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46 • Enero - Junio 2008 • Pág. 108
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Carta de junio de 2008

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Al escribiros en este comienzo del mes de junio, afluye a mi corazón la necesidad de dar gracias de nuevo a Dios por todos sus dones. La solemnidad del Corpus Christi, en cuya vigilia impartí el presbiterado a treinta y seis diáconos de la Prelatura del Opus Dei; la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, hace dos días; y ayer, sábado, la fiesta de la Visitación de Nuestra Señora, constituyen invitaciones para incrementar nuestra gratitud a nuestro Redentor, de cuyo Corazón abierto en la Cruz nos llegan todos los bienes. Nuestro agradecimiento se dirige también a la Santísima Virgen, «canal espléndido y fecundo» –como se expresaba San Josemaría– por el que nos vienen todas las gracias del Cielo. Acudo a su Corazón inmaculado –ayer era su memoria litúrgica, aunque este año no se celebraba– rogándole que nos conceda todas sus delicadezas para aprender día a día a tratar más y mejor a las tres Personas divinas. ¿Cómo te diriges expresamente a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo?

Haurietis aquas in gaudio de fontibus salutis, sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación. Estas palabras, del profeta Isaías, dan nombre a la encíclica con la que el Papa Pío XII conmemoró el primer centenario de la extensión de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús a la Iglesia universal. Rememorando ese documento, Benedicto XVI escribe que «el costado traspasado del Redentor es la fuente a la que nos invita a acudir la encíclica Haurietis aquas: debemos recurrir a esta fuente para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor».

He sido testigo de cómo San Josemaría cultivó siempre una grandísima devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Había prendido en su alma desde niño y, con el transcurrir de los años, fue adquiriendo raíces más hondas en su vida interior y en su gran preparación doctrinal. En momentos de dificultad para la vida de la Iglesia –también de esta partecica, la Obra– consagró el Opus Dei al Corazón Sacratísimo del Redentor. Más tarde, cuando en algunos ambientes se menospreciaba esta recia devoción, salió en su defensa con apasionado amor y con profundidad teológica, como se pone de manifiesto en una de las homilías recogidas en Es Cristo que pasa. Se acogía a la misericordia de ese Corazón, y así –a pesar de todas las dificultades que surgían– procedía con la paz y la alegría que el mundo no puede dar.

Consideraba la enorme riqueza que se encierra en estas palabras: «Sagrado Corazón de Jesús. Cuando hablamos de corazón humano –recalcaba– no nos referimos sólo a los sentimientos, aludimos a toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás. Y, en el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones».

Deus caritas est, Dios es Caridad. Por su amor infinito, Dios Padre envió al mundo a su Hijo unigénito, «para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna». Por amor, igualmente infinito, Jesucristo se encarnó en el seno de la Virgen María, permaneció en un oscuro rincón de la tierra nuestra, trabajó como nosotros, sufrió y gozó como nosotros, y finalmente murió en el leño de la Cruz, ofreciendo su vida voluntariamente para rescatarnos de nuestros pecados. Por ese amor nos dio a su Madre como Madre nuestra, cuando agonizaba en el Gólgota. Tras la resurrección y ascensión al Cielo, por amor, en unión con el Padre, nos envió el Espíritu Santo, además de quedarse con nosotros en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía: con su cuerpo y su sangre, con su alma y su divinidad, hecho Pan de vida, alimento de nuestras almas y de nuestros cuerpos, prenda y semilla de la resurrección gloriosa que también nosotros aguardamos. El Paráclito, Amor del Padre y del Hijo, nos enseña con la acción de su gracia a adentrarnos constantemente en el camino de la santidad.

La devoción al Corazón de Jesús nos presenta una apremiante invitación a considerar y agradecer los misterios centrales de nuestra fe: «ponemos de manifiesto la certidumbre del amor de Dios y la verdad de su entrega a nosotros. Al recomendar la devoción a ese Sagrado Corazón, estamos recomendando que debemos dirigirnos íntegramente –con todo lo que somos: nuestra alma, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, nuestros trabajos y nuestras alegrías– a todo Jesús.

»En esto se concreta la verdadera devoción al Corazón de Jesús: en conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, y en mirar a Jesús y acudir a Él, que nos anima, nos enseña, nos guía. No cabe en esta devoción más superficialidad que la del hombre que, no siendo íntegramente humano, no acierta a percibir la realidad de Dios encarnado». ¿Somos amigos de este examen, de este mirarnos diariamente en el Señor?

El culto al Sagrado Corazón se nos revela como respuesta de la Iglesia al amor infinito de la Santísima Trinidad a sus criaturas. El Santo Padre expone que «ese culto es, al mismo tiempo, el contenido de toda verdadera espiritualidad y devoción cristiana. Por tanto, es importante subrayar que el fundamento de esta devoción es tan antiguo como el cristianismo». Por eso, invita a los católicos «a abrirse al misterio de Dios y de su amor, dejándose transformar por él». Y propone «recurrir a esta fuente para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor. Así podremos comprender mejor lo que significa conocer en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo teniendo puesta nuestra mirada en Él, hasta vivir completamente de la experiencia de ese amor, para poderlo testimoniar a los demás».

Conocer, experimentar, vivir, testimoniar: en esas cuatro palabras, se puede condensar la correspondencia de los cristianos al Amor de Dios. Me traen a la memoria aquellas otras etapas de la vida cristiana, que San Josemaría señalaba desde los comienzos de su misión fundacional y que recomendó incansablemente. «En este esfuerzo por identificarse con Cristo –señalaba–, he distinguido como cuatro escalones: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle. Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos (cfr. Flp 3, 20)» .

Primero, pues, busquemos a Cristo un día y otro, con hambre y sed de su compañía: «como ansía el ciervo las corrientes de agua, así te ansía mi alma, Dios mío». Para eso, cuidemos las prácticas de piedad cristiana con las que intentamos entretejer cada una de nuestras jornadas, especialmente la Santa Misa y la oración, tanto mental como vocal. Imploremos la intercesión de nuestra Madre la Virgen, de los Ángeles Custodios, de los santos que ya gozan de Dios. Recurramos con fuerza a San Josemaría, que nos ha enseñado –a nosotros y a tantos millones de personas–, con su palabra y con su ejemplo, las sendas del trato familiar con Dios en la vida corriente.

Este empeño perseverante por tratar a Nuestro Señor –también cuando nos sentimos áridos y sin ganas– nos llevará a experimentar su presencia junto a nosotros. Bien entendido que no hablo aquí de nada sensible, sino más bien de la certeza –nacida de la fe e infundida por el Espíritu Santo en el alma– de que verdaderamente, por la gracia, somos templo vivo de la Santísima Trinidad; de que –como escribe innumerables veces San Pablo– existimos in Christo Iesu. Y así, «arraigados y fundamentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad; y conocer también el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para que os llenéis por completo de toda la plenitud de Dios».

El Papa afirma que «experiencia y conocimiento no pueden separarse: están íntimamente relacionados. Por lo demás, conviene destacar que un auténtico conocimiento del amor de Dios sólo es posible en el contexto de una actitud de oración humilde y de generosa disponibilidad». De este modo llegaremos a vivir de Cristo; es decir, a referir a Él todas las ocupaciones y momentos, a hacer todo con el único fin de agradarle, a vaciarnos de nosotros mismos para que el Señor habite en nosotros; es la experiencia de fe de San Pablo, cuando escribe: «vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí».

¡Con qué fuerza hizo eco San Josemaría a estas palabras inspiradas! «La vida de Jesucristo –escribió–, si le somos fieles, se repite en la de cada uno de nosotros de algún modo, tanto en su proceso interno –en la santificación– como en la conducta externa». Y en otra ocasión: «Me miraste muy serio..., pero al fin me entendiste, cuando te comenté: "quiero reproducir la vida de Cristo en los hijos de Dios, a fuerza de meditarla, para actuar como Él y hablar sólo de Él"».

Si nos esforzamos todos los días por permanecer en Cristo y alimentarnos de Cristo, nuestra fe se traducirá necesariamente en apostolado: daremos testimonio del Señor con las acciones y con las palabras, con la entera existencia; y muchas personas se sentirán atraídas por Jesús, a pesar –o más bien, a través– de nuestra lucha personal, hecha de victorias y de derrotas, que podremos convertir en triunfos si acudimos contritos a la misericordia divina, para volver a empezar. «Si hay amor de Dios, si hay humildad, si hay perseverancia y tenacidad en nuestra milicia, esas derrotas no adquirirán demasiada importancia. Porque vendrán las victorias, que serán gloria a los ojos de Dios. No existen los fracasos, si se obra con rectitud de intención y queriendo cumplir la voluntad de Dios, contando siempre con su gracia y con nuestra nada». ¿Qué deseos diarios de apostolado hay en nuestra jornada?

Mantengamos con vigor generoso el trato con Jesucristo y procuremos llevarle muchas almas. Acudamos a la intercesión de San Josemaría, tan poderosa ante el Señor, preparando ya desde ahora su fiesta, el 26 de junio. Démosle a conocer a muchas personas, poniendo ante sus ojos el ejemplo y las enseñanzas de nuestro Fundador.

Hace dos semanas he viajado a Barcelona y, antes de volver, hice la oración en la Basílica de la Merced acompañado por vosotras y por vosotros. Allí rogué a la Virgen que cada una, cada uno, incorporemos a nuestro caminar las palabras de San Pedro que nuestro Padre meditó profundamente en esa ciudad, antes de su primer viaje a Roma, cuando se disponía a abrir un cauce jurídico universal al Opus Dei: ecce nos reliquimus omnia et secuti sumus te; mira que nosotros hemos dejado todas las cosas y te hemos seguido. Se ha recogido esa frase en el Evangelio para que los cristianos la pongamos por obra en nuestra conducta y la digamos al oído de nuestros amigos o amigas, pues no se puede servir a dos señores. Se rezaba muy bien allí, delante de la imagen de Nuestra Señora de la Merced, con toda la Obra, como hizo San Josemaría en 1946 y en otros momentos.

Antes de terminar, deseo recordaros que el próximo día 28, víspera de la solemnidad de San Pedro y San Pablo, comienza el año paulino que Benedicto XVI ha convocado para conmemorar los dos mil años del nacimiento del Apóstol de las gentes. Para secundar las indicaciones del Santo Padre en la celebración de este bimilenario, os sugiero conocer mejor la vida y la obra de este gran Apóstol, Patrono de la Obra, leyendo y meditando a fondo los Hechos de los Apóstoles y los escritos paulinos. San Pablo es, para todos los cristianos, un modelo estupendo de amor a Cristo, de fidelidad a la vocación, de celo ardiente por las almas. Vamos a encomendarle de modo especial los frutos espirituales y apostólicos de este año especial a él dedicado.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre
XJavier

Roma, 1 de junio de 2008.


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