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46 • Enero - Junio 2008 • Pág. 104
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Carta de marzo de 2008

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hace dos semanas, he tenido la alegría de estar cuarenta y ocho horas en Holanda. Como siempre en estos viajes breves –igual que en otros más largos–, doy muchas gracias al Señor, pues se palpa la unidad de la Obra: ese ser cor unum et anima una, y todos diferentes. San Josemaría, que pidió esta diversidad desde los comienzos, rompía en acción de gracias al ver cómo se iba realizando, y también al comprobar que esta variedad daba paso a una unidad más fuerte, más alegre.

Nos hallamos cerca de la Semana Santa y de la Pascua. Ha transcurrido ya la mitad de la Cuaresma y urge que aceleremos el paso. En las carreras deportivas, los atletas redoblan el esfuerzo cuando se aproximan a la meta. Si hasta entonces habían reservado las fuerzas, ahora las gastan generosamente, con la esperanza de conseguir una buena marca o incluso de ganar la competición. A veces me viene a la cabeza que el tiempo va más rápido que nuestros afanes de santidad, de conversión, y no debería ser así, porque hemos de caminar al paso de Dios.

Comportémonos del mismo modo que los deportistas. ¿Qué son estas semanas sino un entrenamiento para arribar bien purificados al Triduo Pascual, que nos ofrece de nuevo la posibilidad de participar más íntimamente aún en la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte? Esta conocida metáfora deportiva, de connotación paulina, la han desarrollado ampliamente los Padres de la Iglesia. Fijaos cómo se expresa, por ejemplo, San León Magno. Exhortando a los cristianos a redoblar los esfuerzos «para conseguir la palma en la carrera del estadio espiritual», expone una razón para que nos esforcemos más en estas semanas: «Ninguno de nosotros es tan perfecto y tan santo que no pueda ser aún más perfecto y más santo. Por eso, todos juntos, sin diferencia de dignidad y sin distinción de méritos, corramos con piadosa avidez desde donde estamos hasta donde aún no hemos llegado».

El mes pasado os sugería que cuidarais especialmente el espíritu de mortificación y de penitencia. Hoy quisiera detenerme en la práctica de las obras de misericordia, materiales y espirituales, que la Cuaresma también pone muy en primer plano. En su Mensaje cuaresmal de este año, el Papa se ha centrado en la limosna, advirtiendo que este acto de caridad, además de ayudar a los indigentes, es también un ejercicio ascético para mantener el alma desasida de los bienes materiales.

Al acudir en socorro de los necesitados, cumpliendo las condiciones señaladas por Jesucristo en el Evangelio, nos identificamos más y más con el Señor, que vino a la tierra para librar a los hombres de sus miserias, sobre todo del pecado; al mismo tiempo, prestamos un servicio a Jesús, que ha decidido identificarse con sus hermanos más pequeños: «tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme».

A la luz de estas palabras del Señor, percibimos que las obras de caridad, y concretamente la limosna, trascienden la dimensión puramente material y se muestran, sobre todo, como una manifestación de la caridad con la que Dios mismo nos ama: «cada vez que, por amor de Dios, compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado, experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría».

Vivamos, pues, cada uno en la medida de sus posibilidades, la práctica de esta obra de caridad de tanta raigambre evangélica, a la que el Señor mismo ha unido especiales frutos espirituales para el que la ejercita, pues la caridad cubre la multitud de los pecados; y todos estamos muy necesitados del perdón de Dios.

Como es lógico, y así lo ha entendido siempre la Iglesia, la caridad con el prójimo no puede limitarse al ámbito puramente material. En realidad hay muchos pobres, no de medios económicos, sino de afecto, de amor; se mueven en una triste soledad o rodeados por el frío de la indiferencia. En esta óptica se entiende bien lo que San Josemaría enseñó constantemente: «Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”» . Esta máxima espiritual tiene numerosas aplicaciones en la existencia corriente y será siempre de gran actualidad.

Aunque, con el progreso social, se llegaran a satisfacer todas las deficiencias físicas más perentorias de las personas –alimentación, vestido, vivienda, atención sanitaria, etc.–, nunca podrán resolverse las carencias interiores –afecto, comprensión, disculpa, acogida– que experimentan tantas gentes. Mientras que lo primero admite una programación por parte del Estado, lo segundo atañe a la esfera íntima de cada uno, en la que la relación personal resulta insustituible. Aquí tenemos los cristianos un gran campo para hacer llegar a los demás el consuelo de la caridad de Cristo.

«El amor –caritas– siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa», escribió el Papa en su primera encíclica. «No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo. El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido –cualquier ser humano– necesita: una entrañable atención personal».

Lo descubrimos al leer atentamente el Evangelio. Ciertamente, Jesús se preocupa de las multitudes que no tienen que comer, de los enfermos que le presentan para que los sane, de las turbas deseosas de recibir la doctrina salvadora... Pero se ocupa igualmente de las personas singulares: atiende al leproso que se arroja a sus pies pidiendo la salud; charla a solas con Nicodemo, que busca la verdad; se entretiene largo rato con la mujer samaritana junto al pozo de Sicar, para convertirla; acoge a la pecadora arrepentida en casa del fariseo, derramando en su alma el perdón de Dios...

De los primeros cristianos se decía, con admiración: «¡mirad cómo se aman!» . Esa alabanza de nuestros primeros hermanos en la fe, debería resonar también ahora, en cualquier lugar donde se encuentre un discípulo del Maestro. Resulta de gran actualidad aquella advertencia de San Josemaría: «si percibes que tú, ahora o en tantos detalles de la jornada, no mereces esa alabanza; que tu corazón no reacciona como debiera ante los requerimientos divinos, piensa también que te ha llegado el tiempo de rectificar. Atiende la invitación de San Pablo: hagamos el bien a todos y especialmente a aquellos que pertenecen, mediante la fe, a la misma familia que nosotros (Gal 6, 10), al Cuerpo Místico de Cristo». Por eso, continuaba nuestro Padre, «el principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad. Cuando no nos amamos de verdad, cuando hay ataques, calumnias y rencillas, ¿quién se sentirá atraído por los que sostienen que predican la Buena Nueva del Evangelio?» .

El próximo 15 de marzo celebraremos litúrgicamente la solemnidad de San José, anticipada este año porque el 19 es Miércoles Santo. La vida del Patriarca, completamente dedicada al cuidado de Jesús y de María, nos habla de un amor llevado hasta el olvido total de sí mismo. Al renovar el día 19 nuestra entrega a Dios, maravillados ante el ejemplo de este varón justo, meditemos a fondo que –como señala San Juan– la verdad del amor a Dios se manifiesta en la caridad concreta con el prójimo. «En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios? Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad».

En su mensaje para la Cuaresma, el Papa recuerda la viuda que echa unas monedas en el tesoro del Templo. Esa mujer pobre recibe el elogio de Jesús por su generosidad: ha ofrecido todo lo que tenía. Considerando que ese hecho se sitúa históricamente en los días que preceden a la Pasión y Muerte del Señor, manifestación máxima del amor de Dios, Benedicto XVI propone una enseñanza concreta: «podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos.

¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar en nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor».

Rezo para que la participación piadosa en los ritos litúrgicos del Triduo Santo nos impulse, de una parte, a renovar nuestro dolor por los pecados, que han sido el motivo de la entrega del Señor a la Pasión; y de otra, a fomentar nuestro amor y nuestro agradecimiento a Dios, esmerándonos más y más en los servicios materiales y espirituales a las personas que el Señor va poniendo a nuestro lado. ¿Cómo te has propuesto acompañar a Jesús en esas jornadas? ¿Qué interés alimentas para no perderte ni un gesto del Maestro, para velar su Cuerpo santo, cadáver, con la delicadeza de tu oración y de tu expiación, que son dos formas de amar?

Además de estas fiestas litúrgicas, en el mes de marzo tenemos otras conmemoraciones. El día 11 es el aniversario del nacimiento del queridísimo don Álvaro; y el 23, el de su tránsito a la casa del Cielo, hace ahora catorce años. Durante las jornadas anteriores caminó tras los pasos del Señor por Tierra Santa, dejándonos un ejemplo estupendo de piedad. Pidamos a Dios que nos conceda, a todas y a todos, una fidelidad al espíritu de la Obra tan grande como la que reluce en la vida de este fidelísimo Padre y Pastor del Opus Dei.

No puedo pasar por alto que el día 19 se cumplen veinticinco años de la ejecución de la Bula pontificia por la que se erigió el Opus Dei como prelatura personal. Basta echar una mirada al cuarto de siglo transcurrido para descubrir –¡y no los conocemos todos!– tantos motivos de acción de gracias a la Santísima Trinidad. Esmerémonos en cuidar la Obra, hijas e hijos míos, repitiendo frecuentemente aquella jaculatoria de San Josemaría, completada por su primer sucesor: Cor Mariæ dulcissimum, iter para et serva tutum! Y agradezcamos al Siervo de Dios Juan Pablo II el haber sido dócil instrumento en las manos del Señor. Esta intención la llevó San Josemaría a su Misa diaria, y como es lógico nos unimos a su piedad eucarística, aprovechando también el aniversario de su ordenación sacerdotal, el 28 de este mes.

Hoy he finalizado el curso de retiro espiritual. Os ruego que me apoyéis con vuestras oraciones, para que también yo me convierta a fondo de nuevo en esta Cuaresma y llegue a las fiestas pascuales bien purificado, bien encendido en el amor de Dios, de mis hijas e hijos, y de todas las almas.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre
XJavier

Roma, 1 de marzo de 2008.


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