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49 • Julio - Diciembre 2009 • Pág. 196
 
 
 
 •  Editorial
 

Alma sacerdotal

El Año sacerdotal convocado por Benedicto XVI con ocasión del 150º aniversario de la muerte de San Juan María Vianney, Cura de Ars, es tiempo para intensificar la oración por los sacerdotes. Al mismo tiempo, es un momento oportuno para considerar una realidad esencial en la vida del cristiano: todos, sacerdotes y laicos, tenemos alma sacerdotal.

«Si actúas –vives y trabajas– cara a Dios, por razones de amor y de servicio, con alma sacerdotal, aunque no seas sacerdote, toda tu acción cobra un genuino sentido sobrenatural, que mantiene unida tu vida entera a la fuente de todas las gracias». Con las palabras “alma sacerdotal” San Josemaría Escrivá de Balaguer expresa una realidad esencial del ser cristiano y de su existencia: por el santo bautismo, el cristiano está configurado con Cristo y recibe el sacerdocio común, participación del único sacerdocio de Jesucristo.

El alma sacerdotal –como señala San Josemaría– se manifiesta en el deseo de obrar con visión sobrenatural y por amor, con afán de servicio. El adjetivo “sacerdotal” expresa cuál ha de ser la actitud vital del cristiano: ofrecer sacrificios a Dios en su honor y para bien de nuestros semejantes, pues la caridad es vida del alma.

Por el sacerdocio ministerial, los sacerdotes son configurados con Cristo y actúan en los sacramentos –de modo eminente, en la celebración de la Eucaristía– in persona Christi capitis Ecclesiae, en la persona de Cristo cabeza de la Iglesia: en el nombre de Cristo y de su Iglesia. El orden sagrado está al servicio del sacerdocio común. Éste último, esencialmente distinto del sacerdocio ministerial, permite que cada cristiano se ofrezca a sí mismo y toda su vida en sacrificios espirituales, uniéndose al sacrificio de la Cruz actualizado en el misterio eucarístico. «El cristiano se sabe injertado en Cristo por el Bautismo; habilitado a luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a obrar en el mundo por la participación en la función real, profética y sacerdotal de Cristo»; se sabe «llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que –siendo esencialmente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial– capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo, con la oración y con la expiación».

Como explicó en varias ocasiones el Siervo de Dios Álvaro del Portillo, glosando las enseñanzas de San Josemaría, “alma sacerdotal” significa tener «los mismos sentimientos de Cristo Jesús», sumo y eterno Sacerdote: afán de almas; un deseo ardiente de unir todas las acciones al Sacrificio de Cristo para la salvación del mundo; buscar la mortificación y la penitencia, sabiendo que «tener la Cruz, es tener la alegría: ¡es tenerte a Ti, Señor!» . El alma sacerdotal lleva a la entrega generosa, al celo que es la intensidad en el auténtico amor, a no decir nunca basta a los requerimientos de Dios.

«Hoc sentite in vobis, quod et in Christo Iesu: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús». Estas palabras, que quizá rezaron los primeros cristianos y retomó San Pablo, forman parte de un himno de alabanza a la humillación de Cristo, que nos ha alcanzado la redención. Cuando el Apóstol invita a los filipenses a tener los mismos sentimientos de Cristo, se refiere a su modo de pensar, de meditar, de proyectarse en el futuro.

En el Evangelio de San Marcos encontramos la misma palabra que usa San Pablo para hablar de los sentimientos de Cristo. Camino de Jerusalén, Jesús anunciaba a sus discípulos que debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, ser entregado a la muerte y resucitar después de tres días.

El Evangelista añade que Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle. Entonces Jesús se volvió y, mirando a sus discípulos, dijo a Pedro estas palabras duras: «¡apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres». Tener los sentimientos de Jesús, sentir las cosas de Dios, es aceptar el misterio de la Cruz y participar en este misterio.

Jesucristo, sacerdote eterno, se ofrece a sí mismo por amor a su Padre para nuestra salvación. Cristo nos da el máximo ejemplo de qué es un alma sacerdotal, toda orientada a cumplir la voluntad de su Padre. Tener los sentimientos de Jesús es aspirar a lo que desea, compartir su vida, sus intenciones. Gracias a la vida sacramental, participamos en la cruz y en la resurrección del Señor, se transforma nuestra vida porque llegamos a la unión con Dios, y somos protagonistas de la Nueva Evangelización.

Además de la dimensión de futuro que conlleva ese tener los mismos sentimientos de Jesús, hay una dimensión de comunión. Cada uno, en la Iglesia, comparte con los demás bautizados lo que Cristo lleva en el corazón.

El Año sacerdotal empezó en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. El Santo Cura de Ars decía que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús». Se podría aplicar esa expresión al alma sacerdotal. Si se ama al Señor, se comparten sus sentimientos, los anhelos de su corazón, su afán de almas, el deseo de que muchos corazones latan al unísono con el corazón de Cristo. No se trata de algo exterior, sino de un auténtico amor.

El ser humano, desde su más tierna infancia –cuando, por ejemplo, aprende a hablar– necesita del otro para llegar a ser lo que es en realidad, para crecer poco a poco, formarse la conciencia; y lo mismo en la vida sobrenatural, hasta llegar a la plenitud de Cristo y comportarse como hijo o hija de Dios en todo.
Jesús enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud, no desde fuera, sino porque ha asumido nuestra condición de esclavos. Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida. Lo hace de modo eminente desde la Cruz, como enseña el Evangelio de San Juan al contar la muerte de Jesús: entregó el espíritu y su corazón fue traspasado por nuestros pecados.

San Josemaría nos abre de algún modo su alma cuando le oímos dirigirse a Jesucristo clavado en la cruz diciendo: «soy tuyo, y me entrego a Ti, y me clavo en la cruz gustosamente, siendo en las encrucijadas del mundo un alma entregada a Ti, a tu gloria, a la Redención, a la corredención de la humanidad entera». El alma sacerdotal viene de esa cruz, de la cual no se alejaron Santa María ni las santas mujeres. Nos hace falta valentía, una virtud especialmente necesaria hoy, para ver y amar la Voluntad de Dios, dejarnos llevar por el peso de su Amor, que no es otra cosa que su gloria y nuestra verdadera vida en Él.

La entrega que el Señor pide es una entrega auténtica, no formal, que viene de la Cruz, de la Eucaristía. Es total por el amor, no por la acumulación de preceptos y reglas. El Amor es la identidad misma de Dios. Así se consigue una percepción cada vez más penetrante de lo que son las obras de Dios: son obras del Amor. En el tiempo de la Iglesia, tiempo del Espíritu Santo, son las maravillas de Dios: el Espíritu Santo, como reza la Plegaria Eucarística IV, lleva a la plenitud la obra de Cristo en el mundo.

El mismo nombre de “Obra de Dios” previene contra un celo mal entendido. “Opus Dei”: Dios es el que actúa en su Iglesia. Hemos de “dejar actuar a Dios”. Hay que luchar, mucho, pero esa lucha se lleva siempre con la ayuda del Señor. La vida cristiana está bien lejos de cualquier intento de llegar a Dios, de cumplir sus mandamientos, sin su gracia, como si lo importante fuese el producto de nuestro corazón: quizás aquí se cela la explicación de posibles derrotas o fracasos en la vida cristiana. Si de verdad queremos no poner obstáculos a Dios, dejaremos en sus manos nuestros propósitos, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos: lo que hay en lo más profundo de nuestro corazón.

«Afirmas que vas comprendiendo poco a poco lo que quiere decir “alma sacerdotal”... No te enfades si te respondo que los hechos demuestran que lo entiendes sólo en teoría. —Cada jornada te pasa lo mismo: al anochecer, en el examen, todo son deseos y propósitos; por la mañana y por la tarde, en el trabajo, todo son pegas y excusas. ¿Así vives el “sacerdocio santo, para ofrecer víctimas espirituales, agradables a Dios por Jesucristo”?». En estas palabras, San Josemaría menciona el trabajo: es el eje de nuestra santificación, y –por lo tanto– un lugar privilegiado para ejercer el alma sacerdotal, como también lo son las relaciones familiares y de amistad, o la participación en la vida de la sociedad, llegando a que todo sea apostolado.

El alma sacerdotal va siempre unida, en las enseñanzas del santo fundador del Opus Dei, a la mentalidad laical, que deja a la verdad iluminar nuestra conciencia y nos impulsa a ejercitar nuestra libertad como ciudadanos de la ciudad de Dios y de la ciudad de los hombres. Existe una justa autonomía de las realidades temporales que San Josemaría proclamó contra viento y marea y que recordó claramente el Concilio Vaticano II. Con la protección de Santa María, corredentora, el alma sacerdotal del cristiano se manifiesta en una gran compasión con el prójimo, como enseña Dios, pues «la misericordia de Dios abarca a toda carne».


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