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47 • Julio - Diciembre 2008 • Pág. 273
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Oviedo (España) 5-VII-2008

En el Año Santo de la Cruz, Misa vespertina del Domingo de la XIV Semana del Tiempo Ordinario, en la Catedral


Queridos hermanos y hermanas.

Agradezco al Sr. Arzobispo, don Carlos Osoro, su invitación a celebrar el Santo Sacrificio en esta Catedral, durante el Año de la Cruz, con el que Asturias conmemora dos aniversarios muy significativos: la entrega de la Cruz de los Ángeles y la Cruz de la Victoria, custodiadas desde hace siglos en la Cámara Santa de la capital del Principado.

Tengo, con este motivo, un recuerdo muy hondo de cómo San Josemaría Escrivá de Balaguer amaba y adoraba la Santa Cruz; y cómo predicaba, entre otros muchos puntos, que hemos de venerar la Cruz del Señor e incrustarla en nuestras vidas, también para dar a conocer al mundo el amor infinito de Dios a cada mujer, a cada hombre; pues en ese Madero santo Jesucristo entregó su Vida por nosotros.

Recordaremos, Señor, los dones de tu amor, en medio de tu templo. Que todos los hombres de la tierra te conozcan y alaben, porque es infinita tu justicia
. Es la invitación de la antífona de entrada de la Misa de hoy: que agradezcamos a Dios los dones recibidos, procurando al mismo tiempo que otras personas los reconozcan: y le den gloria. ¿Y qué don más grande que el de la Redención obrada por Jesucristo en el Calvario? La Iglesia lo proclama cada año, al comienzo del Triduo Pascual, cuando nos recuerda: que sea nuestro único orgullo la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, porque en El tenemos la salvación, la vida y la resurrección.

La Santa Cruz es signo y garantía de victoria en la lucha por la santidad. Al norte de Roma, está el lugar que recuerda la aparición del signo de la Cruz, en el año 313 de la Era Cristiana. Refiere una antigua tradición que Constantino, en la vigilia de una gran batalla, tuvo una visión de la Cruz con la siguiente inscripción: in hoc signo vinces, ¡con este signo vencerás! Esa victoria trajo consigo el fin de las sangrientas persecuciones contra los cristianos de los tres primeros siglos.

También las cruces custodiadas en la Cámara Santa de Oviedo transmiten un recuerdo análogo. Al convocar este Año Santo, el Señor Arzobispo os invitaba: «Entremos agradecidos en las raíces de nuestro pasado y reflexionemos sobre el significado de las Cruces de los Ángeles y de la Victoria para los hombres y mujeres que vivían en estas tierras en aquellos siglos». El consejo es muy actual, aunque las circunstancias históricas sean tan distintas. Pero hay algo común entre aquellos acontecimientos de hace más de mil años y nuestra época: el deber de defender la fe cristiana.

Desde el comienzo de su pontificado, Benedicto XVI ha denunciado la tentación del relativismo, que lleva a considerar el Evangelio como una doctrina entre otras, y a Jesucristo como un personaje más en la compleja historia de los hombres. Pero Jesús de Nazaret no es simplemente un gran sabio o un gran maestro; ni siquiera es un gran revolucionario que ha cambiado el curso de la humanidad con sus enseñanzas. El Papa afirma que «el cristianismo no traía un mensaje socio-revolucionario (...), Jesús (...) no era un combatiente por una liberación política (...). Lo que Jesús había traído, habiendo muerto Él mismo en la cruz, era algo totalmente diverso: el encuentro con el Señor de todos los señores, el encuentro con el Dios vivo y, así, el encuentro con una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud, y que por ello transforma desde dentro la vida y el mundo».

Los cristianos somos los grandes defensores de la libertad, contra toda clase de esclavitudes y totalitarismos, antiguos y nuevos. La fuerza para mantener viva esa santa rebeldía la encontramos, no en la violencia física o moral —que rechazamos, siguiendo las enseñanzas del Evangelio—, sino en la fe, la esperanza y el amor: las tres virtudes teologales, infundidas por Dios en nuestras almas; verdaderas fuerzas que actúan en la historia, aunque en muchas ocasiones los hombres no las reconozcan.

En el leño de la Cruz, Cristo nos alcanza la victoria definitiva. El Señor borró el pliego de cargos que nos era adverso (...) clavándolo en la cruz —leemos en la epístola a los Colosenses—. Habiendo despojado a los principados y potestades, los exhibió en público llevándolos en su cortejo triunfal. Nosotros hemos de unirnos a ese triunfo suyo, con una fe viva, con una esperanza segura, con una caridad ardiente.

Apliquemos esta doctrina perenne a las circunstancias que a cada uno nos toca vivir: en la propia familia, en la ciudad donde residimos, en la nación a la que pertenecemos. No perdamos nunca la esperanza, aunque la situación personal o social parezca difícil. Alimentémosla en la oración y en los sacramentos. ¡Qué magnífica oportunidad se nos ofrece en este Año Santo de la Cruz para recibir con más fruto el sacramento de la Penitencia, donde el Señor perdona nuestros pecados, y para acercamos con mayor devoción a la Sagrada Eucaristía, donde Él mismo se nos entrega como alimento del alma!

Es lógico que cada uno cultive proyectos concretos en el ámbito de la familia, de la profesión, de los intereses que le mueven, siempre abiertos a las necesidades ajenas, pues el espíritu solidario —la preocupación por los demás— forma parte de la naturaleza humana y constituye, además, un componente esencial del mensaje cristiano. «Más aún —afirma Benedicto XVI—, nosotros necesitamos tener esperanzas —más grandes o más pequeñas— que cada día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todas las demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros solos no podemos alcanzar».

Con la fe y la esperanza de los hijos de Dios, podremos combatir las peleas del Señor. Primero en nuestra propia alma, para dejar que Cristo reine en nosotros; y luego en la gran batalla de amor y de paz, que todos hemos de librar —cada uno a su manera, de acuerdo con sus posibilidades— para que la sociedad civil redescubra las raíces cristianas que han forjado la historia de España, de Europa y de muchas otras naciones. Tengamos el deseo de hablar con quienes conozcamos, para que ellas y ellos hablen a su vez con otros; pensemos en el apostolado ejemplar de los primeros cristianos, que poco a poco, con perseverancia, logró la conversión del mundo pagano.

Acabamos de comenzar un Año Paulino, con motivo del bimilenario del nacimiento de San Pablo. La predicación del Apóstol se centraba en Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Cristo sale a nuestro encuentro también con ocasión de las dificultades —grandes y pequeñas— con las que todos nos enfrentamos en la vida. Pidamos la gracia de saber encontrar precisamente ahí una participación en la Cruz de Jesús. Es don de Dios, que hemos de suplicar con humildad, como nos recuerda hoy el Evangelio de la Misa: Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.

Si recibimos la Cruz con amor, si sabemos descubrir en sus brazos una ocasión de unirnos estrechamente al Señor, en la Cruz encontraremos el resplandor de la verdad, el descanso en la fatiga, la alegría en nuestro caminar. Y no sólo luego, en la bienaventuranza eterna, sino ya ahora, en el momento presente. Como afirmaba San Josemaría: «lejos de desalentarnos, las contrariedades han de ser un acicate para crecer como cristianos: en esa pelea nos santificamos, y nuestra labor apostólica adquiere mayor eficacia». No lo dudemos: vida cristiana equivale a vida apostólica llena de alegría.

Acudamos a la Virgen, venerada popularmente en Asturias bajo la advocación de la Santina. Conozco —porque se lo oí referir— que San Josemaría rezó no pocas veces en Covadonga. Mis recuerdos van además a S. E. Mons. Álvaro del Portillo, que también acudió a ese lugar en varias ocasiones. En una de esas visitas dirigía a nuestra Madre con filial confianza, utilizando unas palabras que —antes de concluir— os invito a hacer vuestras.

«Te pedimos por la Iglesia Santa, por el Papa, por los pastores, por el pueblo fiel; y te pedimos también por los distintos países del mundo —especialmente por España—, para que haya paz, y el mal no entre en los corazones de las gentes».

Que Dios Todopoderoso nos escuche por intercesión de Nuestra Señora de Covadonga. Así sea.


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