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49 • Julio - Diciembre 2009 • Pág. 293
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En el XXV Aniversario de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Discurso en el acto de Inauguración del curso académico 2009-2010. Roma 4-XI-2009

Una universidad romana pensada por San Josemaría Escrivá de Balaguer y realizada por Mons. Álvaro del Portillo

Permitidme rememorar, apoyándome también en mis recuerdos personales, el cumplimiento de un antiguo deseo de San Josemaría: promover en Roma la creación de un Centro Universitario de estudios eclesiásticos. La Pontificia Universidad de la Santa Cruz, que este año cumple un cuarto de siglo de vida, es fruto precisamente de su amor a la Iglesia y al sacerdocio; fue, sin embargo, su sucesor, el Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo, quien llevó a cabo este proyecto.

“Omnes cum Petro, ad Iesum per Mariam”

Josemaría Escrivá de Balaguer tuvo siempre una conciencia viva y operativa de la exigencia de estar en comunión con el Romano Pontífice, como nota que caracteriza la misión de los cristianos en el mundo, según afirmó repetidas veces hasta el final de sus días. Su apostolado era cristocéntrico, mariano y “petrino”; tres notas condensadas en una frase paradigmática: «Omnes cum Petro, ad Iesum per Mariam». Dicha expresión, que se encuentra con frecuencia en sus textos más antiguos, es el reflejo de su empeño decidido para llevar a las almas hasta una comunión afectiva y efectiva con el Romano Pontífice.

El Papa, para este sacerdote santo, no representaba una figura por así decirlo abstracta. En él veía no sólo al Vicario de Cristo, sino también una persona de carne y hueso, que vivía, rezaba y se entregaba por la Iglesia, en un tiempo y lugar bien concretos. Amó y se unió sacerdotalmente a cada uno de los Pontífices de su tiempo; antes de trasladarse a Italia, acostumbraba ir espiritualmente a Roma para sentirse más cerca del Papa. Durante muchos años ofreció cada día una parte del rosario, que rezaba por la calle, por la Augusta Persona y las intenciones del Romano Pontífice: «Me ponía con la imaginación junto al Santo Padre, cuando el Papa celebraba la Misa; yo no sabía, ni sé, cómo es la capilla del Papa, y, al terminar mi rosario, hacía una comunión espiritual, deseando recibir de sus manos a Jesús Sacramentado».

Cuando era todavía un sacerdote joven ya había tomado en consideración la posibilidad de trasladarse a la Ciudad Eterna, para obtener el doctorado en Derecho Canónico. Se hubiera cumplido así su ardiente deseo de ver al Papa, de poder rezar ante la tumba de San Pedro y de visitar los lugares vinculados a la historia de los primeros cristianos, por los cuales tenía una honda veneración. A comienzos de 1929 confió su deseo a un amigo, que había sido compañero suyo en el Seminario de Logroño, y éste le sugirió matricularse en el Angelicum, donde las clases se tenían sólo por la mañana. De este modo, por la tarde hubiera podido asistir a otras clases en el Palacio de San Apolinar, que era la sede de “una universidad muy prestigiosa”, regida por el clero secular, la actual Universidad Lateranense.

Muy pronto, sin embargo, se dio cuenta de que, por lo menos de momento, los planes de Dios eran distintos. El 2 de octubre de 1928 el Señor le había dado a conocer su voluntad, que era la fundación del Opus Dei; una segunda luz fundacional, recibida el 14 de febrero de 1930, le había manifestado que en aquellos planes divinos cabían también las mujeres. La misión recibida de Dios exigía una dedicación completa y exclusiva, sin distracciones; el doctorado eclesiástico en Roma, por tanto, tenía que esperar tiempos más oportunos. San Josemaría no podía imaginar que precisamente el Palacio de San Apolinar se convertiría con el tiempo en la sede de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

A lo largo del pontificado de Pío XI (1922-1939) muchos católicos fueron a la Ciudad Eterna, especialmente en los tres jubileos convocados por el Papa (en 1925, 1929 y 1933). El auge de la veneración por el Romano Pontífice y su reconocido prestigio moral atrajeron a Roma multitudes insólitas. La mayor facilidad en las comunicaciones, sobre todo después de la “Conciliación” o Concordato con el Estado italiano, en 1929, contribuyó a fomentar las peregrinaciones.

También San Josemaría se hubiera alegrado mucho si hubiera podido ir a Roma, pero su incesante actividad sacerdotal y su difícil situación económica no se lo permitieron. Hizo, en cambio, alusión a su deseo años después, en un punto de Camino: «Católico, Apostólico, ¡Romano! —Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu “romería”, “videre Petrum”, para ver a Pedro».

Pudo, en cambio, ir a Roma Isidoro Zorzano, el primer miembro del Opus Dei, que describió en una carta al Fundador, fechada en los últimos días de septiembre de 1933, la honda impresión recibida en su visita a la Roma cristiana. En el alma del Fundador de la Obra la veneración por el Romano Pontífice fue creciendo y consolidándose, como escribió en sus Apuntes íntimos: «¡Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón». Un sentimiento inseparable del amor por Roma, centro de la cristiandad.

San Josemaría en Roma en 1946

San Josemaría tuvo siempre el deseo de “romanizar” la Obra. En 1931, cuando tenía a su alrededor sólo un reducido grupo de personas, ya escribió en sus Apuntes íntimos: «Sueño con la fundación en Roma —cuando la O. de D. esté bien en marcha—, de una Casa que sea como el cerebro de la organización».

Este proyecto empezó a tomar consistencia cuando San Josemaría llegó a Roma, en 1946, para trabajar en la aprobación pontificia del Opus Dei. Después de un viaje lleno de fatiga y no exento de peripecias, también por las precarias condiciones de salud en las que se encontraba, quiso pasar su primera noche en la Ciudad Eterna rezando por la persona del Papa. Desde el balcón del piso donde residía, en la Plaza de la Città Leonina, podía ver con claridad y directamente las ventanas del cercano apartamento pontificio.

En los días siguientes tuvo la alegría de rezar ante la tumba de San Pedro y de ser recibido en Audiencia privada por Pío XII. Después de una de estas audiencias, en diciembre de 1946, confió en una carta dirigida al Nuncio de Su Santidad en España, Mons. Gaetano Cicognani: «El Santo Padre me recibió en Audiencia privada: es increíble el cariño que muestra para nuestro Opus Dei».

Había llegado a Roma decidido a buscar una casa donde poner el cerebro o —como le gustaba también decir— el corazón de la Obra. Después de muchas pesquisas, en 1947 encontró la actual Villa Tevere, destinada a convertirse en la sede central del Opus Dei, a pesar de notables sacrificios para superar las constantes estrecheces económicas, gracias a la colaboración y a la generosidad de cooperadores de todo el mundo.

Formuló de inmediato el proyecto de hacer que vinieran para estudiar a Roma sus hijos y, luego, sus hijas, para que se formaran con rigor en las ciencias eclesiásticas; para que se “romanizaran”, o para “aprender Roma”, según decía Juan Pablo II, que llegó él también a la capital de la cristiandad en 1946, casi al mismo tiempo que Josemaría Escrivá de Balaguer. La cercanía a los tesoros de fe y de historia custodiados en la Urbe hizo que creciera más todavía el amor del Fundador del Opus Dei por el sucesor de San Pedro y por la Iglesia romana. El 9 de junio de 1948 escribió en una vibrante nota las siguientes palabras: «¡Roma! Agradezco al Señor el amor a la Iglesia, que me ha dado. Por eso me siento romano. Roma, para mí, es Pedro. (...). No es fácil que este pobre sacerdote olvide esa gracia de su amor a la Iglesia, al Papa, a Roma. ¡Roma!».

Algunas semanas después, el 29 de junio de 1948, Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, Patronos de la Ciudad Eterna, erigió el Colegio Romano de la Santa Cruz. Había de ser un centro internacional frecuentado, con el paso de los años, por miles de hombres del Opus Dei procedentes de muchos países, que iban a recibir una cuidadosa formación doctrinal, espiritual, ascética y apostólica, y que completarían un exigente curriculum de estudios eclesiásticos. En 1953 empezaría, en una sede distinta, un centro análogo reservado a las mujeres: el Colegio Romano de Santa María. El Colegio Romano de la Santa Cruz comenzó con solo cuatro alumnos, pero el número creció rápidamente, y seis años después ya había superado el centenar.

Al principio, los alumnos asistían a clases en los Ateneos Pontificios romanos. Ya entonces, en notas manuscritas del Fundador, referentes al programa de estudios para el año académico 1949-50, se lee: «Coordinar estudios con el Angélico. Hasta que convenga organizar el gran Centro docente universitario en Roma». Y añade: «Conveniencia de formar laureati en facultades eclesiásticas, llevando laicos jóvenes al Col. Romano: luego, profesores, asesorías jurídicas, etc.».

Mientras tanto era necesario encontrar una sede para el Colegio Romano distinta de Villa Tevere, destinada a alojar las oficinas de la sede central del Opus Dei. Una de las posibles soluciones que se presentaron fue un edificio al lado del Oratorio del Gonfalone, entre el Lungotevere y Via Giulia, en una zona entonces casi abandonada, que el Ayuntamiento de Roma quería volver a acondicionar. Se presentó también la posibilidad de obtener un terreno junto a la iglesia de los Cuatro Santos Coronados. Sin embargo, estos proyectos encallaron y el Fundador tuvo que contentarse con Villa Tevere como sede provisional del Colegio Romano, en espera de la solución definitiva, que no llegaría hasta 1974. De este modo, durante varios años, se dieron en aquel centro también las clases del ciclo institucional de los estudios eclesiásticos.

Las Facultades eclesiásticas de la Universidad de Navarra

En 1952, bajo el impulso espiritual de San Josemaría, nació en Pamplona una institución académica con el nombre de Estudio General de Navarra, que, con el paso del tiempo, constituiría una gran ayuda para crear en Roma un Ateneo eclesiástico. En 1960 fue erigida por la Santa Sede la Facultad de Derecho Canónico. Al final de largos trabajos de preparación, y después de un rodaje que se prolongó durante una década, el 1 de noviembre de 1969 el dicasterio vaticano competente —de acuerdo con la Conferencia Episcopal Española— erigió también la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Mientras tanto, en Roma, el Fundador del Opus Dei seguía con atención las actividades de un centro de formación para los sacerdotes, cuyo nombre era CRIS (Centro Romano di Incontri Sacerdotali), que varios hijos suyos habían puesto en marcha en la Ciudad Eterna. Les animaba con fuerza para que sacaran adelante aquella iniciativa, que, además de tener una clara finalidad pastoral de servicio y de ayuda espiritual a los sacerdotes, promovía actividades de reflexión científica y cultural en el terreno de la teología y del derecho canónico. El CRIS organizó seminarios y reuniones con profesores de diversas Facultades, además de conferencias para especialistas; recuerdo de modo especial una conferencia que pronunció en 1974 el entonces cardenal Karol Wojtyla.

Hacia mediados de la década de los setenta, las facultades eclesiásticas de la Universidad de Navarra y el Colegio Romano de la Santa Cruz estaban ya bien asentados: tenían un cuerpo académico cualificado, y habían adquirido una buena experiencia docente y de investigación. Sin embargo, San Josemaría no logró ver nacer en Roma la institución universitaria, que tanto había deseado, porque el Señor le llamó a su presencia el 26 de junio de 1975.

El comienzo de la actividad universitaria en Roma

Cuando Mons. Álvaro del Portillo asumió la guía del Opus Dei, comenzó la que él mismo definió como “etapa de la continuidad en la fidelidad”. Mons. del Portillo se entregó totalmente y con todas sus fuerzas para mantener vivo el espíritu fundacional y para llevar a cabo algunas importantes iniciativas, que San Josemaría había dejado a sus sucesores; especialmente la transformación jurídica del Opus Dei en prelatura personal.

En 1982, Mons. del Portillo nos señaló que había llegado el momento de poner en marcha en Roma algo parecido a las Facultades eclesiásticas de la Universidad de Navarra. Se hallaba convencido de que los tiempos estaban ya maduros para emprender esa iniciativa en la Ciudad Eterna. Y nos recordó explícitamente que se trataba de un antiguo deseo de nuestro Fundador.

Con casi setenta años de edad, don Álvaro estaba dispuesto a dar su vida para llevar a cabo una empresa de un calado tan grande, que exigía fe, audacia y una decidida voluntad de servir a la Iglesia y a las almas. Podía contar, sin duda, con la gracia de Dios y la bendición del Papa Juan Pablo II, que seguía el proyecto con interés, y también con la disponibilidad de profesores bien preparados. Siempre me ha edificado la humildad de mi predecesor, que no se atribuyó ningún mérito propio; precisaba que todo era posible gracias a la oración y a los sacrificios que San Josemaría había ofrecido por esta intención.

A veces las circunstancias nos llevaban a pensar que el proyecto estaba destinado a un futuro más o menos lejano. Don Álvaro, en cambio, desechó toda perplejidad y nos pidió que preparásemos cuanto antes la documentación necesaria. Mons. del Portillo dirigió el proyecto con prudencia y perseverancia. Perseguía el objetivo con sorprendente determinación y tenacidad, a pesar de las dificultades inevitables —y, por otra parte. normales— que se encontraron a lo largo de su realización. Él mismo, por ejemplo, sugirió una fórmula para alcanzar el objetivo, una fórmula que se manifestó al mismo tiempo innovadora y audaz: no era preciso fundar una nueva institución universitaria, pues bastaría con erigir unas Secciones romanas de las Facultades eclesiásticas de Navarra.

Hubo que realizar muchos preparativos: constituir un cuerpo docente, encontrar unos edificios idóneos, conseguir recursos económicos, etc. Ninguno de estos retos fue para don Álvaro causa de preocupación: ante las dificultades —como le gustaba repetir— debemos pensar que también la ayuda del Señor será proporcionada.

Por fin, sólo un año después de los primeros pasos, en octubre de 1984, el Centro Académico Romano de la Santa Cruz abrió sus puertas, con dos Facultades (Teología y Derecho Canónico) y con unos cuarenta alumnos. La erección formal del Centro Académico se llevó a cabo el 9 de enero de 1985. Por sugerencia del Cardenal Palazzini, que hizo posible con su generosidad y visión de futuro esta decisión, se eligieron como sede material del Centro algunos edificios cedidos por el Patronato de San Girolamo della Carità.

Mons. del Portillo deseaba que el Centro se caracterizara por una adhesión plena al Magisterio de la Iglesia, por un diálogo fecundo con la cultura contemporánea, por una cuidadosa formación científica de los alumnos y por la mejor asistencia espiritual posible. Sabía que los obispos tenían confianza en que no faltaría ayuda a los sacerdotes y seminaristas de sus diócesis y, precisamente por esto, solía repetir que no se les podía causar una decepción. Pero Mons. del Portillo tenía presente sobre todo la importancia de servir a la Iglesia contribuyendo a formar sacerdotes y laicos preparados y dispuestos a extender el Reino de Cristo. Además de establecer conciertos con algunas instituciones para que ofrecieran alojamiento a los alumnos del Centro, se esforzó por crear algunos convictorios para sacerdotes, con la generosa ayuda económica de muchas personas. Erigió también, por sugerencia de Juan Pablo II, el Seminario Internacional Sedes Sapientiæ para seminaristas de todas las diócesis.

Muy pronto la sede de San Girolamo della Carità resultó insuficiente. Recuerdo bien qué trabajosos fueron los trámites para conseguir en uso el Palacio de San Apolinar. Mons. del Portillo siguió con gran atención estos trámites y, de hecho, las salas del palacio han resultado verdaderamente aptas para el servicio que nuestra Universidad quiere prestar a la Iglesia.

Tengo muy viva en la memoria la movilización que promovió don Álvaro para conseguir la ayuda económica necesaria para una empresa de esta magnitud, recurriendo a donativos tanto de particulares como de instituciones o fundaciones. La respuesta fue generosa. El Siervo de Dios Álvaro del Portillo subrayaba con frecuencia que, de este modo, se hacía un gran bien, en primer lugar, a aquellos a quienes se pedía la ayuda, porque se les ofrecía la posibilidad de colaborar en una empresa al servicio de la Iglesia y de los sacerdotes. Muchos alumnos vendrían de diócesis con recursos económicos más bien exiguos; por esto, desde el comienzo, quiso que se constituyera un fondo de becas para los estudiantes.

El 9 de enero 1990, aniversario del nacimiento de San Josemaría, la Congregación para la Educación Católica, considerado el notable crecimiento del Centro Académico, lo erigió como Ateneo, con las Facultades de Teología y Filosofía y, poco después, de Derecho Canónico, y nombró a Mons. del Portillo primer Gran Canciller. El 23 de marzo de 1994, el sucesor de San Josemaría rindió santamente su alma a Dios, al regresar de una peregrinación a Tierra Santa, concluyendo así una vida gastada enteramente al servicio de la Iglesia, del Opus Dei, de los sacerdotes, de los religiosos y del pueblo cristiano. Con su fidelidad a la Voluntad divina y al espíritu del Fundador del Opus Dei, había convertido en realidad el antiguo proyecto de San Josemaría que cumple hoy los primeros veinticinco años de su vida.

A mí me ha correspondido la alegría de asistir a la creación de la Facultad de Comunicación Social Institucional, y a la concesión del rango de Universidad por obra del Papa Juan Pablo II, el 15 de julio de 1998. Se ha abierto así una nueva etapa, que estamos todavía recorriendo: seguir fielmente los ejemplos de amor y de servicio a la Iglesia que constituyen la preciosa herencia de San Josemaría Escrivá de Balaguer y del Siervo de Dios Álvaro del Portillo.

Con estos recuerdos y estos deseos, declaro inaugurado el año académico 2009-2010.


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