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46 • Enero - Junio 2008 • Pág. 63
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Roma 14-III-2008


En la inauguración de los nuevos edificios del Campus Biomédico.

1. «Jesucristo ha venido para servir y dar su vida en redención por muchos». La Iglesia pone en nuestros labios estas palabras del Evangelio de San Marcos (10,45); un resumen de los acontecimientos que conmemoraremos en la Semana Santa. Jesús declara haber venido no para ser servido, sino para servir. Servir es para Jesús, para el Hijo, la verdadera manera de gobernar, Su manera de ser Señor.

Cuando los discípulos discutían acerca de quién de ellos debería ser considerado el más grande, Él les dice: «Los reyes de las naciones las dominan, y los que tienen potestad sobre ellas son llamados bienhechores. Vosotros no seáis así; al contrario: que el mayor entre vosotros se haga como el menor, y el que manda como el que sirve (...). Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve» (Lc 22, 25-27). Después de veinte siglos, estas palabras continúan siendo de gran actualidad. Cuando Jesús habla de servicio, lo ha hecho precedido y seguido por su enseñanza con obras. Lo hemos escuchado hace poco: «creed al menos en las obras, aunque no me creáis a mí, para que conozcáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre» (Jn 10, 38).

2. ¿Y cuáles son estas obras de Jesús? Su vida entera posee una elocuencia extraordinaria. Él pasa en medio de los hombres haciendo el bien a todos, conversando familiarmente con todo aquel que se le acerca, hombres y mujeres, hebreos y paganos, sanos y enfermos, pobres y ricos; sabe apreciar gestos y palabras llenas de fe, como por ejemplo aquel de la mujer enferma, que se atreve a tocar ocultamente su manto y es curada; o aquel niño que ofrece cinco panes y dos peces con los que Jesús da de comer a la multitud que le sigue desde hace tres días.

Son innumerables las maneras de servir que la vida cotidiana nos ofrece también a nosotros, si queremos imitar al Hijo de Dios hecho siervo de todos. Os recuerdo aquí algunos, pero cada uno sabrá descubrir muchos otros, en las circunstancias concretas de la propia vida: animar y valorar las cualidades, muchas o pocas, de los demás; desarrollar con atención, orden y puntualidad, el propio trabajo del que depende siempre de alguna manera el trabajo de los demás; acudir en ayuda de quien no consigue completar su trabajo; animar a quien está por sucumbir ante el cansancio o las preocupaciones familiares; tratar a todos, sin discriminación, con afecto; saber mandar con delicadeza, respetando la inteligencia y la voluntad de quien obedece (cfr. Forja, n. 727); desplegar las propias cualidades y talentos, sin compensación ninguna, al servicio del prójimo (cfr. Surco, n. 422). Es también sonreír cuando el trabajo se hace más duro, fieles a la exhortación del Espíritu Santo: «servid al Señor con alegría» (Sal 99, 1). Poniendo en práctica estas maneras de manifestar el espíritu de servicio —concretamente en este Campus Universitario—, se contribuye a crear un ambiente sereno, que hace desaparecer tantas tensiones, que podrían ser para todos fuente continua de disgustos y de malhumor (cfr. Surco, n. 712).

Detengámonos a meditar lo que San Juan nos cuenta de los últimos momentos transcurridos por Jesús en medio de nosotros, poco antes de la Pasión, durante la Última Cena: «se levantó de la cena, se quitó el manto, tomó una toalla y se la puso a la cintura. Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había puesto a la cintura» (Jn 13, 1 ss.). Como ha recordado el entonces Cardenal Ratzinger, «el acto de lavar los pies supone para Juan la representación de lo que es toda la vida de Jesús: el levantarse de la mesa, el despojarse de la gloria, el inclinarse hacia nosotros en el misterio del perdón, el servicio de la vida y de la muerte humana (...). En esta visión se reúnen no solamente la vida y la muerte de Jesús, sino también los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia, que nos sumergen en el amor de Jesús» (Il cammino pasquale, p. 97).

Jesucristo ha venido para redimirnos y para darnos ejemplo de vida. Y nosotros somos llamados a acoger su gracia, haciendo nuestra su Vida. Ha sido muy claro a este respecto: quiere ser imitado y quiere que sus discípulos hagan de sus vidas un auténtico servicio. Para hacernos capaces de servir, en primer lugar Él nos lava, nos purifica mediante los sacramentos que conceden la remisión de los pecados: el bautismo y la penitencia. Amad el sacramento de la confesión, y experimentaréis la alegría de ser amados personalmente por el Señor, que se inclina a lavar nuestras culpas, y nos purifica.

El gesto del lavatorio de los pies permanece para todos como emblemático del estilo de vida cristiano resumido en la palabra servir. San Josemaría llegó a resumir en alguna ocasión el valor de una vida cristiana con la expresión: para servir, servir. ¡Sí! Si queréis ser útiles y eficaces en vuestro trabajo, imitad a Jesús, que «se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo» (Fil 2, 7).

3. Vemos hoy realizado, gracias al sacrificio y al trabajo de tantas personas, este magnífico Policlínico y el Polo de investigación avanzada. Pese a todo, existe un riesgo contra el cual querría preveniros, y es el de confiar excesivamente, en el trabajo, en los sofisticados equipos y en tantas innovaciones tecnológicas: de asistencia, de diagnóstico, de terapia, de los servicios básicos, de la logística administrativa y de la enseñanza.

Ciertamente, toda esta refinada tecnología requerirá siempre de cada uno de vosotros una actualizada competencia profesional; también las máquinas que tenéis ahora a disposición exigen atención y cuidado. Sería en cambio engañoso convertirse en siervos de las máquinas. Debéis manteneros fieles a vuestro lema, “la ciencia para el hombre”, y reforzar el objetivo que os ha llevado a vuestra aún breve pero significativa historia: ser una institución al servicio de todos, en particular de las personas enfermas y de los estudiantes, de la sociedad entera, y también entre vosotros.

Vuestro orgullo, por tanto, no será tanto el de trabajar en una Universidad y en un Policlínico dotado de tecnologías avanzadas, sino más bien el de formar un conjunto de personas que con su profesionalidad y sus valores humanos y cristianos, con toda su vida, quieren ser útiles, imitando a Jesucristo en un servicio escondido y silencioso, cotidiano y real. La ciencia y la técnica, de hecho, pueden contribuir en gran medida al progreso de la humanidad, pero pueden también hacer menos humana la vida, e incluso destruir al hombre.

En un discurso pronunciado en la Universidad de Navarra, el entonces Gran Canciller de aquella Universidad —a la cual sé bien cuánto agradecéis la colaboración que os ha prestado desde el inicio—, San Josemaría Escrivá dijo algo que me parece particularmente adecuado recordar hoy: «Salvarán este mundo no ciertamente los que pretenden narcotizar la vida del espíritu, reduciendo todo a cuestiones económicas o de bienestar material, sino aquellos que tienen fe en Dios y en el destino eterno del hombre, y saben acoger la verdad de Cristo como luz orientadora para la acción y la conducta» (Discurso, 9-V-1974).
Vuestra Universidad se enriquece hoy conun don de gran valor artístico, simbólico y afectivo: el bajorrelieve de la Virgen delante del cual el Papa ha recitado el Santo Rosario el pasado 1 de marzo, celebrando la VI Jornada Europea de los Universitarios. Esta imagen sagrada es preciosa porque ha sido bendecida por el Santo Padre, y porque es fruto de la generosidad de uno de los tantos amigos del Campus.

Por ello, y por los muchos actos de generosidad que han hecho posible el Campus Biomédico, os lo agradezco de corazón. Os confío esta imagen de la Virgen y encomiendo a cada uno de vosotros a esta Virgen del Campus. En sus manos podéis dejar cuanto tengáis en el corazón; todo vuestro ser. Encomendad a sus cuidados maternales el propósito de vivir el espíritu de servicio en el inmediato ámbito de la vida de cada uno, permaneciendo en medio de los demás como aquellos que sirven: en la familia, en el área de la asistencia o en el sector administrativo o de los servicios de base; en el quirófano, en los pasillos, en el ambulatorio, en el laboratorio, en el aula, en las reuniones de gobierno, en las pausas de descanso, en la cafetería.

Si cada uno, con la ayuda de Santa María, se empeña en poner en práctica este propósito, la Universidad Campus Biomédico podrá transformar los pequeños esfuerzos cotidianos de cada uno de vosotros también en cultura que se irradie hacia el exterior. Como ha escrito Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi (n. 26), «no es la ciencia la que redime al hombre. El hombre viene redimido mediante el amor», y el espíritu de servicio no se explica si no nace del amor.

No minusvaloréis la grandeza del maravilloso deber humano y cristiano que tenéis entre manos. Que el Señor bendiga vuestros esfuerzos a fin de que estos edificios, con todos sus equipos, sean lugar donde hunda sus raíces el amor y el espíritu de servicio que necesita nuestro tiempo; el espíritu de una verdadera familia universitaria, donde todos —desde el Rector hasta las personas que se ocupan de los trabajos aparentemente de menor relieve— son igualmente importantes, justamente porque son parte de la misma familia.


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