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47 • Julio - Diciembre 2008 • Pág. 276
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Roma 5-XI-2008

En la apertura del curso académico, Universidad Pontificia de la Santa Cruz

Muy estimados profesores, queridos estudiantes y apreciado personal no docente.

Al empezar este año de actividad académica de nuestra Universidad, el vigésimo quinto desde la fundación, queremos invocar al Espíritu Paráclito para que nuestro esfuerzo en el estudio y en el trabajo, unidos al Sacrificio del Cuerpo y la Sangre de Cristo, se conviertan también en una ofrenda grata a la Santísima Trinidad.

Como tal vez sepáis, el aplazamiento de nuestra cita habitual se debe al desarrollo de la decimosegunda Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que estudió, en las pasadas semanas, el tema: “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”; tuve la gracia de poder participar en las reuniones del Sínodo. Ya al abrirse la primera Congregación General, el pasado 6 de octubre, el Santo Padre quiso meditar con los Padres sinodales algunos versículos del Salmo 118, Salmo con el cual el Pueblo de Dios alaba la Ley divina. En uno de los versículos leemos: Tu palabra, Señor, es estable como el cielo y el Papa comentó: «Se habla de la firmeza de la Palabra. Ella es sólida, es la verdadera realidad en la que se ha de apoyar nuestra vida (...). La Palabra de Dios es el fundamento de todo, es la realidad verdadera. (...). Realista es quien construye su vida sobre este cimiento que permanece siempre».

Un ejemplo de vida transformada y edificada sobre la Palabra —que es una roca firme y tiene el rostro de Cristo—, es ciertamente la vida del Apóstol Pablo, que en el camino de Damasco vivió la experiencia de la fuerza de la Palabra que salva, y se convirtió en su heraldo más valiente. En efecto, el Apóstol de las gentes, que veneramos especialmente en este año a él dedicado, se unió a la conversación amorosa de Dios con los hombres, acogió la Palabra y la trasmitió a los demás, después de haberla convertido en su propia vida cotidiana. Como San Pablo, también nosotros, cristianos del siglo XXI, estamos llamados a hablar con Dios: la Palabra que nos dirige, que es verdadera y realidad firme, nos anima a corresponder con lo más íntimo del corazón y con toda nuestra conducta exterior. En este proceso interior el Espíritu Santo nos ilumina y nos ayuda a entender, en cierta medida, que la Palabra de Dios, escuchada y meditada, debe ser puesta en práctica en la vida concreta. He aquí un motivo por el cual conviene dirigirse con frecuencia al Paráclito, en especial cada vez que vislumbramos que Dios espera nuestra correspondencia a su amor.

En aquella misma meditación a la que aludí antes, el Santo Padre señaló que nuestra palabra humana, comparada con la firmeza de la Palabra divina, es «casi nada, un simple soplo, carece de realidad. Nada más pronunciada, desaparece. “Parece” que es nada. Sin embargo, ya la palabra humana posee una fuerza increíble. Son las palabras las que forjan y configuran la historia, son las palabras las que dan forma al pensamiento...». La palabra humana, como instrumento para comunicar con Dios y con los demás, ha de manifestar lo que el hombre guarda en su corazón: sus esperanzas y sus deseos, su visión de la realidad y su experiencia de la vida; las palabras son reflejos de la grandeza del hombre, creado como ser que se relaciona, a imagen y semejanza de Dios. La palabra es, por tanto, un gran don del Señor. Por medio de términos humanos se trasmitió a los hombres la Palabra de Dios. En la carta a los Romanos, el Apóstol nos enseña lo que el Espíritu Santo le hizo entender acerca del misterio oculto por siglos eternos, pero revelado ahora y anunciado a través de las escrituras (Rm 16, 25-26). Con palabras humanas, nosotros cristianos procuramos alabar y dar gracias a Dios por todos sus beneficios y buscamos también llevar con naturalidad a los demás la felicidad del Evangelio. Más concretamente, en las Universidades Pontificias trasmitimos la Doctrina Sagrada, y en nuestras cuatro Facultades estudiamos la Palabra revelada a lo largo de la historia, las palabras que regulan la vida social de la Iglesia, las palabras de sabiduría que explican nuestro ser y nuestro actuar, y la técnica de las palabras para dar eficacia a la comunicación. ¡Todo está en relación con la Palabra divina y con las palabras humanas!

Por esto, nuestro fundamental cometido es que nuestro lenguaje —en el trabajo, en la vida familiar, en las relaciones sociales— encuentre su cimiento más firme en la Palabra divina. El contenido, o la forma y el tono de nuestras palabras no es indiferente, ya que ellas han de servir para hacer siempre el bien y nunca el mal. A este respeto, San Josemaría enseñaba: «Acostúmbrate a hablar cordialmente de todo y de todos; en particular, de cuantos trabajan en el servicio de Dios. Y cuando no sea posible, ¡calla!: también los comentarios bruscos o desenfadados pueden rayar en la murmuración o en la difamación» (Surco, n. 902).

Invoquemos al Espíritu Santo, que reproduce en nosotros la imagen de Cristo, para que aprendamos a imitar a Jesús en su conversación, amable siempre con todos. Que todos nuestros encuentros, que todas nuestras conversaciones —queridos profesores, estudiantes y personal no docente— sirvan siempre a enriquecer y animar, a consolar a los que sufren, a enseñar a los que ignoran, a corregir amablemente a los que se equivocan, a sostener al débil, y a no faltar nunca a la verdad y a la caridad.

Que María Santísima, que guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón (Lc 2, 19), nos ayude a levantar el edificio de nuestra vida sobre los cimientos de la escucha y de la meditación de la Palabra, bajo la guía del Espíritu Santo presente en la Iglesia, y a pasar nuestra vida en la tierra haciendo el bien, imitando a su amadísimo Hijo, Jesucristo.


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