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49 • Julio - Diciembre 2009 • Pág. 313
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Carta de octubre de 2009

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Mañana, 2 de octubre, agradeceremos al Señor un nuevo aniversario de la fundación del Opus Dei; y cuatro días más tarde, el 6 de octubre, se cumplirá el séptimo de la canonización de nuestro Fundador. En la cercanía de estas dos fechas, pienso que nos viene bien meditar en esta sobrenatural intuición de nuestro Fundador, como la calificó Juan Pablo II: el valor santificador del trabajo ordinario en medio del mundo, la necesidad de aprovechar el acontecer cotidiano, para responder al encuentro permanente que el Señor desea mantener con cada una y cada uno de nosotros. Se comprende perfectamente que nuestro Padre se volviera “loco de amor” al meditar con hondura las palabras que manifiesta Dios a través del profeta: meus es tu.

Nos consta que el trabajo, esta realidad universal y necesaria que acompaña la existencia de los hombres en la tierra, es medio para subvenir a las necesidades personales y de la propia familia, vínculo de comunión con las demás personas, ocasión de perfeccionamiento personal. «Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra (Gn 1, 28). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora».

Juan Pablo II expuso con viveza esta enseñanza durante la canonización de nuestro Fundador, al ilustrar el relato de la creación del hombre: «el Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara». «El libro del Génesis —decía el Santo Padre— (...) nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la “labrase” y “cuidase”. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana».

Ya en la ceremonia de la beatificación, el 17 de mayo de 1992, había afirmado que San Josemaría «predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo —añadía el Romano Pontífice— convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por eso, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación».

Proponer otra vez este punto capital del espíritu del Opus Dei no resulta repetitivo, porque siempre podemos ahondar más en su inagotable riqueza espiritual y ponerlo en práctica con mayor fidelidad, contando con la ayuda de Dios y la intercesión de nuestro Padre. Como frecuentemente afirmó San Josemaría, mientras haya hombres y mujeres que desempeñen una tarea profesional, habrá personas que, impulsadas por este espíritu, mostrarán a sus amigos y colegas que es posible alcanzar la perfección cristiana, la santidad, mediante la santificación de la ocupación profesional, colaborando con Dios en el perfeccionamiento de la creación y cooperando con Cristo en la aplicación de la obra redentora.

Escuchemos a San Josemaría: «somos nosotros hombres de la calle, cristianos corrientes, metidos en el torrente circulatorio de la sociedad, y el Señor nos quiere santos, apostólicos, precisamente en medio de nuestro trabajo profesional, es decir, santificándonos en esa tarea, santificando esa tarea y ayudando a que los demás se santifiquen con esa tarea. Convenceos de que en ese ambiente os espera Dios, con solicitud de Padre, de Amigo; y pensad que con vuestro quehacer profesional realizado con responsabilidad, además de sosteneros económicamente, prestáis un servicio directísimo al desarrollo de la sociedad, aliviáis también las cargas de los demás y mantenéis tantas obras asistenciales —a nivel local y universal— en pro de los individuos y de los pueblos menos favorecidos». Hemos de pensar más en las personas que se encuentran a nuestro alrededor: ¿lo hacemos?, ¿despiertan en nosotros un claro celo apostólico? El trabajo profesional y las relaciones derivadas de su ejercicio constituyen un campo privilegiado para ejercitar el sacerdocio común recibido en el Bautismo. Tengámoslo muy presente durante el año sacerdotal.

Esas palabras de nuestro Padre resuenan con fuerza en los momentos actuales, signados por una profunda crisis económica y laboral que afecta a muchos países. Al mismo tiempo, nos recuerdan el carácter instrumental del trabajo en todas sus manifestaciones. Por eso, nos enseñaba también que «los bienes de la tierra no son malos; se pervierten cuando el hombre los erige en ídolos y, ante esos ídolos, se postra; se ennoblecen cuando los convertimos en instrumentos para el bien, en una tarea cristiana de justicia y de caridad. No podemos ir detrás de los bienes económicos, como quien va en busca de un tesoro; nuestro tesoro está aquí (...); es Cristo y en Él se han de centrar todos nuestros amores, porque donde está nuestro tesoro allí estará también nuestro corazón (Mt 6, 21)».

Si la tarea profesional se considerase como un objetivo en sí mismo, y no un medio para alcanzar el fin último de la existencia humana —la comunión con Dios y, en Dios, con los demás hombres—, se desvirtuaría su naturaleza y perdería su valor más alto. Se convertiría en una actividad cerrada a la trascendencia, en la que la criatura no tardaría en situarse en el lugar de Dios. Un trabajo realizado así tampoco podría ser el medio para colaborar con Cristo en la obra redentora, que comenzó con sus años de artesano en Nazaret y consumó en la Cruz, entregando su vida por la salvación de los hombres.

Son ideas que Benedicto XVI ha expuesto recientemente en la encíclica Caritas in veritate, presentando la Doctrina social de la Iglesia en el actual contexto de globalización de la sociedad. Al afirmar, en las circunstancias actuales, que «el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad», el Papa pone de relieve —como ya expresó el Concilio Vaticano II— que «el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social». De este modo, situando en el núcleo del debate actual a la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, y elevada por Cristo a la dignidad de la filiación divina, el Santo Padre se pronuncia decididamente contra el determinismo que subyace en muchas concepciones de la vida política, económica y social.

Al mismo tiempo, el Papa pone de relieve la energía transformadora de la sociedad que lleva consigo el ejercicio de una libertad rectamente entendida, es decir, una libertad firmemente anclada en la verdad. Refiriéndose al desarrollo de los pueblos, escribe: «en realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado».

En una época de crisis como la de ahora, con repercusiones que afectan directamente a tanta gente, podría presentarse un doble peligro: de una parte, confiar ingenuamente en que las soluciones técnicas resolverán todos los problemas; y, de otra, dejarse arrastrar por el pesimismo o la resignación, como si todo eso fuera inevitable, consecuencia de unas leyes económicas que no se pueden soslayar.

Una y otra actitud se demuestran falsas y peligrosas. Un hombre o una mujer de fe ha de aprovechar esta situación para mejorar personalmente en la práctica de la virtud, cuidando con esmero el espíritu de desprendimiento, la rectitud de intención, la renuncia a bienes superfluos, y tantos detalles más. Sabe, por otra parte, que en todo instante estamos en las manos de Dios, nuestro Padre; y que si la Providencia divina permite estas dificultades, lo hace para que saquemos bien del mal: Dios escribe derecho con renglones torcidos. Atravesamos un tiempo propicio para acrisolar la fe, fomentar la esperanza y favorecer la caridad; y para desempeñar nuestra tarea —la que sea— con rigor profesional, con rectitud de intención, ofreciendo todo para que en la sociedad se cree un auténtico sentido de responsabilidad y de solidaridad. ¿Rezamos para que se resuelva el grave problema del paro?

Por otro lado, las circunstancias difíciles favorecen que salgan a flote recursos escondidos en el interior de cada persona. Una de las recomendaciones más importantes de la reciente encíclica se concreta en la llamada a purificar las relaciones de la estricta justicia con la caridad, sin separar el ejercicio de estas dos virtudes. El gran desafío de estos momentos, afirma el Romano Pontífice, «es mostrar, tanto en el orden de las ideas como en el de los comportamientos, que no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la transparencia, la honradez y la responsabilidad, sino que, en las relaciones mercantiles, el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo».

Viene a mi memoria una enseñanza que San Josemaría difundió en sus escritos y en sus encuentros con gentes muy diversas. En una homilía, dirigía estas palabras a las personas de todo tipo que le escuchaban: «convenceos de que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad. Cuando se hace justicia a secas, no os extrañéis si la gente se queda herida: pide mucho más la dignidad del hombre, que es hijo de Dios. La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo, lo deifica: Dios es amor (1 Jn 4, 16). Hemos de movernos siempre por Amor de Dios, que torna más fácil querer al prójimo, y purifica y eleva los amores terrenos». Y en otra ocasión, ante la pregunta acerca de la primera virtud que debería cultivar un empresario, su respuesta inmediata fue la siguiente: «la caridad, porque con la justicia sola no se llega (...). Trata siempre con justicia a la gente y déjate llevar un poco del corazón (...). Haz lo que puedas por los demás, por medio de tu trabajo. Y vive, con la justicia, la caridad. La justicia sola es una cosa seca; quedan muchos espacios sin llenar».

Un gran amor a la justicia, informado en todo momento por la caridad, junto a la preparación profesional propia de cada uno, es el arma cristiana para colaborar eficazmente en la resolución de los problemas de la sociedad. «Tenéis que hacer sobrenaturalmente lo que hacéis naturalmente, aconsejaba San Josemaría; y después —señalaba—, llevar este afán de caridad, de fraternidad, de comprensión, de amor, de espíritu cristiano, a todos los pueblos de la tierra». Ponía en guardia frente a las doctrinas que ofrecen falsas soluciones —por materialistas— a los problemas sociales: «para resolver todos los conflictos de los hombres nos bastan la justicia y la caridad cristianas».

Estas consideraciones no eximen a los cristianos —especialmente a quienes ocupan cargos de responsabilidad en la vida pública o en la sociedad— del esfuerzo por conocer bien las leyes de la economía. «La caridad no excluye el saber —afirma Benedicto XVI—, más bien lo exige, lo promueve y lo anima desde dentro. El saber nunca es sólo obra de la inteligencia. Ciertamente, puede reducirse a cálculo y experimentación, pero si quiere ser sabiduría capaz de orientar al hombre a la luz de los primeros principios y de su fin último, ha de ser “sazonado” con la “sal” de la caridad. Sin el saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril sin el amor. En efecto, “el que está animado de una verdadera caridad es ingenioso para descubrir las causas de la miseria, para encontrar los medios de combatirla, para vencerla con intrepidez” (Pablo VI, enc. Populorum progressio, n. 75)».

Tratemos de entender más a fondo estas enseñanzas del Magisterio, difundirlas y hacer que calen con hondura en nuestra conciencia y en nuestra actuación diaria.

Como siempre, os recuerdo que permanezcáis muy unidos a mis intenciones. Y, como es natural, en primer plano está siempre la oración por el Papa y por sus colaboradores. Este mes, además, se celebrará en Roma una sesión especial del Sínodo de los Obispos, dedicada al continente africano. Acudamos desde ahora al Espíritu Santo y a la intercesión de San Josemaría, para que el Señor ilumine a los Obispos que se reunirán con el Papa y conceda gran fruto espiritual a esa Asamblea.

Hay otros aniversarios de la historia de la Obra, que no mencionaré. Sí que siento, en cambio, la urgencia de que crezca en todas y en todos el afán de conocer los diferentes pasos de la vida de San Josemaría: su finura para cuidar lo que el Cielo puso en sus manos le motivó para ser un leal servidor de Dios, de la Iglesia —con esta partecica, la Obra—, de sus hijas y de sus hijos, y de todas las personas, también de las que no le comprendían. Es de gran importancia que sigamos esas huellas.

Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier

Roma, 1 de octubre de 2009.


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