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43 • Julio - Diciembre 2006 • Pág. 207
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Nairobi 25-VIII-2006

Con motivo del doctorado
honoris causa por
Strathmore University


Excelentísimos Señores,
Dignísimas Autoridades,
Claustro y alumnos de Strathmore University,
Señoras y Señores:

Me siento honrado y feliz de participar hoy con todos vosotros en la ceremonia de graduación de Strathmore University, un centro académico de cuyo desarrollo, por gracia de Dios, he sido testigo directo durante muchos años, desde el mismo momento de su puesta en marcha.

Cuando San Josemaría aceptó, en 1957, la invitación del arzobispo Gastone Mojaisky Perelli, Delegado Apostólico en Mombasa, de empezar una escuela universitaria en Nairobi, su respuesta positiva fue una manifestación del alcance universal que Dios había dado al Opus Dei.

La Obra que Dios había pedido a San Josemaría el 2 de octubre de 1928 no había venido a satisfacer una necesidad particular de la Iglesia en un país específico o en un determinado momento histórico. Dios quería que tuviera, desde el principio, un corazón universal, católico. San Josemaría entendió desde el primer momento que la labor de los fieles que vendrían a la Obra —en su mayor parte laicos, hombres y mujeres de todos los niveles sociales y de todas las profesiones, sin discriminación alguna— consistía en poner a Cristo en la cima de todas las actividades humanas, estando presentes en ellas, cada uno y cada una en su profesión o lugar en la vida, en el mismo lugar en que se encontraban al recibir la llamada a la Obra.

El espíritu que inspiraba a San Josemaría es el mismo que Cristo dio a sus discípulos: «id a todas las naciones». Para el Fundador del Opus Dei, el evangelio era un mensaje dirigido no solamente a los primeros Doce, sino a todo el mundo. San Josemaria continuamente manifestó este espíritu universal con obras: obras que eran también una declaración de su amor al Papa y a la Santa Iglesia Católica.

Es una coincidencia para mí particularmente grata, en la que veo una vez más el cuidado providencial de Dios, el hecho de celebrar esta ceremonia de graduación precisamente en el 48º aniversario de la llegada a Kenia de los primeros fieles de la Obra. Cuando el Opus Dei llegó a estas tierras, África en general y Kenia en particular vivían un momento histórico. Faltaban 5 años para la independencia y el país tenía un gobierno transitorio multi-étnico.

En aquellas circunstancias, San Josemaría estaba dispuesto a fundar una universidad siempre que el gobierno diera garantías acerca de su autonomía. Muy pronto resultó evidente, sin embargo, que el proyecto de establecer una institución de nivel universitario, abierta a alumnos de todas las razas, había de modificarse. Fue el fundador mismo quien sugirió, como alternativa, el establecimiento de un instituto de enseñanza superior y una residencia para estudiantes. Y, en efecto, Strathmore College empezó como un A-level College, un nuevo tipo de escuela especial de 2 años de duración que serviría como puente entre la educación secundaria y la universitaria. El College mantendría la naturaleza secular propia del Opus Dei y se basaría en cuatro principios: sería interracial; estaría abierto a no-católicos y a no-cristianos; no quedaría clasificado entre las escuelas de misión; los alumnos tendrían que pagar, al menos, una cuota simbólica.

Las autoridades civiles mostraron su escepticismo acerca de las posibilidades de un colegio abierto a alumnos de razas, tribus y religiones diferentes. Era la primera experiencia en África oriental. No obstante, el college admitió desde el principio a africanos, europeos e indios; a chicos de todas las religiones y de todas las tribus. Era un reflejo de la pauta que había marcado el Fundador del Opus Dei. El colegio adoptó un lema emblemático: ut omnes unum sint (que todos sean uno). Después, como sabéis, el college original se desarrolló, del mismo modo que se desarrolla un organismo sano, y dio paso a Strathmore University, tal como la vemos hoy, siempre fiel a sus raíces cristianas y a su espíritu fundacional.

Con ese mismo espíritu, las mujeres de la Obra establecieron Kianda College, que tanto ha contribuido al progreso social de la mujer keniana. Con el tiempo, la actividad de ese centro educativo se diversificó, dando lugar a lo que iba a ser una de las mejores escuelas secundarias del país.

Por especial gracia de Dios, he podido ser testigo, durante todo este tiempo, de esta extraordinaria sucesión de acontecimientos, de este roturar el terreno, al lado de San Josemaría y de su primer sucesor, el Siervo de Dios Álvaro del Portillo, Obispo. San Josemaría os diría, con gozo, que Strathmore University ha nacido después de muchos años de oración y de trabajo arduo. Ciertamente, él rezó constantemente por vosotros y por vuestro trabajo: rezó por todos los que vendrían en el futuro, porque tenía su corazón puesto en la universidad. Yo ahora quiero dar las gracias especialmente, asante sana kabisa!!, a todos los hombres, las mujeres y las instituciones que han hecho posible la puesta en marcha de esta iniciativa.

Strathmore University no solo aspira a los niveles más altos de la excelencia académica sino que, de acuerdo con la intención y con el espíritu de su fundador, tiene como objetivo proporcionar una formación integral que presta atención a los aspectos humanos, morales y espirituales de cada persona. Este empeño es un ideal concreto en la vida de todos los que, de un modo u otro, están asociados con la universidad. Como solía decir San Josemaria, «de cien almas, nos interesan las cien».

Permitidme decir, citando al Obispo Álvaro del Portillo, que «la universidad es un lugar de trabajo intenso, donde los desarrollos científicos, los avances técnicos y las nuevas ideas influyen de manera decisiva en la configuración de la sociedad humana. Este empeño resulta un verdadero progreso cuando respeta y ama la naturaleza y la dignidad de la persona humana llamada a vivir en unión con todos los hombres y todas las mujeres y a viajar hacia Dios».

Por esta razón, San Josemaría decía que la eficacia de un centro universitario depende, en gran medida, de la dedicación, de los deseos nobles y del empeño de todos los que colaboran en las tareas ordinarias de la comunidad académica: el claustro, los alumnos y el personal no docente. Para él no había tareas de mayor o menor importancia. Para él, la importancia de un determinado trabajo dependía del amor de Dios con el que fuera realizado.

Quisiera recordar algunos consejos que dio a cuantos están presentes en la vida de la universidad: «Haced todo con amor a Dios y al prójimo y veréis que esa familia de la universidad será como una levadura que hace más sana la vida de todas las personas. Hemos de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos: éste es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama».

Con esta perspectiva de la fraternidad humana ante nuestros ojos, entendemos que todos los que forman parte del cuerpo académico están incorporados en una familia, son parte de un fermento vital que influye de manera poderosa y positiva en todo el ambiente universitario, en el que se viven la libertad y la responsabilidad personales junto con un espíritu de coexistencia que previene todo tipo de discriminación.

San Josemaría solía decir que «no hay universidad propiamente donde, a la transmisión de los saberes, no se una la formación enteriza de las personalidades jóvenes». No basta dar a los alumnos la necesaria formación humana, científica y profesional. Eso puede parecer más que suficiente, pero es poco cuando uno atiende a las finalidades de la universidad desde un punto de vista cristiano. Es necesario, por tanto, y ésta es otra enseñanza constante de nuestro fundador, renovar el alma bajo la luz de los principios cristianos e invitar a adecuar la conducta a esos principios.

Todos los que estáis aquí presentes compartís ese aprecio por la labor universitaria. Precisamente porque conozco el entusiasmo con que trabajáis, os animo a fomentar un sentido de responsabilidad aún mayor en vuestra tarea. La nación y el mundo necesitan el ejemplo de vuestra investigación y de vuestra enseñanza, que animarán a muchas otras personas a empeñarse por sacar a la luz la verdad, contribuyendo así a la resolución de los grandes problemas de nuestra sociedad y de nuestra época.


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