Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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47 • Julio - Diciembre 2008 • Pág. 296
 
 
 
 •  Del Prelado
 

“El Opus Dei, 80 años de una siembra para la paz”. Artículo publicado en el Diario Clarín, en el 80 aniversario de la fundación del Opus Dei Argentina 2-X-2008

Se cumplen ochenta años de aquel 2 de octubre de 1928, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, en que San Josemaría fundó —por inspiración divina, como afirmó Juan Pablo II en la Bula Ut Sit— el Opus Dei. El Papa Benedicto XVI, cuando aún era el Cardenal Joseph Ratzinger, en una homilía pronunciada con motivo de la beatificación del fundador de la Obra, afirmaba que «Josemaría Escrivá consideró esta llamada no sólo dirigida a sí mismo, sino sobre todo como un encargo para transmitir a los demás: animar a la santidad y congregar para Cristo una comunidad de hermanos y hermanas». Consciente de este encargo —proseguía—, «viajó incansablemente por distintos continentes, hablando a las gentes para animarles a ser santos, a vivir la aventura de ser cristianos dondequiera que sea el sitio de cada uno en la vida. Así llegó a ser el gran hombre de acción, que vivía de la voluntad de Dios y animaba a otros hacia ella».

Hablando de los cristianos de los primeros siglos, San Josemaría afirmaba que sus hogares «fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído» (Es Cristo que pasa, n. 30). Y así, desde los primeros momentos, describió la actuación de los fieles de la Prelatura, en el seno de la Iglesia, como «una siembra de paz y de alegría» en el vasto ámbito de las actividades humanas en medio del mundo.

Benedicto XVI ha afirmado que, para el creyente, la palabra “paz” es uno de los nombres más bellos de Dios, un Padre que desea el entendimiento entre todos sus hijos. Decir “la paz esté contigo”, “la paz esté con vosotros”, equivale a augurar que Dios esté con todos y con cada uno de los hombres y mujeres.

Con la tarea evangelizadora, la Iglesia contribuye a sembrar la paz a manos llenas. Más aún, estimula a los cristianos a comportarse de este modo, pues —como escribe San Josemaría—, «por todos los caminos honestos quiere el Señor a sus hijos echando la semilla de la comprensión, del perdón, de la convivencia, de la caridad, de la paz» (Forja, n. 373).

Dar a conocer a Cristo es también una siembra de alegría. El gozo de los hijos de Dios no proviene de que sean favorables las circunstancias exteriores, ni tiene un origen meramente psicológico. Como cualquier otra persona, el hombre y la mujer de fe experimentan el cansancio y la enfermedad, la dificultad y la zozobra, la duda y la contradicción. Pero, en todas estas situaciones, se saben hijos muy queridos de Dios, son conscientes de que pueden apoyarse en Él y, con su ayuda, recuperar la alegría, si llegan a perderla.

Lo humano y lo divino se entrelazan en la tarea de la evangelización cristiana: la preocupación por los demás, la caridad, el respeto de la libertad ajena. Lo planteaba San Josemaría durante un encuentro multitudinario en Argentina, en 1974, año de trágicos enfrentamientos en esta querida nación sudamericana. Con voz enérgica, recomendaba: «Que sembréis la paz y la alegría por todos lados; que no digáis ninguna palabra molesta para nadie; que sepáis ir del brazo de los que no piensan como vosotros. Que no os maltratéis jamás; que seáis hermanos de todas las criaturas, sembradores de paz y alegría».

Cada aniversario es una oportunidad para mirar al futuro. Al cumplirse ahora ochenta años de la fundación del Opus Dei, pido a Dios que esta pequeña parte de la Iglesia, que es la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, cumpla siempre en el seno de la sociedad civil la misión que Él mismo le confió en 1928: realizar en las almas una siembra generosa de la paz y la alegría del Evangelio, que impregne también las estructuras de la sociedad haciéndolas más humanas.


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