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48 • Enero - Junio 2009 • Pág. 87
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Bilbao, España (21-III-2009)

Conferencia en el IV Congreso “Católicos y Vida Pública” “Convertirse a Cristo”, “Convertirse en Cristo”

La conversión a Cristo por medio de la santificación del trabajo

En castellano el verbo convertirse se puede construir con las preposiciones “a” y “en”, adquiriendo matices propios para uno y para otro caso.

“Convertirse a” indica lo mismo que cambiar de disposición de ánimo, con particular referencia a las convicciones religiosas. En términos más amplios, implica dirigir la atención hacia un lugar, una persona o una meta distintas de las que antes se consideraban o perseguían. El significado de esta mudanza en la persona es, pues, muy cercano al de la metanoia bíblica: la invitación a iniciar una nueva vida en correspondencia al anuncio de la venida del Reino de Dios, con el que Juan Bautista se dirige a la multitud y con el que más tarde Jesús da comienzo a su predicación. La tradición cristiana, ya desde la época apostólica, ha hablado de conversión en ese mismo sentido, pero subrayando que el Reino, el poder y el amor de Dios, se han hecho presentes en Cristo. Convertirse, por tanto, expresa un volver la mirada hacia Jesús, tener fe en Él, orientar la propia conducta de acuerdo con su palabra y con su persona.

La otra expresión que mencionábamos, “convertirse en”, hace referencia también a un cambio de vida, pero connotando —de modo explícito— no sólo una nueva dirección de la mirada y una nueva orientación en el comportamiento, sino también una verdadera transformación del sujeto, que pasa a ser algo distinto de lo que antes era. En un contexto cristiano, indica que la conversión entraña más, mucho más, que la aceptación de un mensaje relacionado con Jesús o un simple ajustar el modo de conducirse a unos ideales proclamados en nombre de Jesús. La conversión cristiana se refiere a una persona: a la persona concreta, real y viva de Jesucristo. Convertirse significa identificarse con Jesús, hacerse una sola cosa con Él.

La distinción entre “convertirse a” y “convertirse en” pone de manifiesto que el cristiano, todo cristiano, está llamado a identificarse cada vez más profundamente con el Maestro, a imprimir a su caminar un dinamismo en virtud del cual llegue a hacer plenamente suyos los sentimientos de Cristo y pueda pronunciar también él las palabras que, en referencia a su propia persona, escribiera San Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí».

La confidencia paulina que acabamos de citar y, como ésta, tantas otras expresiones paralelas del Apóstol, puede alcanzar resonancias experienciales y místicas. Al menos así lo han afirmado numerosos autores espirituales, comenzando por esa gran figura de la Iglesia primitiva que fue Orígenes, aunque los exégetas contemporáneos se muestran con frecuencia más precavidos. No es mi intención detenerme en ese debate, pero sí señalar que la experiencia espiritual cristiana no encierra al hombre dentro de sí mismo, sino que, al identificarlo con Cristo, lo impulsa —con Cristo y en Cristo— a abrirse a toda la humanidad.

Más aún — y vale la pena subrayarlo en unas jornadas como las que estamos celebrando —, la fe en Jesucristo impulsa a sentir de manera vigorosa y concreta la responsabilidad por cuanto nos rodea, por la sociedad a la que cada uno pertenece, por la evolución del mundo y el futuro de la historia. En efecto, en cada uno de esos ámbitos debe repercutir la unión con Cristo a la que está llamado todo cristiano. Pienso que queda bien reflejado con palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer: «Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después... “pax Christi in regno Christi” —la paz de Cristo en el reino de Cristo».

El proceso de identificación con Cristo encuentra su origen y su fundamento en Cristo mismo. Es Él quien atrae hacía sí, mediante el envío del Espíritu Santo y el ministerio de la Iglesia; mediante la predicación del Evangelio, que nos trasmite la memoria y las enseñanzas de Jesús, y mediante los sacramentos en los que el Señor se hace presente con su fuerza santificadora. Sin embargo, esa iniciativa divina no excluye la cooperación humana. Más aún, reclama nuestra respuesta libre a la vez que la hace posible. «La vida de Cristo —enseña San Josemaría Escrivá de Balaguer— es vida nuestra, según lo que prometiera a sus Apóstoles, el día de la Ultima Cena: Cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él (Jn 14, 23). El cristiano debe —por tanto— vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus (Gal 2, 20), no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí».

La existencia de cada persona, con todas las incidencias que la componen, entra así a formar parte del proceso de la identificación con el Señor. El cristiano singular y concreto, con los rasgos que definen su personalidad, con sus cualidades y con sus límites, con su manera de ser y de actuar, está llamado a esa identificación y, de este modo, a dar testimonio de Cristo, a hacerle presente en los ambientes y situaciones donde cada uno se desenvuelve. «Salvarán este mundo nuestro —insiste San Josemaría— (...), no los que pretenden narcotizar la vida del espíritu, reduciendo todo a cuestiones económicas o de bienestar material, sino los que tienen fe en Dios y en el destino eterno del hombre, y saben recibir la verdad de Cristo como luz orientadora para la acción y la conducta». En todo momento —así nos lo recuerda el Romano Pontífice— debemos dejarnos «alcanzar por la reconciliación, que Dios nos ha otorgado en Cristo, por el amor “loco” de Dios por nosotros». Nada ni nadie «podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús», escribió San Pablo. De ahí que el Santo Padre concluya de modo diáfano: «En esta certeza vivimos. Y esta certeza nos da la fuerza para vivir concretamente la fe que obra en el amor».

Identificación con Cristo y santificación del trabajo

Se me ha invitado a hablar de la conversión a Cristo, de la identificación con Él, no en general, sino precisamente en referencia a la santificación del trabajo. Ha sido —es— un punto central del mensaje de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, que ha recordado con insistencia la necesidad de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas.

Me referiré al trabajo dando al vocablo su extraordinaria fuerza genuina. Es decir, entendiendo con esta palabra no sólo la ocupación ocasional en una determinada actividad, sino el trabajo profesional, la dedicación comprometida a una tarea estable, gracias a la cual el hombre se gana el sustento, mantiene a la propia familia y contribuye al progreso social. Por tanto, también a la insustituible tarea del ama de casa, o a la de quienes colaboran en la atención de las familias. Así entendido, el trabajo implica para la persona la decisión de enfrentarse seria y responsablemente con las obligaciones y cuidados que la vida trae consigo. También lleva a tomar conciencia de las cuestiones que se debaten en la sociedad a la que cada uno pertenece, a plantearse los problemas que surcan la existencia del ser humano, y a afrontar las perspectivas del futuro.

El trabajo se configura así como elemento decisivo en el proceso de maduración de toda persona; y se presenta también como factor determinante en su desarrollo como seguidor de Cristo y en la repercusión que alcanzan los ideales cristianos en la sociedad. Con una condición, claro está: que, superando toda tendencia a la frivolidad o a la ligereza, el hombre, la mujer, se enfrente seria y cumplidamente con sus propias responsabilidades. Actitud que, en el cristiano, reclama obrar de modo que la entera virtualidad de la fe que profesa informe su labor profesional.

San Josemaría lo expuso incansablemente, con una frase que luego ha sido ampliamente repetida: el cristiano debe no sólo santificarse en el trabajo y santificar a los demás con ocasión del trabajo, sino también, e inseparablemente, santificar el trabajo en cuanto tal. En otras palabras: está llamado, ciertamente, a santificarse en el desempeño de sus diversas ocupaciones, y a tomar ocasión de esas tareas para abrir en el prójimo horizontes de conducta cristiana; pero debe además —e inseparablemente, repito— santificar esas tareas, vivificarlas desde dentro, según la naturaleza propia de cada una, con la luz y el impulso que derivan del Evangelio.

El trabajo como acto de dominio, de libertad y de amor

Identificarse con Cristo en el trabajo conlleva, de una parte, captar a fondo lo que implica toda ocupación profesional; y, supuesta esa base, afrontarla y vivirla según Cristo y en Cristo, en unidad de vida. Mostrémoslo más detalladamente, considerando algunos de los rasgos fundamentales de la acción laboral para apuntar, aunque sea brevemente, cómo pueden dar lugar a una conversión a Cristo siempre más honda, con la ayuda de la gracia.

La narración bíblica sobre la creación presenta el trabajo como capacidad otorgada por Dios al hombre para dominar y poseer la tierra. El desarrollo de las ciencias experimentales y de la técnica han hecho posible, sobre todo en los últimos siglos, que ese dominio haya crecido, y continúe creciendo, en extensión y en profundidad. Un crecimiento que —como señaló Juan Pablo II— está en plena coherencia con el mandato bíblico; más aún, puede ser considerado, históricamente hablando, como fruto o efecto de ese mandato. Es cierto, a la vez, que —ya desde los inicios de la época moderna— diversas corrientes de pensamiento han impulsado no sólo a una legítima valoración de la técnica, sino a presentarla como la única fuerza de la que dependerían la prosperidad y el futuro de la humanidad. Las dimensiones éticas y religiosas quedaban así relegadas a un segundo plano, hasta —en un paso ulterior— perder su relevancia.

Contemplando el misterio del amor divino hacia nosotros, revelado de modo máximo en Cristo, superamos decididamente toda falsa divinización de la ciencia y del mismo universo y, a la vez, rompemos el círculo en que se ha encerrado parte de la cultura moderna. Benedicto XVI lo ha expresado con singular belleza en la homilía pronunciada en la pasada celebración de la Epifanía. En Cristo, Dios encarnado, se nos da a conocer que «el amor divino es la ley fundamental y universal de la creación». «Esto —prosigue— no debe entenderse en sentido poético, sino real (...). Significa que las estrellas, los planetas, el universo entero no están gobernados por una fuerza ciega, ni obedecen sólo a las dinámicas propias de la materia. Los elementos cósmicos no deben ser divinizados, ya que, por el contrario, en todo y por encima de todo hay una voluntad personal, el Espíritu de Dios, que en Cristo se ha revelado como Amor». De ahí que los hombres no sean esclavos de los «elementos del cosmos» (Col 2, 8), sino seres libres, «capaces de entrar en relación con la libertad creadora de Dios».

Cristo —que nos trae la luz, la verdad y la paz— libera tanto del miedo como del egoísmo. Consciente de su condición de hijo de Dios en Cristo, el hombre puede situarse ante el mundo material con señorío y salir de sí mismo, abrir sus ojos y su corazón a la realidad de un amor infinito. Así es capaz de participar de ese amor, volcando en su trabajo la libertad que Cristo nos ha conquistado, cuyo paradigma y modelo descubrimos en la vida del mismo Señor.

«Mi Padre no deja de trabajar, y Yo también trabajo», afirmó Jesús, replicando a quienes le criticaban por haber realizado un milagro en día de sábado. Podemos aplicar esas palabras, sin violentarlas, también a las ocupaciones de Jesús durante su años ocultos en Nazaret. El Señor gastaba las jornadas en obediencia al Padre, correspondiendo con su libre voluntad humana al amor del Padre; un amor infinito que, en Él, se manifestaba a la humanidad entera.

No debemos cansarnos de repetir que el trabajo, toda tarea humana honrada, ofrece la posibilidad de unirse a Cristo, de participar en la plena libertad y en el profundo amor con que Jesús cumplía su labor. Unido a Cristo, el cristiano puede así afrontar su tarea diaria con una conciencia de la cercanía divina que le lleve a hacer de cada una de sus acciones —también en las más pequeñas y vulgares— un acto de culto a Dios, en cuya paternidad confía; y de servicio a los hombres, de los que se reconoce hermano y a los que se sabe llamado a amar con un amor que sea eco —o mejor, participación— del amor de Cristo.

El trabajo como acto de servicio

Este epígrafe nos conduce a otro de los puntos que deseaba comentar: el trabajo como servicio; y al consiguiente aspecto de su condición de medio para la identificación con el Maestro. Para esto, puede resultar útil evocar antes otro de los rasgos definitorios del trabajo humano: su carácter social. Más concretamente, la consecuencia de la sociabilidad que aparece en la división del trabajo. Se trata de una realidad presente a lo largo de toda la historia, desde la sencilla estructuración de la sociedades primitivas, hasta la complejidad actual, fruto del crecimiento tecnológico, de la rapidez de las comunicaciones, de la multiplicación de los intercambios comerciales, en una palabra; de la expansión de la tecnología y de la globalización.

La división del trabajo implica dos actitudes fundamentales: la solidaridad y la confianza. El ser humano espera colmar sus necesidades, no sólo con su propio esfuerzo, sino también con la aportación de los demás, a la vez que él mismo contribuye a satisfacer los menesteres de los otros. El efectivo incremento del bien común, merced a la división del trabajo, no se obtiene de forma automática —nada es automático en referencia al actuar libre humano—, sino que presupone el ejercicio de la virtud.

El trabajo como acto de dominio reclama el ejercicio de virtudes como la laboriosidad, el orden, la paciencia, el empeño para superar el cansancio o las dificultades que surgen en una determinada tarea, etc. La división del trabajo reclama, además, la honradez, la lealtad, la fidelidad a la palabra dada, la veracidad y sinceridad en las transacciones...; en una palabra, la justicia y todas las disposiciones espirituales que la preparan o la integran. Si la virtud cede el paso al egoísmo, la recta división del trabajo deja de producir sus frutos, nace la injusticia e incluso la explotación humana y se instauran estructuras de pecado, es decir, estructuras o modos de funcionamiento que, habiendo nacido de la injusticia, contribuyen a perpetuarla.

Ante esa realidad —por desgracia no meramente posible, sino efectiva— se alza a los ojos del cristiano el ejemplo de Cristo, que no vino a ser servido sino a servir, y que hizo del mandamiento del amor —de un amor que sea imitación y participación del suyo— la señal distintiva de sus discípulos. El trabajo, en su realidad concreta y efectiva, sitúa al cristiano delante de multitud de situaciones que invitan a mirar a Cristo, a convertirse a Cristo, para dejarse penetrar por su palabra y por su ejemplo; concretamente, para hacer personalmente propia la atención y entrega a los demás, que Jesucristo predicó y llevó a cabo. De este modo, el cristiano podrá identificarse con Él y hacerle presente entre los hombres.

En el desempeño de las obligaciones de cada día, en la convivencia con los compañeros o colegas, en el encuentro con quienes entran en relación con nosotros por razón de compromisos laborales o de cualquier otro tipo, la actitud de servicio implica siempre salir de uno mismo para prestar atención a los demás. En ocasiones, incluso, puede reclamar actos de verdadero heroísmo. Así acontece también en referencia a las grandes cuestiones que afectan a la colectividad en los diferentes momentos, y que no pueden dejar indiferente al cristiano. Como afirma San Josemaría Escrivá de Balaguer, «un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo». Consideración que completaba añadiendo: «Los cristianos —conservando siempre la más amplia libertad a la hora de estudiar y de llevar a la práctica las diversas soluciones y, por tanto, con un lógico pluralismo—, han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad. De otro modo, su cristianismo no será la Palabra y la Vida de Jesús: será un disfraz, un engaño de cara a Dios y de cara a los hombres».

No es éste el lugar para proceder a una enumeración de las cuestiones cruciales de nuestro tiempo, ni para analizar la fuente de donde provienen y cómo afrontarlas desde su raíz. Deseo, sin embargo, mencionar las palabras de Benedicto XVI al comenzar este año 2009. Tras evocar algunos de esos grandes problemas —la existencia de zonas que sufren situaciones de extrema pobreza, la crisis económica y financiera, las desigualdades que acompañan en más de un caso al fenómeno de la globalización, la guerra, el terrorismo...—, invitaba a un compromiso efectivo para contribuir a resolverlos y remitía, como paradigma decisivo, a la vida de Cristo. «La pobreza que rodeó el nacimiento de Cristo en Belén —afirmaba—, además de ser objeto de adoración para los cristianos, es escuela de vida para todo hombre. Nos enseña, en efecto, que para combatir la miseria, tanto la material como la espiritual, se ha de recorrer la vía de esa solidaridad que llevó a Jesús a compartir la condición humana».

El quehacer humano, con las posibilidades que abre y las cuestiones que plantea, ofrece múltiples y variadas ocasiones para asimilar con profundidad ese olvido de sí, ese afán de servicio, ese amor manifestado en obras, que caracterizaron de continuo, hora tras hora, el paso de Jesús por nuestra tierra. Y, en consecuencia, para identificarse con Él. No olvidemos que Cristo sale a nuestro encuentro también a través de quienes nos rodean: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis».

Trabajo y cruz

Con frecuencia, al hablar de las ocupaciones profesionales, se acentúan sus aspectos duros o aflictivos, consecuencias penales del pecado. Una insistencia unilateral en ese punto deforma la realidad, y deja en la penumbra aspectos cruciales y espléndidos de la experiencia humana: el valor del trabajo como factor de desarrollo, la experiencia de creatividad y la alegría que tantas veces lo acompañan, etc. Olvida además que, en la Sagrada Escritura, se hace referencia al trabajo antes del pecado, y lo presenta —según ya señalábamos— como fruto de la capacidad de dominar la tierra que Dios otorgó al ser humano desde el inicio de los tiempos. En palabras de San Josemaría, «el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa». Ciertamente el orden originario ha sido perjudicado y trastornado por el pecado; pero también resulta evidente que las palabras con que Dios anuncia el castigo merecido, no derogan el poder de dominar la tierra: sólo señalan que, en el estado presente, una vez rota la armonía primigenia, la tierra producirá «espinas y abrojos», y el pan, símbolo de los bienes necesarios para la criatura, podrá ser conseguido sólo con «el sudor de la frente».

Es un hecho que, en la realidad concreta de la vida, el trabajo está unido no sólo al empeño sino también al cansancio, incluso al desgaste de las fuerzas físicas o psíquicas. El sucederse de jornadas en apariencia iguales puede suscitar la sensación de rutina y abrir la puerta a la pereza. Nuestros proyectos, aun pensados con detenimiento y puestos en práctica con atención y cuidado, no quedan exentos del riesgo del fracaso. No raramente será necesario afrontar tareas que implican dificultades. Y cabe que aparezca la injusticia, la incomprensión, la maledicencia, la arbitrariedad o el atropello, provocando aflicción, dolor, desconsuelo, enfado e incluso hastío, congoja y desaliento.

En esa coyuntura, el hombre cuenta con la posibilidad de ir al fondo de sí mismo y encontrar, merced a la capacidad de reacción propia de la naturaleza humana, la fuerza para afrontar los diferentes desafíos con una decisión renovada. El cristiano coherente toma entonces conciencia de que puede llegar a mucho más, si mira a Cristo, Dios hecho Hombre, Hijo eterno de Dios Padre que ha asumido por entero nuestra condición, excepto el pecado; que ha cargado sobre sí todo el dolor y el sufrimiento de la historia humana, para transformarlos —mediante su amor y su entrega— en salvación y en vida.

Al escuchar estas palabras, el pensamiento se escapa derechamente hacia la felicidad eterna, hacia esos nuevos cielos y esa nueva tierra a los que Dios encamina la totalidad de la historia, y donde no habrá ni muerte, ni llanto, ni dolor, ni lamento. Resulta enteramente lógico que sea así, pues el hombre ha sido creado para la plenitud, y la plenitud de los cielos nos pone delante el objeto de la esperanza absoluta que nos anuncia el Evangelio. A la vez, no debemos olvidar —como subraya Benedicto XVI en la encíclica Spe salvi— que esa esperanza, precisamente por ser absoluta, dota de sentido a la totalidad de la historia de los hombres en todos y cada uno de los momentos que la componen. «Su reino [el reino de Dios que se manifiesta en Cristo] no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza». El amor manifestado por Cristo vence el egoísmo y el pecado, y constituye la garantía de que existe esa plenitud que toda persona intuye, y a la que aspira, aunque en ocasiones se entrevea sólo muy vagamente. Y por tanto —prosigue el Romano Pontífice—, «nos da la posibilidad de perseverar día a día, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto». Nos otorga también «la capacidad de aceptar la tribulación, de madurar en ella y de encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito».

En la Cruz, Cristo, entregándose a la muerte, manifestó que nos amaba hasta el extremo. Desde esa entrega suprema, nos acercamos a toda la vida del Señor, también a aquellos momentos de su predicación en los que —así lo testimonia el Evangelio— experimentó hambre, sueño o cansancio; y a aquellos otros de los que no hablan los evangelistas, pero que no faltarían, en los que —como artesano de Nazaret— experimentaría el esfuerzo y la fatiga.

En todas las situaciones que depara una existencia de trabajo, tanto las caracterizadas por la creatividad y la alegría, como las marcadas por la dificultad, el fracaso o el agotamiento, el cristiano puede y debe unirse a Cristo y, en Cristo, a Dios Padre, por la gracia del Espíritu Santo. En ocasiones, en acción de gracias por los dones recibidos; también para solicitar luz y ayuda, o para pedir perdón al advertir fallos y defectos. En otras, para ofrecer —uniéndolos a la Cruz del Señor— el dolor y el sufrimiento propios. El cristiano está en condiciones de encontrar —en su trabajo— los cuatro fines del sacrificio redentor de Cristo: la adoración, la acción de gracias, la petición y la reparación. Si se actúa así, la conversión a Cristo llegará a alcanzar una verdadera identificación con Él. Y el cristiano podrá mostrarse en cualquier circunstancia —aunque no falten limitaciones y deficiencias— como testigo del amor y la esperanza que Dios ha hecho presentes en la historia.

Deseo terminar mi intervención con unas palabras de San Josemaría, que cuadran muy bien con el tema de estas jornadas: «Es la fe en Cristo, muerto y resucitado, presente en todos y cada uno de los momentos de la vida, la que ilumina nuestras conciencias, incitándonos a participar con todas las fuerzas en las vicisitudes y en los problemas de la historia humana. En esa historia que se inició con la creación del mundo y que terminará con la consumación de los siglos, el cristiano no es un apátrida. Es un ciudadano de la ciudad de los hombres, con el alma llena del deseo de Dios, cuyo amor empieza a entrever ya en esta etapa temporal, y en el que reconoce el fin al que estamos llamados todos los que vivimos en la tierra».


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