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46 • Enero - Junio 2008 • Pág. 94
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Roma 9-IV-2008


Acto académico de concesión de Doctorados
honoris causa,Universidad Pontificia de la Santa Cruz.

Eminencias y Excelencias Reverendísimas, Ilustrísimas autoridades, profesores, estudiantes y miembros todos de la Universidad, Señoras y Señores.

Os dirijo un cordial saludo a todos vosotros, que participáis en la concesión de los primeros Doctorados honoris causa en Comunicación Institucional de nuestra Universidad. Saludo de modo particular y con gran afecto a los nuevos Doctores: Su Eminencia Reverendísima, el Señor Cardenal Camillo Ruini, Vicario del Papa para la Diócesis de Roma y, durante muchos años, Presidente de la Conferencia Episcopal italiana; y al Ilustrísimo Profesor Alfonso Nieto Tamargo, que ha colaborado activamente, también como profesor, en el nacimiento y desarrollo de la Facultad de Comunicación Institucional.

En la ceremonia de hoy, los méritos de los nuevos Doctores se entrelazan con la tradición académica representada por el birrete, el anillo y la medalla, símbolos de la maestría, del prestigio profesional y del vínculo con nuestra comunidad universitaria. Pero permitidme ir más allá del protocolo y reflexionar con vosotros brevemente sobre el deber que corresponde a la universidad en las actuales circunstancias históricas.

Unas palabras de San Gregorio Magno nos pueden ayudar a considerar lo antiguo y profundo que es el nexo que existe entre la Iglesia y la comunicación. Afirmaba este gran Papa, que ocupó la Cátedra de Pedro desde el año 590 al 604, que «en las iglesias se introducen las pinturas para que los analfabetos, al menos mirando las paredes, lean aquello que no son capaces de leer en los códices». Esta breve observación puede ser un buen ejemplo de cómo la comunicación no ha sido, en la Iglesia, un descubrimiento de nuestros días. De hecho, desde el inicio, los cristianos han buscado audazmente las vías más eficaces para hacer llegar la palabra de Dios, de un modo comprensible, al mayor número de personas, también a aquellas que se encuentra lejanas físicamente. En este sentido, se puede afirmar con razón que existe un continuo entrelazamiento entre la historia de la Iglesia y la historia de la comunicación, entendida en un sentido amplio.

Pero la Iglesia no se limita a servirse de los medios de comunicación para su misión de evangelización. Juan Pablo II precisaba, en un conocido texto de la encíclica Redemptoris missio, que conviene hacer más: integrar el propio mensaje cristiano en la «nueva cultura» creada por los medios de comunicación. El Pontífice añadía, quizá para evitar el desaliento y falsas ilusiones, que se trata de una cuestión complicada, porque esta «nueva cultura» nace no tanto con los contenidos, sino más bien con las nuevas maneras de comunicar, con nuevos lenguajes, con nuevas técnicas y con nuevos comportamientos psicológicos. Pienso, en efecto, que quien se encuentra en uno de estos campos de investigación y de propuesta, necesitan del trabajo paciente y de la aproximación interdisciplinar que solamente el clima universitario puede ofrecer.

Por ello, se hace aún más evidente que el acto de investidura que hoy nos reúne, no interesa solamente a un ámbito del saber, al de la comunicación, sino también a la teología, a la filosofía, al derecho canónico. Y no en el sentido de la comprensible interdisciplinariedad académica, sino por la naturaleza misma de las cosas. La invitación de Juan Pablo II es hoy más actual que nunca. Es preciso realizar en nuestra época, una síntesis entre mensaje, medio de comunicación y contexto cultural que muchas generaciones que nos han precedido han conseguido realizar.

Dice un académico de la comunicación: « ¿Qué sucede si metemos una gota de colorante rojo en un tubo de ensayo lleno de agua cristalina? ¿Obtendremos agua cristalina más una gota de colorante rojo? Obviamente no. Obtendremos una nueva coloración en cada molécula de agua. Un nuevo medio no añade algo; lo cambia todo. En el año 1500, después de la invención de la imprenta, no teníamos ya una vieja Europa más la imprenta: teníamos una Europa diferente».

Podemos preguntarnos ahora si esta metáfora del colorante no tiene también el sentido del efecto que el espíritu cristiano produce en las aguas —a veces turbias— de nuestra cultura. ¿Cómo se puede integrar el mensaje cristiano en la «nueva cultura» creada por los medios de comunicación? El propio Juan Pablo II nos propone la manera: «se necesitan heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, que participen de sus alegrías y esperanzas, angustias y tristezas, y a la vez sean personas enamoradas de Dios. Por esto, se necesitan nuevos santos».

En continuidad con esta idea, querría subrayar un aspecto sobre el que insiste el Papa Benedicto XVI, como es el sentido positivo del mensaje cristiano. Lo decía explícitamente a unos periodistas de lengua alemana unos meses después de su elección. «El cristianismo, el catolicismo, no es un conjunto de prohibiciones, sino una opción positiva. Y es muy importante que esto se vea nuevamente, porque hoy esta conciencia ha desaparecido casi completamente. Hemos oído tanto hablar de lo que no está permitido que ahora hay que decir: Pero nosotros tenemos una idea positiva que proponer».

San Josemaría Escrivá, de cuyo corazón sacerdotal y de cuya vocación universitaria ha nacido la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, tuvo siempre una clara percepción del gran servicio humano y cristiano que los profesionales de la comunicación pueden desarrollar. De hecho, en el año académico 1940-1941 impartió, a solicitud de un amigo y con el impulso del obispo de Madrid, lecciones de ética y deontología en la que sería después la Escuela Oficial de Periodismo. Sostenía que los hijos de Dios deben estar presentes con profesionalidad, identidad cristiana y amor a la verdad en los lugares donde se configura la opinión pública. «Es difícil —recordaba este santo sacerdote— que haya verdadera convivencia donde falta la verdadera información; y la verdadera información es aquella que no tiene miedo a la verdad y que no se deja guiar de intereses de poder, de falso prestigio o de ventajas económicas ».

Pensando en el nombre de esta Universidad, me agrada recordar que San Josemaría veía en la cruz el signo positivo, de la suma, del sembrar paz y alegría, sin por ello cerrar los ojos a la realidad, tantas veces lejana de Cristo. Por esto insistía al decir: «Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas ni de ser antinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz, ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen. Pero comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad».

Esta actuación, en el ámbito académico, significa conjugar el don gratuito de la fe con el esfuerzo diario en el estudio racional de todos los saberes implicados en la comunicación. Así estaremos en grado de «hacer amable la verdad», como nos aconsejaba nuestro primer Gran Canciller, S.E. Mons. Álvaro del Portillo, en el título de un libro que recoge algunas de sus intervenciones en esta Universidad. ¡Qué agradecimiento debemos a este Obispo, tan ejemplar en su servicio a la Iglesia y a las almas! Siguiendo su ejemplo, confiamos estos propósitos al Señor y a Santa María, Asiento de la Sabiduría.

Gracias.


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