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47 • Julio - Diciembre 2008 • Pág. 285
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Roma 7-VIII-2008

En la conclusión y clausura de las sesiones del Tribunal de la Prelatura sobre la Causa de Mons. Álvaro del Portillo, Universidad Pontificia de la Santa Cruz

Después de la muerte de Mons. Álvaro del Portillo se manifestó inmediatamente la existencia de una evidente y consistente fama de santidad: desde todas las partes del mundo nos llegaron centenares de relaciones firmadas sobre favores espirituales y materiales recibidos gracias a su intercesión. Muchas personas de los cinco continentes, incluyendo también personas que no pertenecían a la Prelatura, estaban, en definitiva, convencidas de que don Álvaro estaba en el Cielo y se dirigían a Dios, presentando sus méritos, para ser escuchados en sus personales necesidades.

La demostración de la fama de santidad: es esta la primera condición para abrir una causa de canonización. Con plena conciencia decidí, por tanto, que se abriera la Causa. Una vez asegurado este fundamento, la Iglesia ha de comprobar si esta fama de santidad está fundamentada en la realidad —se trata de demostrarlo por medio de pruebas jurídicamente ciertas— de una vida marcada por el ejercicio heroico de las virtudes cristianas. En este caso, la Iglesia pone en marcha los procesos oportunos para desarrollar una investigación jurídica, histórico-crítica y teológica.

Como se sabe, pedí al muy querido Card. Ruini que nombrara un Tribunal del Vicariato de Roma para escuchar mi declaración y las de otros testigos, que habían vivido particularmente cerca del Siervo de Dios. El Tribunal de la Prelatura desarrollaría su propia averiguación de modo paralelo, llamando a declarar a otros testigos. El Tribunal del Vicariato inició su trabajo el 5 de marzo de 2004; el de la Prelatura hizo lo mismo el 20 de marzo siguiente.

Además, para escuchar a testigos residentes lejos de Roma, el Tribunal de la Prelatura pidió a otros Tribunales diocesanos que instruyeran los respectivos procesos rogatorios. Esto se llevó a cabo en estos años por medio de los Tribunales de las diócesis de Madrid, Fatima-Leiria, Montréal, Pamplona, Quito, Sidney, Varsovia y Washington, que se suman hoy a los Tribunales del presente proceso.

Después de cuatro años de trabajo, el Tribunal del Vicariato cerró sus sesiones el pasado 26 de junio. Hoy, 7 de agosto de 2008, cerramos definitivamente las sesiones de toda la investigación sobre la vida y las virtudes del Siervo de Dios Álvaro del Portillo.

Las actas se enviarán enseguida a la Congregación para las Causas de los Santos. Allí, después del estudio sobre su conformidad con el derecho, se repartirá una copia al Postulador, para que inicie la redacción de la Positio super vita et virtutibus, que en su momento será sometida a examen por parte de los Consultores Teólogos del Dicasterio mencionado; luego, pasarán al juicio de los Cardenales y Obispos miembros de la Congregación. Después, si el resultado del examen de las actas es positivo, se procederá a la proclamación de la heroicidad de las virtudes de Mons. del Portillo.

Así las cosas, si también concluye favorablemente la investigación canónica relativa a un hecho posiblemente milagroso, escogido entre los atribuidos a su intercesión, se llegará a la beatificación, con la aprobación previa del Romano Pontífice.

Para recorrer todo este camino pido vuestra oración.

Quisiera ahora decir algo más: me siento movido a un compromiso imperioso, que hoy quiero asumir coram Deo. No puedo olvidar el esfuerzo generoso que don Álvaro ejerció a lo largo de las varias fases de la causa de canonización de San Josemaría. En particular, quiso que la Positio reflejara no solo la vida heroica de nuestro Fundador, sino también la profundidad, la armonía interna, la riqueza y la novedad del espíritu del Opus Dei. Se trataba de presentar a la Iglesia un retrato acabado, adecuado, de la figura de este sacerdote santo. Mons. del Portillo estaba empujado por su amor filial a San Josemaría para dar lo mejor de sí, lo que podía, en este trabajo.

Deseamos que nuestro afecto por don Álvaro no sea inferior. Pero, además de este cariño, hay también otro motivo por el cual sentimos el deber de asegurar que su causa de canonización proceda de modo sumamente riguroso: la consideración del papel que tuvo en la historia del Opus Dei. Como primer sucesor de San Josemaría, don Álvaro proporcionó a todos los que le sucederán a lo largo de los siglos, un ejemplo incomparable de fidelidad. Supo custodiar en toda su integridad, sin alteraciones, el espíritu que el Señor confió a San Josemaría.

Precisamente ésta es la característica esencial de su figura: don Álvaro fue en primer lugar un hombre fiel. Hombre fiel, es decir, hombre de fe: fe en Dios, fe en la Iglesia, fe en el origen sobrenatural del Opus Dei y, por esto, fe en el carácter divino de la empresa a la cual el Señor le había llamado a colaborar. De ahí vino su indiscutida lealtad al Fundador, del cual fue por cuarenta años el colaborador más estrecho y, luego, su primer sucesor en la dirección del Opus Dei.

Podéis, por tanto, comprender con qué alegría me encuentro hoy aquí para presidir la sesión de clausura de la investigación canónica sobre la vida y las virtudes del queridísimo don Álvaro. Siento una inmensa deuda hacia él, porque con su conducta enseñó a todos los fieles de la Prelatura —sacerdotes y laicos, mujeres y hombres— que su camino de fidelidad al Señor y a la Iglesia pasa por la fidelidad al espíritu del Opus Dei, que San Josemaría trasmitió a sus hijos.

Quisiera detenerme un breve instante para hablar de la fecha de hoy. Hoy se cumple el aniversario de un día muy significativo en la historia de la Obra. En efecto, el 7 de agosto de 1931, mientras celebraba la Santa Misa, en el momento de la elevación de la Hostia Santísima, San Josemaría sintió resonar en su alma, «con una fuerza y una claridad extraordinarias», como él mismo recordaba, la voz de Dios que le hablaba pronunciando un versículo de la Escritura: «Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum» (Ioh 12, 32). Y entendió, con una profundidad nueva el contenido esencial de la vocación al Opus Dei —la santificación del trabajo— y el alcance del fenómeno pastoral que procedería de ella. Sigamos su narración: «Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas» (Apuntes íntimos, 7-VIII-1931, n. 217).

Don Álvaro encarnó con perfección este espíritu: primero como estudiante, luego como ingeniero y, finalmente, como sacerdote —por muchos años— y como Prelado, ofreció siempre al Señor su trabajo. Cuando fue consagrado Obispo, eligió para su escudo el lema: Regnare Christum volumus! Es una síntesis de su camino: trabajó mucho; trabajó muy bien y siempre para la gloria de Dios. Los fieles de la Prelatura, con la calidad humana y sobrenatural de sus actividades en el mundo, contribuyen a la misión de la Iglesia: santificar el mundo por medio de su trabajo profesional, levantarlo hacia Dios, salvar las almas.

En esta tarea los santos nos sirven de guía. Como lo fue —y sigue siendo— San Josemaría, así ha sido —y sigue siendo— don Álvaro, su hijo más fiel. Sin la pretensión de adelantarnos al juicio de la Iglesia, tenemos y alentamos el convencimiento de que él está en el Cielo y confiamos con todo el corazón en su intercesión.

La Iglesia crece en la Eucaristía y gracias a la Eucaristía. El Opus Dei, «una partecica de la Iglesia» —como afirmaba San Josemaría— está injertado en esta dinámica de la gracia. Hemos aludido a la santificación del trabajo, pero es la gracia divina, en primer lugar, y, por tanto, de modo especial la Eucaristía, lo que fomenta su crecimiento. También en esto, don Álvaro, siguiendo el ejemplo de nuestro Fundador, nos enseñó a vivir como enamorados, haciendo que la Eucaristía se convirtiera en «el centro y la raíz de nuestra vida interior».

Que don Álvaro, con su inolvidable sonrisa y su inalterable paz interior, con su firmeza en el cumplimiento del bien y con su humildad, nos ayude a difundir en el mundo la luz de Cristo, con un apostolado incesante que proporcione a las almas el gozo del encuentro con Cristo. Acordaos de su enseñanza y de su ejemplo: hacer amable la verdad, es lo que nos recomendaba.

María, presente cuando Cristo fue exaltado en la Cruz, estará a nuestro lado, si nos comprometemos de verdad —con nuestros límites— a servir a Cristo según el espíritu que nos dejó nuestro Fundador, y fue tan fielmente encarnado por don Álvaro.


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