Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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49 • Julio - Diciembre 2009 • Pág. 271
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Torreciudad, (España) 6-IX-2009

En la ordenación sacerdotal de 2 fieles de la Prelatura.

1. Queridísimos ordenandos, queridísimos hermanos en el sacerdocio, queridísimos hermanos y hermanas.

Hay en la Iglesia muchas oraciones de alabanza a la Santísima Trinidad. Una de éstas, más conocida como Trisagio Angélico, repite unas palabras prácticamente con periodos continuos, que dicen: Tibi laus, tibi gloria, tibi gratiarum actio in sæcula sempiterna, o Beata Trinitas. A ti, Trinidad Beatísima, toda la alabanza, toda la gloria, toda la acción de gracias. Hagámonos siempre, y hoy de modo especial, con este modo de dirigirnos a la Trinidad Beatísima porque constantemente nos auxilia con su providencia ordinaria y extraordinaria. Vivimos, respiramos, tenemos capacidad de trabajar y de amar precisamente por esa asistencia, por esa cercanía de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo, Dios Uno y Trino. Un misterio para nosotros inabordable y, al mismo tiempo, que llena de tanto consuelo porque nos sentimos hijas e hijos de Dios, hermanos de Jesucristo y seguidos por la acción santificadora del Espíritu Santo.

Os decía que hoy es un día muy apropiado para que, como motivo de presencia de Dios a lo largo de la jornada, invoquemos a la Trinidad y le demos gracias por los dones que recibimos; concretamente por el don del sacerdocio para estos dos hermanos nuestros. En la Iglesia, tal y como quiere Jesucristo, todas y todos tenemos que ser personas rezadoras, personas que saben que su vida puede transformarse en diálogo con el Señor sin que haya interrupción porque Él, ese Dios Uno y Trino, no deja nunca de mirarnos. Pero, además, hoy, metidos en el Año sacerdotal que estamos viviendo por deseo de Benedicto XVI, es muy oportuno que se eleve de toda la Iglesia una oración constante por los sacerdotes.

Empezamos por el Supremo Pastor: una oración por el Papa que debe ser una oración afectuosa, de unión y de sostenimiento para todo el trabajo incansable que está realizando. ¿Cómo no recordar que, en su humildad, al comenzar el Pontificado, de manera continuada, extendiendo su mano y extendiendo su deseo de que no le dejemos a solas, nos dijo: rezad por mí, rezad por mí? Es bueno que consideremos si realmente todos los días viene a nuestra alma la necesidad de pedir por el Romano Pontífice, por este Supremo Pastor que —podemos tener la más absoluta seguridad— en toda su acción pastoral nos sigue a todas, a todos, a cada una y a cada uno.

Igualmente, elevemos nuestra oración pidiendo por todos los Obispos, sucesores de los Apóstoles, para que sean fieles seguidores de Jesucristo, y para que actúen constantemente en el nombre del Señor, con ese mandato que dio a aquellos primeros Doce: predicad a la gente con la vida, no solamente con la palabra, con la vida, en mi Nombre. Es lógico que nos detengamos en este día para pedir por el Obispo de esta diócesis, de forma que note la asistencia también de los que hoy os encontráis en este territorio, Barbastro, que está bajo su jurisdicción.

Os pido que recemos devotamente por todos los sacerdotes. Hay una costumbre en muchas naciones de América Latina, que podemos incorporar a nuestra oración diaria, para beneficio personal. En esos lugares, después de la Bendición con el Santísimo, cuando se rezan las jaculatorias de reparación por las ofensas a Dios, repiten con devoción, como una necesidad, como una urgencia del alma de las personas que participan, la siguiente invocación: Señor, danos sacerdotes santos. Lo dicen por tres veces. Es verdad que quien llama es Dios; pero también es cierto que si el Pueblo de Dios se une en oración pidiendo a la Trinidad Santísima que nos envíe sacerdotes santos, haremos fuerza a la Voluntad divina para que no falten hombres que se decidan a emprender este camino y quieran actuar constantemente con el único sacerdocio que hay, el sacerdocio de Cristo.

Oración por todo el Pueblo de Dios, por todos los cristianos, sabiendo que todas y todos los fieles tenemos alma sacerdotal, participamos —en cuanto bautizados— en el único Sacerdocio de Cristo. Ese sacerdocio común ha de ser, para vosotras y para vosotros, un acicate para crecer en vuestra propia personal vida interior, y ha de ser también un empujón para que no desdeñemos cultivar el espíritu de penitencia, propio de las personas que aman. No hay amor sin sacrificio. Lo vemos hasta en el amor humano: donde falta sacrificio, falta el verdadero amor, el auténtico amor. Tenéis que vivir también con esa preocupación por todas las almas, llegándoos con vuestra vida al mundo entero, ¡que podemos! Ahora me refiero, concretamente, a las mujeres y a los hombres del Pueblo de Dios que, con su oración, pueden y deben hacerse presentes en los cuatro puntos cardinales, implorando la ayuda de Dios por los que son nuestros hermanos; también para que conozcan a Cristo aquellos que no le conocen.

2. Hoy, vuelvo a repetir, es un día muy señalado. Estamos recorriendo el Año sacerdotal bajo la protección del Santo Cura de Ars, un sacerdote que trabajó en un rinconcito perdido de su tierra, de Francia. ¿Qué era Ars en comparación con la extensión de Europa? ¿Qué era Ars en comparación de los cinco continentes? Un pequeño rincón. Y, sin embargo, la vida de aquel santo sacerdote, a quien tanto veneraba San Josemaría Escrivá de Balaguer, fue un punto de ignición para el mundo entero. Desde su confesonario —no dejemos de fomentar en nosotros, y en las personas que tratamos, la práctica de la Confesión—, desde su confesonario, desde su altar, con la piedad de quien ama, iba poniendo a Dios por encima de todas las cosas, a todas y a cada una de las personas del mundo entero. Por eso fue nombrado, con toda lógica, Patrono de los confesores.

Hoy es un día de fiesta para toda la Iglesia, por la ordenación de estos hermanos nuestros. Una jornada ideal para que toquemos esa nota que define a la Iglesia y que confesamos en el Credo: la unidad. Debemos sentirnos hermanados con las personas del mundo entero; no sólo en el espíritu, sino también en la vida corriente. Que ese decir en el Credo: et unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam, no se quede sólo en palabras.

Hermanas y hermanos míos, demos más contenido a la oración, más fuerza a lo que hacemos, teniendo en cuenta que con nuestra plegaria podemos sostener a la Iglesia. Recurramos, insisto, también al Cura de Ars, a San Juan María Vianney, para que haya una gran remoción en el mundo a propósito de ese gran sacramento de la Penitencia, que nos abre las puertas de la vida a la gracia, y nos la aumenta, cuando lo recibimos bien dispuestos, con el deseo de corregir hasta nuestras más pequeñas faltas.

3. Ahora me dirijo a vosotros, queridísimos ordenandos. Os recuerdo lo que recitaré cuando os entregue la patena con la hostia, el cáliz con el vino. Os diré que tenéis que incorporar a vuestra vida, que hemos de incorporar todos los sacerdotes a nuestra vida cotidiana, lo que realizamos en el altar imitare quod tractabis, imita lo que celebras.

Recuerdo bien las muchas veces que San Josemaría, el Fundador del Opus Dei, en su oración constante, se miraba las manos con verdadera admiración y comentaba en voz alta, o a veces hablando sólo con el Señor: “¡Que yo, con estas manos, pueda tocar a Dios, pueda dar a Dios!” Esto le llevaba a una mayor oración, a una mayor expiación, a una mayor alegría, porque no hay dicha mayor que la de tener a Cristo con nosotros y tan cerca.

Pues, hijos míos ordenandos, que imitéis lo que realizáis, que tratéis de conformar vuestra vida con el ministerio de Cristo en la Cruz. No es egoísmo que los sacerdotes pidamos por nuestra santidad personal, porque sólo si buscamos al Señor con rectitud de intención, exclusivamente a Él, lo daremos con naturalidad y con urgencia a todas las almas.

Os leo unas palabras de San Josemaría. «En esto se fundamenta la incomparable dignidad del sacerdote. Una grandeza prestada, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas; de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor».

Pidamos por todos los sacerdotes: es decir, que no entorpezcamos la gracia de Dios, que el Espíritu Santo desea enviar a las almas por nuestra correspondencia fiel.

4. Hijos míos ordenandos, sed unos grandes enamorados de la Santa Misa, del sacramento de la Confesión y de la predicación. Acudid todos los días a ese maestro que hemos tenido aquí en la tierra; primero a Jesucristo, evidentemente; pero desea el Señor que sigamos también las pisadas de San Josemaría, para que nos empuje a tener un amor y un trato con la Trinidad que informe todo nuestro quehacer y todo el quehacer de los sacerdotes.

No olvidemos que nuestra vida, la vida de todos, ha de ser litúrgica. No pasemos por alto, como palabras que se lleva el viento, las oraciones y lecturas que escuchamos en la Santa Misa. Hoy, en la primera lectura se nos recuerda: «antes de plasmarte en el seno materno, te conocí; antes de que salieras de las entrañas, te consagré, te constituí en profeta de las naciones». Todos hemos sido elegidos por Dios, y los sacerdotes hemos sido elegidos desde la eternidad para ser sacerdotes de Cristo. Pues recordemos todos, pero concretamente los sacerdotes, esta elección divina que nos hace ser otros Cristos, el mismo Cristo en determinados momentos.

Y vuelvo a recoger otras palabras fantásticas del Fundador del Opus Dei: «ésta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Sí, es verdad. Todos los cristianos, por el alma sacerdotal, y todos los sacerdotes, por el sacramento del Orden que hemos recibido, estamos enamorados de la Fuente del amor. No hay renuncia; todo lo contrario: es meternos más en esa intimidad de Dios.

En la segunda lectura, San Pablo nos ha recordado que tenemos que ser —todos, pero concretamente los sacerdotes— humildes, amables, comprensivos, sobrellevándonos unos a otros con caridad. Esto no significa “soportar”. Significa ayudar con gozo a las personas que hay a nuestro alrededor, pensando que todos, pero especialmente los sacerdotes, debemos hacer nuestras esas otras palabras de San Pablo: mihi vivere Christus est, ¡mi vivir es Cristo! De forma que todos y todas tengamos la idea clara de que, por el Bautismo que hemos recibido, la gente ha de reconocer en nuestra conducta a ese Cristo que debe informar todas nuestras acciones.

Finalmente, en el Evangelio, hemos oído las palabras sobre el buen Pastor. Sabemos perfectamente que el buen Pastor, como buen padre, como buena madre, da su vida por las ovejas. ¡Por todas, por todas!, sin hacer discriminación alguna. Una característica del sacerdote es el servicio generoso, alegre, constante, a todas las almas para que estén más cerca de Dios. También en los momentos de cansancio o de mayor lucha personal.

No puede faltar mi felicitación a los abuelos, a los padres, a los hermanos, de los dos nuevos sacerdotes. ¡Que Dios os bendiga! El Señor ha pasado por vuestras familias diciéndoos, una vez más, de otro modo particular, que os quiere y cuenta con vosotros. No habéis acabado vuestra labor. Tenéis que ayudarlos todos los días para que sean sacerdotes que vivan con Cristo en todo momento. Y, con mi felicitación, el ruego de que recéis por el Opus Dei, para que podamos servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida.

Termino acudiendo a la Madre del sacerdote. Todos somos hijos de María, porque el Señor nos la ha entregado como Madre en ese momento crucial y solemne del Calvario. Nos ha dicho, a través de San Juan: «ahí tienes a tu Madre». Pues bien, os pido que la tratéis, que la tratemos todos —pero concretamente vosotros dos—, que la tratéis más, mucho más. Que, como aconsejaba San Josemaría con palabras claras, le digamos: «¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha». Así sea.


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