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43 • Julio - Diciembre 2006 • Pág. 221
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Carta de diciembre de 2006

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Dentro de dos días comienza el Adviento, tiempo litúrgico con el que la Iglesia nos urge, de una parte, a pensar en el fin de los tiempos, cuando Cristo vendrá en el esplendor de su gloria para juzgar a todos los hombres; y de otra, a prepararnos para recordar su nacimiento temporal, hace ya veinte siglos.

Las dos venidas se encuentran íntimamente relacionadas. En la primera se ha mostrado especialmente la misericordia divina; en la última, aparecerá clara la justicia; pero una y otra son manifestación del amor de Dios a los hombres, como enseña San Pablo: «se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien» .

Aprovechemos la ocasión, que nos ofrece ahora la liturgia, para meditar personalmente y para recordar a otras personas las espléndidas verdades de la fe sobre los novísimos. Es frecuente que la gente experimente un cierto miedo al pensar en esas realidades postreras. Los hijos de Dios, los apóstoles de Cristo —sin “tremendismos”, pero también sin ingenuidades—, hemos de facilitar a los demás —sin considerarnos mejores— esa toma de conciencia que, en muchas ocasiones, puede ser el comienzo de una profunda conversión o de un mayor acercamiento a Dios.

Unas semanas atrás, Benedicto XVI invitaba a considerar el Juicio de Dios, que saldrá y sale al encuentro de las ansias de justicia que anidan en los corazones. «¿Acaso no deseamos todos que un día se haga justicia a todos los condenados injustamente, a cuantos han sufrido a lo largo de la vida y han muerto después de una vida llena de dolor? ¿Acaso no queremos todos que el exceso de injusticia y sufrimiento, que vemos en la historia, al final desaparezca; que todos en definitiva puedan gozar, que todo cobre sentido?

»Este triunfo de la justicia, esta unión de tantos fragmentos de historia que parecen carecer de sentido, integrándose en un todo en el que dominen la verdad y el amor, es lo que se entiende con el concepto de juicio del mundo. La fe no quiere infundirnos miedo; pero quiere llamarnos a la responsabilidad. No debemos desperdiciar nuestra vida, ni abusar de ella; tampoco debemos conservarla sólo para nosotros mismos. Ante la injusticia no debemos permanecer indiferentes, siendo conniventes o incluso cómplices. Debemos percibir nuestra misión en la historia y tratar de corresponder a ella. No se trata de miedo, sino de responsabilidad; se necesita responsabilidad y preocupación por nuestra salvación y por la salvación de todo el mundo. Cada uno debe contribuir a esto» .

Pidamos al Espíritu Santo, hijas e hijos míos, que ponga en nuestros labios las palabras oportunas para mover eficazmente a las almas. El santo temor de Dios, don del Paráclito, significa sobre todo que los hijos no desean entristecer a su Padre celestial; pero la consideración de la muerte y la fe en el juicio particular, en el juicio universal y en los otros novísimos, ayuda como potente disuasivo para apartar a muchos del pecado; y no se queda en un mero temor, sino en la certeza de que la contrapartida tiene todas las ventajas de una existencia feliz, aquí y en el más allá. Por eso escribió nuestro Padre: «”Ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”, rezamos en el Credo. —Ojalá no me pierdas de vista ese juicio y esa justicia y... a ese Juez» . Y también: «¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre-Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar?» .

El Adviento se nos presenta como tiempo de alegría y de esperanza. Más aún, «podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos deben despertar en su corazón la esperanza de renovar el mundo, con la ayuda de Dios» . La Iglesia lo ponía de relieve en la reciente solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, cuando nos recordaba que hemos de colaborar activamente en la instauración del reino de Dios en la tierra. Y hemos de llevarlo a cabo día tras día, en las incidencias de la vida corriente, preparando el constante advenimiento del Señor a las almas. No olvidemos, en efecto, que Jesucristo no vino sólo en la primera Navidad, ni se presentará sólo al final de los tiempos. Constantemente desea el Señor estar presente en nuestras almas, y cuenta con nosotros para santificar todas las realidades humanas nobles. Actúa así mediante la gracia de los sacramentos —especialmente la Confesión y la Eucaristía— y también mediante el ejemplo y la palabra de sus discípulos, de sus amigos.

Si en la primera parte del Adviento, como anotaba al principio de esta carta, la liturgia nos orienta hacia la segunda venida de Cristo, a partir del día 17 de diciembre su horizonte se centra en la preparación inmediata de la Navidad. Caminemos, pues, hacia Belén muy pegados a María y a José. Ellos nos enseñan a tratar a Jesús con cariño y delicadeza, a seguirle, a enamorarnos de Él. Fruto de esa mayor intimidad será aquella aspiración que San Josemaría expresaba hace setenta y cinco años: «quiero que mi presencia sola sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo. Después, venga Cruz: nunca tendré miedo a la expiación... Sufrir y amar. Amar y sufrir. ¡Magnífico camino! Sufrir, amar y creer: fe y amor. Fe de Pedro. Amor de Juan. Celo de Pablo» .

Sigamos rezando por el Santo Padre, cada día con más insistencia. No dudo de que, con vuestra oración y vuestro sacrificio gozoso, le habéis acompañado en su reciente viaje a Turquía. Tratemos de que muchas personas se unan a la oración por su Persona y sus intenciones. Y no os olvidéis de mis intenciones: que no os suenen a cosa sabida.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre
+Javier

Roma, 1 de diciembre de 2006.


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