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44 • Enero - Junio 2007 • Pág. 136
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Carta de enero de 2007

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Durante la época de Navidad, la Iglesia nos recuerda en varias ocasiones que en el momento más importante de la historia, cuando Dios hecho hombre vino al mundo, un cántico de alegría resonó en los cielos: «Gloria in altissimis Deo, et super terram pax in hominibus bonæ voluntatis»( Lc 2, 14). El himno de los ángeles nos muestra que la gloria de Dios y la paz en la tierra son realidades que van unidas. Llamándonos a participar en su vida íntima, el Señor nos ha incorporado a la infinita comunión de amor existente en el seno de la Trinidad. Para eso, Dios Padre envió a su Hijo al mundo; y, luego, el Padre y el Hijo nos enviaron el Espíritu Santo. Desde entonces, y hasta el final de los tiempos, a través de la Iglesia, que es la familia de Dios en la tierra, derrama su amor, su gozo y su paz.

Precisamente hoy, 1 de enero, se celebra la Jornada Mundial de la Paz: un día muy adecuado para suplicar al Señor que infunda este don celeste en cada corazón y en la sociedad. Como recordaba el Santo Padre al principio del Adviento, «la paz es la meta a la que aspira la humanidad entera. Para los creyentes, “paz” es uno de los nombres más bellos de Dios, que quiere el entendimiento entre todos sus hijos» (Homilía, 2-XII-2006).

Cristo vino a derribar el muro que separaba a los judíos de los gentiles, haciendo de los dos un pueblo nuevo (cfr Ef 2, 14-17) que sirviera a Dios en justicia y santidad. Vino a poner paz, «no sólo entre judíos y no judíos, sino también entre todas las naciones, porque todos proceden del mismo Dios, único Creador y Señor del universo» (Homilía en Éfeso, 29-XI-2006).

A este propósito, el mensaje pontificio para la Jornada Mundial de la Paz lleva este año un título muy significativo: “La persona humana, corazón de la paz”. El Papa desea subrayar que los esfuerzos por promover la paz en el mundo, siempre loables, resultan baldíos o poco duraderos si no existe una verdadera preocupación por respetar en todos los hombres y mujeres su dignidad. «Estoy convencido —escribe— de que respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 8-XII-2006, n. 1).

El Papa recuerda las muchas consecuencias de este principio fundamental: el derecho a la vida y a la libertad religiosa; la igualdad natural de todas las personas, reflejada en la salvaguardia de los derechos humanos; la necesidad de cultivar la convivencia y la comprensión entre gentes de religiones, culturas y razas diversas... Como premisa indispensable, señala que la paz verdadera es un regalo de Dios y una tarea confiada a los hombres. En cuanto don divino, había sido prometida a los hombres desde antiguo, pero sólo con el nacimiento de Jesucristo fue enviada a la tierra. «Ecce pax non promissa, sed missa», escribe San Bernardo. «Ahora nuestra paz no es prometida, sino enviada; no es diferida, sino concedida; no es profetizada, sino realizada. Dios Padre ha enviado a la tierra algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en la pasión, para que se derrame aquel precio de nuestro rescate, que en él se halla contenido; un saco que, si bien es pequeño, está totalmente lleno. En efecto, “un niño se nos ha dado”, pero en este niño “habita toda la plenitud de la divinidad”» (San Bernardo, Sermón 1 en la Epifanía del Señor ). Agradezcamos a Dios su infinita misericordia, también en nombre de los que no la han reconocido. Y sintamos la necesidad de querer a todas las personas; pensemos más en San Josemaría, a quien el mundo resultaba pequeño.

Al mismo tiempo, la paz supone una tarea confiada a los hombres de buena voluntad; una buena voluntad que brota del mismo amor que Dios nos tiene. Así, como sabéis, se traduce más literalmente el canto de los ángeles: “... y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”. La tarea de fomentar la paz se pone en manos no sólo de quienes tienen responsabilidades directas en la gestión de la cosa pública, sino en las de todos los ciudadanos sin excepción, según las posibilidades de cada uno. Cumplamos diariamente esta gozosa tarea de empeñarnos en ser «sembradores de paz y de alegría» —como le gustaba decir a nuestro Padre— en los variados ámbitos de nuestra existencia. ¿Qué paz dejamos en las almas? ¿Pueden afirmar que las queremos? ¿Cómo rezamos por los que sufren?

El primer campo en el que hay que cultivar la paz se concreta en la propia alma, donde debe reinar ese don divino para poder transmitirlo luego a los demás. Del corazón humano proviene el mal; pero con la gracia de Dios nacen también las cosas buenas que la criatura está en condiciones de llevar a cabo. «El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca» ( Lc 6, 45). Afirma Benedicto XVI: «“Gracia” es la fuerza que transforma al hombre y al mundo; “paz” es el fruto maduro de esa transformación» (Homilía en Éfeso, 29-XI-2006). Pero se requiere la colaboración libre de la persona en el proyecto divino de salvación. Y como en el corazón reside en última instancia la causa de los conflictos, de ahí se deriva la necesidad de que cada uno pelee decididamente dentro de sí, para afirmar el reinado de Dios en la propia alma.

Es una verdad antigua como el Evangelio, aunque desgraciadamente muchos no la conocen o no la ponen en práctica. Dijo el Señor: «no penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada» (Mt 10, 34). Hablaba de la pelea contra el pecado, presupuesto indispensable de la paz verdadera.

Cuando hay verdadero empeño por erradicar la mala hierba del pecado y por identificarse con Cristo, la existencia del cristiano se convierte en la buena tierra, donde pueden germinar las virtudes que hacen posible la convivencia, llena de caridad y de paz, entre personas de los ambientes más diversos. En este sentido, Benedicto XVI afirma que «además de la ecología de la naturaleza hay una ecología que podemos llamar “humana”, y que a su vez requiere una “ecología social”». Y añade: «Es apremiante (...) el esfuerzo por abrir paso a una ecología humana que favorezca el crecimiento del “árbol de la paz”» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 8-XII-2006, nn. 8 y 10).

Difundamos por todas partes estos anhelos del Santo Padre. Y, al mismo tiempo, con corazón grande, pidamos perdón al Señor y reparemos por los pecados con que le ofendemos nosotros, y también por quienes le ofenden en gran parte del mundo mediante la promoción de comportamientos contrarios a la ley natural y, por tanto, a la dignidad humana.

Con el nuevo año, celebramos la Maternidad divina de María, que constituye la raíz de todas las gracias que el Señor ha concedido a nuestra Madre. Acudamos a su intercesión rebosantes de confianza, pongamos en sus manos nuestra pelea personal para alcanzar la santidad y nuestra oración por la paz. Ella, Regina pacis, obtendrá de Jesucristo, Príncipe de la paz ( Is 9, 5), este regalo divino que tanto anhelan las almas, la Iglesia, el mundo entero.


Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
X Javier

Pamplona, 1 de enero de 2007.


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