo), si no en la búsqueda sincera de la santidad a través del trato mutuo. Y les sugería que se hicieran imitadores de la Sagrada Familia de Nazaret para aprender de María, Jesús y José a amar, a sufrir, a darse a sí mismos en beneficio del cónyuge y de los hijos, poniéndose alegremente a su servicio. Éste es el principal camino para impregnar de sentido cristiana la sociedad.


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