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46 • Enero - Junio 2008 • Pág. 100
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Carta de enero de 2008

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Desde el pasado 25 de diciembre, todo nos habla del nacimiento de Cristo, Verbo eterno del Padre, encarnado y nacido de la Virgen María para salvarnos. En los países de tradición cristiana, la piedad popular manifiesta de mil modos la alegría ante este maravilloso Misterio. Muchos hombres y mujeres de buena voluntad, también no cristianos, comparten con los católicos los ideales de paz, justicia y solidaridad evocados por esta fiesta, lo que constituye una prueba más de cómo el mensaje de Cristo responde a las aspiraciones más profundas de las criaturas.

Sin embargo, más allá del despertar de esos anhelos —que tienen su importancia, sobre todo en momentos como los actuales, caracterizados por la falta de paz en muchas naciones y en muchas conciencias—, lo decisivo de la Navidad es el hecho mismo que celebramos. Lo recordaba el Santo Padre, pocos días antes de esta fiesta: «en Belén se manifestó al mundo la Luz que ilumina nuestra vida; se nos reveló el Camino que nos lleva a la plenitud de nuestra humanidad. Si no se reconoce que Dios se hizo hombre, ¿qué sentido tiene festejar la Navidad? La celebración se vacía. Ante todo nosotros, los cristianos, debemos reafirmar con profunda y sentida convicción la verdad del Nacimiento de Cristo para testimoniar delante de todos la conciencia de un don inaudito que es riqueza no sólo para nosotros, sino para todos».

La Navidad nos vuelve a poner ante los ojos la urgencia de colaborar con Cristo en la aplicación de los frutos de la Redención. Buen ejemplo nos dan los pastores de Belén: después de acudir presurosos a la gruta, donde «encontraron a María y a José y al Niño reclinado en el pesebre», regresaron a su trabajo habitual llenos de alegría. Volvieron cambiados por dentro, «glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto», y deseosos de comunicar a sus parientes y vecinos la buena nueva; de modo que «todos los que lo oyeron, se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho». Y eso que muy probablemente eran, como sucede también ahora, personas retraídas, poco dadas a la conversación.

Cuando alguien experimenta un gozo grande, siente el impulso de comunicarlo a las personas con las que se relaciona. Sucede con mayor motivo cuando se trata de la vida sobrenatural, que Jesús ha traído a la tierra. Es ésta una dicha que no se puede ocultar, porque la vocación cristiana lleva consigo, por su misma naturaleza, vocación apostólica. La alegría de haber sido salvados por Dios no cabe en un corazón solo. Dice San Agustín que quien logra la conversión de un alma tiene la suya predestinada. «¡Pues pensad lo que será traer al camino de Dios, a la entrega, a otras almas! ¡Algo maravilloso! (...). Porque el bien, de suyo, es difusivo. Si yo gozo de un beneficio, necesariamente tendré deseos eficaces de que otros vengan a participar de esa misma felicidad».

Sin embargo, en muchos lugares se ha consolidado la falsa idea de que no resulta conveniente hablar a otras personas de las propias convicciones religiosas. Equivale —dicen— a entrometerse en la conducta privada de los demás, atentando a la intimidad de cada uno. Debemos rechazar semejante actitud y estar siempre dispuestos a dar razón de la esperanza de nuestra vocación cristiana, con sinceros deseos de que resuene en los oídos de nuestros parientes, amigos y conocidos la buena nueva de la salvación.

No hay que conformarse con el testimonio del ejemplo, porque el ejemplo solo —siendo indispensable— no basta. Recordemos el reproche del Señor a quienes no advertían al pueblo de los peligros de la idolatría: «son perros mudos, incapaces de ladrar, somnolientos, tumbados, amigos de dormitar».

Hijas e hijos míos, permanezcamos vigilantes para no hacernos acreedores a esa censura del Señor; dejaríamos de ser sal de la tierra y luz del mundo. Y eso no debe suceder. ¿Alimentas tu afán apostólico como si fuera un instinto sobrenatural? ¿Cómo pides al Señor que ponga en tus labios la palabra oportuna en tus conversaciones diarias, también en las de carácter profesional y en los ratos de descanso? Hay que hablar a los hombres y mujeres de la divina condescendencia que se ha manifestado con la venida del Hijo de Dios al mundo, y de cómo el Señor espera nuestra colaboración en el anuncio de su mensaje de amor, de vida y de paz.

Hace pocas semanas, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, que Benedicto XVI recomienda meditar a todos los fieles. Entre otros puntos, ese documento recuerda que «estimular honestamente la inteligencia y la libertad de una persona hacia el encuentro con Cristo y su Evangelio no es una intromisión indebida, sino un ofrecimiento legítimo y un servicio que puede hacer más fecunda la relación entre los hombres». Más aún: «La actividad por medio de la cual el hombre comunica a otros eventos y verdades significativas desde el punto de vista religioso, favoreciendo su recepción, no solamente está en profunda sintonía con la naturaleza del proceso humano de diálogo, de anuncio y aprendizaje, sino que también responde a otra importante realidad antropológica: es propio del hombre el deseo de hacer que los demás participen de los propios bienes».

Naturalmente, en esto como en todo, no sólo respetamos la intimidad y la libertad de los demás, sino que las defendemos; excluimos toda forma de violencia. Muy vivo conservamos el ejemplo y la enseñanza de San Josemaría, que nos señalaba: «he defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer».

Me ha venido a la memoria la insistencia de nuestro Padre en este punto. Quizá se hizo más frecuente cuando empezó a difundirse en algunos ambientes la idea de que no es necesario tratar de nuestra fe con las demás personas; de que basta el testimonio de la propia conducta. Frente a esa actitud, que podría llegar a paralizar las ansias misioneras de la Iglesia, San Josemaría reaccionaba con fortaleza apostólica. Puntualizaba: «es necesario que mis hijos busquen la ocasión de hablar, de comunicar estas maravillas que el Señor nos ha confiado. No basta la presencia, para trabajar cristianamente».

Cuando el Concilio Vaticano II se acercaba a su conclusión, nuestro Fundador nos impulsó a poner en práctica las grandes enseñanzas de esa magna Asamblea de la Iglesia; sobre todo, nos invitaba a recordar a la gente, en público y en privado, la llamada universal a la santidad y al apostolado proclamada con fuerza en el Concilio. Nos instaba a mantener con todos —católicos y no católicos, cristianos y no cristianos— una perseverante conversación apostólica fundada en la verdad y en la caridad. Así vivió hasta el final. Me pasan por la cabeza los recuerdos de cómo aprovechaba las ocasiones para servir de este modo a las almas.

Corrían tiempos en los que se aireaba mucho que era mejor no exponer la fe cristiana a las demás personas; algunos incluso concebían el diálogo como un coloquio en el que era preciso dejar de lado las verdades enseñadas por la Iglesia, como si cualquier opinión referente a Dios o a las verdades reveladas fuese igualmente válida y auténtica. En esas circunstancias, partiendo del Evangelio, San Josemaría comentó los múltiples ejemplos de las charlas o predicaciones que Jesucristo mantuvo con sus contemporáneos. Y gozaba al comprobar que de la misma manera se han comportado los cristianos a lo largo de los siglos, siguiendo el ejemplo del Maestro. «Los primeros Doce —para predicar el Evangelio— tuvieron una conversación maravillosa con todas las personas a las que encontraron, a las que buscaron, en sus viajes y peregrinaciones. No habría Iglesia, si los Apóstoles no hubieran mantenido ese diálogo sobrenatural con todas aquellas almas. Porque el apostolado cristiano no es más que eso: ergo fides ex auditu, auditus autem per verbum Christi (Rm 10, 17); ya que la fe proviene del oír, y el oír depende de la predicación de la palabra de Jesucristo».

En su reciente carta encíclica sobre la esperanza cristiana, el Papa expone con incisividad estas enseñanzas. Partiendo de que el afán de santidad es algo intransferible —nadie puede sustituirnos en la correspondencia personal a la gracia—, Benedicto XVI explica: «la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros (cfr. 1 Tm 2, 6). Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser "para todos", hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás». Ahí tiene su raíz la necesidad de comunicar la buena nueva de la salvación a otras almas. «Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor». Nos consta con entera seguridad, pues es algo inherente a la llamada recibida, que el Señor desea que incrementemos el apostolado personal de amistad y confidencia, tan característico de los fieles que viven por vocación divina en medio del mundo, y concretamente de quienes se alimentan del espíritu del Opus Dei.

En este mes se cumplen setenta y cinco años del momento en que San Josemaría dio un impulso decisivo a la labor apostólica con la juventud, que venía realizando desde la fundación del Opus Dei. Fue, en efecto, el sábado 21 de enero de 1933, cuando nuestro Padre reunió por vez primera a un pequeño grupo de jóvenes, para dirigirles una charla de formación cristiana.

¡Con qué sentido sobrenatural, con qué ilusión y cariño comenzó nuestro Fundador esa actividad! Sin embargo, como tantas veces rememoró, a aquel primer Círculo acudieron sólo tres muchachos, a pesar de que se había hablado previamente con nueve o diez. San Josemaría no se desanimó. Lleno de fe, confiando en la intercesión de la Virgen y de San José, y encomendando nuevamente esa labor al Arcángel San Rafael y al Apóstol San Juan, impartió a aquellos primeros la bendición con el Santísimo Sacramento. Meditemos despacio sus palabras: «al terminar la clase, fui a la capilla con aquellos muchachos, tomé al Señor Sacramentado en la custodia, lo alcé, bendije a aquellos tres..., y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones..., blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer. Y me he quedado corto, porque es una realidad (...). Me he quedado corto, porque el Señor ha sido mucho más generoso».

Al día siguiente, domingo 22 de enero, tuvo lugar la primera catequesis —medio imprescindible en la labor apostólica con la juventud, y también con otras personas—, a la que concurrieron algunos de los muchachos que trataba nuestro Padre. Fueron a un colegio de las afueras de Madrid, en la barriada de los Pinos, donde les esperaban un montón de niños. Las clases de formación, las catequesis y las visitas a los pobres y enfermos, que nuestro Fundador realizaba desde mucho tiempo antes, han sido y serán siempre un fundamento solidísimo de este apostolado, que es –así se expresaba siempre nuestro Padre– “como la niña de nuestros ojos”.

Lógicamente, el peso y el gozo de sacar adelante este apostolado recae principalmente sobre los fieles más jóvenes de la Prelatura, y sobre los que tienen confiado especialmente este encargo. Hijas e hijos míos, pensad en la confianza del Señor, que desea poner en vuestras manos –para que las modeléis, como el escultor modela la arcilla– las almas de tantas jóvenes y de tantos jóvenes, que buscan sinceramente el sentido profundo de sus vidas. Preparad bien los Círculos y las clases de doctrina cristiana, pedid al Espíritu Santo que ponga en vuestras palabras una fuerza que arrastre, y lanzaos con decisión a hablar con vuestras amigas, con vuestros amigos, entablando un diálogo apostólico que les lleve hasta Cristo, suaviter et fortiter, con suavidad y con fortaleza.

Remueve mucho la insistencia con que Benedicto XVI habla de que hay que invitar a los jóvenes a ser generosos, a acercarse más al Señor, a seguirle. Hagámosle eco al oído de muchos, confiando en la acción del Espíritu Santo y en la capacidad de entregarse al servicio de ideales grandes, que es siempre una característica de la juventud, aunque a veces parezca dormitar en los corazones.

Acudamos con confianza a San Rafael y a San Juan, Patronos de esta labor, y también a San Josemaría, que comenzó este trabajo hace ya tantos años. Tened presente que de este modo estáis –estamos– preparando el futuro de la Iglesia, el porvenir cristiano de la sociedad.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre
XJavier

Roma, 1 de enero de 2008.


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