Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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48 • Enero - Junio 2009 • Pág. 96
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Poznan, Polonia (7-VI-2009)

Entrevista concedida a “Przewodnik Katolicki”. Por Aurelia Pawlak


El año pasado el Opus Dei cumplió 80 años. Fundado por un sacerdote diocesano, la Obra se encuentra hoy día extendida por los cinco continentes y abre nuevos centros en todos los países. ¿Esto significa que en este mundo nuestro lleno de inquietud, a pesar de todo, la gente necesita un contacto cercano con Dios?

Ciertamente, la gente necesita del contacto con el Señor, y puede afirmarse que cuando ese contacto falta se vive con nostalgia de Dios, que es ante todo Padre. Y no cabe olvidar que Dios ha buscado esta relación, esta cercanía: al crear al hombre, es Él quien ha tomado la iniciativa, quien sale al encuentro de la criatura, de cada hombre y de cada mujer.

Me parece evidente que también ese interés del Cielo por nosotros ha motivado la venida a la Iglesia del Opus Dei, una realidad de vida cristiana que es expresión de la misericordia de Dios con el mundo y que se manifiesta en la expansión de la Prelatura por los cinco continentes.

Me da alegría contarle que, justamente en estos días, algunos fieles del Opus Dei han comenzado a trabajar en Indonesia. Las personas que han emprendido esa labor saben muy bien que la semilla que están plantando en esa tierra, como en otros países, crecerá, sobre todo, por el impulso de la gracia.

Todo aniversario es ocasión de hacer balance. ¿Qué ideas le surgen a su Excelencia mirando a los años transcurridos?


El balance de estos 80 años suscita en los fieles de la Prelatura un primer sentimiento de humildad, porque cada uno tiene muy claro que es Dios quien hace todo. Él se sirve de nosotros, hijos suyos, y lleva a cabo tareas apostólicas que solos de ningún modo seríamos capaces de realizar.

A la vez, surge natural una reacción de gratitud a la Trinidad, por esas maravillas que cumple por medio del Opus Dei: la difusión de la llamada a la santidad en todos los ambientes —en el trabajo, en la familia, en las relaciones sociales—, que se traduce en amor a Jesucristo y a su Iglesia.

También doy personalmente gracias a Dios por los proyectos sociales y de evangelización promovidos, con muchas otras personas, por fieles de la Prelatura en respuesta a las nuevas necesidades de nuestra época, como son el hospital Monkole, que atiende anualmente a unas 40.000 personas de la periferia de Kinshasa. O también -en el mismo ámbito- la Universidad Campus Biomédico, en Roma, cuya sede definitiva fue inaugurada hace justamente un año. Es un centro al servicio de la salud, con particular atención a la dignidad de la persona, y de los ancianos.

El mundo está azotado por una ola de laicismo, muchas personas escogen un modelo de vida que tiene poco que ver con la enseñanza de Jesucristo. Por ejemplo, esto se nota claramente en lo relativo a la castidad prematrimonial, que es vista como algo anacrónico. Polonia es un país un tanto especial en Europa, en el que las tradiciones cristianas parecen estar fuertemente arraigadas. ¿Qué tendrían que hacer los polacos para no ceder a un estilo de vida consumista y defender con convicción los valores morales?

Para realizar una labor eficaz en la sociedad, los católicos —polacos y no polacos— deberíamos esforzarnos por ser testigos fiables que muestren con su conducta el modelo de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre. Es decir, vivir en plenitud las virtudes cristianas y las virtudes humanas.

He tenido la fortuna de viajar varias veces a Polonia, y he podido comprobar con alegría el arraigo de la piedad en la mayoría de sus ciudadanos: viven con piedad la genuflexión, muestra de fe en la Eucaristía; cuidan la dignidad de la liturgia; acuden al sacramento de la confesión, etc. Son aspectos que reflejan la fe mejor que tantas palabras. El Santo Padre Benedicto XVI no cesa de insistir en estos gestos aparentemente pequeños.

Por supuesto, también la dirección espiritual, la formación en la doctrina y la lectura de la Biblia son básicamente importantes para mantener y defender las propias convicciones, pues sin doctrina la fe se desmorona. Por ejemplo, una de las primeras cosas que se aconseja a quienes acuden a los Centros del Opus Dei es la lectura diaria del Nuevo Testamento: aunque sea tarea de pocos minutos, ese contacto diario con la Sagrada Escritura mantiene en vida al cristiano, porque lo pone en diálogo con Cristo. El último Sínodo de Obispos, sobre la Palabra de Dios, ha marcado con relieve la necesidad de que los cristianos redescubramos cada día los tesoros que se encierran en las Escrituras.

Y por otro lado, como decía, están las virtudes humanas. Sé que los hombres y las mujeres de Poznan, por ejemplo, son muy trabajadores. Me duele confesar que no conozco la ciudad, aunque espero tener ocasión de visitarla un día. En todo caso, la laboriosidad que se atribuye a sus habitantes es una de esas cualidades humanas que contribuyen a forjar personas con coherencia interior, especialmente si se cumple con sentido sobrenatural y con afán de servicio a la sociedad.

Sobre ese fundamento interior (trato interior y virtudes), resulta posible aportar valores constructivos a la vida pública: cada uno desde su sitio, autónomamente. Es lo que San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, llamaba mentalidad laical, que supone amor a la libertad y responsabilidad personal para emprender iniciativas relacionadas con algunos temas claves en torno a la dignidad humana: promoción de la familia, defensa de la vida, erradicación de la pobreza, educación, etc., siempre de acuerdo con la fe y la moral, con el Magisterio de la Iglesia.

Es general la idea de que la santidad es un ideal accesible sólo a algunos elegidos. Siendo conscientes de nuestras debilidades y limitaciones, ¿de qué forma podemos alcanzar la santidad en nuestra vida ordinaria?

San Josemaría Escrivá decía que “es más asequible ser santo que sabio, pero es más fácil ser sabio que santo”. Quería expresar que la lucha por la santidad se presenta ardua, pero está al alcance de todos: nunca se queda en un ideal sólo para unos pocos elegidos.

Luchamos por conseguir la santidad cuando nos esforzamos por hacer oración y por frecuentar los sacramentos, porque a Dios, como a las personas, lo amamos si lo tratamos con asiduidad, todos los días, con ganas o sin ganas.

Luchamos también tras esa meta cuando procuramos que la caridad con el prójimo esté presente en nuestra vida no sólo como un sentimiento genérico, sino como una realidad concreta tejida de mil pequeños detalles que afloran en el trabajo, en el hogar, en las relaciones sociales: cuando sonreímos, cuando servimos a los demás sin pedir nada a cambio, cuando somos comprensivos con los defectos de quienes nos rodean, cuando perdonamos, cuando practicamos la corrección fraterna.

El Opus Dei exige mucho a sus miembros. Hace poco oí que en la Obra no hay lugar para los pecadores. ¿Qué piensa acerca de esto?

Eso, gracias a Dios, no es así, porque en ese caso el Opus Dei estaría vacío, ya que todos somos pecadores y recordamos que, como dijo Él mismo, Jesucristo ha venido para salvar a los pecadores.

Como mencioné antes, en el Opus Dei tenemos conciencia de nuestras propias personales deficiencias. Y somos conscientes también de que debemos comprometernos seriamente a luchar por ser mejores cada día, aprendiendo también, por ejemplo, de las virtudes de tantas personas buenas como hay en el mundo.

No es ningún secreto afirmar que Juan Pablo II estimaba mucho el Opus Dei. Al canonizar a San Josemaría Escrivá le llamó el santo de lo ordinario. El Papa polaco, ¿tenía un conocimiento directo de la Prelatura del Opus Dei? ¿Nos puede contar algún recuerdo?

Antes de ser Papa, había tenido un primer conocimiento del Opus Dei a través del Cardenal Deskur, en sus viajes a Roma. El Cardenal Deskur, admirador de San Josemaría y gran amigo de quien sería su sucesor al frente del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo, habló al Cardenal de Cracovia, cuando venía a Roma, sobre el Opus Dei y sobre su Fundador.

No puedo olvidar que fue Juan Pablo II quien erigió el Opus Dei en Prelatura personal, aunque los trabajos que habían de culminar en esa decisión, con la que el Opus Dei obtendría la personalidad jurídica deseada por su Fundador, arrancaban de antes.

Juan Pablo II mostraba una gran confianza a don Álvaro. Por ejemplo, si hoy los fieles del Opus Dei trabajan en Kazajstán se debe a que el Romano Pontífice, en una ocasión, le dijo a un Obispo de esa tierra que pidiera de su parte a don Álvaro que dispusiera lo necesario para que algunos sacerdotes y laicos del Opus Dei se trasladaran a aquel país. Esto sucedió en marzo de 1994. A los pocos días, el 23 de marzo, don Álvaro murió: aquella tarde, el Papa acudió a rezar a su capilla ardiente, en la iglesia prelaticia del Opus Dei.

¿Cuáles son sus intenciones para el Año de San Pablo?

La figura de San Pablo es, entre otras cosas, un referente de una vida esencialmente cristocéntrica y también del ecumenismo. A mí me gustaría que este año paulino diera frutos en esa dirección. Por lo que respecta a la Prelatura del Opus Dei, espero que comience pronto -este mismo año, si es posible- la labor apostólica estable en algunos países de mayoría no católica, como Rumanía y Bulgaria.

Pienso que en ese ámbito del ecumenismo, la Iglesia polaca puede hacer mucho: no sólo los sacerdotes, sino también los laicos que residen en otras naciones, procurando hacerse a la mentalidad de su nuevo país, difundiendo un estilo de vida cristiano, sintiendo la necesidad de realizar apostolado. El año paulino es una buena ocasión para que cada cristiano, en el ejercicio de su profesión (médicos, periodistas, obreros, etc.), tome más conciencia de su misión apostólica en el mundo: dar a conocer a los demás el amor de Cristo, y así ayudarles a vivir con alegría y optimismo.

En el pasado mes de agosto, el Santo Padre Benedicto XVI se alojó en una casa de retiros del Opus Dei en Australia. ¿Cómo interpreta Su Excelencia este gesto del Santo Padre?

Lógicamente, me ha dado mucha alegría el hecho de que, en Australia, el Papa haya descansado unos días en un Centro del Opus Dei. Pero, al mismo tiempo, me habría parecido igualmente normal que, en vez de ir a esa casa de retiros, hubiera ido a otro lugar ofrecido por otros católicos.

Por su situación geográfica y sus condiciones, el comité organizador de la Jornada Mundial de la Juventud eligió ese lugar.

Me produjo no poco gozo que algunos fieles de la Prelatura en Australia pudieran demostrar materialmente el cariño que todos los católicos intentamos vivir espiritualmente con el sucesor de Pedro.


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