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44 • Enero - Junio 2007 • Pág. 127
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Conferencia cuaresmal “La Eucaristía, misterio de luz”, Basílica de Santa María Mayor, Roma 29-III-2007

Al meditar la institución de la Eucaristía —quinto misterio de luz—, surge en nosotros una pregunta: ¿cómo contemplarla en su justa perspectiva? Los evangelistas Lucas y Juan nos dan la respuesta, desvelando el secreto del corazón de Jesús cuando instituyó este gran Misterio.

Lucas cita las palabras del mismo Jesús: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer» (Lc 22,15). El Señor ha llegado hasta ese momento con un deseo en el que los doce Apóstoles ocupan un lugar importante. Lo que deseaba fervientemente era celebrar la cena pascual precisamente con ellos. Lo que iba a suceder en aquella cena —Él lo sabía— influiría en sus vidas de modo decisivo, especialmente la institución de la Eucaristía. Ésta se encuentra ligada a su pasión, que está incluida en ése ardiente deseo de Jesús, como nos da a entender al mencionarla.

Juan, por su parte, introduciendo el relato de la Última Cena, explica la cualidad y la medida del deseo de Cristo: «La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Sólo el amor hasta el extremo de la muerte en la cruz explica todo lo que sucederá en el triduo pascual que entonces comenzaba y que, pasando por la pasión y muerte, culminaría en la resurrección.

La irradiación de amor que parte del corazón de Cristo es la verdadera luz que permite entender en sus precisos contornos el sentido de la institución de la Eucaristía. San Juan, cuando relata la salida de Judas del Cenáculo, decidido a entregar a Jesús, anota un detalle particular: «Era de noche» (Jn 13,30); un detalle cuyo significado sobrepasa la simple cronología del evento. San Agustín comenta que Judas mismo era la noche, es decir, llevaba las tinieblas dentro del corazón. Fuera estaba la oscuridad; en el Cenáculo, la luz. Estaba, sobre todo, la luz del amor de Cristo, que resplandece en el don eucarístico, don de riqueza inagotable para nuestra meditación.

El amadísimo Papa Juan Pablo II ha propuesto a todos los hijos de la Iglesia la institución de este inestimable don como objeto de pausa meditativa en el Rosario: «Misterio de luz —escribía— es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad “hasta el extremo” (Jn 13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio». Tres aspectos, por tanto, subraya el Papa: tres aspectos en los que se pueden resumir todos los demás: la entrega del Cuerpo y de la Sangre del Señor como alimento; su amor hasta el extremo; su sacrificio. Comenzamos por la consideración del amor.

El amor eucarístico

«La institución de la Eucaristía, en efecto, anticipaba sacramentalmente los acontecimientos que tendrían lugar poco más tarde, a partir de la agonía en Getsemaní». Consideremos qué hizo y dijo Jesús al instituir la Eucaristía: «Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Y del mismo modo el cáliz, después de haber cenado, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”» (Lc 22, 19-20). Así lo relata san Lucas.

Jesús dice que su cuerpo es entregado. Dar es prueba de amor, y cuanto más íntimo a la persona es lo que se da, mayor es el amor. Jesús da su cuerpo, su sangre, es decir, su vida, se da Él mismo. Es, ante todo, una entrega hecha a su Padre. Entrega preciosa, porque brota de su amor, obediente hasta el extremo de dar la vida: «el mundo debe conocer que amo al Padre y que obro tal y como me ordenó» (Jn 14, 31). «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo» (Jn 10, 17). El amor obediente de Jesús abate la ingente mole de egoísmo y de desobediencia a Dios acumulada por miles de millones de hombres a lo largo de la historia de la humanidad. Se convierte, de este modo, también en don de amor a nosotros los hombres, don suyo y del Padre. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

Jesús, con su cuerpo y su sangre, se da a nosotros no solamente en las horas de su pasión y muerte, sino también en la Eucaristía. Cuando promete este don en la sinagoga de Cafarnaún, la mayor parte de los presentes quedan desconcertados e incrédulos: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (Jn 6, 52). No creen en su poder divino, poder creador lleno de amor infinito. El don eucarístico pone a prueba la razón humana, que permanece deslumbrada ante tal fulgor. Para caminar en esta luz es necesaria la fe que viene de Dios, como Jesús les explicaba, exhortándoles a la docilidad: «Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado (...). Todo el que ha escuchado al que viene del Padre, y ha aprendido, viene a mí» (Jn 6, 44-45). Pero el don eucarístico pone también a prueba el corazón humano, es como un desafío al egoísmo, porque si Jesús se pone a nuestra disposición a tal extremo, ¿cómo debemos corresponder a su amor generoso? Amor pide amor. Un comportamiento descuidado e indiferente es signo de un corazón mezquino.

El don de Cristo nos atañe personalmente a cada uno de nosotros. Nos equivocaríamos si lo consideráramos como un don hecho al género humano como una gran masa anónima. Debemos razonar de otro modo, con la lógica que nos enseña san Pablo: «la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2, 20). Por eso, cuando meditamos el misterio de la institución de la Eucaristía, podemos escuchar las palabras de Jesús como realmente dirigidas a nosotros, presentes en los eventos decisivos de los tres días de su pasión, muerte y resurrección. No es una mera licencia de la imaginación: como escribía Juan Pablo II en su última encíclica, «en este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual. Con él instituyó una misteriosa “contemporaneidad” entre aquel Triduum y el transcurrir de todos los siglos».

Instituyendo la Eucaristía antes de su pasión, Jesús ha querido asegurarse, por decirlo así, que nos tendría bien presentes en aquellos momentos de su sacrificio redentor, para implicarnos en el gran drama de su amor sin límites. Como escribe el Santo Padre en su reciente Exhortación Apostólica, «la institución de la Eucaristía muestra cómo aquella muerte, de por sí violenta y absurda, se ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad». Con la Eucaristía Jesús ha querido hacernos respirar la atmósfera pura de su amor, para que sea la energía de nuestro vivir; ha querido donarnos el amor auténtico y enseñarnos a traducirlo en la vida como unión, don y disponibilidad.

Todo esto explica también por qué Jesús ha querido acompañar la institución de la Eucaristía con un largo coloquio con sus discípulos en el que el tema recurrente es el amor: el amor hasta el fin, porque —Él lo dice— «nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15, 13); el amor que surge de la intimidad de la vida divina: «como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor» (Jn 15, 9).

El sacrificio de Cristo

El misterio eucarístico que Jesús instituyó es la sorprendente solución a la imposibilidad humana de poder asistir a su sacrificio redentor: la Eucaristía nos permite superar la distancia de kilómetros y de siglos que nos separan del drama del Gólgota. Él, junto al Padre y al Espíritu Santo, ha desplegado su infinita sabiduría y su ilimitado poder para que el sacrificio del Calvario se convierta en la perenne fuente de vida divina comunicada a los fieles en la Iglesia. «Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así, todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente».

Cuando dijo a los Apóstoles, y en ellos a sus sucesores en el sacerdocio, «haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19), Jesucristo hacía resonar en las Misas de todos los tiempos sus palabras, que en aquel momento transustanciaban el pan en su cuerpo «dado por vosotros», y el vino en su sangre, «que es derramada por vosotros». Palabras eficaces que no han perdido nunca su poder consacratorio a lo largo de los siglos. Cristo anticipaba así sacramentalmente aquello que ocurriría en las horas siguientes, hasta su último aliento en la cruz: cuerpo entregado y sangre derramada. Era su sacrificio que se perpetuaría cada vez que los sacerdotes, celebrando la Eucaristía, siguieran su mandato: «haced esto en memoria mía».

Participar en el sacrificio del Gólgota «como si hubiéramos estado presentes». Es ésta una realidad consoladora, diría que también entusiasmante, pero que al mismo tiempo nos llama a un ineludible empeño personal. En efecto, según los relatos evangélicos, las personas presentes en el Gólgota eran muchas. Estaban allí Santa María, la Madre de Jesús, y con ella Juan, el discípulo amado, y las mujeres piadosas; estaban los dos ladrones también crucificados, el centurión y los soldados, los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos, los que pasaban por allí, que no eran pocos, «pues el lugar donde Jesús fue crucificado se hallaba cerca de la ciudad» (Jn 19, 20). Variados fueron los comportamientos de estas personas: desde la plena unión con Jesús de Santa María y la fe del ladrón arrepentido, pasando por las burlas de muchos y la brutalidad de los soldados, hasta la indiferencia de algunos de los transeúntes.

«Como si hubiéramos estado presentes». ¿En qué modo? El ladrón arrepentido reconoce sus pecados; el otro ladrón, no. Santa María Virgen está plenamente unida de mente y corazón a Jesús, otros se limitan a observar. Los que se burlan, parecen movidos por el diablo. El «haced esto en memoria mía» de Jesús a los Apóstoles, al instituir la Eucaristía, alcanza no solamente a sus sucesores en el sacerdocio, sino también a todo cristiano, que debe preguntarse: en mi participación en la Misa, memorial del sacrificio de Cristo, ¿con qué personas presentes en el Gólgota quisiera identificarme y con cuáles me identifico de hecho?

Las palabras de Jesús nos tocan personalmente. Sin embargo, Él se vuelve a los Apóstoles reunidos, les habla en plural. A Él le interesa la salvación de todo hombre, pero aquí ve a todos como parte de sí mismo, de la Iglesia cuerpo suyo, que encuentra en la Eucaristía uno de los más decisivos momentos de su formación, porque el sacrificio que en la Eucaristía se deberá perpetuar a lo largo de los siglos es el sacrificio de la nueva alianza. Las cuatro narraciones de la institución de la Eucaristía relatan las palabras del Señor con este propósito: «ésta es mi sangre de la nueva alianza» (Mt 26, 28; cfr. Mc 14, 24); «este cáliz es la nueva alianza en mi sangre» (Lc 22, 20; 1 Cor 11, 25).

Como explica Juan Pablo II, «los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena fundaron la nueva comunidad mesiánica, el Pueblo de la nueva Alianza». La meditación de la institución de la Eucaristía debe acrecentar en nosotros el sentido de pertenencia a la Iglesia, de comunión con los demás, hijos de Dios en la Iglesia. Debe acrecentar en nosotros la pasión por la unidad.

El hecho de estar involucrados mediante la Eucaristía en el sacrificio redentor de Cristo no debe llevar solamente a acoger las gracias que de él provienen y a conmovernos ante sus sufrimientos y su inmenso amor. Al instituir el Misterio eucarístico, Jesús ha querido algo más de nosotros. Nos lo enseña el Santo Padre en su primera encíclica: «La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega». Como un padre que, queriendo enseñar a su hijito a ser compasivo y generoso con los pobres, le pone en la mano algunas monedas para que las dé a un mendigo que le pide limosna, Jesús con la Eucaristía pone en nuestras manos su amor hasta el extremo de la entrega en la cruz para que podamos tener algo que ofrecer a nuestro Padre Dios. No es una pía exageración; al contrario, es la clara doctrina de la Iglesia, como enseña el Concilio Vaticano II refiriéndose a todos los fieles: «Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos juntamente con ella». Jesús se ofrece a sí mismo y nos da la posibilidad de que también nosotros podamos ofrecerlo.

En el origen de su sacrificio está su amor ilimitado, tanto divino como humano. Esto último proviene de la plenitud del Espíritu Santo que santifica su santa humanidad y lo constituye como el Cristo, aquél que posee plenamente la unción del Espíritu. Por esto la Carta a los Hebreos afirma que Jesús «por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo como víctima inmaculada a Dios» (Hb 9, 14). Juan Pablo II explica el sentido: «el Espíritu Santo actuó de manera especial en esta autodonación absoluta del Hijo del hombre para transformar el sufrimiento en amor redentor». Y mediante el don de ese mismo espíritu, el amor divino es infundido en nosotros, según dice san Pablo: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5, 5). Por esto no debemos asombrarnos de que Jesús ponga su amor oblativo en nuestras manos para que lo ofrezcamos también nosotros al Padre. Él, viniendo a nosotros, nos dona su Espíritu, que es el Amor que, en el seno de la Trinidad, procede de la unión de amor del Padre y del Hijo. El Espíritu nos enseña a amar.

Hay todavía más. Nos hemos adentrado en el acto oblativo de Jesús de modo que, al ofrecer la Víctima divina, podamos ofrecernos nosotros mismos con ella. También esto es don de Jesús y de su Espíritu, como pide la Iglesia en la Plegaria Eucarística: «que Él nos transforme en ofrenda permanente». Sacrificio de la entera persona y, por tanto, de sus obras, como explica el Concilio a propósito de los laicos, aunque la doctrina se puede aplicar a todos los fieles: «todas sus obras, preces y proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y de cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida si se sufren pacientemente, se convierten en “hostias espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo” (1 Pe 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía, con la oblación del cuerpo del Señor, ofrecen piadosísimamente al Padre». De este modo no solamente cumplimos el mandamiento eucarístico «haced esto en memoria mía», sino también los demás mandatos de la última Cena: el del servicio («si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros»: Jn 13, 14) y el del amor («un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros»: Jn 13,3 4).

El mandato del servicio nos indica la forma exterior de nuestro sacrificio espiritual; el del amor, la forma interior; el eucarístico nos comunica la fuerza para realizarlo. Eucaristía, amor, servicio. Tres realidades que han caracterizado la Última Cena. Tres realidades que señalan también la vida de la Iglesia y que deben distinguir la vida de cada cristiano.

El don del Cuerpo y de la Sangre del Señor

Al instituir la Eucaristía, Jesús dio su cuerpo como Alimento bajo la apariencia del pan («tomad y comed, esto es mi cuerpo»: Mt 26, 26) y su sangre como Bebida bajo la apariencia del vino («bebed todos de él; porque ésta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados»: Mt 26, 27-28). Se cumplía la promesa del pan de vida: «yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 51). El don eucarístico es la espléndida manifestación de la condescendencia divina hacia nosotros, como le gustaba decir a los Padres de la Iglesia. Escuchemos a san Juan Crisóstomo: «si fuéramos incorpóreos, Él nos hubiera legado dádivas puramente incorpóreas; pero como el alma está unida con el cuerpo, nos ha dado lo espiritual en lo sensible. ¡Cuántos no dicen ahora: quisiera ver la figura del Señor, su talle, sus vestidos, su calzado! Pues he ahí que le ves y le tocas y le comes. Tú desearías ver sus vestidos, y Él se te da a sí mismo, no sólo para que le veas, sino para que le toques y le comas y le tengas dentro de ti mismo».

La participación eucarística en el sacrificio redentor de Cristo se convierte así en unión íntima con Él. Ésta es representada con el signo del alimento, el más expresivo que existe. Es máximamente expresivo en la Eucaristía, porque sobrepasa inconmensurablemente la pura significación: recibimos en efecto el cuerpo de Cristo, en toda su realidad sustancial, no solamente como virtud operativa sobre nosotros. La unión con Cristo alcanza cumbres altísimas, pero nos atrevemos a afirmarla confiando únicamente en sus palabras explícitas: «el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí» (Jn 6, 56-57).

Este paralelismo entre la comunión eucarística con Cristo y la intimidad de la unión trinitaria entre el Padre y el Hijo nos lleva a considerar que comer el cuerpo de Cristo es el modo idóneo de vivir en profundidad nuestra condición de hijos de Dios en el Hijo, esto es, en Jesús. La Secuencia Lauda, Sion del Misal Romano llama a la Eucaristía «pan de los hijos», pan que nos alimenta en cuanto hijos, perfeccionando nuestra participación en la divina filiación de Jesús. Nosotros lo recibimos como alimento, pero es Él quien nos asimila a Sí mismo. El protagonista de la Comunión eucarística es Él; sin embargo, ésta no pierde la condición de don acogedor, que nos impulsa a recibirlo con las disposiciones interiores adecuadas. Jesús dice: «tomad y comed». Nos llama, por tanto, a un papel activo en su acción transformadora, es decir, a secundar su acción en nosotros, sin resistencias.

Tal acción transformadora alcanza una particular eficacia en la Comunión, pero Jesús permanece también después de la Misa en el tabernáculo, porque sabe que tenemos una continua necesidad de Él y quiere estar siempre accesible a nosotros. San Josemaría Escrivá, gran enamorado de la Eucaristía, nos invitaba a experimentar la intimidad con Jesús en el tabernáculo: «os diré que para mí el Sagrario ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le hablaban aquellos amigos suyos, Marta, María y Lázaro».

Quien frecuenta a Jesús en la Comunión y luego en el tabernáculo, quien sabe contemplarlo y escuchar su palabra que resuena en los Evangelios, poco a poco se identifica con Él, alcanza, por así decir, su modo de pensar y actuar y aprende a mirar a los demás, con los ojos de Jesús, como hermanos y hermanas; aprende, en definitiva, a asimilar los mandamientos del amor y del servicio.

Debemos considerar todavía un detalle en las palabras con las que Jesús instituyó la Eucaristía: «ésta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28). En este “muchos” estamos todos invitados a entrar. Jesús no excluye a ninguno, pero cualquiera puede excluirse a sí mismo, porque la sangre es derramada para la remisión de los pecados y esta remisión no se realiza si la persona no se separa del pecado. Por esto, la Eucaristía constituye una continua llamada a la conversión. «Los Padres sinodales han afirmado que el amor a la Eucaristía lleva también a apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación». El sacramento de la conversión, de la penitencia, de la confesión, del perdón, de la reconciliación: con estos nombres llama el Catecismo de la Iglesia Católica a este sacramento (nn. 1423-1424), que allana el camino hacia la plena participación del Sacrificio eucarístico, a la Comunión con Jesús. Si el cristiano marcado por el pecado rechaza avanzar por la vía instituida por Cristo mismo para reconciliarnos con Él, ¿cómo podrá acercarse a recibirlo en la comunión? Sería una ficción irreverente acercarse externamente como amigo, permaneciendo como enemigo que no quiere hacer las paces con Él.

Al proponernos la institución de la Eucaristía como misterio de luz del Santo Rosario, Juan Pablo II nos ha ofrecido a todos los hijos de la Iglesia la gran oportunidad de poder meditarlo a menudo, incluso diariamente. Nos gustaría encontrar allí a la Virgen, Madre nuestra, pero los Evangelistas no la mencionan en sus relatos de la Última Cena. El mismo Papa nos ha mostrado el modo de encontrarla, invitándonos a escuchar de nuevo las palabras de la institución: «“haced esto en recuerdo mío” (Lc 22, 19). En el “memorial” del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro. En efecto, le confía al discípulo predilecto y, en él, le entrega a cada uno de nosotros: “¡he aquí a tu hijo!”. Igualmente dice también a todos nosotros: “¡he aquí a tu madre!”» .

Estas palabras son, ciertamente, objeto de meditación en el quinto misterio de dolor, pero también en la contemplación de la institución de la Eucaristía. Ésta, en efecto, es el memorial que actualiza lo que sucede en el Gólgota y contiene el Cuerpo y la Sangre de Jesús, que se han formado en el seno de María Virgen, primer verdadero tabernáculo de todos los tiempos.


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