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46 • Enero - Junio 2008 • Pág. 8
 
 
 
 •  Editorial
 

En el Año Paulino

En la tarde del pasado 28 de junio, durante la celebración de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo en la Basílica de San Pablo Extramuros, el Papa Benedicto XVI proclamó oficialmente la apertura del Año Paulino, que se prolongará hasta el 29 de junio de 2009, fiesta de estos dos Apóstoles. La Ciudad Eterna, «la Roma de Pedro y de Pablo, bañada por la sangre de los mártires, centro de donde tantos han salido para propagar en el mundo entero la palabra salvadora de Cristo», puede considerarse verdaderamente privilegiada, porque ha sido tantorum principum purpurata pretioso sanguine, bañada con la sangre de los Príncipes de los Apóstoles.

Durante este periodo se conmemoran los dos mil años del nacimiento del Apóstol de las Gentes. Para fijar esta fecha, los estudios sobre la cronología paulina tienen en cuenta los datos que proporcionan sus escritos: en la Carta a los Gálatas afirma que, tras su conversión, encontró a Pedro en Jerusalén, tres años después de su fuga de Damasco, donde el rey de los nabateos, Aretas IV, ejercía un cierto poder. Esto permite datar la huida hacia el año 37 y su conversión hacia el 34-35. Por otro lado, en los Hechos de los Apóstoles, al narrar el martirio de Esteban se califica a Saulo como "joven", poco antes de su vocación. Aunque sea éste un dato genérico, de modo aproximado permite situar su nacimiento hacia el año ocho.

El Año Paulino quiere promover una reflexión más profunda sobre la herencia teológica y espiritual que San Pablo ha dejado a la Iglesia, por medio de su vasta obra de evangelización. Como signos externos que nos invitan a meditar la fe y la verdad de la mano del Apóstol, el Papa encendió la "Llama Paulina", en un brasero colocado en el pórtico de la Basílica de San Pablo en Roma y abrió también, en este mismo templo, la "Puerta Paulina", que atravesó el día 28 de junio, acompañado del Patriarca de Constantinopla.

El Apóstol de las Gentes

¿Quién era Pablo de Tarso? Nació en la capital de la provincia romana de Cilicia, hoy Turquía. Cuando fue capturado en las puertas del Templo de Jerusalén, se dirigió con estas palabras a la multitud que quería matarlo: «yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esta ciudad e instruido a los pies de Gamaliel según la observancia de la Ley patria».

Al final de su existencia, en una visión retrospectiva de su vida y de su misión, dirá de sí mismo: «he sido constituido predicador, apóstol y maestro». Al mismo tiempo su figura se abre al futuro, a todos los pueblos y generaciones. Pablo no es sólo un personaje del pasado: su mensaje y su vida son siempre actuales, pues contienen la esencia del mensaje cristiano, perenne y actual.

Al contemplar lo que San Pablo ha trabajado por Cristo, se puede decir que no tiene nada que envidiar a los otros Apostoles: «¿Son hebreos? También yo. ¿Son israelitas? También yo. ¿Son descendencia de Abrahán? También yo. ¿Son ministros de Cristo? Pues —delirando hablo— yo más: en fatigas, más; en cárceles, más; en azotes, mucho más. En peligros de muerte, muchas veces. Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno, tres veces me azotaron con varas, una vez fui lapidado, tres veces naufragué, un día y una noche pasé náufrago en alta mar. En mis repetidos viajes sufrí peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas, frecuentes vigilias, con hambre y sed, con frecuentes ayunos, con frío y desnudez».

Como se ve, no le faltaron dificultades ni tribulaciones, que soportó por amor de Cristo. Sin embargo, todo el esfuerzo y todos los padecimientos por los que atravesó, no le llevaron a la vanagloria. Pablo entendió a fondo y experimentó en su persona aquello que también enseñaba San Josemaría: «que nuestra lógica humana no sirve para explicar las realidades de la gracia. Dios suele buscar instrumentos flacos, para que aparezca con clara evidencia que la obra es suya. Por eso, San Pablo evoca con temblor su vocación: después de todos se me apareció a mí, que vengo a ser como un abortivo, siendo el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios (1 Cor 15, 8-9)» . «¿Cómo no admirar a un hombre así? —dice Benedicto XVI—. ¿Cómo no dar gracias al Señor por habernos dado un Apóstol de esta talla?» .

Entre los diversos aspectos que componen la enseñanza teológica de San Pablo se debe señalar, en primer lugar, la figura de Jesucristo. Ciertamente en sus cartas no aparecen los rasgos históricos de Jesús de Nazaret, tal como nos lo presentan los Evangelios. Ese interés pasa a un segundo plano. Él subraya especialmente el misterio del amor de Cristo, su pasión y su muerte en la cruz. Jesucristo constituye el centro y el fundamento de su anuncio y de su predicación: en sus escritos el nombre de Cristo aparece 380 veces, superado sólo por el nombre de Dios, mencionado 500 veces. Esto nos hace entender cómo Jesucristo incidió profundamente en su vida: en Cristo encontramos el culmen de la historia de la Salvación.

Al encuentro con Cristo

Mirando a San Pablo nos podemos preguntar cómo se realiza el encuentro personal con Cristo y qué relación se genera entre Él y el creyente. La respuesta de Pablo se condensa en dos momentos: por una parte se subraya el valor fundamental e insustituible de la fe. Así lo escribe a los romanos: «el hombre es justificado por la fe con independencia de las obras de la Ley»; la idea aparece más explícita en la Carta a los Gálatas: «el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por medio de la fe en Jesucristo». Es decir, se entra en comunión con Dios por obra exclusiva de la gracia; Jesús sale a nuestro encuentro y nos acoge con su misericordia, perdonando nuestros pecados y permitiéndonos establecer una relación de amor con Él y con nuestros hermanos.

En esta doctrina de la justificación, Pablo refleja el proceso de su propia vocación. Era un estricto observante de la Ley mosaica, que cumplía hasta en los más mínimos detalles. Pero el encuentro con Cristo en el camino de Damasco le hace tomar conciencia de que también él es pecador: tanto como los demás.

Ahí reconoce su vocación, y su misión de apóstol. Descubre en la donación infinita de Cristo en la cruz la invitación a salir del propio yo, a poner toda la confianza en la muerte salvadora y en la resurrección del Señor: «el que se gloría, que se gloríe en el Señor». Esta conversión espiritual comporta, por tanto, no buscarse a sí mismo, sino revestirse de Cristo y entregarse con Cristo, para participar así personalmente en la vida de Cristo hasta sumergirse en Él y compartir tanto su muerte como su vida. Así lo describe el Apóstol mediante la imagen del bautismo: «¿no sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados para unirnos a su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva».

Pablo —y con él, todo cristiano— contempla al Hijo de Dios no sólo como Aquel que murió por amor nuestro, obteniéndonos la salvación por nuestros pecados —«dilexit me et tradidit semetipsum pro me, me amó y se entregó a sí mismo por mí»—, sino también como Aquel que se hace presente en su vida: «vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus, vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí». A San Josemaría le gustaba repetir estas palabras del Apóstol, porque veía a Jesucristo muerto y resucitado como la razón de ser de toda la vida del cristiano y de su misión.

Hacia la unidad

Otro aspecto, entre los muchos que trata el Apóstol en sus epístolas, que vale la pena tener en cuenta al inicio de este Año Paulino es el de la unidad de los cristianos. Es motivo de consolación y de estímulo para pedir insistentemente al Señor esta gracia —tan grande como difícil de alcanzar— el hecho de que el Patriarca ecuménico Bartolomé I, siguiendo las huellas del Vicario de Cristo, también haya convocado para la Iglesia ortodoxa un Año Paulino. La enseñanza de Pablo nos recuerda que la plena comunión entre todos los cristianos encuentra su fundamento en que tenemos «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo». Debemos rezar «para que la fe común, el único bautismo para el perdón de los pecados y la obediencia al único Señor y Salvador se manifiesten plenamente en la dimensión comunitaria y eclesial». San Pablo nos muestra el camino más eficaz hacia la unidad, en unas palabras que también proponía el Concilio Vaticano II en su decreto sobre el ecumenismo: «así pues, os ruego yo, el prisionero por el Señor, que viváis una vida digna de la vocación a la que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, sobrellevándoos unos a otros con caridad, continuamente dispuestos a conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz».

Delante de la humanidad del tercer milenio, cada vez más globalizada y, paradójicamente, más dividida y fragmentada por la cultura hedonista y relativista, que pone en duda la existencia misma de la verdad, la oración del Señor —«ut omnes unum sint, que todos sean uno»— es para nosotros la mejor promesa de unión con Dios y de unidad entre los hombres.


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